El Mataerratas

La infodemia por infoxicación de bulos es tan letal como la pandemia

Un virus del que hace pocos meses ni sabíamos que existía está causando en el planeta tal impacto que ya hay quien habla no solo de crisis sanitaria, económica y social, sino también de crisis cultural, en sentido amplio. De civilización. De era. Como todas las crisis profundas, esta también trae su propio léxico, pero en su formación y conformación no hay novedades lingüísticas reseñables, no hay nueva era que valga. Los mecanismos por los que se genera este neoléxico no son nuevos. Son los de siempre en la evolución de la lengua y en el cambio lingüístico: palabras en desuso y casi olvidadas bajo el polvo de los viejos diccionarios que ahora reviven.

Palabras y palabros nuevos que brotan aquí y allá, en la calle o en los despachos o adoptados y adaptados por traductores perezosos, y son asimilados y amplificados por los medios de comunicación hasta convertirse en términos populares de uso generalizado. Siglas antiguas o nuevas cuyo uso invade todo con una naturalidad y rapidez sorprendentes. Y algunos poderosos agentes lingüísticos de hoy y de siempre, de probada eficacia: el eufemismo, la metáfora, el oxímoron y la paradoja.

Luego veremos algunos ejemplos de todo lo mencionado, pero hagamos antes un alto en el nombre de la cosa, en el quién, en el sujeto. A los medios y a los periodistas –y a nuestros lectores, claro– nos costó muchas semanas diferenciar entre el virus causante y la enfermedad causada, entre el coronavirus y la COVID-19. Aquel, masculino; y esta, femenino, según los lingüistas, tras un cierto debate que se ha relacionado incluso con el del lenguaje inclusivo. 

Al primero, al coronavirus, ya se le puso ese nombre en inglés –y de ahí saltó a muchas otras lenguas, entre ellas la nuestra– hace más de medio siglo, cuando en 1965 fueron descubiertos unos nuevos virus que mostraban en su superficie unas protuberancias que recordaban la corona del sol. El segundo, COVID-19, es un término recién nacido. Fue acuñado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) hace nada, en febrero de 2020, y basado en un acrónimo de una frase en inglés: coronavirus disease 2019, que traducido es tanto como decir “enfermedad por coronavirus de 2019”, el año en que se detectó ese específico coronavirus que ha desencadenado la ¿epidemia o pandemia? Atendiendo al Diccionario de la Lengua Española (DLE), el que elaboran las academias, lo primero al principio, cuando la enfermedad solo afectaba a un país, China, y lo segundo después y ya para siempre, cuando se extendió por otros países. Es ese, el ámbito geográfico al que afecta una enfermedad, el que las academias determinan que fija una u otra denominación, epidemia o pandemia.

Entre las palabras en desuso que la pandemia ha resucitado, tres muy diferentes y que merecen un comentario. Una, sangradura, que es, según el DLE, la “parte hundida del brazo opuesta al codo” y, según las autoridades sanitarias, el punto de nuestra anatomía donde conviene que tosamos en estos tiempos de contagios fáciles. La segunda, desafección, palabra muy usada durante el franquismo para señalar y a veces perseguir a quienes no le tenían ni afecto ni estima al régimen dictatorial y que ahora ha sido utilizada en público por un alto mando militar para referirse a algunos de los que criticaban al Gobierno, con la correspondiente polémica política. Y la tercera, cómo no, confinamiento. Esta, con una notable novedad.

Hasta ahora, y desde la antigüedad hasta casi nuestros días, los confinamientos los ordenaban las autoridades –especialmente, las autoridades autoritarias– por lo general por motivos políticos, a personas concretas y no muy numerosas y enviándolas lo suficientemente lejos de su lugar habitual de residencia como para tenerlas controladas y aisladas. Con esos precedentes poco reputados del término, quizás el Gobierno debería haber buscado otro. Por ejemplo, aislamiento, que no tiene las connotaciones negativas de confinamiento.

De confinamiento, precisamente, han nacido algunas de las neopalabras más ingeniosas de la pandemia que han acabado en los medios y las redes sociales: sinfinamiento, por lo que duraba; confitamiento, por lo que engordaba; confinavino y confinabirra, para los que nos tomábamos con los amigos o familiares mediante videollamada (y de videollamada, videovermú). Y de cuarentena, una forma más estricta de confinamiento para los que mostraban síntomas de contagio, otro hallazgo del ingenio popular: cuarempena. Y de COVID, covidiota, para los negacionistas de la enfermedad. Y de la obligación para muchos de seguir trabajando durante el confinamiento, teletrabajo, un término creado hace pocos años, con el despliegue de la tecnología para uso personal, y que ahora ha vuelto para quedarse del todo.

No hay crisis ni gran acontecimiento sin extranjerismos

Como no hay crisis ni gran acontecimiento sin extranjerismos, la pandemia de la COVID-19 ha tenido uno que probablemente se va a quedar entre nosotros durante mucho tiempo. Se trata de distanciamiento social, del inglés social distancing. Cuando la frasecita ya estaba casi tan extendida como el virus, varios expertos han recomendado usar la expresión distanciamiento físico, o incluso distancia interpersonal. Tarde piache. Los medios y el público probablemente ya hemos asimilado el primero y es harto improbable que incorporemos las alternativas, pese a ser mucho más atinadas.

Entre las siglas, también ha habido varias de uso masivo. Unas ya veteranas, como ERTE (expediente de regulación temporal de empleo), muy usado en la anterior crisis económica, o SARS (del inglés severe acute respiratory syndrome), acuñada en el año 2002 para nombrar una enfermedad causada por un coronavirus muy parecido al actual aunque menos contagioso y letal. Y otras, de nuevo cuño, como el ya comentado acrónimo/sigla COVID y como EPI, por equipos de protección individual. Los EPI fueron durante muchas semanas del estado de alarma tan abundantes en las informaciones y opiniones de los medios de comunicación como escasos en los almacenes de las instituciones públicas sanitarias o en las farmacias. En la América hispanohablante, por cierto, los EPI han sido llamados mayoritariamente EPP, de equipos de protección personal.  

Decía arriba que en esta, como en otras crisis anteriores, han actuado como poderosos agentes lingüísticos algunos recursos retóricos clásicos: el eufemismo, la metáfora, el oxímoron y la paradoja. 

En esta crisis, como en otras, actúan como poderosos agentes lingüísticos recursos retóricos clásicos: eufemismo, metáfora, oxímoron y paradoja

El eufemismo siempre ha sido uno de los principales recursos de la comunicación política. En las desgracias, quien está en el poder siempre habla de fallecidos, nunca de muertos; de cuerpos, no de cadáveres. Ahora hemos visto que al incremento de contagiados y de muertos se le llamaba escalada y a los lazaretos pensados para aislar a los enfermos leves se les intentaba rebautizar como arcas de Noé. 

La metáfora más frecuente utilizada por los dirigentes políticos durante la pandemia, tanto entre nosotros como en muchos otros países, ha sido la metáfora bélica. Esta es una guerra, hay un enemigo común muy cruel y peligroso, todos somos soldados y tenemos unas obligaciones para con la nueva patria que es la salud pública, todos podemos ser héroes, etc., etc. Los expertos creen que tanto en España como en otros países se ha abusado de ella. Los políticos parece que han prestado atención a esa crítica, pues hubo un momento en que se empezó a producir una desescalada también en esa metáfora.

Para oxímoron, ninguno tan representativo de esta crisis como el de la nueva normalidad. Se usó ya en la anterior crisis económica, la de 2008, directamente traducida del the new normal inglés. ¿Si algo es nuevo puede ser normal? ¿Si algo es normal puede ser nuevo? Fundéu ha recomendado, con razón, cambiar el artículo determinado “la” y usar el indeterminado “una”. Se puede ir hacia una nueva normalidad, en efecto, pero no hacia la nueva normalidad. 

Y entre las paradojas, nada tan significativo y emblemático de esta nueva y extraña normalidad como que un positivo en un test sea lo más negativo que a uno le puede ocurrir y un negativo sea lo mejor, un gran alivio, pura felicidad.

Muchas de las palabras y expresiones reseñadas se han expandido tan deprisa como el coronavirus. Pero pocas nos deberían inquietar tanto a los periodistas como estas últimas: infoxicación, infodemia. La pandemia de la COVID-19 ha traído consigo otra pandemia tan peligrosa para la salud social como la primera para la salud pública y la de los ciudadanos. Los bulos y la desinformación han existido siempre, sí, pero crecieron mucho en los últimos años y ahora se han multiplicado tanto, en el caldo de cultivo del miedo a la enfermedad y a la muerte, que ponen en peligro no solo el oficio del periodismo y el papel social de los medios de comunicación, sino también la estabilidad de las sociedades democráticas. La infodemia por infoxicación de bulos es tan letal como la pandemia por coronavirus.

 

Periodista y fundador y director de Archiletras

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