El Mataerratas

No te comas la coma

Noticia, novedad, preocupante tendencia en el creciente mal uso del idioma en los medios de comunicación: comerse las comas, no ponerlas donde sí habría que hacerlo (y también ponerlas donde no habría que hacerlo, pero a eso ya le dedicaremos otra entrega de esta serie). Comerse las comas en una construcción gramatical muy abundante en la prensa, las aposiciones explicativas. Comerse una coma es una especie de errata por omisión, pero no por ello es menos grave que las otras.

“¡Las erratas son las últimas que abandonan el barco, don Fernando!”, le contestó un día remoto de la primavera de 1990 Manuel Saco, con su ingenio y mordacidad habitual, a un estupefacto Fernando Lázaro Carreter, en una de las primeras reuniones del consejo editorial del diario El Sol, cuando aún estábamos trabajando con números cero.

Ambos, el subdirector de Edición del diario –¡qué tiempos aquellos en que los periódicos tenían equipos de edición, y con un subdirector al frente!– y el filólogo, académico y autor de El dardo en la palabra –una larga serie de artículos sobre corrección idiomática que Lázaro inició en 1975 en el diario Informaciones, se publicaron después en muchas otras cabeceras de España y América, distribuidos por la Agencia Efe, y recalaron por último en El País y están compilados en dos libros–, compartían la misma preocupación por el deterioro del uso del idioma en la prensa. Lázaro, que venía de la docencia universitaria, quizás aún creía por entonces que el problema se solucionaría formando mejor a los periodistas en la herramienta de la lengua. Saco, que llevaba toda su vida profesional metido en muy diversas redacciones de revistas y de diarios y había visto de todo, era más pesimista. Hasta sufrió en carne propia un curioso gazapo, y en letra impresa no ya de prensa, sino de libro, donde siempre ha habido más tiempo y más recursos para asear el idioma. Y en un libro… ¡nada menos que sobre las erratas!

Se titula el volumen Vituperio (y algún elogio) de la errata, lo firma el escritor y periodista José Esteban, lo publicó en 2002 la editorial sevillana Renacimiento. Es útil y provechoso, lo recomiendo encarecidamente, pero en su página 20 –la tengo delante– cuenta la anécdota de El Sol y al subdirector de Edición del diario le cambia el apellido y lo llama Manuel Seco. Quizás Esteban sufrió un lapsus o un ataque de ultracorrección y confundió a Saco con el lexicógrafo, filólogo y lingüista Manuel Seco, autor, por cierto, de otro libro que recomiendo que tengan a mano los colegas preocupados por el buen uso del idioma: el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española. Es de 1986, y en él beben muchos de los libros de divulgación de este tipo surgidos después.

En casa del herrero, por tanto, cuchillo de palo. Hasta a un tratadista sobre erratas se le escapa alguna errata. Los gazapos acompañan al mundo de la prensa desde que se inventó la imprenta. En el Salterio de Maguncia, que en 1457 imprime Johann Fust –el que había sido socio y prestamista de Gutenberg, al que dejó en la ruina–, hay una errata clamorosa: un “Spalmorum Codex” donde debía decir “Psalmorum Codex”. Del mundo de Gutenberg al mundo de nuestros días, las erratas son las últimas en abandonar el barco, bien se ve.

Muchos de los gazapos que afean, deterioran y desprestigian a la prensa no son erratas por accidente, sino errores por ignorancia

Pero hay algo nuevo e inquietante desde hace ya meses en lo de las erratas, algo que aumenta el pesimismo que ya tenía Saco hace casi tres décadas. Muchos de los gazapos que afean, deterioran y desprestigian a la prensa no son erratas por accidente, sino errores por ignorancia. Ignorancia ortográfica, gramatical o léxica. Para escarnio propio y aprovechamiento de los lectores, diarios y revistas deberían tener en cada número dos secciones diferentes de corrección idiomática: una que se llamara “Fe de Erratas” y otra denominada “Fe de Errores”.

Una de las últimas no sé si modas o tendencias –ojalá sea esto, pasajero y reversible, y como ha empezado a ocurrir deje de hacerlo– de errata, o más bien de error culposo, no accidental, es especialmente llamativa. Uno se encuentra con ella y casi a diario y repetidas veces en prácticamente todos los periódicos. Es tan abundante últimamente que se diría que todos los jefes de edición –si aún quedan en las redacciones– y muchos colegas se hubieran puesto de acuerdo o hubieran bajado la guardia a la vez.

El error es este: no poner la segunda coma, la de salida, en las aposiciones explicativas. Esa coma que en la frase “El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, inauguró ayer…” va detrás de Rajoy. O la coma que en “La película que acaba de estrenar Fernando Trueba, La reina de España, ha cosechado malas críticas” va detrás de España. Lee uno atento los periódicos que se encuentra y la ausencia clamorosa de la segunda coma en muchas aposiciones explicativas salta tanto a la vista que hasta la daña.

Comerse las comas –también ponerlas donde no se debe– es una práctica de alto riesgo y de consecuencias en ocasiones desastrosas, pues puede alterar radicalmente el sentido de una frase. Nos lo explicó José Antonio Millán en un libro también recomendable: Perdón imposible. Guía para una puntuación más rica y consciente (RBA Libros, 2006). Toma parte del título de una anécdota atribuida a Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, al que se le habría pasado para la firma una sentencia que decía “Perdón imposible, que cumpla la condena” y que el emperador, en su magnanimidad y pese a que empezó a desenvolverse con soltura en castellano siendo ya mayor, tras venir a España desde Flandes para coronarse, habría cambiado totalmente con el simple desplazamiento de una coma para dejarla así: “Perdón, imposible que cumpla la condena”.

No te comas la coma, en fin, ni en las aposiciones explicativas. Si lo haces, y escribes “La película que acaba de estrenar Fernando Trueba, La reina de España ha cosechado malas críticas”, no es solo una película la que cosecha malas críticas, puede serlo también la reina de España.

 

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