Corresponsales de guerra españoles

El suicidiario o cómo provocar la muerte del reporterismo de guerra en los medios españoles

Mayte Carrasco
El fotógrafo Mario Podesta. Foto: Lovingmadreteresa.blogspot.com

Desinterés de los editores, racaneo a la hora de cubrir conflictos, despido y ninguneo de grandes firmas, vacíos y desmanes a nuevas generaciones, bajada radical de tarifas por pieza… Cunde poco a poco la sensación de que ir a cubrir una guerra comienza a ser tan difícil como viajar a la luna, mientras que ver tu texto publicado en un medio español se ha convertido en una experiencia sobrenatural.

 

MAYTE CARRASCO*

Abro mi muro de Facebook y me encuentro con una serie de fotografías de niños muertos en algún recóndito lugar de Siria. Alguien las ha colgado ahí para denunciar una masacre. Algunos son cadáveres de bebés en posiciones imposibles. Otros están calcinados de piernas para abajo. Me gustaría estar ahí y contarlo, me digo, aunque soy consciente de que cualquiera en su sano juicio reaccionaría a esta frase respondiendo con una amplia gama de reacciones e improperios que irían desde el primer “está zumbada”, al halagador “caramba, ¡qué cojones!”, pasando por el morboso “cuéntame esos horrores sin dejarte un detalle escabroso”, acabando por el que nos interesa, el que te preguntaría “¿y por qué está ocurriendo?”.

No puedo hablar en general ni por todos, aunque creo que muchos reporteros y reporteras gráficos y periodistas de guerra españoles pensarían como yo. Querrían ir, ver y contar, con todas las dificultades que conllevan todos esos verbos en zona de conflicto y por las razones que tenga cada uno (informar, denunciar, ir por compromiso, por ego, por dinero, por supervivencia, o bien para alimentar la adrenalina o calmar la psicopatología de cada cual, hay libertad). Pero de lo que estoy segura es de que no hay unas ganas locas de ver el cadáver de un niño calcinado, sino intención de dar respuestas a su muerte en forma de foto, texto y vídeo.

¿Alguien lo comprende? ¿Hay alguien ahí? ¿Interesa a los medios o al público español? Lo digo porque cunde poco a poco la sensación de que ir a cubrir una guerra comienza a ser tan difícil como viajar a la luna, mientras que ver tu texto publicado en un medio español se ha convertido en una experiencia sobrenatural. Hay desinterés de los editores, racaneo a la hora de cubrir conflictos que en otros tiempos tendrían presencia obvia, despido y ninguneo de grandes firmas desalojadas de las redacciones a golpe de expediente de regulación de empleo (ERE), vacíos y desmanes a nuevas generaciones que se embadurnan de sangre para contárnoslo todo, sin guantes ni gafas de plástico. Hay también una bajada radical de tarifas por pieza, lo cual conlleva un desprecio por la vida humana del que se la juega en paupérrimas condiciones en esos infiernos, en los que siempre debe haber una cámara y un periodista merodeando.

Bajas tarifas: desprecio por la vida del que se la juega

¿Está el oficio del reporterismo de guerra deprimido y al borde del suicidio? ¿Nos lo vamos a cargar en nuestro país? ¿Es culpa de los medios, de los profesionales que nos dedicamos a esto? Tal vez un psicólogo nos diría: “Quizás el problema esté en usted…”. Por lo tanto, se me ha ocurrido organizar una reunión imaginaria en una mesa de un bar cualquiera entre unos cuantos compañeros y compañeras. Terapia de grupo.


El bar del diván

El ambiente es agradable y hay bastante gente. Las luces son muy tenues y hay humo en el ambiente (en mi bar imaginario se puede fumar). Son las ocho y Amaia López de Munain habla animadamente, vestida con unos vaqueros y una camiseta blanca, con la mochila a los pies de la silla de madera. Vive en Londres, es periodista de agencia y especializada en derechos humanos. Arranca con buen humor y entusiasmo. “El periodismo de guerra en España nunca ha gozado de buenos mecenas, pero sí de buenos profesionales. Actualmente, son muchos los reporteros en zonas de conflicto que están realizando un trabajo extraordinario y cuyo esfuerzo apenas tiene repercusión en España. No solo reporteros freelances, hablamos de corresponsales, enviados especiales, cuya labor diaria se ve reflejada en un simple breve o en un directo esporádico de escasa duración”.

Raúl Gallego Abellán entra por la puerta cerrando un paraguas. Está lloviendo fuera. Le abrazamos y le saludamos con entusiasmo porque vive en Bangkok y le vemos poco. Trabaja allí como cámara para Associated Press (AP), y ha sido premiado como uno de los mejores cámaras del mundo. Se quita las gafas, mojadas con gotas de agua, y las limpia con un pequeño pañuelo de papel mientras se une a la conversación. “Pues sí, nuestro país tiene un muy buen nivel de periodismo internacional, corresponsales, freelances. Creo que mucho mejor que hace unos años. Pero no tienen un espacio donde poder publicar sus historias ni cobran lo que deberían cobrar”, dice, pidiendo un café. “Es triste, por ejemplo, lo que nos ha pasado a muchos, que hemos tenido que irnos para poder hacer más cosas y nos han reconocido antes fuera que aquí. El problema es que gran parte de los medios han estado ‘secuestrados’ por gente que no han dejado crecer profesionalmente a nadie ni han dado muchas oportunidades ni espacio a gente más joven, o bien ha costado mucho”.

E. Bonet: “La situación es vergonzosa, de absoluta precariedad”

Alguien menciona la crisis. El dinero. Lo difícil que lo tenemos ahora que ya no envían a nadie. “Pese a la crisis evidente y el escándalo que supone que los medios españoles paguen auténticas miserias por los artículos que hacen los colaboradores que arriesgan su vida en un conflicto, hay que puntualizar que esta coyuntura favorece de alguna manera al freelance…”, dice Javier Espinosa, corresponsal de «El Mundo» en Oriente Medio, que lleva un rato escuchando a Amaia y a Raúl. En estos momentos, la mayoría de los corresponsales de guerra españoles sobre el terreno son trabajadores independientes. “Antes de este cataclismo, muchos medios de comunicación ni te cogían el teléfono aunque llamaras desde Indonesia para ofrecer un reportaje. No es una metáfora. Es una experiencia personal… Ahora, como la mayoría ya no manda a periodistas de plantilla a cubrir conflictos, los colaboradores tienen la oportunidad de escribir en plataformas a las que antes no habrían tenido acceso”, continúa.

Pero ¿trabajan esos freelances en condiciones dignas? Pregunto. Ethel Bonet me mira con expresión atenta y creo ver en sus ojos la respuesta. Es colaboradora en Oriente Medio, Paquistán y Afganistán para varios medios españoles y latinoamericanos, trabaja a destajo como freelance desde hace años y habla varios idiomas, incluido el árabe. “En el caso de Siria, la mayoría de los periodistas que están en el terreno son freelances a los que no se les paga seguro ni gastos de viaje”, dice con voz grave. “Por 100 euros se tiene una noticia desde allí. La situación es vergonzosa, de absoluta precariedad laboral. Los freelances se juegan la vida haciendo su trabajo, muchos ni siquiera tienen conocimiento de cómo trabajar en zonas de conflicto y el medio únicamente saca beneficios al mínimo coste. Es la pescadilla que se muerde la cola”. Ethel se lamenta también de que, a veces, cubrir un conflicto es la única posibilidad que tiene un freelance para trabajar, que los medios son conscientes de ello y que se aprovechan de las circunstancias, a sabiendas del riesgo que corren. “Por ejemplo, Siria es un país muy peligroso y arriesgado. Han muerto varios periodistas y otros han sido secuestrados. Todos eran freelances. Lo mismo ocurrió en Libia”.

Hay un silencio. Nos acordamos de los que se fueron. “Percibo en algunas agencias y en periódicos una lamentable e hipócrita doble moral”, suelta de golpe Alberto Prieto, fotógrafo freelance que también ha estado varias veces en Siria. “Quieren hacernos ver que se preocupan por nuestra seguridad y, con esa justificación, no compran material mientras estamos en zona de guerra para que no pongamos en riesgo excesivo nuestra seguridad con la intención de vender trabajos. Curiosamente, fuera de peligro, ya no tienen problema en hacerlo si les conviene”, se queja.

¿Y merece la pena jugarse la vida por dos duros? Ricard García Vilanova me mira desde el otro lado de la mesa. Es fotógrafo freelance, publica en grandes medios internacionales y ha ganado este año el premio de la Fundación Rory Peck Trust (Reino Unido) por un documental grabado en Misrata (Libia) con Alberto Arce. “Me acuerdo de que hace algunos años los medios daban assigments (encargos) fotográficos que te permitían vivir dignamente como freelance. Hoy en día, o trabajas para agencias de noticias diarias como AFP y AP o es imposible subsistir con los pocos assigments que te pueden dar a lo largo del año los medios que aún estan en el mercado y con capacidad para hacerlo…, al margen de la política de gastos, dietas y pólizas de seguro, que en la mayoría de ellos ha variado, y con el añadido de que tienes que estar en el terreno para conseguir que todo esto tenga una mínima posibilidad de salida”.

A. Prieto: Hay medios con “una lamentable e hipócrita doble moral”

Reina el pesimismo en la mesa. Hay una máquina de esas de echar monedas y seleccionar una canción. Elegimos un blues. Ethel se desahoga. “Para llegar a final de mes, necesitas tener cuatro o cinco clientes. Lo normal por una crónica es que te paguen entre 80 y 120 euros. Para vender una noticia, tienes que pagar de tu bolsillo todos los gastos de producción: el fixer o traductor, el conductor… Esto supone un gasto fijo de 100 o 150 euros (al día), por lo que tienes que ser un ‘periodista orquesta’, escribir, sacar fotos, grabar vídeo… para que salga a cuenta. Es imposible hacer todo a la vez, lo que implica menos calidad y demasiado esfuerzo”. Mientras habla Ethel, se me pasa por la cabeza el artículo que escribí para Queremos saber, un libro colectivo sobre periodismo internacional editado por Debate en el que hablaba del “malabarismo de guerra freelance”.

La puerta se abre de nuevo y entra Mikel Ayestaran, corresponsal en Oriente Medio de ABC y ETB. Hace tiempo que no lo veo. Saluda a todo el mundo con una gran sonrisa y se sienta al lado de Javier. Le contamos lo de la precariedad, la dificultad de llegar a fin de mes. “Ya no solo importa ser bueno y rápido en el trabajo, también hay que ser barato para poder competir. Yo soy un recién llegado, llevo siete años dedicado a cubrir este tipo de información y, de momento, sobrevivo. Si me dicen cuando abandoné la redacción de mi periódico que iba a aguantar tanto, no lo hubiera creído. Es una carrera de fondo a base de pequeños esprines en los que hay que estar, lo importante es estar y no bajarse de la rueda porque vales lo que vale tu última cobertura. Si no te mueves, desapareces”.

Hay que seguir trabajando. Hay que seguir contando. Pero ¿hay espacio? ¿Hay interés del público? ¿Hay medios que publiquen o difundan aún nuestras historias? “La cobertura de conflictos en los medios españoles es muy precaria, pero tanto como el ejercicio del periodismo en sí mismo”, dice Javier. “Lo que pasa es que resulta más obvio si se compara con el trabajo que se hace en otros países como Inglaterra, Francia y EE. UU. Siempre he creído que eso tiene mucho que ver con la mentalidad de la sociedad española, que ahora está mucho más interesada en lo que dice Belén Esteban que en cualquier masacre o desgracia que ocurre más allá de las fronteras”. Amaia le replica que también es responsabilidad de los que eligen los temas, porque “muchos de los que manejan los entresijos de un medio de comunicación han logrado que en España impere el entretenimiento antes que la información, por comodidad, desidia, falta de interés y el desconocimiento del término ‘periodismo’, además del afán por vender cantidad de ejemplares que no calidad”.

M. Ayestaran: “Vales lo que vale tu última cobertura”

Decido pedirme un vino y encargamos una ración de salchichón. Hay hambre. Alberto se levanta y se dirige a la barra para pedir algo de pan para acompañar. El camarero, un chico de unos 20 años, le dice que está escuchando nuestra conversación sin querer y que, por casualidad, ha oído el nombre de Belén Esteban; y, acto seguido, pregunta si la conocemos personalmente porque “vosotros también sois periodistas”, y que a él le gustaría mucho verla alguna vez porque su cuñada Paqui dice que esa mujer habla muy bien en la tele y que hay que ver cómo está sufriendo en la vida. Alberto coge el pan sin responder y regresa a la mesa. Volvemos a sumergirnos en lo nuestro.

“Está claro que España ha decidido no competir en la liga internacional a la hora de hacer periodismo”, continúa Ethel. “Los medios españoles quieren informar por el menor coste posible, lo que significa ofrecer poca calidad y dejar a la prensa española en una posición de mediocridad en el panorama internacional. La crisis es una excusa para justificar la precariedad de los medios. Lo más indignante es que los directivos siguen viviendo igual de bien que antes, pero no dudan en recortar las colaboraciones de los freelances o pagar una miseria, escudándose en que no hay dinero. Personalmente, yo creo que es un cuento chino. Pero, por desgracia, funciona. Si tú no aceptas las condiciones, detrás de ti estarán esperando otros periodistas dispuestos a hacerlo”.

Ya no buscan calidad. “Simplemente, no podemos buscarla, porque no existe”, coincide Amaia. “En el ámbito internacional es donde más se ve reflejado el desinterés.
Un medio español no tiene más que tirar de agencia; cualquiera de las dos más destacadas, sirve: Reuters o AP. Total, al consumidor poco le importará si las noticias sobre Siria vienen firmadas desde Beirut o Londres. Los jefes de redacción bastante tienen con marcar como spam los correos electrónicos de los periodistas freelances españoles que se encuentran en Alepo, Homs o Idlib”. O aceptan cualquier cosa… “Sí, porque ahora se están emitiendo reportajes en televisión que hace unos años no se hubieran aceptado. O hay informadores que hacen un trabajo muy bueno, pero no lo pueden colocar porque nadie quiere pagar lo que se tendría que pagar por ir a cubrir una guerra”, añade Raúl.

Y digo yo, que esta terapia de grupo nos viene muy bien, pero que hay que identificar los problemas y solucionarlos. Que los freelances aceptamos las tarifas, sí, pero porque ya no envían a nadie y apostamos por hacer que el reporterismo de guerra siga existiendo en España. Y que tratamos de hacerlo con la mejor calidad posible. ¿Cómo hacer que la gente se interese por la información internacional? ¿Es un desinterés específico de la opinión pública española? “Mayte, yo creo que lo que pasa es que España se encuentra sumida en una crisis económica que a su vez encubre otros tipos de crisis, como son la informativa y la cultural”, me responde Amaia. “Los escándalos políticos, que a menudo derivan en escándalos sociales, alimentan las redacciones de los medios españoles, ávidos de proporcionar ‘carnaza’ y fomentar la empatía de los lectores que se ven reflejados diariamente y en primera persona en un sistema social deficiente y chapucero”.

Nosotros y las redes
Y luego está internet. “Es verdad que, actualmente, las redes sociales facilitan la labor de las redacciones. Internet es una herramienta básica a la hora de conseguir noticias, elaborar titulares, hacerse con contactos es fácil y barato. No se necesita de una amplia plantilla para ello”, dice Amaia. Yo añado que un problema adicional es que la información internacional sufre de la irrupción de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC), y que el lenguaje periodístico se ha adaptado a la simplicidad del lenguaje digital cuando tendría que haber sido lo contrario, siendo como es un espacio ilimitado. “No se puede explicar una revolución árabe en 140 caracteres, y más cuando los conflictos son cada vez más complejos”, les digo, mientras le pego un trago al rioja. “Al final, la gente no se entera; confunde Libia con Líbano, no te digo más. Hay que contar las cosas en profundidad, las causas, el contexto, el preconflicto y el posconflicto, y no solo los tiros de en medio”.

No se puede explicar una revolución árabe en 140 caracteres

Javier entra en el tema de la red y la información. “A mi entender, el principal riesgo para el reporterismo especializado en conflictos no solo es la crisis o las deplorables condiciones de trabajo, sino que viene de la mano de la cultura Facebook y Twitter, que simplifica lo que es un guerra y elimina los artículos en profundidad, la búsqueda de las raíces de esa contienda, etc., etc., etc.”, razona. “Los periodistas tenemos que leer, documentarnos y explicar lo que ocurre. No solo intentar ‘vender kilos de producto’ para compensar lo mal que pagan los medios”. Tiene razón.

¿Y tenemos algún futuro? ¿Tiene el reporterismo de guerra algo de vida? Me levanto y cambio la canción. Necesitamos un poco de ritmo, elijo algo un poco más alegre. ¿Hacia dónde vamos? “Soy un futurólogo malísimo”, dice Mikel, “pero veo cada vez más periodismo de marca. Lo que estamos viendo es la progresiva entrada en escena de periodistas freelances que ya están en los lugares calientes antes de que un medio decida mover a una persona de la plantilla. Lo que puede variar a mejor es que se cree una fidelidad con esos frees y acaben moviéndose por encargo de los medios en plan assignments. La crisis ha obligado a la gente a trabajarse su propia marca para abrirse camino o para sobrevivir en caso de que sea de plantilla y le incluyan en un ERE”.

Raúl reniega un poco con la cabeza. No está muy seguro de que podamos seguir trabajando en esto, “porque yo creo que el periodista enviado especial o el corresponsal que vive fuera de su país va desapareciendo. El futuro del reportero de guerra es bastante negro. En general, todo el mundo es más consciente del poder de la información. Se intenta controlar más al periodista o manipularlo. Se le intenta restringir el acceso. Se convierte en muchos casos en un objetivo de uno de los lados o ambos lados del conflicto. Cada vez es más difícil y peligroso ejercer de periodista de guerra.
En lo económico, se va a depender totalmente de periodistas locales, de las agencias. Raramente habrá enviados especiales. O si quieres ser corresponsal, las condiciones serán muy duras o básicas”.

¿Abandonar?
Nos quedamos callados un momento. ¿Debemos seguir luchando entonces? Amaia lo tiene claro: “La situación es frustrante y desesperante; pero los que nos movemos en ello sabemos que, por desgracia, la vocación nos hará sentirnos a gusto, aunque apenas nos dará de comer”. Se detiene un momento para ponerse una chaqueta, porque hace un poco de frío. “La recompensa que muchas veces nos traemos de una guerra no viene por los números en la cuenta bancaria, viene por la satisfacción de haber hecho lo que teníamos que hacer y por haber conocido e intentar plasmar los horrores de unas vidas que, aunque trágicas, nos hacen permanecer con los pies en la tierra, siendo conscientes de lo que somos y, especialmente, de lo que queremos seguir siendo”.

Continuar. Pero algo tiene que cambiar, algo debe cambiar, digo yo. Ethel está de acuerdo, “porque el periodismo no está en crisis, son los medios españoles los que están en crisis”, nos dice. “Ha dejado de ser el cuarto poder y se ha convertido en un negocio de entretenimiento barato. Si nosotros no podemos informar de lo que ocurre sobre el terreno, estamos faltando el respeto al lector porque estamos vendiendo mentiras. Nuestro trabajo es crear conciencia ciudadana, denunciar las malas políticas internacionales, denunciar las injusticias contra los pueblos. Para ello, hay que gastarse el dinero. Los medios españoles creen que el lector se conforma con lo que le dan y no es cierto; si no hay una buena oferta, no hay demanda, y esto afecta directamente a los medios de comunicación, ya que pierden credibilidad”.

A. López de Munain: “El oficio puede que esté herido pero no acabado”

“Yo creo que en el reporterismo de guerra está pasando lo mismo que en el resto de los géneros. Vivimos momentos de cambios y el que no se adapte terminará fuera de la rueda”, apunta Mikel. “De nada sirve mirar a la época dorada del pasado, las historias siguen esperándonos ahí fuera, pero nunca disfrutaremos de aquellas condiciones de trabajo. Somos la generación low cost y debemos sacar el máximo de las nuevas tecnologías, cámaras y demás para mantener la calidad del producto”.

“Y no está en nuestras manos que el público se interese por lo que ocurre en una zona de conflicto”, interviene Amaia. “La potestad para ello la tienen los medios que debieran reflexionar sobre aquello que venden y, especialmente, deberían conocer lo que es el periodismo. Los medios son empresas tuteladas por empresarios, puede que sea el momento de poner en el control de los mandos a aquellos que saben que el periodismo es información, y que debemos educar al lector para que consuma aquello que le ofrecemos y no al revés.
El futuro del periodismo de guerra sigue en pie mientras haya guerras y, sobre todo, mientras haya reporteros que quieran seguir contándolas. El oficio puede que esté herido pero no acabado”.

“¡Ese es el espíritu!”, digo yo. “¡Dejemos de ser la cofradía del lamento!”. Y levanto la copa de vino para brindar. “Hay que protestar y ser conscientes de lo mal que está la profesión, pero, precisamente por cubrir guerras y ser testigos de lo que es realmente el sufrimiento ajeno, los periodistas deberíamos valorar nuestros problemas en su justa medida y saber que siempre seremos unos privilegiados en relación con las víctimas de los conflictos”, dice Javier.

Suicidiario
Brindamos por el futuro de la profesión. Nos levantamos de la mesa, le pagamos al camarero fan de “la Esteban” y nos despedimos todos con abrazos. Salimos a la calle, sigue lloviendo. Saco una libreta roja y escribo un pequeño resumen de este “suicidiario”, algo así como un manual de pistas para terminar con la profesión del reporterismo de guerra. Unas cuantas razones para abandonar:

– Señores jefes, bajen las tarifas aún más para que tiremos la toalla.

– Den prioridad a las noticias sensacionalistas, contemos lo que impacta y no lo que importa (frase de Rosa María Calaf).

– Prefieran ustedes (público y medios) cantidad, que no calidad.

– Si son ustedes lectores o audiencia, elijan esos medios que les informan de forma simplificada, con notas llenas de estereotipos con las que crean que lo han entendido todo con dos párrafos.

– Péguense un atracón de frases de Twitter y Facebook para saber más de Malí. No sabrán nada.

– No se interesen por una guerra o lo que hay detrás, no busquen un por qué.

– Responsables de los medios españoles, sigan ustedes buscando rentabilidad por encima de la responsabilidad de informar.

Levanto la vista, los compañeros siguen ahí, conversando. Les enseño la libreta, faltan cosas y opiniones de todos, claro. Pero apunto algunas ideas. Y para no ser tan pesimistas, algunos concluimos que aún sigue habiendo buenos medios en España publicando nuestras historias, y sigue habiendo muchos buenos compañeros y compañeras en la brecha. La cierro y me la guardo en el bolsillo de mi cazadora. Mientras abro el paraguas, les cuento lo de las fotos en Facebook que alguien ha colgado en mi muro. ¿Alguien sabe algo sobre esa masacre? No hay información. Tras una breve discusión, decidimos todos hacer la maleta e ir a ver por qué hay un montón de niños muertos a mitad calcinados, algunos bebés, en ese rincón recóndito de Siria…

 

*Mayte Carrasco es reportera de guerra freelance y escritora.

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