XXV aniversario del Código Deontológico de la FAPE

La buena prensa

Por su interés, se reproduce a continuación el discurso del filósofo Javier Gomá pronunciado en el acto conmemorativo del XXV aniversario del Código Deontológico de la FAPE, celebrado el pasado 22 de febrero en la sede de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

Por JAVIER GOMÁ LANZÓN, filósofo, escritor, ensayista y director de la Fundación Juan March


1.- La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) publicó en 1993 el Código Deontológico,
aprobado por la Asamblea de la FAPE ese mismo año. Por tanto, en 2018, el Código cumple 25 años de existencia. Triple enhorabuena.

Enhorabuena porque fue un código temprano, lo que denota la ansiedad del sector por erigir un ideal elevado y exigente de la profesión con el que medir su ejercicio real y cotidiano.

Enhorabuena porque esos 25 años de existencia, resistiendo las injurias del tiempo, suponen una proeza.

Y enhorabuena, en fin, por la decisión de la FAPE de conmemorar el aniversario, porque indica que le concede tanta importancia a esta autoexigencia, demostrando con ello que la rectitud, la decencia, la honestidad y la excelencia profesional configuran su identidad y el modo en que la profesión se entiende a sí misma y quiere ser percibida.

Invitado a decir unas palabras por la presidenta [entonces, Elsa González], les propongo ahora algunas reflexiones a propósito del Código, con el objetivo de abrir la letra a sus fundamentos teóricos y morales, de destacar su oportunidad y su nobleza, también sus límites, y, finalmente, de aprovechar tan solemne ocasión para renovar el compromiso con sus principios.

2.- El Código viene acompañado de un oportuno decálogo que resume su contenido. Y como los mandamientos de Moisés, que se encerraban en dos, también este decálogo se encierra en dos principios: se trata de ser buen periodista, pero no basta con ser un buen profesional, parece decirnos; es exigible ser un profesional bueno, decente, recto, cabal, honesto, en fin, digno, que dignifique la profesión.

Fijémonos un instante en esos dos momentos: profesión y dignidad, en la formación del periodista.

El periodista debe ser un profesional competente. Un profesional competente es alguien que, habiendo aprendido las reglas de un arte o de un oficio, es capaz de producir una mercancía (un bien o una prestación) que el mercado necesita o valora y por la que está dispuesto a pagar un precio. Un buen periodista se gana la vida produciendo mercancías a las que la sociedad pone precio.

Pero, paralelamente a esto, incluso antes, el periodista es un ciudadano, una condición que no tiene precio, sino dignidad. El ciudadano adquiere una mejor comprensión del valor incondicional de su dignidad no sujeta a precio.

Precio y dignidad no son el par de un antagonismo insuperable, pero mantienen una tensión eterna no susceptible de conciliación definitiva. Cabe definir la dignidad como aquello que, en general, estorba y, en particular, estorba a la circulación de mercancía y a la velocidad de los negocios: resiste a la tiranía de la mayoría, a la felicidad del mayor número, al interés general y al bien común.

De modo que el periodista ha de salir a la sociedad con competencia para desempeñar una profesión remunerada en el mercado y, al mismo tiempo, más consciente que antes de un valor íntimo a su persona que se resiste a la racionalidad del mercado y que incluso se halla en un estado de potencial conflicto con él.

Doble educación del periodista: la de profesional, ‘lex artis’, y la de ciudadano, consciente de lo que debe a su ‘dignitas’

Doble educación del periodista: la de profesional, lex artis, y la de ciudadano, consciente de lo que debe a su dignitas. No obstante, de elegir una de las dos, prevalece la de ciudadano, por lo mismo que la dignidad está antes y por encima del precio.

3.- El periodismo en el origen de la opinión pública ilustrada. No es casual que la opinión pública y el periodismo nazcan simultáneamente en el entorno de la Ilustración y la formación de la moderna ciudadanía.

El ciudadano no quiere ser súbdito de nadie, sino opinar por sí mismo, según su conciencia. Para ello, tiene que formarla. Se alimenta de una deliberación pública –el uso público de la razón– por medio del intercambio de ideas entre personas libres. El presupuesto de todo ello:la libertad de expresión y el periodismo, plaza pública donde se produce la circulación de ideas.

Recordemos que en el XVIII se establecen las bases de la llamada “cultura de la conversación”, intercambios de puntos de vista entre iguales en un ambiente de libertad y haciendo un uso público de la razón. Café, salones, clubs, asociaciones y…periódicos.

El hermoso libro La cultura de la conversación, de Benedetta Craveri, ofrece un fresco de los más distinguidos salones abiertos por ilustres damas durante los siglos XVII y XVIII en el corazón de París. Al leerlo, uno piensa en la influencia que en la formación de la naciente opinión pública y en la Ilustración francesa en general pudo tener esa combinación de conocimiento intelectual y de esprit de finesse [espíritu de finura] que adornaba a las personas que triunfaban en el gran mundo, al mismo tiempocultas, juiciosas, ingeniosas y galantes.

Una inesperada ratificación filosófica de esas cualidades de sociabilidad mundana se encuentra en la obra de Kant, ciertamente no en sus dos primeras críticas, tan severamente sistemáticas, pero sí en la recuperación de la mundanidad que Kant opera en la tercera, la Crítica del juicio, al desarrollar una fundamentación del gusto como “universalidad sentimental sin concepto”, que califica de sensus communis, puesto que no designa una inclinación o preferencia privadas, sino el sentir que comparten la comunidad de personas dotadas de buen juicio.

El periodismo sería el lugar de este sensus communis, que preside el salón literario ideal, porque uno expresa sus opiniones con la pretensión de que sean compartidas por la comunidad de personas dotadas de buen juicio. No es una pura manifestación de preferencias subjetivas, sino de juicios y opiniones que uno confía que tengan la aprobación de los inteligentes.

4.- Origen de la figura del intelectual. A fines del XIX y durante el XX, surge y se confirma la figura del intelectual. Me gusta definirlo como especialista en ideas generales. Es alguien que, habiendo demostrado conocimiento profesional en un ámbito especializado, es capaz de dirigirse al público culto general para contribuir a formar su opinión.

Dos modelos de intelectuales: anglosajón y latino. Se aprecia una cierta diferencia en la colaboración de intelectuales entre el mundo anglosajón y el mediterráneo.El primero, más científico-analítico; el segundo, más literario.

4.1. En el periodismo anglosajón, para que un artículo sea objetivo, se cree que se debe mezclar muchas entrevistas a personas que son protagonistas o testigos de la historia con estadísticas. Una objetividad cercana a las ciencias sociales: encuestas y estadísticas. Existen también las columnas de opinión, pero suelen ser de expertos en una materia.

Se da mucho menos, en cambio, el caso de que filósofos o escritores –figuras más cercanas a la ideal del intelectual y menos a la del experto– tengan columnas de opinión en los grandes periódicos.

4.2. La tradición intelectual española es literaria y estética. Concibe la verdad como expresividad, como manifestación del yo del autor, como vivencia, que traslada a la opinión pública valores estéticos. Quienes crean la opinión pública y publicada son los escritores, los novelistas, literatos de estilo más o menos elegante, que buscan la complicidad del lector con una actitud, una ironía, un juego.

El riesgo del periodismo anglosajón, más analítico, empírico, argumentado, es el aburrimiento. El del periodismo latino es otro: he observado que la gente, cuando no tiene nada especial que decir, tiende a ponerse moralizante. Seguramente, el infierno sería en este caso la síntesis de los dos mundos: periodismo aburrido y moralizante. Aquello que decía el chiste sobre los hijos de un posible cruce entre Marilyn y Einstein: el riesgo de que los niños heredasen la inteligencia de la actriz y la belleza del científico.

Pero bien puede ocurrir lo contrario. Que el nuevo periodismo herede la belleza de Marilyn Monroe y la inteligencia de Einstein, o la belleza de la primera y también su inteligencia, porque, más allá de chistes, al parecer la estrella rubia, en realidad, era también inteligente. Y entonces, tendríamos un periodismo analítico, científico, argumentado, con estilo personal, bello y elegante. Ojalá.

5.- Ciudadanía ilustrada como contrapoder. Me gusta pensar en el periodismo no solo como un poder, sino como un contrapoder. Posiblemente, son las dos cosas a la vez. La prensa es un poder, el cuarto poder, se dice, pero también uno de los instrumentos más poderosos para denunciar y frenar los abusos del poder. Sirve a una ciudadanía ilustrada que lucha contra las inmunidades de los poderosos.

En realidad, el auténtico contrapoder es una ciudadanía ilustrada

En realidad, el auténtico contrapoder es una ciudadanía ilustrada: contra la tendencia del poder político a hacerse poder absoluto, tendencia de la empresa al lucro infinito y a la conversión del ciudadano en consumidor, tendencia de los medios de comunicación a hacerse medios de manipulación.

La ciudadanía es el sufragio cotidiano que vota, que opina, que compra, que se informa.

Frente al poder político, el votante ilustrado. Frente al poder económico, el consumidor ilustrado. Frente al cuarto poder y los riesgos de manipulación, lector informado e ilustrado.       

6.- Escándalo. El periodismo como contrapoder corre paralelo al poder judicial. El poder judicial entiende de las denuncias contra acciones ilícitas. Pero, junto a ello, hay acciones legales y lícitas que, sin embargo, en el sentir de la mayoría merecen reproche social. En ese caso, la sociedad no presenta acción judicial; sin embargo, tiene otro modo de actuar: uno de los procedimientos a disposición de la opinión pública como eficaz contrapoder es su derecho a escandalizarse.

Séame permitido una especial consideración del escándalo; esto es, a través de una opinión pública informada que manifiesta hacia dichas conductas su repudio colectivo.

La corrupción que nos escandaliza es mala. El escándalo que nos produce la corrupción es, en cambio, bueno, muy bueno.

Distingamos entre ejemplo y ejemplaridad. Si la corrupción es expresión eminente del ejemplo negativo, el escándalo, en cambio, presupone la vigencia del ideal positivo de la ejemplaridad. Una sociedad que se escandaliza ante la conducta inmoral de un individuo o de un grupo demuestra que, aunque padece provisional dolencia, es fundamentalmente sana, pues el ideal moral sea halla sólidamente establecido en la conciencia de sus ciudadanos.

Uno se escandaliza cuando compara la realidad que observa con el ideal de la ejemplaridad que se le impone como una evidencia ante los ojos de su mente y, al apreciar una distancia excesiva entre la primera y el segundo, entra en conmoción y condena con repugnancia la acción reprochable. De manera que esta sucesión de escándalos recientes que nos tiene a todos en permanente agitación arguye a favor de la ejemplaridad, no en contra, como pudiera pensarse. Porque demuestra que existe ese ideal de la ejemplaridad –indefinible, pero vivísimo en la conciencia, como el dictum de Tomás de Kempis: prefiero sentir la compunción a saber definirla; así muchos sienten la ejemplaridad o su ausencia sin saber definirla–.

Lo decisivo es que la sociedad no pierda su capacidad de estupefacción ante los comportamientos desviados, que siga resonando en nuestros oídos el “escándalo, escándalo” que antiguamente pregonaban los vendedores callejeros de periódicos para llamar la atención del viandante, que la opinión pública mantenga su disposición a indignarse por lo moralmente insoportable y no pierda nunca ese asombro y ese sobresalto.

Lo terrible, lo fatídico sería que llegase el día en que contempláramos esos hechos con indiferencia, con resignación, como si formaran parte inevitable de las reglas del juego. Una sociedad tal estaría enferma de muerte.

Así que escandalicémonos, aunque solo cuando el asunto lo merezca conforme a una opinión ilustrada, ya que, si vivimos en una convulsión permanente, entregada al histerismo inquisitorial, podríamos perder el sentido para percibir los hechos verdaderamente repudiables.

7.- Volvamos ahora al Código de 1993 y fijemos nuestra atención en los cuatro grandes principios que lo inspiran: respeto a la verdad, respeto a los derechos de intimidad y propia imagen, presunción de inocencia y protección de los más débiles y vulnerables.

La verdad en periodismo es la verdad positiva, observable y verificable

7.1.- Respeto a la verdad como primer principio. ¿Qué es la verdad? La verdad en periodismo es la verdad positiva, la verdad observable y verificable.

Últimamente se habla mucho de las fake news y de la posverdad. Supongo que antes para designar lo mismo se diría simplemente mentiras, errores y manipulaciones. Ahora, los dos términos sugieren esos mismos errores, mentiras y manipulaciones pero en el entorno de internet, y son merecedores de reproche, no solo porque a veces sean falsas, sino en otras ocasiones porque no siendo falsas son repetidas millares de veces artificialmente por robots para crear un clima de opinión interesado o para ejercer una influencia solapada.

Por ejemplo, Facebook no genera contenido propio, si bien es el primer medio de comunicación y absorbe la mayoría de la publicidad mundial. Y allí se crían noticias falsas, o inexactas o simplemente opinativas, que se comparten, se multiplican, se hacen virales con el propósito de crear una opinión pública favorable a alguien.

Alguno llamaría a esto “populismo periodístico”. Últimamente, he leído decenas de definiciones sobre el populismo. Sea lo que sea, parece que podemos relacionarlo con cierta tendencia a despreciar la verdad objetiva, con su complejidad y su seriedad, y cambiarla por una “democracia sentimental”, un sentimentalismo donde la verdad no cuenta. Incluso, estorba. Como dice Lady Susan, la protagonista de la novela inacabada de Jane Austen, sorprendida en una mentira: “Oh, facts are such horrid things!” [“¡Oh, los hechos son algo tan horrible!”].

Y por traer un ejemplo que proviene de esas regiones de Jane Austen –aquellas en las que, según dijimos antes, reina el periodismo analítico de hechos, el anglosajón–, el populismo fue adoptado por los partidarios del brexit. Cuando salieron informes demostrando que ese futuro resplandeciente que se prometía nada más salir de la Unión Europea era falso, un ministro de Cameron declaró en una ocasión que se ha hecho célebre: “¡Abajo los expertos!”.

Más que nunca es necesario un periodismo atenido disciplinadamente a la verdad

Más que nunca es necesario un periodismo atenido disciplinadamente a la verdad y una ciudadanía ilustrada que rechaza las burdas y estúpidas manipulaciones intentadas por robots.

7.2.- El periodista respetará los derechos de intimidad y propia imagen. Me refiero ahora a la lucha entre estos derechos y el derecho a la libertad de expresión. El Tribunal Constitucional declaró que la libertad de expresión, además de un derecho, era también un principio estructural del ordenamiento, y en caso de choque, prevalecía sobre los otros derechos fundamentales. Y así se ha ido creando una jurisprudencia extraordinariamente garantista y favorecedora de la libertad de expresión frente a los derechos de imagen e intimidad.

Esto ocurrió al venir de una dictadura, donde la libertad de expresión estaba tutelada y vivíamos en libertad vigilada. De ahí, la consideración de principio estructural.

Pero considero que hemos alcanzado una mayoría de edad y una madurez democrática y que, como país moderno, ya podemos, sin temores, volver a equilibrar ambos principios.

7.3.- Presunción de inocencia. Hay un principio que, por achaque de filólogo, no puedo dejar de comentar. El periodista debe asumir el principio de presunción de inocencia, dice el Código. Y el hecho es que se observa con frecuencia una perversión en textos periodísticos (aunque también en leyes y sentencias). Solemos leer“presunto terrorista”, o “presunto golpista”, o “presunto violador”. Cuando el derecho de presunción de inocencia nos debería obligar a decir lo contrario: “presunto inocente” acusado, investigado o juzgado como sospechoso del delito que sea en cada caso.

7.4.- Respeto de los derechos de los menores y de los más débiles y discriminados. La naturaleza impone la ley del más fuerte, mientras que la civilización corrige esa ley, la perfecciona e impone “la ley del más débil”. No solo respeto, sino preferencia.

Un certero modo de apreciar la temperatura moral de una sociedad: analizar el tratamiento que dispensa a los más débiles.

8.- Tras destacar la importancia trascendental del Código para dignificar la profesión, conviene llamar la atención sobre sus límites. Al final, ni la ley ni los códigos, con ser importantes, son suficientes.

La ley no es capaz de regular todo acto indebido. La casuística legal no alcanza a la totalidad de los supuestos imaginables y queda siempre un margen tan incodificable como éticamente exigible. Nos hemos convencido recientemente de que no basta con cumplir la ley. Si alguien comete un acto ilícito, puede ser perseguido y castigado conforme a derecho; no obstante, hay conductas virtuosas y civilizadas que harían mejorar la profesión las cuales no son exigibles por ley, aunque su ausencia, aunque sin acción jurídica, genera un reproche social.

Si, como decía Saint-Exupéry, “lo esencial es invisible a los ojos”, cabría añadir que lo esencial, en el dominio de la moralidad, es también irreductible a los códigos. Por eso sea bienvenido, pero no suficiente ese empeño tan loable de encerrar la deseable ejemplaridad de los gestores en un código de buena conducta. La ley y el derecho sirven para orientar la libertad externa de los ciudadanos, si bien no cambian las actitudes interiores, en las que reside la moralidad. No hacen a las personas decentes. 

En último término, lo que reclamamos a los periodistas es que actúen con decoro

En último término, lo que reclamamos a los periodistas es que actúen con decoro. El decorum –término latino que se traduce por ejemplaridad– no es hoy un adorno “decorativo”, un detalle ornamental que hermosea a su poseedor como lo haría una alhaja. El decorum designa ese plus extrajurídico exigible a quien es titular de cualquier forma de poder, mucho más si, como ocurre con el periodismo, la potestad reposa en una previa relación de confianza.

Ahora bien, ¿puede por ley obligarse a alguien a que sea decente? La ley regula la exterioridad de nuestra libertad, aunque no roza el corazón, donde uno decide libremente qué tipo de persona, así en general, desea ser. Queremos profesionales decentes, pero la decencia –como el amor o la amistad– no se puede codificar ni reglamentar: de ahí, la insuficiencia estructural de los códigos deontológicos o de buenas prácticas que tanto abundan ahora.

La decencia depende, en último término, de la educación sentimental del corazón del ciudadano. Un proceso de urbanización a larguísimo plazo al final del cual uno se inclina espontáneamente por lo bueno sin esperar premio y le asquea instintivamente lo malo sin importarle el castigo. Por buen gusto, por estilo, por virtud. Por respeto a uno mismo. Simplemente porque una persona como yo no hace eso, y basta.

9.- Esto es todo por mi parte. Resumamos: no se trata de ser solo un profesional, sino de ser un profesional digno. Y el Código es un instrumento óptimo para inducir esa dignificación de la profesión. No lo puede todo, hemos visto, pero en sí mismo es una buena señal, puesto que son los periodistas quienes voluntariamente aprobaron en 1993 un código ético; al hacerlo, establecieron un ideal que le sirve de exigente medida a ellos mismos, los promotores. Estar vigente en 2018, 25 años después, y celebrarlo gozosamente en una jornada como hoy [22 de febrero de 2018], y en el templo de la legislación que es esta Academia, confirma que el periodismo español no ha desertado de la belleza de ese ideal, sino que, al contrario, sigue haciéndolo suyo con renovado entusiasmo. Es muy alentador.

Enhorabuena, queridos periodistas. Gracias por invitarme y gracias por vuestra atención.

Código Deontológico de la FAPE

 

Manifiesto ‘En las bodas de plata del Código Deontológico de la FAPE’

Por Rafael de Mendizábal Allende, presidente de la Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología del Periodismo

 

La conmemoración que aquí y ahora nos convoca, las bodas de plata por cumplirse el XXV aniversario del Código Deontológico del periodismo, nos sitúa en un altozano del camino desde el cual, parafraseando al poeta, solo contemplamos las ruinas de lo que otrora, apenas ayer, fuera una espléndida civilización, cuya degradación paulatina se ha consumado por inadvertencia, paradójicamente por el debilitamiento de sus raíces éticas. No se tachen de tremendismo estas palabras, pues la situación es reversible. No es tampoco exageración, sino aviso, porque el ajetreo diario en un mundo dinámico dificulta la visión desoladora de una sociedad mediocre extendida por los dos continentes que manejan el timón del mundo conocido desde hace dos siglos: Europa, hechura de Grecia, Roma y el cristianismo; América, hechura de España, con un poderoso injerto anglosajón sobre el limo fecundo de las culturas indígenas que los conquistadores respetaron, no así quienes llegaron después.

Pues bien, parecen encontrarse en trance de extinción los principios y reglas morales, las virtudes y los valores que guiaron la conducta, el comportamiento de las buenas gentes. No es que cualquier tiempo pasado fuera mejor, nunca ocurrió así, pero el ser humano, a trompicones, se sabía imperfecto, aunque ansiaba la perfección por el espíritu. Para andar ese camino en las riberas del Mediterráneo, hombres clarividentes armaron una arquitectura a la cual llamaron “ética”, cuya etimología nos pone en presencia del “carácter” o modo de ser de la persona, adquirido por la educación. La “moral”, se dice, es la parte de la filosofía que trata del bien y del mal en los actos humanos, clasificados primariamente en buenos y malos; y la ética, la parte de la filosofía que ocupa la moral.

Ambas, dos en una, afectan a todos, pero son ingrediente necesario de todas las actividades humanas que se ejercen como una proyección pública y tienen una dimensión social, como el periodismo y la política, cuyo desarrollo más floreciente en libertad se ha conseguido históricamente en un ambiente democrático. En la democracia, alcanza su cuota más alta y se convierte en uno de sus pilares o columnas fundamentales y fundacionales, como lo ha calificado el Tribunal Constitucional, que también ha reconocido su “función pública”. Como faro que ilumina su navegación, se alza la Constitución, que, según Woodrow Wilson, “no es tanto un sistema de gobierno como un conjunto de principios; como tal, morales”.

En esta sociedad mediocre, la estrella polar de las nuevas generaciones no es el enriquecimiento espiritual, interior, por medio de sus cuatro manifestaciones exteriores: la bondad, la verdad, la belleza y la justicia, sino “el pelotazo”, enriquecimiento económico rápido, sin esfuerzo ni creatividad, en un clima de relativismo moral, como puede comprobarse leyendo cualquier periódico, moviendo el dial de cualquier emisora radiofónica, encendiendo la pantalla de televisión o navegando en internet. Es un fenómeno agresivo que socava los cimientos de nuestra convivencia en libertad. Al tiempo que contemplamos ese desplazamiento por la pendiente de lo fácil y de lo cómodo me dicen que en nuestras facultades de Ciencias de la Información, cualesquiera que sea su concreta denominación, languidecen las cátedras de Deontología del Periodismo o desaparecen y, en definitiva, pierden peso específico en el currículum académico.

Es hora de invertir tal tendencia en caída libre y multiplicar no solamente esos puestos estratégicos que tan expresivamente se llaman “cátedras”, núcleos de atracción intelectual y de experiencias humanas para ser transmitidas a los periodistas en agraz.

El buen periodismo, como la buena música, está hecho no tanto de palabras o sonidos como de silencios

El buen periodismo, como la buena música, está hecho no tanto de palabras o sonidos como de silencios. No puede llamarse bueno al periodismo sin límites ni ley, “al oeste del río Pecos”, en el que todo valga. El “ciudadano Kane” –o quienes aquí y allá, hoy o ayer, le imiten– no puede ser el modelo. Los jóvenes que, con la ilusión virgen de los años mozos, acuden a esas facultades y escuelas para su formación deben ser conscientes de ello; y para hacérselo saber, están los maestros, quienes, perfeccionando al máximo su conocimiento de la profesión, prestarán un servicio trascendental al pueblo cuando se sitúen en la vanguardia del Estado de derecho, síntesis de la democracia y la justicia, y cumplan su misión de informar y enseñar. Todo su esfuerzo será en vano y se tornará en contra de lo pretendido si sus textos y sus imágenes se sazonan con la sal del bien, porque todo gran periodista es, en verso de Antonio Machado, “un hombre, en el mejor sentido de la palabra, bueno” o, en el lenguaje de Miguel de Unamuno, “nada menos que todo un hombre”… o una mujer, tanto monta.

En definitiva, el futuro del periodismo, como el de todas las manifestaciones del ser humano, no está fuera de nosotros, sino en nuestras manos. El mañana nos pertenece.

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