La crónica de sociedad convertida en un 'show'

Ayer y hoy de la crónica social: de la ‘beautiful people’ a la ‘ordinary people’

La crónica de sociedad, un género periodístico, o literario, tuvo en los 80 y los 90 su mejor momento, no sé si último, pero si acaso penúltimo. A partir de ahí, la crónica es un show, o sea, que más bien no hay crónica.


ÁNGEL ANTONIO HERRERA*

Los famosos se dividen en dos, los famosos de garrafón y los famosos de telediario. El pícaro central de la crónica, en los 80, se llamaba Jaime de Mora y Aragón, un golfo magnífico al que le hicieron un velatorio de Harleys cuando palmó. Jaime vivía de cumpleaños perpetuo, de cónsul de la juerga en Marbella, donde llevó la agenda de champán de los jeques y les cambiaba petróleo por discotecas. Por ahí andaban Luis Miguel Dominguín, Lolita, Philippe Junot, Sofía de Habsburgo y Khashoggi. Cito deprisa, por orientarnos. Es el apogeo de la beautiful people, que luego en el sitio degeneró en ordinary people. En el sitio, y en el resto de los sitios. Jaime era un bigote de anfitrión alrededor del cual se sentaban golfantes de yate y duquesas de tanga. A todos les echaba unas canciones al piano, que tocaba él mismo. Con el tiempo, el bigote de Jaime se sustituyó por el bigote de Isabel Pantoja, o sea, Julián Muñoz, con lo que ya tenemos visto cómo ha cambiado el ideario de la buena vida en Marbella, en particular, y de la buena vida de la crónica, en general.

Se lleva ahora la charcutería del chisme, directamente, pero aquí ha habido un filo de personal en condiciones que ha toreado de cerca, y jugándose el tipo. Y muchas temporadas. Desde Francisco Umbral, que mechó de negrita su columnismo de cóctel, hasta Carmen Rigalt, que suelta en su sintaxis una pantera. El periodismo, aunque sea de lo social, tiene que ser peligroso y, aún más, si lo es con su medio sable de ironía o mala leche a punto.

Los famosos de garrafón son los famosos de oficio, un orfeón de particulares que van a un reality y luego se dicen tertulianos, porque practican el grito de portería. Los famosos de telediario son algunos cantantes, Penélope Cruz, la vieja gloria que va y se muere, cualquier Halle Berry que viene de estreno a Madrid, Iñaki Urdangarin y la Pantoja. El cronismo literario no es que se haya muerto, sino que ahora la prensa del corazón es la tele, principalmente, y así no hay manera. Si nos fijamos, mucha prensa “especializada”, digamos, vive del ascua de los chismes de los programas, y hasta se ha logrado una papelería de quiosco que viene a ser el resumen, en revista, de lo que pasó en la tele dos noches antes. Lo de la tele te lo dan luego por escrito, lo que no quiere decir que ahí haya literatura, sino todo lo contrario. Todo ha traído, en fin, dos novedades que son dos sustos. Primero, que el cronista tiene que doblarse un poco o un mucho de cronista famoso. Y segundo, que nos vamos quedando sin personajes en la parroquia alegre del colorín.

Lo de la tele lo dan luego por escrito, lo que no quiere decir que ahí haya literatura

Quiero decir que, en la última década, y aún más allá, las figuras de portada van siendo cuatro, que se reparten la actualidad con un cambio de perfil en las fotos. Por una punta sale Doña Letizia, que es novedad cada vez que cambia de modelo (y eso que los repite), y por otra punta sale Belén Esteban, que es noticia si se compra una nariz nueva o unos pechos de gogó industrial. Luego está la familia de Alba, con sus giras de viudos o novias, y Penélope Cruz, que es un Óscar en vivo. Hasta llevamos eligiendo a las mismas elegantes desde hace siglos en los rankings al respecto, unas elegantes que ya son momias o premomias, muy bien vestidas, eso sí. Ha habido poco ajetreo en las vidas de todas estas gentes, que se sepa, pero ahí están, como si cada semana cambiaran de amor o de trabajo. Hay déficit, sí, de personal que mueva juego en las tertulias, y se nos han muerto las folclóricas de fuego, con lo que ahí andamos comentando la nariz de artesanía de quirófano de la Esteban o lo bien que le sienta el amor a Penélope, o el trapo repetido a la reina.

Sé que los famosos de verdad, los que cultivan un oficio, están encantados con esta reincidencia de la prensa en la misma gente, porque así viven ellos en paz. La noticia está siempre en otros, que no tienen noticia. Lo que pasa es que resulta un tostón seguir la vida de unas gentes sin sobresalto en la vida. Se nos agotó el clan Pajares, como tema, se nos agotó asimismo el clan Ostos, y los toreros andan muy fijos en sus chicas para toda la vida. Ni siquiera Cristiano Ronaldo, que se apuntaba, prometedoramente, como un relevo de David Beckham, nos ha salido pichichi de discoteca. De vez en cuando, muy de vez en cuando, se separa alguna actriz por la vía de la trifulca, si bien la primicia se queda en cosa de poco momento, y volvemos al clan de “Ambiciones”, de donde, en rigor, no salimos. La biografía de “Ambiciones” la llevamos haciendo 20 años. Hubo un tiempo, no tan remoto, en que los temas sentimentales se le agolpaban al cronista, pero ahora hay que recurrir a Carlota Casiraghi para darle un poco de pedaleo estilístico a la prosa, tan hambrienta siempre de adulterios de oro, engaños de estrategia, divorcios millonarios y otras amenidades de los que no gastan la existencia en línea recta. Los temas nos vienen a menudo del extranjero, y eso es raro fenómeno, con la muy rica tradición que hemos tenido siempre aquí de chulos de deshora y macizas de lencería loca. Un día toca el cromo de la Pantoja, y otro día toca el cromo de Belén Esteban, ese cruce de mechas y mala leche. Pero cromos tenemos pocos. Menos de lo mismo.

Sí hay muchas gritonas de tele, a quienes algunos complacientes llaman tertulianas. Han pillado el vicio de coronar sus tontadas con un jactancioso: “Para que toda España lo sepa”. Es el grito de guerra de moda, o el grito de moda de guerra. Todas vienen a ser un escote con micro, y poco más. Un wonderbrá con club de fans. “Para que toda España lo sepa”. Lo dice Belén Esteban, y todo ese coro, en fin, de musas del subdesarrollo mediático. Han entendido que no hablan para las peluquerías del chisme, sino para toda España. Asoma en todo este mujerío escalofriante la cháchara de las vecinas del rencor. Eso, y una mala leche de raza, que se cruza de analfabetismo, o al contrario. Repiten “asín es”, pronuncian “ves al grano” o “la ruptura está”, y refundan sin saberlo el tópico diciendo tan contentas “aquello se hizo con premonición y alevosía”. Hablo de las macicillas obscenas que suplen el Graduado Escolar con un arreón de melena. Se han hecho, porque sí, su máster en la nada. Son las brujas de máxima audiencia que no se citan a la hora del té a poner a parir al vecino, sino a la hora de mucha audiencia, que es una hora cualquiera, pero sin té, y más bien borrachas del champán de las mechas recientes, que no les arregla la ortografía, pero les pone las lenguas aún más amargas. No ha entrado en sus vidas la oración subordinada. Y sospecho que ya no entrará. Confunden el éxito personal con el acceso a las esquinas vips de las discotecas. Tutean a los grandes de la comunicación o la información sin sacarse de la boca el chicle sin azúcar de la estulticia solo porque coinciden en la grada de la Pasarela Cibeles, zona conocidos o conocidillos.

Lita Trujillo me lo abrevió, en frase inolvidable: “Ser famoso en España es dejarse insultar”. Yo creo que en esta frase está la síntesis del cambio del famoso de antes al famoso de ahora. El que se deja insultar es un nuevo famoso. Y los nuevos famosos vienen desde Tómbola, aquella escuela de buenas y malas costumbres. En Tómbola convivieron los famosos de toda la vida, como Concha Velasco o Bertín Osborne, con el lumpen de último momento, que es el que todavía se mantiene. De Tómbola aún se hace articulismo, o crónica, cuando durante más de 15 años han brotado programas incontables, que probaban la imitación. Vengo a decir que Tómbola fue único. Tómbola es Tómbola, según definición de la poética de la calle, que no falla. Programas hay dos: los que tienen público y los que no lo tienen. Tómbola triunfó, y aún triunfa, gracias a las multitudes que juraban que nunca lo habían visto. Del programa se ha dicho de todo, salvo que era barato, porque las cifras de caché a menudo publicitadas son falsas. Eso, y que fue una democracia del famoso, y del famoseo, que no es lo mismo, sino quizá lo contario. Allí se sentaron, en sofá incómodo de entrevista, Matías Prats, Concha Velasco, María Asquerino, María Teresa Campos y más gentío de oro de los famosos no de garrafón. Allí cantó Pancho Céspedes, y Lucrecia y Café Quijano. Asestó Umbral, en su día, que Tómbola era un éxito porque la vida se le parecía. Llamó a su directora, Carmen Ro, “la directora del caos”. Algún chulo de vedette rompió un camerino, porque no se trató a su chica convenientemente en la entrevista. Como si en una entrevista lo esencial o insólito no fuera lo inconveniente. Las trifulcas salían naturales, por una esquina imprevisible, como en los mercados. Todo tenía la geometría de la improvisación. Chiquito de la Calzada se hizo fijo del show. Sara Montiel acudía a ratos, a contar sus últimas aventuras o desventuras, como una vecina. Había siempre una quinta silla para la miss en curso, que por lo general ni hablaba, y que se llamaba Sofía Mazagatos, Eva Pedraza o María José Suárez. En Tómbola puede leerse la síntesis del cambio de tribu del álbum de las crónicas, porque el programa empezaba con Gina Lollobrigida y acababa con cualquier embustera de rellano que tenía un primo que decía conocer a otro primo que tuvo algo con Rocío Carrasco, entonces Rociíto. En aquel plató había coña, atrevimiento, maldad, incluso; entre la corrala en directo y una peluquería donde no te pusieran champú, sino champán.

Conviene decir, aquí llegados, que, en nuestro país, el alto oficio del insulto o de lo insultivo tiene vertebración de arte, y tiene muy larga tradición de oro en lo oral y también en lo escrito. Lo han practicado desde Quevedo a Campmany. Pero este insulto literario, digamos, requiere regates de adjetivo y malabares de sintaxis, a más del lujo distanciador de la ironía. Nuestras loquitas de la tele solo practican la lujuria de la injuria y hasta el taco de fondo de armario, porque además compiten rápidamente a ver quién gasta mejores trapos o cuál está más monumental o está más finamente operada, que a menudo viene a ser lo mismo. Conozco algunos garitos de Madrid que se reservan el derecho de admisión ante estas famosillas. Pues muy bien. Pero donde habría que reservar el derecho riguroso de admisión es en la tele y en otros sitios públicos. Tercian bajo el brío brutal de la ignorancia.

Tiene que defender su sitio el periodista de la verdad

De modo que el particular se emplea de chismoso, se adorna de informador, y ahí tiene que defender su sitio el periodista de verdad, que acaba contaminado de la condición de famoso. En estos años de confusión, se comprende que a ratos se aúpe el debate sobre el derecho a la intimidad del periodista. En concreto, sobre el periodista de la cuerda del corazón, que es lo aquí nos ocupa. Hay quien entiende que el periodista del corazón, que enreda en asuntos de la ajena vida privada, no tiene derecho a mantener la suya a puerta cerrada. Alegre argumento. Disparatado argumento que, en rigor, no lo es. Esto de negarle al periodista el pan de su intimidad suele proceder del propio famoso, que es una especie reciente, bullente y mayormente ágrafa, cuyo oficio es no tener oficio. Cuyo empleo es su propia vida privada. De ahí que quieran endosarle al periodista su condena ganada a voluntad. Pretextan que el periodista suele ser también un famoso, pero hasta ahí podíamos llegar. Que un periodista salga algún rato en la tele no es sino una derivación más de su oficio, y nunca el máster del carné de famoso, que es una cosa que solo sirve para entrar antes en las discotecas y dejarse insultar en un plató. Y no sé si por este orden.

Repitamos la frase esclarecedora de Lita Trujillo: “Ser famoso en España, Herrera, es dejarse insultar”. Lita decía, sin decirlo, lo mismo que aquí apuntamos: ser famoso es un oficio. Pues bien, hasta estos pluriempleados de su propia existencia tienen derecho a su intimidad, aunque luego los jueces se la entornen, nada alegremente, porque comercian con ella. Al respecto hay sentencias incontables. Sabemos que esta apaleada profesión del periodismo padece hoy un vergonzante intrusismo, sobre todo en la tele, donde pontifican hasta los de Gran Hermano. Sobre todo, los de Gran Hermano. Uno entiende que la ley nos iguale, pero no la televisión. Un zángano de Gran Hermano no es Matías Prats, y yo no soy Belén Esteban sin corsé. La Constitución nos iguala, pero sobran los que vislumbran que no todos somos iguales. Quieren que el periodista tenga una intimidad descerrajada, porque es famoso, pero insisto en que hasta el famoso, esa fauna, tiene la ley a mano para cuando toque. Eso, y que el periodista no es un famoso, aunque alguno tenga vocación de folclórica, eso sí.

Esta apaleada profesión padece un vergonzante intrusismo

Hubo un tiempo en que Ana Obregón, Isabel Pantoja y Julián Muñoz promovieron una cruzada inútil contra los periodistas que no les dejaban en paz. O sea, más o menos, todos. Hasta sugirieron o reclamaron una nueva ley al respecto. Nada prosperó. A uno le pareció entonces lo mismo de hoy: la ley está bien como está. Si acaso, procedería algún remiendo de urgencia en sentido opuesto. Legión somos los periodistas que vamos a los juzgados por demandas promovidas por cuatro frotaesquinas “ofendidos en su honor o intimidad” que no buscan justicia, en el fondo, sino pretexto para seguir saliendo en los papeles. Para seguir trincando en los platós. También de la demanda hacen vida privada.

De modo que entre los particulares y los famosos pudiéramos acabar los cronistas sin tajo. O con otro tajo distinto. Resulta que ahora cualquier peatón le hace una foto de móvil a un famoso y acaba la primicia en los papeles del colorín. O bien resulta que el famoso te cuenta su última novia en Twitter, y él resulta así la exclusiva de sí mismo, que no cesa, porque mañana te cuenta que cambió de novia o novio. Digo todo esto porque el cromo del bikini de Letizia lo logró una particular que pasaba por ahí, por las islas griegas adonde se habían ido los príncipes para que nadie los siguiera. Pero es que ya no hay modo de dar esquinazo a quien te sigue, porque te vas bajo la sombra de la última palmera del mundo y allí un turista curiosón te pilla en bragas. Cada móvil anónimo es un paparazzi, y así no hay manera.

Luego está, ya digo, que los famosos se han animado a contar lo suyo, vía Twitter, y Gerard Piqué nos presenta a Shakira, y Casillas hace un reportaje de asueto con Sara Carbonero, y Beckham asoma con su último retoño en brazos, y así vamos componiendo una revista espontánea del corazón sin revista, entre un tío que pasaba por allí y el futbolista que da su Champions sentimental en menos de 140 caracteres. Demi Moore, por ejemplo, cuelga en su Twitter una foto íntima en el baño, con la bella espalda desnuda, como si acabara de entrar o salir de la ducha. La foto tiene la mala calidad doméstica de estos alardes, pero ahí está la guapa pillada por sí misma, donde nadie llega. Por estas estampas insólitas se pasa medio año, o más, un paparazzi trabajando oculto, entre el geo con Nikon y el espía de playa. Ashton Kutcher, el exnovio de Moore, ya la paseó en bragas por Twitter hace bastantes años. Es un caso, y reincidente, pero hay más. Muchos más. Miguel Bosé se declaró papá en las redes sociales y Guti nos daba el parte de su última novia esplendorosa antes que el Hola o el Marca. Entre un vecino de hamaca vacacional y un futbolista pluriempleado en sus secretos, a ver dónde queda el oficio de contar y cantar la vida de las celebridades. De todos modos, entre el publirreportaje y la pornografía, por ahí queda la crónica pura y dura de siempre, que no se perderá, porque la crónica de gentes es la biografía de las vanidades de ayer y de mañana. De siempre.

 

Periodista

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