Descrédito de Al Jazeera

El ocaso del mito informativo árabe

Foto: Telegraph.co.uk

La instrumentalización política de las revoluciones árabes en el canal catarí decepciona a la audiencia de Oriente Próximo, que se refugia en internet para buscar información independiente.

MÓNICA G. PRIETO*

Hubo un tiempo en que la aparición de cualquier equipo de Al Jazeera sobre el terreno despertaba cierta admiración. Disponían de más medios que ningún otro canal de televisión del mundo, con escasas excepciones norteamericanas; su personal transmitía profesionalidad, y en su agenda informativa destacaban las agresiones a los países árabes en general, de Iraq a Gaza, pasando por Afganistán. Su línea editorial, en la que primaban las voces de las víctimas que no tenían cabida en ningún otro medio –ya fueran religiosas o laicas, y criticasen a quien criticasen, con la excepción de la mano que alimenta el canal, Catar–, resultaba revolucionaria en un mundo árabe donde los medios son meros instrumentos de las dictaduras.

En Al Jazeera, presentadores y corresponsales formados en la BBC hacían gala de un estilo periodístico incisivo, riguroso y objetivo, revistiendo al canal catarí del respeto del que carecía cualquier otro medio informativo árabe. No en vano, en los años que siguieron a su creación, en 1996, Al Jazeera había representado una verdadera “isla” (es lo que significa su nombre en árabe) de independencia. Pero la bocanada de aire fresco informativo no tardó ni 15 años en contaminarse. Las revoluciones árabes, mezcladas con la ambición política del emir de Catar, convirtieron al único canal comprometido del mundo árabe en un instrumento para amasar poder, sepultando su credibilidad y originando un éxodo de su redacción que ha afectado a decenas de trabajadores.

Periodistas de las oficinas de París, Londres, Moscú, Beirut y El Cairo –Al Jazeera mantiene 65 oficinas regionales y tiene 3.000 empleados en todo el mundo– han abandonado sus puestos, pese a las lujosas condiciones laborales de las que disfrutaban, entre críticas viscerales a la gestión informativa dictada por Doha. Uno de ellos, empleado en la oficina de Beirut, explicaba las razones que le llevaron a abandonar: “Al Jazeera ha adoptado una posición clara en cada país del que informa que no está basada en prioridades periodísticas, sino en los intereses del ministro de Exteriores de Catar”.

Si bien siempre estuvo, aunque de forma soterrada, a disposición de la dinastía en el poder, su credibilidad se corrompió de forma irreversible cuando el emir de Catar, Hamad bin Khalifa al Thani, vio tras las insurrecciones populares de Oriente Próximo una oportunidad de oro para consagrar su minúsculo país, 160 kilómetros de largo por 80 kilómetros de ancho y apenas 200.000 habitantes autóctonos, como un hacedor de reyes regional comparable a Arabia Saudí e Irán, las grandes potencias de Oriente Próximo. Dispone de los fondos necesarios, dado que el pequeño emirato es el segundo país más rico del mundo y el segundo productor de gas natural, después de Rusia.

Con un crecimiento anual del 6,2 % en 2012, nada parece indicar que las cosas puedan torcerse para la dinastía Al Thani. El emir no solo cuenta con cantidades ilimitadas de dinero; también, con un instrumento mediático capaz, gracias a una audiencia de casi 50 millones de personas, de promover cambios políticos a su medida.

La fórmula era, aparentemente, apoyar el auge de los Hermanos Musulmanes en los países que se han levantado contra sus dictadores. El hecho de que los seguidores de la hermandad fuesen prohibidos, perseguidos y encarcelados en casi todas las dictaduras árabes había revestido al movimiento de cierto apoyo popular, que beneficiaba sus posibilidades de ascender al poder en el caso de cambios radicales. Y, precisamente, la dinastía Al Thani mantiene una excelente relación con ellos, basada en que no representan ninguna amenaza interna para Catar desde 1999, cuando la rama local de los Hermanos Musulmanes se disolvió.

Al Jazeera, un instrumento para amasar poder

La organización islamista tiene un cómodo papel en el diminuto emirato del Golfo. Uno de sus líderes, Jassem Sultan, declaró en 2003 que el Estado cumple adecuadamente sus obligaciones religiosas, justificando la desaparición oficial de la organización en el emirato y garantizando así su escaso interés por crear problemas con la dinastía Al Thani. Sultan terminaría siendo elegido responsable del proyecto gubernamental Al Nahdah, o Despertar, que entrena y educa a islamistas sobre cómo adaptarse a las instituciones democráticas.

Jassem Sultan no es una excepción en Catar: el polémico clérigo egipcio Yusuf al Qaradawi, en su día mentor de los Hermanos Musulmanes egipcios, ha sido premiado con una residencia en Doha y, además, dispone de su propio altar mediático en Al Jazeera, bajo la forma de un programa propio con una audiencia estimada en 60 millones de personas. No es el único miembro de los Hermanos Musulmanes con peso en el canal: el antiguo director general, Wadah Khanfar, también es miembro de la organización islamista, así como el ministro de Exteriores de Túnez, Rafiq Abdul Salam, director del centro de investigación del canal, y buena parte de sus periodistas estrella. Cuando Wadah Khanfar se vio obligado a dimitir en 2005 –tras los cables diplomáticos filtrados por WikiLeaks en los que se le atribuían reuniones con altos cargos de la Administración Washington–, un pariente del propio emir, Ahmad bin Jassim bin Mohamed al Thani, ocupó su lugar. Los intereses políticos comenzaron a pesar en la agenda informativa del canal. Para muchos, fue el final de la credibilidad de Al Jazeera.

La estrecha relación de Catar con los Hermanos Musulmanes es excepcional en el mundo árabe. En otros Estados del Golfo como Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, las relaciones con la hermandad es algo más que difícil: de hecho, la organización es considerada tan peligrosa como Irán (la principal potencia chií regional, vista como enemiga por todos los países suníes de Oriente Próximo) y sus miembros son proscritos. De ahí que se haya visto con preocupación la obvia apuesta de Catar para consagrar a los Hermanos Musulmanes en el poder de los países que se han rebelado.

El instrumento ideal para ello estaba precisamente en los estudios de Al Jazeera en Doha, donde las citas de Bob Dylan y Mahatma Gandhi que decoran los muros ya indicaban la ambición liberal e independiente del canal en sus orígenes. Nada que ver con la realidad, al menos desde que las revoluciones de Túnez y Egipto dieron ejemplo al mundo árabe y las poblaciones se alzaron en busca de libertad con el apoyo explícito y entusiasta de Al Jazeera. Como ironizó una vez el presidente norteamericano Barack Obama, Al Jazeera pedía “democracia en todo el mundo árabe excepto en Catar”. Pero el objetivo final no era un cambio democrático, sino cambiar el poder de manos.

“Este ya no es el mismo canal que veíamos y apoyábamos hace unos años”, explica As’ad Abu Khalil, profesor de Ciencias Políticas, experto en medios árabes de la Universidad de California y autor del conocido blog Angry Arab News Service, una referencia regional. “Desde las revoluciones, Catar decidió usar Al Jazeera exclusivamente como una herramienta para hacer política exterior y alcanzar sus objetivos en los cambios radicales que se imponen en la región”.

Para Mustapha Hamoui, analista y responsable del blog sobre política regional Beirut Spring, “los levantamientos de Bahréin y Siria han contribuido al cambio en la política de Catar, mucho más agresiva y menos comprometida. La cobertura de ambos acontecimientos han dejado claro que Catar ha perdido todo interés por la objetividad y que ha comenzado a preferir la propaganda”.

El intelectual y escritor palestino Salameh Kaileh, un símbolo del pensamiento árabe de izquierda, sostiene que la decepción ha sido doble por la esperanza que representó el canal catarí en sus orígenes. “La gente pensó que su objetivo era generalizar el periodismo libre y ofrecer otra visión de los hechos. En su primera etapa, sí ocurrió porque la mayoría de los empleados que formaban Al Jazeera se habían beneficiado de la experiencia de la BBC. Pero queda en el aire la pregunta de cuál es el objetivo principal de la creación de Al Jazeera. Catar invirtió en ella millones de dólares. Creo personalmente que, en el momento en que se fundó Al Jazeera, su objetivo era criticar la situación internacional porque, tras el final de la Guerra Fría, EE. UU. comienza a buscar un enemigo alternativo, que acabaría siendo el Islam”.

Túnez y Egipto, momento informativo culminante del canal

El momento cumbre de Al Jazeera llegó tras el 11-S, con las invasiones de Afganistán e Iraq, cuando la cobertura del canal catarí no tenía competencia en el mundo árabe. Todos los actores de los conflictos deseaban ser entrevistados por Al Jazeera, e incluso Osama Bin Laden concedió una entrevista a uno de sus reporteros, el sirio-español Taysir Allouni, que terminaría pagando su osadía en los tribunales españoles, consagrando el carácter atrevido del canal.

“Mientras lo estuvo, su oposición a Estados Unidos le dio legitimidad y popularidad”, prosigue Salameh Kaileh, quien recuerda la contradicción de que haya una base norteamericana, Al Udeid, en el mismo emirato que alberga y financia Al Jazeera, que llegó a ser tachado por Washington de “canal terrorista”. “A partir de 2010, o quizás desde la crisis económica norteamericana, la política [exterior] de EE. UU. comenzó a cambiar porque se percató de que las invasiones [militares] son costosas. Cuando comenzaron las revoluciones, se vio con claridad cómo Al Jazeera daba un peso a los islamistas y a su discurso ideológico. Al no haber ya un enfrentamiento directo con Estados Unidos, Al Jazeera ha demostrado que no es un canal contrario a Estados Unidos, sino un canal que difunde ideología”, prosigue el pensador izquierdista.

“Desde el principio de las revoluciones, el régimen de Catar decidió utilizar Al Jazeera exclusivamente como una herramienta para hacer política exterior y alcanzar sus objetivos, aprovechando los cambios radicales que se imponen en la región”, añade el profesor de medios árabes As’ad Abu Khalil. Activistas, periodistas, blogueros y otros expertos regionales consultados coinciden en que Túnez y Egipto representaron el momento culminante, informativamente hablando, de Al Jazeera, dada la masiva cobertura en directo de las revoluciones desde sus orígenes, mientras la inmensa mayoría de medios internacionales ignoraban las manifestaciones que modificarían Oriente Próximo. Al Jazeera se convirtió así en el símbolo de una generación rebelde y sedienta de libertad, pero esa imagen apenas le duró unas semanas, hasta que líderes de los Hermanos Musulmanes llegaron al poder mediante las urnas en Túnez y, especialmente, en Egipto.

“A partir de entonces, todo aquel que criticaba a Morsi o a su política dejó de tener sitio en Al Jazeera. Las manifestaciones contra Morsi eran prácticamente descritas como concentraciones de partidarios de [Hosni] Mubarak. Al Jazeera ha dejado de informar de lo que pasa en Egipto para informar solo de lo que beneficia a los Hermanos Musulmanes”, explica una periodista árabe afincada en Beirut, buena conocedora de los acontecimientos regionales.

Según Akhtam Suleiman, excorresponsal en Alemania que abandonó Al Jazeera por discrepancias con su línea editorial, los directivos del canal impartieron órdenes para que los decretos de Morsi fueran difundidos como noticias positivas. “Semejante aproximación dictatorial había sido impensable antes”, explicaba en declaraciones a Der Spiegel. “En Egipto, nos hemos convertido en la emisora oficial de Morsi”.

Para el activista y bloguero egipcio –autor del blog An Arab Citizen– Bassem Sabry, “tras la revolución, Al Jazeera se hizo sutilmente más cercana a los Hermanos Musulmanes y más islamista, según mi propia lectura. Ahora sigue siendo muy suave con Morsi. No es lo suficiente crítica con él y su hermandad”.

Según los críticos, la creación de Al Jazeera Mubasher Masri –un canal 24 horas en directo dedicado exclusivamente a los acontecimientos en el país del Nilo– estaba destinada a consolidar y aumentar las posibilidades electorales de los Hermanos Musulmanes.

Al tiempo, la diplomacia catarí recurría a su inagotable chequera para garantizarse aliados: al contrario que otros países del Golfo, que redujeron sus ayudas a Egipto tras el ascenso de los Hermanos Musulmanes, Doha prometió que elevaría sus ayudas a 18.000 millones de dólares en los próximos años. En Gaza, el emir se convirtió en el primer jefe de Estado del mundo que visitaba el territorio palestino desde el cerco israelí que siguió a la elección de Hamás en las urnas: prometió 250 millones de dólares en inversiones, una cifra sin precedentes para la empobrecida franja. Y en Siria, sería uno de los primeros países en comprometerse enviando armas y dinero a parte de los rebeldes: aquellos más afines a su corriente religiosa e ideológica.

“Los cambios en la explotación de Al Jazeera como instrumento político coin-ciden con la reconciliación de la Casa Saud y la Casa Thani, que básicamente han liderado las contrarrevoluciones árabes”, prosigue el experto Abu Khalil, en conversación telefónica desde California, en referencia a las dinastías que gobiernan con mano de hierro Arabia Saudí y Catar. “Ambas tienen diferentes agendas, pero coinciden en una cosa: ninguna quiere seculares, liberales o izquierdistas que puedan gobernar con libertad en la región. Tienen el apoyo de Estados Unidos para evitar que una nueva democracia amenace la estabilidad de Israel”.

Cobertura de Siria y Bahréin: decepción para la audiencia

Sin duda, la decepción para el gran público vino con la cobertura de dos revoluciones clave para la región: Siria y Bahréin. En la primera, una población de mayoría suní –rama del Islam que comparte con Catar, si bien el emirato presume, como Arabia Saudí, de su ideología wahabi, la más estricta rama del Islam suní– se levanta contra un régimen alauí, a su vez una escisión del chiísmo. En la segunda, una población mayoritariamente chií se levanta contra una dictadura suní, apoyada por la propia Catar. Bahréin, con manifestaciones, dramas, torturas y abusos diarios, apenas tiene espacio en Al Jazeera, mientras que la parte más religiosa del levantamiento sirio es omnipresente en el canal.

“Cuando las primaveras árabes comenzaron en Túnez, Al Jazeera jugó un papel prominente. Pero cuando el levantamiento de Bahréin comenzó el 14 de febrero de 2011, Al Jazeera decidió ignorarlo, como si nada estuviese ocurriendo”, denuncia Reem Khalifa, jefa de la oficina de Associated Press en Manama (Bahréin) y crítica de la represión del régimen, en un intercambio de correos electrónicos. “Creo que las razones responden a dos factores: el primero, la decisión del Consejo de Cooperación del Golfo de oponerse de forma colectiva a la divulgación de los acontecimientos relacionados con la primavera árabe en los países del Golfo. El segundo tiene que ver con la naturaleza de muchos de los editores que controlan Al Jazeera. Resulta claro que son antichiíes por sus raíces radicales islamistas. Por mi experiencia personal, incluso cuando me llaman para hablar de los acontecimientos en Bahréin, siempre ven la situación como una [lucha] entre chiíes y suníes o como un enfrentamiento entre Irán y los países árabes. No ponen ningún interés en mostrar el problema desde el ángulo de la democracia y los derechos humanos”.

En un domicilio de la ciudad siria de Hama, un grupo de activistas se reúnen para conversar mediante Skype sobre el cambio que ha dado Al Jazeera en los últimos años. “Hace falta una wasta [soborno] para que Hama salga en Al Jazeera”, explica Abu Ghazi, activista e informático, uno de los muchos sirios decepcionados con el otrora prestigioso canal árabe. “Cuando comenzó la invasión de Hama por parte del ejército sirio, en 2011, llamamos a Al Jazeera. Respondieron que no estaban dispuestos a cubrirlo. Después llamamos a Reuters, que sí lo cubrió. Al Jazeera mencionó de pasada la información de Reuters, pero se negaron a entrevistar a gente de Hama”. Según los activistas, el problema radica en que el responsable del “dosier sirio” –se ha creado un equipo que decide la información, los vídeos e incluso el diseño de los anuncios que se emiten sobre Siria–, Ahmad al Abdeh, tiene mucho que ganar en esta crisis. Original de Madaya, en la región de Damasco, es el hermano de Anas al Abdeh, miembro de los Hermanos Musulmanes y uno de los integrantes del Consejo Nacional Sirio, grupo opositor apoyado por Catar en el que, según muchos opositores sirios, la hermandad musulmana hace y deshace a su antojo.

Tras las revoluciones, 49 nuevos canales árabes

“Después de su nombramiento, podías ver cómo Al Jazeera se iba acercando más y más a los Hermanos Musulmanes”, insiste Abu Ghazi. Él y sus amigos afirman que la cobertura de Al Jazeera solo beneficia a los grupos armados de la oposición financiados y protegidos por Catar como Liwah al Tawhid y las Brigadas Farouk, no a la revolución en sí. “Claramente, Al Jazeera está haciendo política a nuestra costa”.

El doctor Mohamed Abdel Qader destaca, mediante la turbia conversación cibernética, que, “al principio, no había una decisión en Catar para ayudar a la revolución siria porque, a diferencia de Egipto o Túnez, Catar mantenía una estrecha relación con el régimen de Ba-shar”. En las primeras semanas, las autoridades del pequeño emirato intentaron mediar para que el presidente sirio aplicase reformas, pero sus presiones fueron infructuosas. Durante aquel tiempo, no hubo cobertura de las manifestaciones. Las cosas cambiaron, según Abdel Qader, cuando la comunidad internacional tuvo que pronunciarse sobre la represión siria. “Catar se vio obligada a cambiar también en esa dirección y, sobre todo, cambió la línea editorial de Al Jazeera, que no cubría todo el movimiento, sino algunas sectas determinadas”.

Abu Ghazi recuerda en voz alta casos de manifestaciones y matanzas silenciadas por Al Jazeera para no afectar a la secta “adecuada”. Asimismo, menciona manifestaciones seculares no cubiertas por el canal de Doha pese a las peticiones de los activistas sirios, que les enviaban los vídeos. “Las marchas no islamistas no les convenían”, apunta antes de que el doctor Qader intervenga. “Homs, desgraciadamente, se ‘sectarizó’ desde el inicio. La forma de cubrir los acontecimientos allí incrementó el odio religioso”, prosigue su amigo. “Al Jazeera daba voz a los activistas, y algunos comenzaron a denunciar ataques sectarios antes de que se produjeran. Exageraban el número de muertos. Fabricaban noticias. Creo que hablaron de las violaciones de alauíes a mujeres antes de que el fenómeno empezara, y eso ayudó a cambiar el rumbo del movimiento pacífico que originó la revolución”.

El profesor Abu Khalil emplea términos más duros. “En el caso de Siria, Al Jazeera ha aumentado su papel propagandístico, convirtiéndose en un vulgar y crudo mecanismo de los servicios de propaganda de Catar, lo cual se ha traducido en dimisiones y en un deterioro de la imagen de Al Jazeera en todo el mundo”. “Creo que la gente está dejando de verla porque se ha alejado de aquello de lo que presumía, de dar las noticias de todas las partes del mundo. En su día, hizo un buen trabajo, incluyendo noticias que no dan los Gobiernos sino los activistas; daba voz a cualquiera siempre que no comprometiese a Catar, que fue una línea roja desde el principio”.

Las revoluciones convirtieron en vox pópuli lo que algunos ya habían intuido en el pasado: el uso político del canal informativo a manos de Catar y sus socios de los Hermanos Musulmanes. Resultó obvio cuando Al Jazeera destapó los llamados “papeles palestinos”, una filtración que demostraba concesiones escandalosas de la Organización para la Liberación de Palestina a Israel en el proceso de paz, así como la negligencia de Al Fatah hacia los agresiones en la Franja de Gaza, liderada por los islamistas de Hamás, la rama palestina de los Hermanos Musulmanes. Los “papeles” del escándalo dañaron enormemente la imagen de la secular Fatah y llegaron incluso a cobrarse dimisiones. Mientras, el canal guarda silencio sobre las imposiciones religiosas de Hamás en Gaza, donde las libertades de la población se ven progresivamente coartadas por el grupo islámico.

La red es la única que escapa a los intereses del Golfo

En Iraq, donde acaba de ser prohibida junto a otros nueve canales por promover el odio religioso, los grupos que se levantaron en armas contra la ocupación angloamericana siguen refiriéndose a Al Jazeera como “Al Janzera”, o “El Cerdo”, el animal más despreciado por la cultura musulmana. “Ya sabemos quién es Catar”, explica Ayman, un iraquí suní que luchó contra la ocupación y ahora apoya las manifestaciones suníes contra el Gobierno del primer ministro iraquí, Nuri al Maliki. “Desde hace años, durante la Intifada palestina, los corresponsales de Al Jazeera grababan del lado israelí. Cuando los americanos atacaron Iraq, lo hicieron desde su base de Catar. Tienen una agenda política y eso marca su información. Las manifestaciones en Iraq comenzaron hace dos años, pero solo ahora aparecen en Al Jazeera”.

Entonces, ¿qué le queda a la audiencia árabe? Un aluvión de medios, creados tras las revoluciones árabes, pero todos hipotecados por los intereses políticos de sus dueños. Según el Grupo Árabe de Asesores jordano, el número de canales por satélite del mundo árabe aumentó un 12 % entre 2010 y 2011, una cifra que debe haberse incrementado en este último año de cambios políticos. La mitad de los nuevos 49 canales están asentados en Egipto, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos.

Las nuevas alternativas y su descrédito ha abocado a Al Jazeera a la pérdida de espectadores. Según Salameh Kaileh, un estudio reciente concluyó que Al Jazeera “va hacia la decadencia en el futuro, porque de ese estudio nortea-mericano pagado por el propio canal se deduce que la audiencia ha pasado de 43 millones a 37 millones de personas”. Lo cierto es que, tras las revoluciones, el canal árabe de la BBC ha ganado 10 millones de espectadores que han tenido que huir de otros canales.

Bassem Sabry confiesa que no sigue la actualidad por Al Jazeera –“la veo dos o tres veces por semana”– y admite no tener demasiadas esperanzas en el resto de los medios. “La mayoría de los canales de televisión han perdido su credibilidad. Para los islamistas y quienes les apoyan, la mayoría de los canales privados se han convertido en sus enemigos. Para la generalidad de los egipcios independientes, así como los ciudadanos que apoyan a la oposición, Al Jazeera no tiene credibilidad alguna”.

As’ad abu Khalil, el responsable de Angry Arab News Service, asegura “ser muy crítico con la Fox norteamericana, pero Al Jazeera es mucho peor, más vulgar. Fox es un canal de información parcial, mientras que Al Jazeera no es un canal de información: básicamente entrega el micrófono a personas que, en realidad, son radicales islamistas para que ellos den la información”. “Desde el declive de Al Jazeera, los árabes recurren a internet para encontrar información más creíble”, añade el académico. Algo en lo que coinciden todos: la red es la única que escapa al control de los intereses del Golfo.

*Mónica G. Prieto es corresponsal freelance en Oriente Próximo.

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