La misión indeclinable de los medios de comunicación

El periodismo en tiempos de catástrofe

Ilustración: Maravillas Delgado

Sin los periodistas y sin los medios de comunicación, como agentes determinantes en el espacio público y dinamizadores de la conversación social, la pandemia habría quedado desregulada por completo y se hubiese convertido en una peste incontrolable.


JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS*

Ahora se denomina infodemia. La comunicación periodística de informaciones de distinta naturaleza sobre la catastrófica crisis sanitaria de la COVID-19 se ha estigmatizado como una variante del coronavirus. Insisto: el ejercicio del periodismo que ha seguido y sigue la histórica pandemia que brotó en un lugar remoto de China se ha convertido en una suerte de secuela de la infección. El periodismo sobre la pandemia es infodemia. Término tan desafortunado parece aludir según sus oportunistas creadores a una abundancia desordenada de datos y noticias sobre la evolución del contagio masivo por la COVID-19.

Los periodistas y los medios no habríamos prestado un auténtico servicio a la sociedad, sino contribuido a la confusión de los ciudadanos, a la expansión de bulos y falsedades y, por eso, seríamos agentes infodémicos. Hay que prepararse para un nuevo embate revisionista sobre nuestro oficio, para un nuevo ajuste de cuentas al estilo populista por nuestra labor en esta catástrofe, una vuelta de tuerca en la presión de determinados poderes sobre nuestra ya mermada reputación social, sobre la naturaleza y calidad de nuestra intermediación, sobre la propia esencia de nuestra función social.

El periodismo ha sido y está siendo en estos tiempos catastróficos uno de esos ‘check and balances’ de los sistemas democráticos

Sin embargo, de nuevo, el periodismo ha sido y está siendo en estos tiempos catastróficos uno de esos check and balances [controles y equilibrios] de los sistemas democráticos, en función de los cuales prestamos un servicio insustituible en la difusión de las instrucciones que imparten los legítimos poderes públicos y, al tiempo, nos comportamos –con las excepciones que siempre marcan los sectarismos gregarios– como los perros-guardianes de la democracia. Es el momento de reiterar la cita que reflejaba José Luis Martínez Albertos en su impecable ensayo titulado La tesis del perro-guardián: revisión de una teoría clásica. Recogía la reflexión del presidente de la Press Complaints Commission de Gran Bretaña, lord McGregor of Durris: “Mi visión del Estado es dieciochesca: si no es controlado constantemente, el Gobierno siempre tiende a la tiranía, y su forma democrática no tiene varita mágica que lo convierta en algo diferente. Una prensa independiente es la forma más poderosa de control, al sostener un electorado crítico –porque está informado–, gracias al fomento de la transparencia. ‘Publica y que te maldigan’, decía el duque de Wellington: esa es la responsabilidad de la prensa”.

Esta misión indeclinable de los medios ha adquirido, de nuevo, todo su sentido en los momentos más críticos de la humanidad contemporánea. Sin los periodistas y sin los medios de comunicación, como agentes determinantes en el espacio público y dinamizadores de la conversación social, la pandemia habría quedado desregulada por completo y se hubiese convertido en una peste incontrolable. Hemos vuelto a intermediar, a vehicular, a transmitir, a establecer un nexo constante entre el acontecimiento y el ciudadano; hemos trasladado los mensajes; hemos recogido el latido de la ciudadanía, y, otra vez, hemos tenido que denunciar los intentos de censura previa (increíblemente, la hemos padecido) y afrontado las más graves y airadas acusaciones de deslealtad por el ejercicio de la crítica a los poderes públicos cuando se han extralimitado en sus funciones, cuando se han comportado con ineficacia o ineptitud, cuando han ocultado datos y circunstancias relevantes, cuando se han parapetado en el silencio o cuando, tan frecuentemente, han intentado una “narrativa” patriótica para sustraerse a la dación de cuentas ante las instituciones y la propia sociedad.

La infodemia no es un concepto inocente ni un recurso dialéctico imaginativo

La infodemia no es un concepto inocente ni un recurso dialéctico imaginativo. Es un estigma, un reproche, una reprobación, otra más, de los poderes más ávidos de dominación surgidos del populismo, de los “hiperliderazgos” que descreen de la madre de todas las libertades, que es la de expresión. Desde 2016 –el referéndum del brexit en junio y la elección en noviembre de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos–, el periodismo ha sido introducido en un auténtico campo de concentración intelectual en el imaginario colectivo. Se connota a los medios de comunicación como vectores del peor establishment y a los periodistas como a una clase de corruptos ciertamente sofisticados. De ventear estas especies calumniosas se han encargado los nuevos gurús de la comunicación política, adláteres de los recientes líderes carismáticos y, todo hay que decirlo, de los sedicentes y disidentes “compañeros” que laboran, ya sin caretas, en ese lado oscuro que es el de la desinformación y la consigna.

Sin embargo, y aunque los medios se hayan arruinado (más de lo que ya lo estaban), la infodemia ha sido y está siendo una resucitación del periodismo, una demostración directa, sin simulación, de su necesidad y de su virtud, de su practicidad y de su función democrática. La pandemia de la COVID-19 ha reiterado todos los peores tópicos contra el periodismo y los periodistas –inexactitud, sensacionalismo, intromisión, deslealtad, oportunismo–, si bien la realidad más profunda es que el seguimiento de la información ha sido y está siendo como la labor del farero en la costa arriscada en las noches de tempestad. Estamos arruinados, somos carne –otra vez– de ERTE y de ERE, los modelos de negocio de nuestras empresas siguen dependientes de finanzas ajenas al giro natural de las sociedades editoras, es decir, de los ingresos por la venta y la publicidad transparente, pero hemos estado ahí, seguimos estando ahí. Porque en las catástrofes, en las guerras (esta lo está siendo), en los tiempos convulsos, en los episodios históricos de penalidad, en las coyunturas de tribulación, en  las tragedias humanas, en las crisis económicas, en los desastres que causan las injusticias, en los momentos de tribulación y angustia, estamos ahí, tenemos una labor que hacer, somos reclamados, seguidos, leídos, escuchados, vistos. El poder de unas líneas, de una voz, de una imagen, sigue siendo invencible cuando las circunstancias más penosas acorralan a los ciudadanos.

Nuestra épica es la de cumplir mejor nuestra labor cuando mayores son las dificultades

Nuestra épica es, justamente, la de cumplir mejor nuestra labor cuando mayores son las dificultades para ejecutarla, cuando más temibles son las presiones para que nos resignemos, cuando la ira del poder se descontrola y nos amenaza, cuando quieren dominar la veracidad y servirse de ella, cuando la patria es el poder y se privatiza y cuando el dolor nos iguala. Salimos de esta situación trágica más muertos que vivos, probablemente muchos de nuestros compañeros ya no podrán continuar tras esta nueva oleada de miseria después de la que nos azotó –y casi nos extinguió– en 2008. Pero hemos cumplido. Estamos ahí. Con respiración asistida. En el bienestar, en la abundancia, en el éxito, es probable que nuestra labor de intermediación se agoste, se mustie y decline. Sin embargo, en la catástrofe somos imbatibles y nos enfrentamos a ella con el nervio de un oficio que solo reconforta si duele ejercerlo, si es empático con los protagonistas de nuestras historias, si, en fin, sufre con los que sufren y convertimos ese sufrimiento en una denuncia.

Este es el periodismo en tiempos de catástrofe, el más valioso, el más auténtico.“Publícalo y que te maldigan”, nos aconsejó el duque de Wellington. Lo hemos hecho. Quizás haya sido el canto del cisne, el verduguillo en la testuz, las diez de últimas. No obstante, si ha sido –si está siendo esa ruina que nos barruntamos–, es preferible caer agotados y maltrechos en la catástrofe y en compañía de muchos de nuestros conciudadanos que hacerlo en la molicie de la abundancia y en la banalidad de la irrelevancia. ¿Infodemia? ¡No! ¡Periodismo!

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