BUENA PRENSA

De qué hablamos cuando hablamos de pobreza

Josu Mezo

Desde el comienzo de la crisis, los medios han dedicado, como es lógico, gran atención a sus impactos sociales: desempleo, desahucios, emigrantes, negocios cerrados, estudiantes sin becas, dependientes sin ayudas…

JOSU MEZO*

Una de las formas de comprobar, de una manera sintética, el impacto social es estudiar la evolución de la pobreza. ¿Cuánta gente es pobre en España? ¿Cuánta gente lo era antes de la crisis, cuánta lo es ahora? ¿Cómo ha evolucionado, especialmente, la pobreza infantil? ¿Y la de las personas mayores? ¿Cómo se distribuye la pobreza por comunidades autónomas? ¿Y cómo se compara España con Europa, antes y después de la crisis, a este respecto? Son todas preguntas de gran interés que han dado lugar a noticias, artículos y reportajes.

Pero muchas de esas informaciones tienen un fallo fundamental: no explican, o lo hacen de manera confusa, a qué se refieren cuando hablan de pobreza. Porque mientras todos podemos tener una idea genérica de qué es ser pobre, la conversión de esa idea imprecisa en una definición y un procedimiento de medición estandarizado para clasificar a ciertas personas como pobres no es en absoluto sencilla. De hecho, hay una enorme literatura académica y aplicada sobre las diferentes formas de definir y medir la pobreza.

Los estudios sobre los países en desarrollo suelen utilizar una medida absoluta, igual para todos los países y todos los años, basada en la cantidad de dinero necesaria para comprar una cesta básica de bienes y servicios esencial para una vida mínimamente digna. Así, se proponen diferentes umbrales de gasto para la pobreza o para la pobreza extrema (típicamente, para esta última, 1,25 dólares al día, a precios de 2005, y en paridad de poder de compra), y se calcula en cada país qué porcentaje de la población está cada año por debajo de ese umbral.

Uno es pobre o no, según cuál sea el nivel de vida general de la sociedad en la que está insertado

En cambio, los estudiosos y las instituciones oficiales en la mayoría de los países ricos, y sobre todo en la Unión Europea (UE), se han inclinado por medir la pobreza en términos relativos, es decir, con una medida diferente para cada país y cada año. De manera que con los mismos ingresos (con la misma capacidad de compra) se puede ser pobre en un país y no en otro. Y quien se cuenta hoy como pobre en un país tal vez no lo sería 20 o 30 años antes. La idea que subyace a este tipo de medidas es que la pobreza no solo se caracteriza por la carencia material, sino también por la falta de integración social. A medida que las sociedades se hacen más ricas, los recursos necesarios para ser un miembro plenamente partícipe de la vida social van aumentando. Y en definitiva, uno es pobre o no, con unos ciertos ingresos, según cuál sea el nivel de vida general de la sociedad en la que está insertado.

Lógicamente, esta opción de las medidas relativas es bien conocida por todos los estudiosos sobre el tema. Por ello, probablemente, cada vez que hablan de la pobreza no aportan una discusión detallada de las ventajas e inconvenientes y del significado de las distintas formas de medirla, ni dedican más que unas breves líneas o un apéndice metodológico a concretar cuál es la medida que utilizan en ese particular estudio.

Pero me atrevo a decir que la mayor parte del gran público, cuando recibe noticias de la evolución del porcentaje de pobres en España o de la comparación de la tasa española de pobreza con la de otros países, seguramente imagina algún tipo de medida similar a lo que hemos llamado medidas absolutas, es decir, medidas que no cambian de país a país ni de año en año (salvo para descontar la inflación). Y por tanto, cuando no es así, queda en manos de los periodistas la tarea de aclarar y remarcar que las medidas de pobreza que se utilizan son variables a lo largo del tiempo y del espacio.

Desgraciadamente, esto no sucede casi nunca. Tuvimos ocasión de comprobarlo recientemente cuando con pocas semanas de diferencia Cáritas y Save the Children publicaron sendos informes en los que, tomando datos de Eurostat, explicaban que España encabezaba las clasificaciones europeas de pobreza. En concreto, del informe de Cáritas salieron muchas noticias que enfatizaban en sus titulares y en sus primeros párrafos que España era el segundo país de Europa con mayor pobreza infantil (29,9 %), solo por detrás de Rumanía. Poco después, Save the Children decía que en realidad los menores en riesgo de pobreza o exclusión social eran incluso más, el 33,8 %, y destacaba que España era, tras Grecia, el país en el que las políticas sociales reducían menos la pobreza infantil.

Ambos estudios utilizan medidas de pobreza distintas, como veremos enseguida, lo que explica la pequeña discrepancia. Pero lo importante aquí es que ambas medidas contienen en su fórmula de cálculo elementos relativos, que varían con el contexto de cada país. Es decir, que no se cuenta como pobres a las mismas personas en todos los países de la UE, sino que el umbral de pobreza es más bajo cuanto más pobre es el país. Y este hecho no fue señalado por prácticamente ninguno de los medios que publicaron estas noticias.

Así, Eurostat compila tres tipos de indicadores principales de pobreza y un cuarto que es la combinación de los tres anteriores:

En Riesgo de Pobreza (ERP). Es una medida que se basa en los ingresos familiares, ayudas sociales incluidas, y contabiliza a las personas que estén por debajo de un cierto nivel de ingresos (ajustado al tamaño y composición de la familia), que es distinto para cada país. Eurostat permite utilizar para calcular el umbral dos valores de referencia (la media y la mediana de los ingresos del país) y varias proporciones de esos valores (del 40 %, 50 %, 60 % y 70 %). Pero el umbral más usado, y tomado por la propia Eurostat para su índice compuesto, es el 60 % de los ingresos medianos del país.

A título de ejemplo, en la tabla 1 aparece cuál era ese umbral en 2012 para una familia de dos personas adultas y dos niños menores de 14 años en los 28 países de la UE, expresada primero en euros corrientes (o en la moneda nacional convertida a euros al tipo de cambio corriente) y, luego, en unidades de Paridad de Poder de Compra (PPC), es decir, en euros con el poder de comprar del euro de España, de manera que los euros de países con bajo nivel de precios “valen más” y los de países con precios más caros “valen menos”.


Puede verse cómo el umbral de pobreza varía enormemente de unos países a otros, incluso teniendo en cuenta la diferencia en el nivel de precios. En Rumanía era de solo 4.408 euros, hay otros seis países en los que estaba entre 7.000 y 10.000 y otros cinco entre 10.000 y 13.000. En total, doce países (sombreados) en los que el umbral de pobreza era más bajo que en España, que se situaba en 15.082 euros.

La famosa afirmación de Cáritas, según la cual España es el segundo país de Europa con más niños en riesgo de pobreza, se basaba en este indicador, que se refleja en la tabla 2 (columna B). Y es perfectamente correcta, pero es imposible comprenderla bien si no se explica claramente que en esa tabla se está llamando pobres a personas con muy diferentes niveles de renta, según el país en el que vivan.

De hecho, poniendo en relación las tablas 1 y 2, cuando vemos que este indicador muestra que en un país como Italia (umbral de pobreza de 19.095 euros para una pareja con dos hijos menores) hay “más pobres” (19,4 %) que en otro país con menos renta, como la República Checa (9,6 % de ERP, con un  umbral de pobreza de 12.466 euros), es difícil decidir si en realidad en Italia hay “más pobreza” o “más desigualdad”.

Privación Material y Privación Material Severa (PMS). Eurostat produce un segundo tipo de indicadores de pobreza que son los que estiman el porcentaje de familias que no pueden hacer frente a cierto tipo de gastos. En concreto, se pregunta a una muestra de la población si pueden permitirse sin dificultad nueve tipos de gastos: hipoteca o alquiler y facturas corrientes, tener una temperatura adecuada en el hogar durante los meses fríos, irse de vacaciones fuera de casa al menos una semana al año, una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días, gastos imprevistos, teléfono, televisión en color, lavadora y coche. Aquellas familias que dicen que no pueden permitirse tres de esos conceptos se dice que viven en situación de privación material, y si son cuatro los conceptos, se habla de privación material severa.

Se trata también de una medida relativa, ya que la lista de ítems está pensada en relación con el nivel económico y la situación social de la Europa contemporánea. En otros países menos desarrollados, o en la Europa de hace 50 años, no se hubieran incluido en una lista de este tipo elementos como el coche, el teléfono o las vacaciones de una semana. Pero a diferencia de la medida anterior, esta es igual para todos los países de la UE. La definición de privación material o privación material severa no cambia entre Bulgaria, Grecia, España o Dinamarca.

¿Y cómo se compara España con otros países en esa medición de pobreza? Como se ve en la tabla 2 (columnas C y D), que usa la PMS (dificultades para hacer frente a cuatro de los nueve gastos mencionados), España está mejor que la mayoría de los países de la UE, tanto si se mira a la población total como a los menores. Por comparar con el indicador anterior, si hablamos de menores de 18 años (columna D), España –con un 7,6 % de los menores en esa situación– ya no es el segundo país con más pobreza infantil, sino que hay 18 países con tasas mayores: todos los “nuevos” miembros (menos Eslovenia), más Bélgica, Irlanda, Portugal, Reino Unido, Italia y Grecia. Algunos de esos países tienen tasas que son 15, 20 o 30 puntos más altas que las españolas. Una clasificación similar se produce si se mira a la población general (columna C). También habría un orden parecido con la medición menos estricta de privación material (dificultad para pagar tres o más ítems).

TABLA2

Como se ve en la tabla 2 (columnas C y D), que usa la PMS (dificultades para hacer frente a cuatro de los nueve gastos mencionados), España está mejor que la mayoría de los países de la UE, tanto si se mira a la población total como a los menores. Por comparar con el indicador anterior, si hablamos de menores de 18 años (columna D), España –con un 7,6 % de los menores en esa situación– ya no es el segundo país con más pobreza infantil, sino que hay 18 países con tasas mayores: todos los “nuevos” miembros (menos Eslovenia), más Bélgica, Irlanda, Portugal, Reino Unido, Italia y Grecia. Algunos de esos países tienen tasas que son 15, 20 o 30 puntos más altas que las españolas. Una clasificación similar se produce si se mira a la población general (columna C). También habría un orden parecido con la medición menos estricta de privación material (dificultad para pagar tres o más ítems).

Muy Baja Intensidad de Trabajo (MBIT). Una tercera medida de Eurostat se refiere a los hogares en los cuales los adultos en edad de trabajar (que reduce a los que tienen entre 18 y 59 años) trabajaron el año anterior menos del 20 % de las horas que podrían trabajar. En ese indicador, España está en una situación mala, como cabía esperar por la altísima tasa de desempleo que padecemos (columnas E y F en la tabla 2). Entre la población “total” (en realidad, solo se mide para la población menor de 60 años), nuestra tasa es del 14,3 %, solo por detrás de Croacia e Irlanda. Entre la población menor de 18 años, la tasa es menor (12,3 %) y tenemos por detrás a seis países.

En Riesgo de Pobreza o Exclusión Social (ERPE o Arope, por sus siglas en inglés). Finalmente, Eurostat publica también los datos de un indicador compuesto, en el que se cuentan las personas que están en cualquiera de las tres situaciones vistas anteriormente. Se combinan, por tanto, indicadores uniformes para todos los países (los dos últimos) con el indicador que es variable de país en país (el primero).

Este indicador combinado era el que usaba Save the Children cuando afirmaba que el 33,8 % de los menores están en España en riesgo de pobreza o exclusión social. Y así es, como puede verse en la tabla 2 (columna H); aunque en ella también se ve que, usando ese indicador compuesto, España ya no es el segundo país con mayor tasa de pobreza entre los menores de edad, sino el séptimo/noveno (empatado con Croacia e Italia).

En definitiva, la tasa de pobreza entre los menores en España en 2012 podría ser, según cómo la midiéramos, y sin salirnos de la web de Eurostat, del 29,9 %, 7,6 %, 12,3 % o 33,8 %. Y nuestra posición en la clasificación (desde abajo) sería la segunda, la decimonovena, la séptima o la novena. El significado de cada una de esas medidas, como hemos visto, es muy diferente, y sus implicaciones también.

Sin entrar en la discusión sobre cuál de estos indicadores es mejor, siempre hay que saber cuál se está manejando

Sin entrar en la discusión sobre cuál de estos indicadores es mejor o peor, o más adecuado en cada caso, lo que parece claro es que siempre hay que saber cuál se está manejando. Cada experto, cada informe (a veces diferentes secciones o párrafos del mismo informe) pueden referirse a una u otra medida (o a otras distintas de su propia cosecha, claro). Por lo tanto, es necesario que, al divulgar sus porcentajes, se explique claramente qué tipo de medida se está usando y lo que significa.

Si no se hace así, el público recibirá un mensaje incompleto y confuso. Como me temo que sucedió con los informes de Cáritas y Save the Children.

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