EL MATAERRATAS

Todocampistas pitufeando

Las lenguas son seres vivos. La nuestra, el español, una de las más vivas y más vivaces. Lleva mil y pico años evolucionando, empujada por sus genes originales de lengua de frontera, nacida en el territorio de la primitiva Castilla, una zona de permanente contacto y conflicto entre mundos geográficos, políticos y culturales diferentes.

El mundo de los iberos con el mundo de los celtas. El de los vascones con el de los pelendones. El de los bárdulos con el de los caristios y los autrigones. El de los cántabros con el de los romanos. El de los romanos de Hispania Citerior con el de los romanos de la Hispania Ulterior. El de los alanos con el de los suevos. El de los visigodos con el de los godos. El mundo de los cristianos del Reino de León con el de los cristianos del Reino de Navarra, y el de los cristianos de uno y otro reino con el de los musulmanes del Emirato del Califa de Córdoba. Nacida en una tierra de mestizajes, de fusiones, nuestra lengua no podía ser sino un imponente artefacto en continua evolución.

Nuestro oficio, el periodismo, es ahora una de las principales claves en la evolución y la mejora de la lengua… y también en su deterioro. Y algunas de las especialidades del periodismo lo son especialmente, para bien y para mal, por su abundante presencia en los medios: el periodismo político, el deportivo, el judicial…

En el periodismo político, uno ya no sabe bien quién fue el primero en echar a andar la rueda de las palabras alargadas, ampulosas, hinchadas: intencionalidad, en vez de intención; influenciar, donde se quiere decir influir; casuística, y no causa; conflictividad, en vez de conflicto; tensionar, en vez de tensar; metodología, en vez de método, ejercitar, en lugar de ejercer… Uno no sabe si esta moda la trajeron los políticos con corta formación y largas ambiciones, tan abundantes en la Transición y sobre todo en los años que creíamos de abundancia y que luego resultaron de burbujas vanas y vacías, o si fueron los escritores –por lo general, periodistas– que a los políticos les suministraban los discursos y los llamados argumentarios. Sea como fuere, estemos atentos a los nuevos partidos y a los nuevos políticos. Han llegado a la vida pública (incluso a los viejos partidos) unos dirigentes por lo general mejor formados y con menos tics previos en su forma de expresarse en público. ¿Aguantará mucho tiempo su aire fresco o acabarán, en las ideas, en las estrategias y en el lenguaje, engullidos por la forma y por el fondo de la vieja política? ¿Quién cambiará a quién, qué contaminación será finalmente la dominante?

Los periodistas deportivos –ya lo he comentado alguna otra vez aquí, en este mismo espacio– conforman un colectivo capaz –como dirían ellos mismos– de lo mejor y de lo peor. Son capaces de crear en sus crónicas, o incluso de improvisar en sus retransmisiones audiovisuales, metáforas brillantísimas y perífrasis sorprendentes; de sacarle brillo a los adjetivos, de lanzar apelativos ingeniosos… Y capaces también de encadenar en la misma crónica o en la misma retransmisión ristras inacabables de lugares comunes –de “Fulanito hace historia”, de “Menganito está que se sale”, de “Zutano está intratable”, o “se borra”, o “lo borda”, o “no perdona”, o “vence y convence”– y de titular mil veces con frases manidas como “Coser y cantar”, “No pudo ser”, “Crónica de una derrota anunciada”. Probablemente, muchas de estas expresiones –y otras como “semifallo”, “tridente”, “hat-trick” o “trivote”– gozaron en su momento, recién estrenadas, de un cierto fulgor, de un brillo original, pero el mucho uso, la reiteración, lo ha apagado hasta dejarlo mustio.

Hace nada, en una retransmisión radiofónica, a un Numancia-Real Zaragoza lo llamaron “el derbi del Moncayo”. ¡Me pareció poético, machadiano! Pero cuando lo dijeron una docena de veces en media hora ya me lo parecía bastante menos. Y hace poco, tras un gol primoroso de un jugador con poca reputación de artista, escuché por primera vez un nuevo término: “todocampista”. Luego supe que se aplica a un centrocampista futbolístico que sabe defender en el área pequeña propia y sabe atacar y marcar goles en el área pequeña del rival. No usemos mucho el nuevo término, colegas, no le apaguemos el brillo antes de tiempo.

De la temporada de noticias judiciales, tan intensa sobre todo en asuntos de corrupción, me llaman especialmente la atención una expresión nueva –al menos para mí como lector– y una viejísima muy bien resucitada.

La nueva es “pitufeo”, y se aplica –cito a Fundéu– “a ciertas operaciones financieras ilícitas que se efectúan en cantidades pequeñas para que no sean registradas o para no levantar sospechas”. La propia Fundéu dice que el término viene del inglés smurfing, este “formado a partir de smurf, nombre aplicado en esa lengua a los personajes de historietas conocidos en español como pitufos”. La Fundéu recomienda otra, “menudeo”, pero a mí me gusta menos, pues vale para otras muchas actividades, no solo para financieras e ilícitas.

La vieja expresión resucitada es la de “paraíso fiscal”, ahora de nuevo de moda por los llamados papeles de Panamá. El origen de la expresión es curioso, y esta vez no fue fruto del ingenio, sino de un pequeño accidente. En inglés, al país o al lugar donde se pagan pocos o ningún impuesto se le llama “tax haven”. “Haven” es “puerto, refugio”, pero algún traductor poco ducho o algún hispanohablante duro de oído debió de confundirlo con “heaven”, que significa “cielo”, y tradujo al castellano el“tax haven” como “paraíso fiscal”. Mejoraba así la expresión original inglesa. Ciertamente, los potentados que escondían allí su dinero debían de sentirse en el paraíso… hasta que llegó la prensa y se hizo con los papeles de Panamá.

Deja un comentario