Buena Prensa

La falacia del jugador, los aviones y la violencia de género

Josu Mezo

Todos sabemos que los fenómenos naturales son dados a producir rachas o agrupamientos erráticos que no tienen ningún significado. Si tiramos un dado cientos de veces, de vez en cuando aparecerán rachas del mismo número, sin que eso quiera decir nada particular. Pero los seres humanos somos muy malos trasladando ese conocimiento teórico a la vida cotidiana.

Por un lado, nos cuesta imaginar cómo de frecuentes y largas pueden ser esas rachas. Por otro, en cuanto vemos tres o cuatro eventos “buenos” o “malos” seguidos, empezamos a pensar que algo pasa, que hay alguna causa para lo que nos parece un fenómeno llamativo, en lugar de aceptar que son simples rachas aleatorias.

Para ilustrar lo primero, existe un juego que utilizan algunos profesores de estadística: se pide a la mitad de la clase que tire al aire una moneda un número de veces –por ejemplo, 30– y apunte en un papel la serie de caras (O) y cruces (X) obtenida. A la otra mitad se le pide que imagine que hace lo mismo, invente la serie de caras y cruces que le saldría y la escriba también en un papel. Luego, los papeles se mezclan y el profesor intenta adivinar cuáles provienen del registro verdadero de lanzamientos de moneda y cuáles reflejan lanzamientos imaginados. El porcentaje de acierto de los profesores es muy alto precisamente porque en las series imaginadas no suele haber rachas largas de resultados iguales. Es decir, cuando imaginamos resultados aleatorios, tendemos a creer que las rachas largas de resultados iguales son mucho menos frecuentes de lo que son realmente. Caemos en la llamada “falacia del jugador”, que consiste precisamente en creer erróneamente que si un resultado se ha repetido en varias jugadas es menos probable en la siguiente. Por tanto, imaginamos que las rachas de cuatro o cinco caras o cruces se dan con menos frecuencia de lo que sucede en realidad.

El azar también produce rachas en fenómenos sociales y económicos. Si en lugar de observar lanzamientos de un dado o una moneda, nos centramos en el número de coches que pasa por una carretera o las ventas en una tienda, encontraremos algunas regularidades derivadas de verdaderas causas sociales (más coches a ciertas horas del día, más ventas los sábados que los lunes…); no obstante, también habrá oscilaciones erráticas, aleatorias. Puede que por la carretera pasen entre las 10 y las 11 de la mañana, de martes a jueves, 200 coches de media. Pero eso no significa que todos los días pase un número muy parecido a 200. Habrá días que sean 150; otros, 280, y otros, 190. Y si vemos una tabla con los datos de todo un trimestre, observaremos rachas de cuatro, cinco o más días en los que hubo un tráfico claramente por encima de la media, y otros en los que fue especialmente bajo. Algunas tendrán una causa razonable (vacaciones, ferias, acontecimientos diversos en los pueblos cercanos…), si bien otras simplemente sucederán por azar.

Con mucha frecuencia, los medios dan a entender que toda agrupación de acontecimientos similares en poco tiempo responde a algún tipo de causa

¿Y todo esto qué tiene que ver con el periodismo? Pues muy sencillo: con mucha frecuencia, los medios de comunicación dan a entender que toda agrupación de acontecimientos similares en poco tiempo tiene que responder a algún tipo de causa. Y así, cuando aparece una serie de eventos indeseables en un corto periodo, los medios suelen caer en la tentación de denunciar que “algo está pasando”, y de ponerse a buscar una explicación y una solución al extraño fenómeno, a menudo demandando a las autoridades políticas que tomen medidas… para resolver lo que no es nada más que un espejismo. Es una variante de la falacia del jugador, en la que en lugar de esperar un cambio de tendencia, se espera que esta continúe (si no se hace algo para remediarlo). Pero el error de base es el mismo: no entender bien el papel del azar en la sucesión de acontecimientos.

De esta manera, cada julio con más incendios de los habituales nos encontramos con peticiones de revisión de la política de prevención y control de fuegos. Cuando hay dos o tres meses con ascenso de los accidentes de tráfico, enseguida hay quien demanda que se revise el código de circulación, el carné por puntos o que se desplieguen más guardias civiles en las carreteras. Si hay unos pocos episodios cercanos en el tiempo de intoxicación alimentaria, se exige revisar todos los protocolos de inspección de la hostelería.

Y todo ello puede suceder incluso cuando el asunto que ha concatenado dos o tres eventos negativos está en líneas generales progresando muy positivamente. Ese es el caso de los accidentes aéreos. Por puro azar, de vez en cuando, hay dos accidentes graves en poco tiempo. E inmediatamente aparecen las especulaciones sobre si las compañías aéreas, por aquello de la agresiva competición por los precios y el éxito de las líneas de bajo coste, no estarán recortando en gastos relacionados con el mantenimiento de las aeronaves, la formación de su personal, el cumplimiento de las horas de descanso… Sin embargo, una búsqueda rápida de las estadísticas de accidentes de aviación permite comprobar que, antes y después de las líneas de bajo coste, la mortalidad de los pasajeros de avión lleva 50 años cayendo de manera espectacular, y es hoy aproximadamente la décima parte de lo que era hace 20 años. El papel del periodista debería ser precisamente el de corregir la tendencia natural del lector o espectador a sacar conclusiones erróneas de unos pocos accidentes concatenados, pero, desgraciadamente, a menudo se hace lo contrario.

Quizá el caso más llamativo de la falacia del jugador en los medios españoles sea el que afecta a uno de los temas más sensibles y discutidos en los últimos años: la violencia de género. Los medios informan sobre todos los asesinatos de este tipo y, como pasaría con cualquier otro fenómeno social observado tan detalladamente, sucede que de cuando en cuando se producen varios casos seguidos en un corto espacio de tiempo. La reacción típica es destacar esa agrupación, llevándola incluso a la portada de los medios impresos[1].

Esto sería defendible si la agrupación se entendiera como algo calamitoso y accidental, que es noticia simplemente por ser infrecuente. Como si tres días seguidos, en diferentes partes de España, un rayo matara a alguna persona. Sería noticia en todos los medios, tal vez daría pie a recordar a la gente las precauciones adecuadas en caso de encontrarse en medio de una tormenta. Pero nadie escribiría un editorial preguntándose “¿qué está pasando con los rayos?”.

Con la violencia de género (como con los aviones, los incendios y los accidentes de carretera) no se acepta que las agrupaciones de casos sean azarosas. Hay que preocuparse, aún más, se entiende, porque haya varios asesinatos en tres o cuatro días. Se agolpan los artículos de opinión. Se llegan a escribir editoriales, incluso, pidiendo la “revisión urgente” de la política sobre el tema, con frases como estas: “Las agresiones contra las mujeres repuntan de forma alarmante. Cuatro víctimas en 48 horas es un dato que debería encender todas las alarmas”[2]. Pero no, no es así. Las alarmas deben estar encendidas por todas las víctimas, aunque no más –ni tampoco menos, claro– porque en dos días haya cuatro víctimas.

De hecho, el “anumerismo” de los medios es todavía más censurable cuando contrastamos su reacción ante las rachas de tres o cuatro días (portadas, artículos de opinión, editoriales…) con su atención a la evolución del fenómeno a largo plazo. El gráfico con el que se abre este artículo recoge los casos confirmados oficialmente de asesinatos por violencia de género en España entre 2001 y 2016 (extraídos del portal estadístico de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género)[3].

Con todas las salvedades propias de una serie de datos tan corta y sobre un fenómeno que en números absolutos es pequeño –y, por lo tanto, dado también, incluso en periodos de un año, a oscilaciones sin causa real–, el gráfico muestra que, tras unos años de estabilidad (2003-2010), los datos desde 2011 son menos malos: cuatro de los cinco valores más bajos de la serie se han dado en los últimos cinco años, y la media móvil de tres años ha pasado del entorno de los 60 y muchos al de los 50 y pocos. Dicho de otra forma: en los primeros cinco años de la serie fueron asesinadas 340 mujeres, y en los últimos cinco han muerto por esta causa 264 mujeres.

Un lector ingenuo podría creer que los periódicos que dedican portadas y editoriales a cuatro muertes en 48 horas lo harían también con una reducción de 76 muertes (-22%) a lo largo de cinco años. O, al menos, que algunos destacarían que las 44 víctimas mortales de 2016 son la menor cifra en 14 años. Pero no sucede así. Ambos indicios positivos han pasado prácticamente desapercibidos. Eso sí, cuando a finales de febrero de 2017 hubo una nueva racha de cinco asesinatos en pocos días, se volvió a destacar que era un dato catastrófico, y que tal vez estuviéramos ante el peor comienzo de año desde que hay datos uniformes. Dos meses malos, grandísima noticia. Cinco años de mejoría, silencio.

Más allá de la falacia del jugador, la miopía o el sensacionalismo de los medios, uno se pregunta, de todos modos, cómo es que ningún otro agente social o político ha llamado la atención de los medios sobre esas tendencias (moderadamente) positivas de los últimos años. Parece que estamos ante una “victoria” huérfana. El Gobierno podría intentar ponerse la medalla, si bien le sería difícil justificarlo, ya que no ha tomado ninguna medida particularmente importante en este sentido, e incluso ha reducido los presupuestos de algunos programas de prevención. Los partidos de izquierda, que normalmente han hecho más bandera de este tema, lógicamente, tampoco le van a regalar al Gobierno un reconocimiento sobre un asunto del cual ellos piensan que no ha hecho nada o ha retrocedido. Los movimientos sociales centrados en la lucha contra la violencia de género tenderán a poner el énfasis en que no se trata de paliarla o reducirla, sino en erradicarla, y en que más allá de las muertes, las víctimas menos graves de esta violencia siguen siendo decenas de miles y, por tanto, cualquier mensaje positivo podría ser contraproducente.

Los medios españoles aplican la máxima de no dejar que una buena estadística de largo plazo arruine las noticias de rachas de corto plazo

Asimismo, para todos los grupos y partidos que dan mucha importancia a este asunto, reconocer una mejoría precisamente en los años en los que ha habido recortes presupuestarios en los programas relacionados con la prevención y persecución de la violencia de género equivaldría a poner en duda la eficacia de esos programas y a replantearse la lógica con la que se trata a veces de resolver los problemas sociales a base de gasto público. Porque claro, en realidad, un fenómeno de la complejidad de este no cambia fácil ni rápidamente, sino que lo hace a ritmos muy lentos, al tiempo que vamos probando diferentes fórmulas para combatirlo, que en muchos casos tienen su impacto a medio y largo plazo, e interaccionan con dinámicas y procesos sociales y culturales autónomos, no dirigidos por la política, y de larguísimo recorrido, que también pueden tener efectos positivos o negativos. Saber qué funciona de todo lo que hacemos y qué no es endiabladamente complicado. Del mismo modo, explicar la caída de los últimos años es también poco menos que imposible.

Pero esas reflexiones nos llevarían ya por otros derroteros. Lo que parece claro es que los medios españoles aplican la máxima de no dejar que una buena estadística de largo plazo les arruine las noticias basadas en rachas de corto plazo. O bien, simplemente, no son capaces de distinguir entre la importancia y el significado de ambas cosas. Cualquiera de las dos conclusiones es desalentadora.

 

[1] Como ejemplo, véanse las de ABC, con nueve años de separación, pero similar contenido: “Cinco mujeres asesinadas por sus parejas en 72 horas” (23 de febrero de 2017) y “Asesinadas cuatro mujeres en el día más trágico de la violencia doméstica” (27 de febrero de 2008).
[2] El País, 21 de marzo de 2014.
[3] Algunas organizaciones feministas (como Feminicidio.net) critican las cifras oficiales por no incluir ciertos casos que ellas consideran probados. Como esa falta de contabilidad se produce, con pequeñas variaciones, todos los años, las cifras revisadas al alza no alterarían la validez de las observaciones que hago a continuación.

 

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