El Mataerratas

Anglicismos: no cunda el pánico

Veteranísimos como zapping, e-mail, stock options, hattrick o tarjetas black. Nuevos como blockchain o rider. Fijos discontinuos como Black Friday. Los anglicismos siguen salpicando los medios de comunicación españoles, pero no cunda el pánico. Un repaso a la historia de nuestra lengua nos dará una visión poco dramática del fenómeno. Y un vistazo somero de diarios impresos y en línea, revistas, radios y televisiones nos indicará que no estamos ante un fuego graneado del inglés sobre el español de nuestros medios.
Salvo en algunas áreas informativas –la economía, por ejemplo, y especialmente dentro de ella las finanzas; la tecnología; los espectáculos, la moda a veces…– o entre algunos comentaristas deportivos tan devotos de los hattrick que ellos mismos cuelan un triplete de extranjerismos por párrafo, da la impresión de que la invasión de anglicismos en nuestros medios se ha frenado en los últimos años. Quizás tareas tan valiosas como la de Fundéu BBVA, que ya va camino de cumplir 14 años; la abundancia de libros de estilo normativos –hasta la Real Academia Española ha publicado recientemente el suyo–; un mayor prurito por el buen uso de nuestra lengua en muchas redacciones, y una mayor censura social a algunas barbaridades que se toleraban en el pasado estén obrando este pequeño atisbo de milagro.

El origen de la lengua, la capacidad del hombre por crear y desarrollar lenguas, es uno de los misterios sobre la especie humana de los que aún se desconoce tanto como se sabe. Ignoramos aún mucho de todo ello, pero sí sabemos que los préstamos entre lenguas son, además de tan antiguos como la propia existencia de muchos idiomas, uno de los mecanismos que empujan su evolución, su crecimiento, su expansión y su futuro. Una lengua es un sistema arbitrario de signos que los miembros de una comunidad establecen por convención y que antes o después amplía su espectro tomando convenciones de otras.

Los préstamos han sido, por tanto, uno de los mecanismos más frecuentes de evolución de cada lengua

Los préstamos han sido, por tanto, uno de los mecanismos más frecuentes de evolución de cada lengua. Lógico, si se considera que los hablantes de cada idioma no se comunican solo entre sí, sino también con los de los idiomas vecinos, aquellos con los que tienen intercambios personales, comerciales, culturales o incluso bélicos. Nuestro idioma, el castellano, el español, quizás por su nacimiento como lengua de amalgama y de frontera, ha mostrado desde su origen una notable velocidad de crucero tanto en su evolución en general como en su toma de préstamos de otras lenguas con las que ha estado en contacto.

Como noticia periodística, del origen de la palabra “Castilla” tenemos todo. El quién, el qué, el cuándo, el dónde, el cómo y el porqué.  Por un documento que forma parte del Becerro Galicano, que hoy se guarda en San Millán de la Cogolla, sabemos que el día 15 de septiembre del año 800 un abad llamado Vitulo emite la carta fundacional del monasterio de san Emeterio, en Taranco de Mena, al norte de lo que en la actualidad es la provincia de Burgos, y que usa en ella por primera vez, que se sepa, la palabra “Castella” para denominar lo que hasta entonces se llamaba “Bardulia”. Pocos años después, una crónica ilumina más la escena: “Bardulia, quae nunc apellatur Castella”; o sea, “Bardulia, a la que ahora llamamos Castilla”.

Como noticia periodística, del origen del castellano sabemos también muchos detalles, aunque en otros no hay ni tanta precisión ni completo consenso. Sabemos que el castellano nace en las aldeas y en las fortificaciones de aquella Castilla, que era un pequeño territorio cerrado por la Cordillera Cantábrica al norte, los Montes Vascos y los Obarenes al este y el río Ebro al sur. Es una zona de fronteras no solo físicas, también políticas y culturales. En ellas se han encontrado o han chocado, para bien y para mal, para el mestizaje y para la guerra, multitud de pueblos y de hablas desde la noche de los tiempos. Los iberos con los celtas. Los vascos con los pelendones. Bárdulos, caristios, austrigones. Y todos ellos al cabo con los romanos, con los de la Hispania Citerior y con los de la Hispania Ulterior. Y luego, alanos y suevos, visigodos y godos. De ese sustrato cultural tan variado, y sobre todo del latín vulgar del que toma algunas formas fónicas, morfológicas y sintácticas y corrompe otras, surge la lengua romance que llamamos “castellana”. Cuando nace, hace unos once siglos, esa Castilla y antigua Bardulia es una peligrosa frontera muy alejada de la corte de León, una frontera recién fortificada con centenares de castillos –de ahí, el nuevo nombre– para defenderla de un nuevo contacto más de guerra que de mestizaje con los musulmanes del Emirato y del Califato de Córdoba.

Ya en sus primeros pasos en la historia, el castellano evoluciona deprisa y toma préstamos pronto. La evolución, con cambios más rápidos que las lenguas romances vecinas. Convierte en sonoras más consonantes latinas que el aragonés o el gallego. Es mucho más arriesgado al diptongar. Elimina más vocales postónicas. Transforma la efe inicial latina en un sonido aspirado que tiempo después será mudo y se escribirá como una hache. Inventa dos sonidos para la ese, uno sonoro y otro sordo. Llena sus vocablos de sonidos vibrantes, de erres casi impronunciables para los hablantes de zonas limítrofes… Y toma sus primeros préstamos, a millares, de la lengua árabe de esos belicosos vecinos que entran orillas del río Ebro arriba.

El árabe le dio al castellano su primera gran remesa de préstamos, durante toda la Edad Media

El árabe le dio al castellano su primera gran remesa de préstamos, durante toda la Edad Media. Aún tenemos en uso unos 4.000 arabismos. El Camino de Santiago trajo por la misma época una primera remesa de galicismos, mucho menos cuantiosa. El italiano nos dio una tercera, ya en los siglos XV y XVI, relacionada con diversas artes del Renacimiento trasalpino. El francés de nuevo una segunda suya, en el XVIII, esta vez referida a la razón, la moda, la gastronomía… Las lenguas precolombinas de América, muchas pequeñas remesas, desde Colón hasta hoy. Y el inglés y el alemán, sobre todo el primero, una muy voluminosa en el siglo XVIII, con el lenguaje técnico de la revolución industrial. En el caso del inglés, una segunda no menos cuantiosa en estas últimas décadas en las que el idioma de Shakespeare y de Estados Unidos se ha convertido en la koiné, la lengua común, del mundo global.

En el pasado lejano, los préstamos entre lenguas se hacían mediante las relaciones personales, el comercio y la guerra. En el mundo contemporáneo, a esos transmisores se le añade otro muy complementario de los anteriores: la prensa. Los anglicismos ya menudeaban en la prensa española hace ya dos siglos. Lo ha estudiado recientemente María Vázquez Amador, de la Universidad de Cádiz, y lo ha contado en “Los anglicismos en la lengua española a través de la prensa de la primera mitad del siglo XIX”, publicado en la Revista de Lingüística de la Universidad de Murcia en 2014.

Vázquez basa su estudio en el examen pormenorizado de páginas publicadas entre 1800 y 1850 por seis cabeceras: Diario de Madrid, Gazeta de México, Mercurio de España, Correo Mercantil de España y sus Indias y Eco del Comercio. Encontró en ellas 63 anglicismos procedentes de 57 voces del inglés. Repasados ahora, vemos que muchos han desaparecido de nuestra prensa y de nuestra habla cotidiana (bushel, paylebot, coke, attorney…), pero que muchos otros perviven: unos con su forma original, como extranjerismos crudos (chairman, meeting, speaker, budget, music-hall…), y otros totalmente asimilados a nuestra lengua, castellanizados: récord, líder, túnel, vagón, yarda. El grado de aceptación que Vázquez detecta de estos anglicismos es altísimo: el 66% de los 63 anglicismos encontrados acabó entrando, antes o después, en el Diccionario de la Real Academia Española. Por lo general, han sobrevivido entre nosotros los préstamos necesarios: aquellos que tomamos para dar nombre a un concepto o a un objeto nuevo.

Por lo general, han sobrevivido los préstamos necesarios: aquellos que tomamos para dar nombre a un concepto u objeto nuevo

¿Llegará a parecida conclusión quien dentro de 200 años estudie los anglicismos que hoy se encuentran en nuestros medios de comunicación? Probablemente. La capacidad histórica que ha mostrado el español para evolucionar con préstamos de otras lenguas con las que establece contacto augura que una buena parte de los anglicismos que hoy nos sorprenden e incluso nos molestan se habrán integrado en nuestro idioma de tal modo que a aquellos tataranietos nuestros les parecerán términos propios. 

Periodista y fundador y director de Archiletras

Deja un comentario