El periodismo ante el desafío mediático terrorista del Estado Islámico

Captura del vídeo de la decapitación del periodista estadounidense Steven Sotloff, ejecutado por el Estado Islámico

La fulgurante y violenta irrupción de este grupo terrorista en el tablero geoestratégico de Oriente Medio ha colocado a los periodistas y a los medios ante un panorama inédito desde el punto de vista profesional, ético y deontológico.

 

NEMESIO RODRÍGUEZ*

Formado por antiguos combatientes iraquíes de Al Qaeda y distintos grupos que luchaban en Siria contra el régimen de Bashar al-Asad, el Estado Islámico (EI) –cuyo origen es el grupo terrorista Monoteísmo y Guerra Santa, creado en 2003 en Iraq para atacar a los ocupantes estadounidenses– se hizo fuerte a partir de 2011 en la guerra civil siria y, en el verano de 2013, conquistó un territorio del tamaño de Gran Bretaña.

El sorprendente éxito de su expansión trastocó el ya complejo y conflictivo escenario de Oriente Próximo y forzó a Gobiernos y medios de comunicación a lidiar con un grupo distinto en el mapa del terrorismo mundial, un grupo que secuestra y mata periodistas para propagar el terror y, de paso, alejar a los reporteros occidentales para imponer un velo de silencio sobre sus actividades.

El EI es un movimiento que no trabaja en la clandestinidad como Al Qaeda y la mayoría de los grupos terroristas, ya que ocupa un territorio propio (unos 250.000 kilómetros cuadrados) en el que está tratando de recrear el califato que gobernó Oriente Próximo a la muerte de Mahoma (año 632).

La posesión de un territorio propio no solo cumple el sueño de muchos grupos yihadistas, sino que también es un reclamo para extremistas islámicos de decenas de países, entre ellos varios occidentales, atraídos por la idea de un califato regido por la ley de Dios.

Para darle un formato de Estado, su líder, el califa Abú Bakr Al Baghdadi (su nombre de guerra), cuenta con un gabinete que se encarga de los asuntos militares, las finanzas, la seguridad, la aplicación de la más estricta sharía (ley islámica), las comunicaciones y la propaganda, entre otras funciones, como la de fabricación de explosivos. Tiene su capital en la ciudad siria de Raqqa, conquistada en abril de 2013, y gobierna sobre ocho millones de personas, a las que está dotando de pasaportes.

Dispone de un ejército (alrededor de 31.000 combatientes, según servicios de inteligencia occidentales), de una bandera (de color negro, que representa el estado de guerra en el Islam) y de abundantes ingresos procedentes de la recaudación de impuestos, extorsiones, saqueo de los bancos de las ciudades conquistadas, rescates de los secuestrados, comercio de antigüedades, donaciones privadas y, sobre todo, del contrabando del petróleo a través de Turquía, que le reporta más de dos millones de dólares diarios, gracias al control de una decena de campos de crudo en Siria e Iraq.

En segundo lugar, el EI ha volcado su comunicación en la red, consciente de que es un canal mundial abierto capaz de crear estados de opinión, propiciar cambios sociales, movilizar masivamente a las personas e, incluso, alentar revoluciones. También, y no es un objetivo menor en el caso del EI, capaz de aterrorizar.

La capacidad mediática del EI ha alcanzado proporciones nunca vistas en la historia del terrorismo

La capacidad mediática del Estado Islámico ha alcanzado proporciones nunca vistas en la historia del terrorismo, lo que ha obligado a los medios a revisar criterios y enfoques para no dejarse arrastrar por la campaña de agitación y propaganda que los yihadistas del califa Abú Bakr Al Baghdadi llevan a cabo desde que se apoderaron de buena parte del territorio de Siria e Iraq.

El impacto de sus vídeos es tremendo. Las decapitaciones de los periodistas estadounidenses James Foley y Steven Sotloff fueron la historia más seguida por los ciudadanos estadounidenses en los últimos cinco años.

Explotando con eficacia los recursos de la red, el EI puso en marcha una engrasada maquinaria de comunicación, cuyo alto nivel profesional pilló por sorpresa a Gobiernos y medios, para conseguir el mayor efecto propagandístico posible, provocar a Estados Unidos y a sus aliados y atraer a sus filas a milicianos de todo el mundo, a los que quiere presentarse como el grupo más extremista del universo yihadista, muy por encima de Al Qaeda, y como el único que actualmente desafía a Estados Unidos.

Twitter, Facebook, YouTube, Instagram, VideoPress, WhatsApp, JustPaste, Sound-Cloud y otras redes más o menos conocidas conforman una panoplia de canales de comunicación libres y abiertos que el grupo Estado Islámico maneja con habilidad en su objetivo de difundir ideología, terror y, por supuesto, éxitos en su lucha para conquistar mayores porciones de los territorios de Siria e Iraq.

Vídeos informativos, videojuegos, fotografías, revistas, películas y mensajes, tanto del EI como de sus grupos afines en el mundo musulmán y en Occidente, circulan por la red de forma instantánea, mostrando decapitaciones, amputaciones de manos a los ladrones, desfiles militares en las ciudades ocupadas, arengas del califa, momentos de oración de los milicianos, distribución de alimentos a los más necesitados, campañas de vacunación, imágenes idílicas de milicianos columpiando a niños en un parque…

Una premeditada combinación de asesinatos y de misión social destinada, de un lado, a aterrorizar y, del otro, a convencer a los potenciales reclutas de que la vida en los territorios que controlan es segura y atractiva. Pero no solo eso.

Según un informe de Fernando Reinares y Carola García-Calvo difundido en octubre por el Real Instituto Elcano, el EI trata de dar una imagen de éxito de su insurgencia para ofrecer un sentido de pertenencia, e incluso pasar a formar parte de una nueva sociedad yihadista, a los individuos de las sociedades europeas que atraviesan una crisis de identidad, pertenecientes sobre todo a las segundas y terceras generaciones descendientes de inmigrantes procedentes de países con sociedades mayoritariamente musulmanas.

De hecho, desde finales de 2011, miles de musulmanes radicalizados han respondido a la llamada del EI y se han integrado en sus filas. Alrededor de 2.500 son originarios de países occidentales. La mayoría (900) proceden de Francia, seguida por el Reino Unido (500) y Alemania (300). Unos 60 son de España.

El EI se aprovecha de la ausencia de periodistas occidentales en la zona

En su campaña de comunicación, el EI se aprovecha de la ausencia de periodistas occidentales en la zona para ofrecer una versión totalmente partidista de sus actividades. Las agencias internacionales, la única gran fuente de información global hasta la aparición de internet, y otros medios han dejado de enviar periodistas al territorio del EI, al ser imposible garantizar su seguridad.

“La guerra de Siria ha marcado un punto de inflexión en las coberturas internacionales por la situación tan peligrosa. Se vive un apagón informativo”, afirma el fotorreportero freelance Ricardo García Vilanova, uno de los tres periodistas españoles secuestrados en Siria y posteriormente liberados después de meses de cautiverio en manos de yihadistas del EI. Los otros dos fueron Javier Espinosa y Marc Marginedas.

Con los periodistas occidentales fuera del escenario del conflicto, el EI no tiene ningún problema para presentar una visión particular e idílica de lo que está pasando en el califato y puede exagerar su poder e influencia sin que pueda ser comprobado y contrastado por fuentes independientes.

“Estamos ante una asombrosa y sofisticada campaña de comunicación del EI que está empleando el uso y difusión de métodos de crueldad extrema, como las decapitaciones, para marcar distancias con Al Qaeda”, explica Fernando Reinares, investigador principal de terrorismo internacional en el Real Instituto Elcano (El Periódico, 22 de agosto).

“Sin su frenética actividad comunicativa, el Daesh no sería nada”, señala Lluís Bassets (El País, 4 de diciembre), que, como el Gobierno francés, utiliza las siglas en árabe para referirse al Estado Islámico de Iraq y Siria. Francia considera que Estado Islámico no es una denominación adecuada, puesto que se trata de un grupo terrorista y no de un Estado, y, además, no representa al Islam como pretende.

El pilar informativo del EI es Al Hayat Media Center, que funciona como cualquier agencia de noticias multimedia. Su división en árabe se llama Al Furqam.

Al Hayat elabora vídeos en varios idiomas –preferentemente, inglés, francés y alemán– y formatos de notable manufactura técnica, y películas con una producción al estilo de Hollywood, que incluyen el uso de drones para la toma de imágenes, y no dudan en adaptar los más populares vídeos de combates a sus fines propagandísticos. En alguno de estos documentales, aparecen yihadistas de países occidentales proclamando lo felices que son de estar en las filas del EI y las bondades de la sharía.

La profesionalidad con que están elaborados estos vídeos y películas hace pensar que sus autores son yihadistas procedentes de países occidentales, conocedores por tanto del poder de los medios y de cómo sus sociedades se relacionan con ellos.

“Sus contenidos se han profesionalizado, pues muchos de sus militantes proceden de Occidente y tienen conocimientos de diseño gráfico y cine. En segundo lugar, sus técnicas de comunicación siguen los patrones de empresas e instituciones de Estados Unidos o Europa, y sus militantes dominan los lenguajes de las redes sociales y saben explotarlos de manera creativa y efectiva”, dice David Barrancos Larráyoz en un informe difundido en julio por el Instituto Español de Estudios Estratégicos, dependiente del Ministerio de Defensa.

Al Hayat también produce contenidos en audio y la revista en inglés Dabiq, en formato PDF. El EI, como si de una empresa se tratara, publica informes anuales sobre sus actividades terroristas, ahora combatidas por una coalición de decenas de países liderada por Estados Unidos, centrada por el momento en ataques aéreos.

“El EI está compitiendo con los canales de noticias occidentales, las películas de Hollywood, los reality shows, los vídeos musicales incluso, y han adoptado su vocabulario”, escribió Steve Rose en The Guardian el pasado 7 de octubre.

La guerra contra el EI no es una guerra convencional. Los yihadistas de Al Baghdadi poseen capacidades demostradas para crear sus propias aplicaciones en internet, a fin de multiplicar el impacto de sus mensajes; cuando obstaculizan sus cuentas, aparecen otras inmediatamente; si un Gobierno bloquea unas redes, recurren a otras alternativas, y, en fin, utilizan etiquetas de grandes acontecimientos (el Mundial de Brasil, por ejemplo) para encaminar a los usuarios a su propia propaganda.

Por todo ello, la guerra contra el EI es también una guerra por la información, una suerte de ciberguerra que, como decíamos antes, tiene a las redes como campos de batalla.

¿Cómo debemos los editores y los periodistas abordar la ofensiva mediática del EI, un grupo terrorista que está sacando el máximo provecho a la democratización de los medios que supone internet? ¿Hay que silenciar imágenes que aportan información? ¿Se deben difundir declaraciones hechas bajo coacción por una persona a punto de morir? ¿Prima el derecho a la información sobre el derecho a la intimidad o al revés? ¿Cuál es información y cuál es propaganda? ¿Es todo propaganda aunque el contenido sea informativo?

De entrada, Steve Rose nos advierte de que nunca olvidemos que, por muy elaborados profesionalmente que estén los vídeos, documentales, películas, revistas e informes del EI para captar la atención de los medios, “se trata de propaganda”.

Rose subraya que “hay pocas muestras” en estos filmes de secuestro, violación, persecución, destrucción de mezquitas, crucifixiones, varias cabezas cortadas, castigos con azotes a mujeres por no portar el hiyab (velo islámico) y “otras atrocidades cometidas por el EI”.

Por lo tanto, los periodistas y los medios deben tener en cuenta siempre la advertencia de Rose a la hora de tratar las noticias sobre el EI, que prácticamente goza del monopolio informativo en el territorio bajo su dominio.

Es una información sesgada y enfocada con el único objetivo de sembrar el terror mediante imágenes de extrema violencia que, de acuerdo a la directora de Información de la agencia francesa AFP, Michèlle Léridon, tiene que ser abordada con muchas precauciones y sentido común.

Léridon escribió en septiembre pasado un artículo sobre cómo AFP responde al “desafío permanente” de mantener el equilibrio entre el deber de informar y garantizar la seguridad de sus reporteros, así como “preservar la dignidad de las víctimas exhibidas por los extremistas y no servir de intermediarios para una propaganda de odio y ultraviolencia”.

Los manuales de estilo y los códigos deontológicos insisten mucho en el aspecto fundamental de la dignidad de las víctimas, una cuestión básica en lo que estamos abordando, ya que el EI busca crear el mayor miedo posible con los vídeos de las decapitaciones de periodistas y ciudadanos occidentales.

La BBC lo dice muy claro en sus Directrices Editoriales: “Apenas hay casos en los que esté justificado mostrar ejecuciones y muy pocas en las que esté justificado emitir escenas en las que se esté matando a personas. Es muy importante respetar la dignidad de los muertos. Nunca debemos mostrarlos de manera gratuita”.

Una recomendación que más de un medio no siguió al optar, en el contexto del avance imparable del espectáculo en detrimento de la información que vivimos, por difundir los vídeos íntegros del EI, con todo su contenido de horror y propaganda.

Leridón señala a este respecto que no se puede rehuir la mirada ni abstenerse de tener en cuenta las imágenes que suministra el EI, ya que en el caso concreto de los rehenes algunas son pruebas de vida y otras de muerte; pero, tomada la decisión de publicar, la AFP adopta una serie de precauciones:

  • Identificar bien la fuente de las imágenes y explicar que les llegaron en un contexto muy particular
  • No entrar en el juego de la puesta en escena; esa es la razón por la que, al contrario que otros, AFP no ha difundido ninguno de los vídeos de decapitaciones de rehenes
  • Sí han publicado un muy pequeño número de imágenes fijas extraídas de estos vídeos, intentando que sean lo menos degradantes posible. Muestran el rostro de la víctima en primer plano, el rostro del verdugo y el rostro del rehén presentado como la próxima víctima
  •  Esforzarse en buscar y publicar fotos de la víctima cuando se encontraba en libertad para devolverle su dignidad
  • Ser lo más sobrios posible, tomar un máximo de distancia, así como todas las precauciones para no caer en la trampa de imágenes trucadas

Ante la propaganda del EI, los medios actualizaron directrices editoriales

El brutal e intolerante objetivo propagandístico del EI ha obligado a poner al día las directrices editoriales de los medios, como hemos visto en el caso de AFP, y a modificar el tratamiento de la información, que ha evolucionado de publicar partes de los vídeos a solo describirlos.

La CNN ha enfilado esta línea de enfoque después de las numerosas críticas que recibió de periodistas y usuarios en el caso del asesinato de Foley. Todo cambió en la cobertura de la decapitación del voluntario Alan Henning, de cuyo vídeo la CNN no mostró extractos para respetar la dignidad de la víctima.

La CNN tampoco difundió el vídeo del EI en el que el fotorreportero británico John Cantlie hablaba desde su lugar de cautiverio el pasado 18 de septiembre y en el que criticó a los Gobiernos de Estados Unidos y del Reino Unido por abandonar a sus ciudadanos y no negociar su liberación.

“Lo que estamos viendo es una forma de tortura. Este hombre está tratando de actuar para salvar su vida. ¿Por qué deberíamos exhibir eso”, se cuestionó el vicepresidente ejecutivo de la CNN International, Tony Maddox.

Maddox añadió que la difusión del vídeo del EI podría legitimizar a la organización terrorista y dañar la imagen de la CNN en Oriente Medio. “Tenemos que ser extremadamente juiciosos sobre lo que queremos o no queremos mostrar, y tratar caso por caso”, concluyó.

Javier Darío Restrepo abunda en lo expresado por Maddox al señalar en su consultorio ético de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que “mirar la tortura o el asesinato de alguien en directo puede desestabilizar, repugnar, dejar indiferente, excitar, pero en ningún caso informar sobre la realidad”.

Cautela, buen juicio, respetar la dignidad de las víctimas y la intimidad de sus familiares, contextualizar las informaciones, distinguir entre información y propaganda para que prevalezca la primera, evitar la difusión continuada y a toda hora de las imágenes de terror si se decide difundirlas inicialmente porque aportan información y son de interés público –nunca por ganar audiencia a toda costa–, contrastar para evitar imágenes trucadas o noticias falsas e imponer la información al espectáculo son algunos de los principios que debemos aplicar para enfocar las noticias sobre el EI.

Principios que están en la esencia del periodismo, ya sea impreso o digital, principios que hoy se necesitan más que nunca ante la avalancha de información que nos abruma a diario. Y subrayo información. Nunca propaganda. De ningún tipo. Y mucho menos de un grupo terrorista.

 

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Un comentario

  1. Angélica García

    El artículo es interesantísimo y creo que consigue servirnos de orientación a muchos periodistas a la hora de tomar decisiones sobre la publicación de noticias en contextos en que la ética está en juego, pero viene a plantear una duda que nunca he logrado resolver. Es evidente que los terroristas buscan siempre una repercusión mediática que contribuya a difundir su mensaje e impactar en la sociedad, pero por otra parte, no podemos obviar que las consecuencias de sus atentados son siempre una noticia, y cuanto más bárbaras sean las consecuencias, más noticia resultan, tristemente. Si le damos a la noticia la dimensión que ésta debería tener, de acuerdo a criterios periodísticos, les hacemos el juego a estos terroristas y acabamos sirviendo a sus intereses, pero si tratamos de moderar el mensaje y limitar el alcance mediático, intervenimos como actores directos sobre el mensaje, restándole la relevancia que realmente merece, en terminos estrictamente informativos. Estoy de acuerdo completamente con no difundir imágenes de ejecuciones, pero por mucha aversión que nos produzca la imagen de James Fowley a punto de ser ejecutado con su asesino tras él cuchillo en mano, no deja de ser una imagen muy informativa, y si la ocultamos mostrando solo imágenes de cuando Fowley estaba vivo, estamos manipulando la noticia y también al público, que reaccionará con mucho más horror ante esa imagen previa a la ejecución que ante otras con que tratemos de sustituirla. Sinceramente, creo que es un dilema muy difícil de resolver y habrá que actuar de manera distinta en cada caso concreto.

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