Censura en Cuba: cómo se ejerce y qué fugas tiene

La mordaza cubana en la hora del deshielo

La creciente pérdida de credibilidad de los medios oficiales, consustancial a cualquier dictadura, ha dado lugar a un progresivo desenganche informativo de la población. Los cubanos no tienen acceso libre a las emisoras de radio y televisión internacionales. Y la conectividad a internet figura entre las más bajas del mundo.

 

FERNANDO GARCÍA*

“La única verdad que el Granma dice cada mañana es la fecha del día”. Esta es una de las frases más populares entre los cubanos acerca de la prensa oficial del país. La sentencia es, desde luego, una genuina combinación de hipérbole y choteo al más puro estilo de la isla. Pero si partimos de la base de que la función de todo periodista y medio informativo es buscar la verdad, aun aceptando que esta no existe en estado puro; si estamos de acuerdo en que el periodismo es lo contrario de la propaganda, entonces la afirmación resulta impecable.

Que Cuba mantiene una férrea censura sobre la información y las diversas formas expresivas y de opinión no es un gran misterio. Lo interesante es cómo el régimen la ejerce; qué fugas y limitaciones tiene, y cómo los cubanos, con su proverbial ingenio, la sortean hasta donde humanamente parece imposible. Con su tanto de drama y su cuanto de tragicomedia, el diablo de la censura isleña está en los matices.

“En Cuba no te fíes de nada de lo que oigas y de casi nada de lo que veas”, solía decir el disidente Félix Bonne en mi época de corresponsal en La Habana (2007-2011). Él no se refería tanto a la información periodística como a la mareante bruma de rumores, mentiras, intoxicaciones y verdades distorsionadas que envuelve la vida de los isleños; al peligro de los chismes difundidos a través de Radio Bemba (versión autóctona de “Radio Macuto”); al chivateo estructural y mediante chantajes desde los Comités de Defensa de la Revolución, el Partido Comunista Cubano (PCC) o los centros de trabajo; a las dañinas maniobras de confusionismo que tanto socavan a las organizaciones de la oposición, mediante acusaciones de traición sabiamente sembradas entre sus miembros de cuando en cuando. El resultado es que en ese país, y dicho a la cubana, nadie se fía ni de su abuela. Así que del Granma…

Pero la frase de Bonne vale también para describir la falsedad general de las apariencias, de casi todo lo oficial o lo que está bien a la vista. La mayor parte de la economía real de los cubanos es economía sumergida o “por la izquierda”. Y lo mismo sucede con el mundo de la información que circula: gran parte de ella fluye por canales clandestinos, irregulares o, como dicen allí, “informales”.

La creciente pérdida de credibilidad de los medios oficiales, consustancial a cualquier dictadura, ha dado lugar a un progresivo desenganche informativo de la población, en particular de las generaciones más jóvenes. “Ay, yo no leo eso”. O “no escucho eso” o “no veo eso”, se oye cada vez más a la gente normal de las ciudades cubanas. Se refieren tanto al Granma, el órgano oficial del Partido, como a los boletines de Radio Reloj o a la inefable Mesa Redonda diaria: un debate de Cubavisión en el que todos los contertulios están de acuerdo en todo, especialmente en el apoyo a las tesis oficiales y el rechazo al imperialismo, aunque con muy diferentes grados de entusiasmo y gracia expositiva.

En cuanto a la censura interna propiamente dicha, el primer o más básico nivel es, por supuesto, el de la falta de información por la doble vía de no ofrecerla y de impedir el acceso a la misma. El primer apartado no solo incluye la inmensa mayoría de la información política, férreamente controlada por el partido único y los órganos del Estado, sino incluso la de carácter cultural y social. Hasta hace exactamente un año, la información de sucesos o “crónica roja” estaba prohibida en la isla. Fue en concreto el 30 de mayo de 2014 cuando se publicó la primera noticia de este tipo después de media centuria de ocultamiento de los actos violentos o delitos de sangre. El semanario provincial Vanguardia y el portal digital Cubadebate anunciaron aquel día la detención de un tipo de 23 años bajo acusación de tres agresiones sexuales a otras tantas mujeres en la ciudad de Villa Clara.

Los cubanos no tienen acceso libre a las emisoras de radio y televisión internacionales. Y la conectividad a internet, por demás capada para las páginas conflictivas, figura entre las más bajas del mundo (ronda entre el 5 % y el 12 %, según quien saque la cuenta). Las estrategias para impedir que los isleños rompan los cortafuegos y puertas al mar que la autoridad impone frente a las que ve como armas de difusión masiva del enemigo son muy diversas y van cambiando a medida que los isleños hallan recovecos o fabrican ingenios para sortear las restricciones.

Las señales de medios “contrarrevolucionarios” son interferidas sistemáticamente

Las señales de medios “contrarrevolucionarios” como las históricas Radio Martí y TV Martí de Miami son interferidas sistemáticamente por el departamento técnico de la Seguridad del Estado. El canal televisivo tuvo prácticamente que tirar la toalla hace años ante la evidencia de una bajísima llegada a los televisores cubanos. Pero las acometidas del grupo audiovisual del exilio que en su día tantos dolores de cabeza ocasionó al régimen de los Castro son hoy casi una anécdota, si bien con un cierto mérito histórico y premonitorio, dentro del completo panorama de la guerra que se libra en el campo de las nuevas tecnologías de la comunicación.

Si frente a la televisión por satélite la respuesta es la prohibición, con la obligada e importante salvedad del “cable” para los extranjeros e instalaciones turísticas, las restricciones de internet combinan los ya citados bloqueos de sitios inconvenientes –a  la usanza china– con una política de precios que a la inmensa mayoría de los ciudadanos de la República de Cuba les hace casi imposible la navegación.

Pese a la apertura de cada vez más cibersalas públicas y al proyecto de extender la red a los domicilios particulares –mas allá de los de aquellos altos funcionarios, periodistas autorizados y diplomáticos o foráneos residentes que sí tienen acceso–, pocos son los cubanos que pueden permitirse pagar los 4,5 CUC (equivalentes a 4,5 dólares) que cuesta una hora de conexión. Porque estamos hablando del equivalente al salario medio de una semana. En cuanto a la telefonía móvil, de por sí igualmente prohibitiva, el acceso a internet por esa vía se estableció hace algo más de un año al precio de 5 dólares por mega.

Los cubanos empezaron utilizando perchas o agujas de coser para fabricarse antenas de radio con las que captar señales del exterior; mayormente, las emitidas desde el “imperio”. Más tarde recurrieron a bandejas de alumi­nio, sombrillas, paraguas, sartenes y paellas que hacían las veces de parabólicas para la TV por satélite; después, cuando estas antenas redujeron su tamaño, ingeniaron mil maneras para hacerlas pasar por la aduana aeroportuaria, la mayoría de las veces envueltas o decoradas como si fueran bandejas de regalo o grandes fruteros.

Al mismo tiempo, dentro del país fueron proliferando los traficantes de equipos o sets completos con su parabólica, su antena, su decodificador y su tarjeta para ver equis programas de todo el mundo. Era lo que el pueblo bautizó como “la antena”. El Gobierno se puso como loco en cuanto descubrió –en el acto, gracias a su eficiente servicio de inteligencia y su amplia plantilla de chivatos– a los primeros distribuidores de tales juegos de TV por satélite. Y la persecución no cesa desde entonces. Raro es el mes en que no hay una redada en algún barrio de La Habana, Santiago o cualquier otra población donde la policía sabe o sospecha que “la antena” está extendiéndose peligrosamente. Hace solo tres meses, el Tribunal Municipal Popular del municipio habanero Diez de Octubre ratificó la condena a tres años de cárcel impuesta a un joven cubano, Mauricio Noa Maceo, que había conectado televisión satelital de Estados Unidos en decenas de hogares.

Además de entrañar riesgos, “la antena” no es barata. La conexión a los canales de Florida sale por unos 20 dólares y la mensualidad, por unos diez dólares. Pese a lo abultado de la tarifa en relación con los salarios –casi siempre complementados por remesas familiares y/o ingresos no legales–, los cubanos abonados a esta oferta ilícita se cuentan, sin duda, por miles y, seguramente, por decenas de miles.

Menos costosas y más variadas son las ofertas de contenidos de la web que los habitantes de este país complicado y singular intercambian de manera febril a través de cedés, deuvedés y pendrives. Difícil será encontrar hoy a un habanero menor de 40 años que no disponga de una buena colección de lápices de memoria.

En la actualidad, el sistema clandestino más exitoso entre los ingeniados para sortear la censura es el denominado “paquete semanal” o “YouTube cubano”, normalmente discos duros externos de alta capacidad. Las recargas suelen ocupar entre 400 gigabytes y 1 terabyte de información digital. Predominan los contenidos audiovisuales, como películas y series de moda, aunque también se incluyen diarios y revistas en PDF, webs, fotografías, libros pirateados, aplicaciones para móviles y otros productos de software.

No conviene engañarse pensando que es la avidez de saber qué ocurre dentro y fuera del país la que afina el ingenio cubano a la hora de driblar las severas limitaciones al flujo de información. A través de “la antena”, de las memorias USB, el “paquete semanal” y, desde luego, de Radio Bemba, los isleños se enteran de lo que pueden, que en general no es mucho y a menudo acaba distorsionándose por falta de referencias y de datos fiables y completos. Lo que predomina, más que la sed de saber o de enterarse de las cosas, es, en realidad, la necesidad de combatir el sopor que producen los programas, las informaciones y los mensajes de los aburridos medios oficiales.

La propaganda, que podríamos situar en un segundo nivel del sistema de desinformación en la censura cubana, dedica tantos esfuerzos a la exaltación de los valores y éxitos de la revolución como a la crítica a los Gobiernos de los países “enemigos”. Bajo la dirección del Departamento Ideológico del Comité Central del PCC, los medios gubernamentales no solo recuerdan con frecuencia las bondades del sistema cubano de salud o rememoran sin pudor afirmaciones como aquella de Fidel Castro de que Cuba es “la mejor democracia del planeta”; a la vez, los diarios e informativos oficiales resaltan cada día los terribles problemas que padecen los habitantes del mundo capitalista. Así, noticias como la de que “Más del 30 % de los niños españoles viven por debajo del umbral de la pobreza”, o la de que “La policía española ha detenido a cinco personas en Tarragona que intentaron comprar por 6.000 euros el riñón de un inmigrante sin recursos”, y no digamos esa otra de “Policía mata a disparos y por la espalda a un afroamericano en EE. UU.” –por citar algunas recientes–, tuvieron amplísima cobertura en las publicaciones del Partido y la Juventud Comunista o el sindicato único.

Cuba atraviesa dificultades, pero en Estados Unidos y Europa los pobres y los rebeldes las pasan canutas, viene a ser el mensaje.

La censura por excelencia en Cuba es la que va contra el periodista o informado

Pero la censura por excelencia en Cuba, la que en este esquema situaríamos en un tercer grado de intensidad, es la que va contra el periodista o informador: el que escribe para dentro y el que lo hace para fuera, es decir, el profesional cubano y el corresponsal extranjero. Sobre el primero opera la censura previa para los que trabajan en la prensa del régimen y la represión pura y dura –incluidos las detenciones, los arrestos domiciliarios y los encarcelamientos por periodos casi siempre breves– en el caso de los periodistas independientes. Hay que decir que los encierros prolongados son una excepción. Tal vez para no tensar en demasía las relaciones con determinados países o bien para mostrar una cierta apertura, aunque sea mínima y pírrica, existe un extraño juego del ratón y el gato en el cual el Gobierno tolera, aunque tape, la difusión de informaciones extraoficiales.

Hace unos días que la famosa y premiada bloguera Yoani Sánchez celebró un año de existencia de su diario digital 14 y Medio “a pesar de la censura”. Ni que decir tiene que la página no puede verse en la isla, salvo unos pocos días de marzo pasado en los que sus promotores consiguieron colarla en la flamante plataforma oficialista ReflejosHasta que los funcionarios de la seguridad del Estado que vigilan la red la cerraron, no sin previa denuncia por parte de un sitio oficialista titulado “Mercenarios al servicio de EE. UU. abren blog en plataforma cubana”.

¿Ha cambiado o lleva visos de cambiar el panorama a raíz del deshielo entre Washington y La Habana? No, al menos de momento.

Raúl Castro y Barack Obama sellaron su acuerdo para la reanudación de relaciones diplomáticas el pasado 17 de diciembre. Pues bien, dos semanas después, la policía detuvo en La Habana a un grupo de “disidentes” que se habían reunido en la plaza de la Revolución para asistir a una actuación de la artista plástica Tania Bruguera. Entre los arrestados estaba el editor de 14 y Medio y marido de Yoani, Reinaldo Escobar.

En su momento, el Gobierno cubano tomó buena nota de la incidencia, diría que decisiva, que la Glasnost tuvo en la caída del régimen soviético. Y el sector duro del PCC recuerda de cuando en cuando aquella “lección” a todos cuantos defienden una mayor transparencia informativa en Cuba. Ambas tendencias conviven dentro del régimen, y en este momento el resultado del debate o la tensión entre una y otra es una curiosa combinación entre una cierta aunque limitada flexibilización de la censura por orden del presidente Raúl Castro y un endurecimiento de los controles del ciberespacio bajo las directrices del mencionado Departamento Ideológico.

Hay en Cuba determinados espacios de relativa libertad expresiva y de opinión

Hay en Cuba determinados espacios de relativa libertad expresiva y de opinión, entre los que yo destacaría los del humor, la cultura y un sector de académicos e intelectuales críticos pero “de dentro”. En el primer apartado, son apreciables las concesiones a la ironía desde el arte y al choteo contra las fallas del sistema desde el humorismo. Estoy recordando un espectáculo fantástico titulado “Aquí cualquier@”, autorizado a todos los públicos, en el que el cómico Osvaldo Doimeadiós exponía con gracia y sin miramientos los vicios de la burocracia y las gravísimas ineficiencias en la producción y el abastecimiento.

En lo referente al mundo de las ideas, sobresale en La Habana la celebración de un debate mensual abierto a todos y con temas de actualidad sobre la mesa en un céntrico local de la ciudad. Se trata de Último Jueves (de cada mes), un coloquio entre especialistas en el que los turnos de preguntas suelen dar lugar a inesperadas quejas, protestas y discusiones. Lo organiza el director de la revista Temas, Rafael Hernández, un sociólogo de prestigio que suele colaborar en medios extranjeros.

Son estas, de todos modos, insuficientes excepciones a la regla de la mordaza en un régimen que dedica considerables energías a ocultar sus realidades y miserias.

En cuanto a los corresponsales extranjeros, todos aquellos que consiguen la preciada acreditación para ejercer dentro de la isla se ven obligados desde un principio a practicar un difícil ejercicio de funambulismo para poder informar a su público sin escamotearle nada sustancial y hacerlo sin que el Centro de Prensa Internacional le ponga de patitas en la calle.

En el caso del que suscribe, los equilibrios duraron cuatro años. La relación se fue deteriorando y al final, en marzo del año 2011, me expulsaron por incumplir sus vagos requisitos de “objetividad y ética”. Más tarde supe que se trata del “premio a toda una obra”, por así decirlo, aunque la gota que había colmado el vaso de la paciencia gubernamental fue una información sobre los problemas que el PCC empezaba a encontrar para atraer nuevos afiliados: el personal comenzaba a pasar del partido. Y eso no debía contarse, parece ser.

No era el primero ni sería el último periodista expulsado de Cuba. Aquello no resultó fácil ni agradable, pero sí interesante desde el punto de vista vital profesional. (Tanto como para, un par de años después, animarme a contarlo todo en un libro, La isla de los ingenios, relato de las aventuras e infortunios de un periodista extranjero en Cuba, pero también de mil y una historias de supervivencia de los apurados habitantes de esa hermosa tierra).

 

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