Periodismo VS periodismo ciudadano

Periodismo ciudadano: argumentos a favor y en contra

Imagen tomada de periodismodigital.org.
Imagen tomada de periodismodigital.org.

En sendos artículos, los profesores Oscar Espiritusanto y Gabriel Sánchez exponen sus teorías en favor y en contra, respectivamente, del conocido como “periodismo ciudadano”. Según Oscar Espiritusanto, periodista, fundador de Periodismociudadano.com y profesor en la Universidad Carlos III de Madrid, “la poca credibilidad de los medios, la democratización de las herramientas de comunicación y la popularización del uso de internet permiten a ciudadanos y profesionales generar contenido en igualdad de condiciones técnicas”. Así, los ciudadanos pueden “informar de lo que los medios no informan, ofreciendo otro punto de vista documentado sobre una misma realidad”.

Para Gabriel Sánchez, periodista, doctor en Ciencias de la Información y profesor de la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid, “el intercambio de papeles no es posible, pues si el emisor se convierte en receptor y este es el que emite el mensaje, se distorsiona por completo el panorama de la comunicación”. Porque, a diferencia del resto de los ciudadanos, el periodista tiene un “compromiso con la verdad, la diferenciación entre información y opinión, la verificación de las noticias y las normas éticas que le incumben”.

 

Periodismo ciudadano: colaboración y evolución positiva

OSCAR ESPIRITUSANTO*

“Mis lectores saben más que yo”, decía Dan Gillmor, considerado el padre del periodismo ciudadano. Esta frase no hizo más que reforzar una idea en la que llevaba tiempo trabajando: la puesta en marcha de un observatorio alrededor de la participación de los usuarios al que llamamos Periodismociudadano.com. En el año 2006, fundé Periodismo Ciudadano para seguirle la pista a todos los fenómenos relacionados con los nuevos medios, narrativas y buenas prácticas llevados a cabo en este entorno, con objeto de tratar de mostrar los beneficios inherentes a la participación de los usuarios en los nuevos medios.

En líneas generales, los medios de comunicación, antes de internet, eran empresas que se basaban en la escasez y el control de la información, que acababan por emitir auténticos monólogos. La interactividad que se podía conseguir con el medio y sus colaboradores era mínima.

El mundo de la comunicación, tal y como lo conocíamos hasta ahora, ha cambiado radicalmente, provocando el cierre de muchos medios y el despido de una gran número de profesionales de la información. Estos cambios se están trasladando a numerosos ámbitos de la sociedad, inmersos en un contexto de crisis. Una de las principales formas de enfrentarse a la adversidad es abrazar el cambio, en lugar de sentir temor. Como decía Albert Einstein: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.

Estos cambios han llevado a malinterpretar el rol que el periodismo ciudadano juega en este nuevo ecosistema comunicacional. Desde algunos sectores, se acusa al periodismo ciudadano de haber provocado esta crisis, cuando, desde mi punto de vista, es más que probable que la actual situación sea responsabilidad de los gestores de estos medios y no de las nuevas herramientas o de la participación activa de los usuarios.

Gumersindo Lafuente, fundador de Soitu.es y actualmente en porCausa.org, escribía en Eldiario.es un artículo interesante en el que incluye algunas anécdotas sobre el periodismo español y los que se encuentran al cargo de estos proyectos: “(…) AEDE, la patronal de los editores de diarios, celebraba unas jornadas para reflexionar sobre el futuro. Por la mañana, hablaron los consejeros delegados (muchos aún siguen al frente de sus medios); por la tarde, interveníamos los de internet. Cuando me llegó el turno, pregunté extrañado a los organizadores por el paradero de los poderosos, para los que yo había preparado mi discurso. ‘Se han ido a un campo de golf muy bonito que hay aquí cerca’, me dijeron. Pues eso, cuando se hablaba del futuro de los medios, de lo que iba a ocurrir en sus empresas, ellos estaban literalmente jugando al golf”.

Se malinterpreta el rol del periodismo ciudadano en este ecosistema

Esta es la realidad que nos describe una persona que ha estado al cargo, de una u otra manera, de los medios más importantes de este país y que, además, se ha involucrado en otros medios distintos e innovadores.

Los ciudadanos empiezan a perder el interés y la confianza en los medios tradicionales y, en gran medida, en los profesionales que no se plantean cambios en este nuevo ecosistema informativo. Hay muchas razones por las que los ciudadanos deciden empezar a crear sus propias piezas informativas o sus medios. Una de las más importantes es la pérdida de credibilidad en los medios tradicionales de información.

Aunque no son solo ellos, en el último barómetro sobre la profesión periodística de Easypress.es, el 82 % de los profesionales de la información cree que el periodismo ha perdido credibilidad en la última década.

La poca credibilidad de los medios, desde el punto de vista de los ciudadanos y también desde el de los profesionales de la información, unida a la democratización de las herramientas de comunicación y a la popularización del uso de internet permiten a ciudadanos y profesionales generar contenido en igualdad de condiciones técnicas.

La llegada de estas herramientas tecnológicas, que permiten la captación, tratamiento y difusión de la información, propicia que ciudadanos por su cuenta o con la ayuda de profesionales pongan en marcha sus propios medios de comunicación o difundan piezas informativas con otros puntos de vista a través de las redes sociales.

Un ejemplo reciente que ilustra esta situación son los Mídia Ninja (siglas de Narrativas Independientes, Periodismo y Acción), nacidos a raíz de las manifestaciones que tuvieron lugar en Brasil, en junio de 2013, en protesta contra la corrupción política, la subida del transporte público y los gastos generados por el Mundial de Fútbol de 2014.

Los ciudadanos comenzaron a informar por su cuenta al constatar que los medios tradicionales no estaban contando lo que realmente estaba sucediendo en estas manifestaciones. En particular, los medios oficiales no estaban informando sobre las cargas policiales y los enfrentamientos violentos con las fuerzas de seguridad.

Actualmente, la tecnología ofrece a la ciudadanía la posibilidad de organizarse a través de redes sociales y generar contenido para informar de lo que los medios no informan, ofreciendo así otro punto de vista documentado sobre una misma realidad.

Un colectivo de jóvenes y activistas decidieron poner en marcha los citados Mídia Ninja, grupo de medios de información basado en la difusión de contenido a través de redes sociales y, especialmente, en la retransmisión en tiempo real (streaming), sin cortes (no se editan para que no puedan ser acusados de manipulación en las grabaciones), sobre lo que sucede en las calles de Brasil.

La agencia AFP explicó el ascenso del periodismo ciudadano en Brasil con un vídeo de este movimiento, en el que uno de sus miembros contó cómo surgió este colectivo y su intención de “conectar a la gente que quiere crear contenido, como una forma de hacer algo nuevo, cambiar el discurso en Brasil y en el resto del mundo”.

En una reciente entrevista, el profesor de la Universidad de Texas Rosental Calmon Alves aludía a estos medios y a la impresión que causaba en algunos profesionales: “Publicaban en tiempo real las acciones de la policía y abusos en las protestas. Mis colegas periodistas estaban molestos porque decían que eso no era periodismo, pero yo estoy convencido de que no existe un solo tipo de periodismo”.

Lo importante: separar el ruido de la información relevante

Esto puede hacernos pensar que pueden existir varios tipos de periodismo y que la colaboración entre ellos generará mejores piezas informativas para una ciudadanía mejor informada y una democracia más sólida.

En el prólogo del libro Periodismo ciudadano. Evolución positiva de la comunicación, Howard Rheingold, crítico, ensayista, escritor, profesor de la Universidad de Stanford y autor, entre otros libros, de Smart Mobs: The Next Social Revolution y Net Smart, aseguró: “Los medios digitales, en manos de miles de millones de personas, están cambiando las instituciones y la práctica profesional del periodismo y, por tanto, también la propia naturaleza de la democracia”.

Estos nuevos medios suelen tener características diferentes a los tradicionales. Pasamos del monólogo y escasez de información al diálogo y la colaboración como pilares principales, junto con los filtros adecuados para gestionar el exceso de información actual.

Es cierto que hemos pasado de una escasez de información gestionada por unos pocos a un exceso de información en la que todos tienen la posibilidad de generar piezas informativas. Lo importante en este nuevo panorama es tener los filtros adecuados para separar el ruido de la información relevante. Comentaba el profesor de la Universidad de Nueva York Clay Shirky que “no existe exceso informativo. Es un fallo del filtro”.

La tecnología y la democratización de las herramientas permite a los individuos convertirse en periodistas ciudadanos, con el poder de generar piezas informativas, aunque no todo es periodismo ciudadano: el ámbito de la participación es muy amplio y conseguir participación de calidad es complicado.

Un simple “Me gusta” en cualquier red social es una manera de participar. Cuantos más “Me gusta” tenga esa noticia, más difusión obtendrá en las redes sociales y, por lo tanto, llegará a una audiencia mayor, pero esta sería una de las formas más sencillas de participación.

Si a contar con la tecnología adecuada se le añade encontrarse en el sitio adecuado, se pueden dar casos como los siguientes: la fotografía de Janis Krums enviada desde un avión que amerizaba en la bahía del río Hudson; la grabación en directo de la muerte de Neda Agha Soltan, durante las protestas electorales de 2009 en Irán; o la muerte de Mohammed Nabbous, periodista ciudadano abatido a tiros por las fuerzas leales a Gadafi cuando informaba a la comunidad internacional, mediante retransmisiones en tiempo real, de lo que sucedía en Libia.

Esta participación de calidad, en la que los usuarios crean piezas informativas en situaciones complicadas para contar lo que sucede en su entorno cercano, es periodismo ciudadano. Por lo general, no existen periodistas extranjeros que puedan cubrir esto porque se les impide el acceso al país y los periodistas locales son censurados o están del lado del Gobierno. Esto es periodismo ciudadano u otro tipo de “periodismo”, como explicaba el profesor Rosental. En cualquier caso, no debemos olvidar que el ciudadano se convierte en periodista de manera puntual ante una circunstancia concreta de especial gravedad y que, una vez finaliza esta situación, deja de informar para seguir con su vida cotidiana.

Cómo denominarlo
Podemos llamarlo o denominarlo de diferentes maneras, pero este nuevo concepto surge para poder distinguir si esta captación y tratamiento de la información la realizan profesionales o no. Se trata de utilizar un elemento diferenciador, desde el punto de vista de quien informa. No como un elemento que se opone al ejercicio profesional, sino como individuos no profesionales que, gracias a las nuevas tecnologías, tienen la posibilidad de generar contenido informativo.

Los medios ciudadanos aportan un valor real a sus comunidades

La participación de los ciudadanos en el ámbito informativo, y sobre todo en el periodístico, ha recibido diferentes nombres dependiendo del momento y de los autores que han tratado de definir el fenómeno: periodismo público, periodismo democrático, de guerrilla, periodismo de calle, abierto, voluntario o periodismo 3.0. En estos últimos años, la nomenclatura que mejor define este fenómeno es periodismo ciudadano o participativo, el más extendido, el que profesionales y no profesionales entienden y el que han expuesto y argumentado profesores como Dan Gillmor, Jay Rosen y Howard Rheingold, entre otros.

Una de las primeras definiciones del fenómeno la hizo el profesor Rosen: “Cuando las personas antiguamente conocidas como la audiencia utilizan las herramientas periodísticas que tienen a su alcance para informarse unos a otros, eso es periodismo ciudadano”.

Según el libro We Media: How audiences are shaping the future of news and information, de Shayne Bowman y Chris Willis, “es el acto de un ciudadano o grupo de ciudadanos que juegan un papel activo en el proceso de recolectar, reportar, analizar y diseminar información. La intención de esta participación es suministrar la información independiente, confiable, exacta, de amplio rango y relevante que una democracia requiere”.

En 2010, Frank La Rue, relator especial de las Naciones Unidas para la libertad de opinión y de expresión, en la 65ª sesión de la Asamblea General, definía a los periodistas ciudadanos como aquellos ciudadanos comunes que realizan tareas periodísticas en situaciones difíciles, y se preocupaba por su protección: “A menudo los periodistas ciudadanos se enfrentan a riesgos similares a los que se enfrentan los periodistas profesionales, incluidos los actos en represalia a sus actividades informativas”, y no están protegidos ni por medios ni por organizaciones.

En el informe de este año de Amnistía Internacional titulado Shooting the Messenger: Journalists targeted by all sides in Syria, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) describió así a los periodistas ciudadanos: “Al igual que sus homólogos profesionales, los periodistas ciudadanos emplean principios y normas periodísticas relacionadas con cuestiones de credibilidad, precisión, fuentes, investigaciones, información y oportunidad”.

Este informe dedica un capítulo a los periodistas ciudadanos y se muestran casos concretos de periodistas ciudadanos con nombre y apellido, se define a los mismos y el fenómeno en Siria. Del análisis y la observación de esta organización se desprende la relevancia del fenómeno para la sociedad y el periodismo, la importancia de la colaboración entre ambos mundos –el profesional y el ciudadano– y la falta de protección en la que se encuentran estos periodistas ciudadanos.

El fenómeno existe, ha venido para quedarse y para colaborar con otros “periodismos”, sobre todo con el profesional. No hay duda de que la tecnología, y especialmente las herramientas móviles, ponen en manos de los ciudadanos la posibilidad de generar, tratar y difundir contenidos, como comenta el profesor Rosental: “Es un cambio paradigmático en el que cada uno de nosotros se convierte en un canal de comunicación y cada persona puede cometer actos de periodismo”.

Las nuevas herramientas de las que disponen los ciudadanos hacen que la colaboración global entre ellos sea más sencilla: teléfonos móviles (inteligentes o no), tabletas, ordenadores, conexiones de alta velocidad… Las tecnologías de la información y la comunicación favorecen este proceso.

El valor del periodismo ciudadano
Según un estudio realizado en Estados Unidos sobre medios ciudadanos, el 82 % de los encuestados reconoce que estos proporcionan información local que no se encuentra en otros lugares, el 77 % afirma que complementan la información de los medios locales y el 74 % opina que construyen conexiones en la comunidad. Cuando se les preguntó por el impacto que estos medios habían tenido en sus comunidades, el 82 % considera que proporcionan oportunidades para el diálogo, el 61 % cree que son vigilantes de los Gobiernos locales, el 39 %, que ayudan a la comunidad a resolver problemas, el 27 %, a que crezca la participación electoral y el 17 %, a que aumente el número de candidatos que se presentan a las elecciones.

Los medios ciudadanos aportan un valor real a sus comunidades. Por lo general, no existen medios de comunicación que se ocupen de los temas que interesan a esa comunidad. El periodismo ciudadano aporta valor en una serie de ámbitos específicos:

Local e hiperlocal. Una tendencia consolidada en el periodismo ciudadano ha sido el surgimiento de lo que Jeff Jarvis, profesor y director del programa de periodismo interactivo en la Universidad de Nueva York y editor del blog Buzzmachine, denominó “periodismo hiperlocal”: sitios de noticias en línea que invitan a los vecinos de una determinada comunidad a contribuir con información sobre temas que los periódicos convencionales tienden a ignorar.

Vigilante del poder. El cuarto poder (los medios) y los Estados están ahora vigilados por un quinto poder disgregado y ubicuo: los ciudadanos. Rachel Sterne, consejera delegada de la plataforma de periodismo ciudadano Ground Report y actual directora de Medios Sociales del Ayuntamiento de Nueva York, se refiere al periodismo ciudadano como “un quinto poder que vigila a los periodistas y grandes medios”.

Herramienta de vigilancia electoral y política. Esta destacada labor de vigilancia y transparencia que propugna el periodismo ciudadano destaca especialmente en los países con una censura férrea y en situaciones de una especial agitación política y social. Irán se convirtió en un buen ejemplo de ello en las protestas poselectorales de 2009 y, después de ese ejemplo, le siguieron Túnez y Egipto en 2011. En particular, las revueltas egipcias orquestadas tras el éxito de las protestas en Túnez y motivadas por un descontento social y político muy similar volvieron a mostrarnos el poder del periodismo ciudadano y de las redes sociales para difundir el mensaje de lo sucedido en los violentos disturbios callejeros vividos en Egipto. En este caso, debido al éxito de la revuelta tunecina, el Gobierno puso en marcha una campaña de censura sin precedentes para bloquear Twitter primero y, después, Facebook, así como las redes de telefonía móvil. A pesar de los esfuerzos realizados, los testimonios del pueblo egipcio, sus vídeos, sus tuits y su petición de ayuda no pudieron ser silenciados.

Situaciones de crisis: atentados terroristas, desastres naturales, conflictos armados… El periodismo ciudadano nos conecta de forma inmediata con los afectados en situaciones de crisis y catástrofes naturales, pero también está demostrando su gran potencial para contribuir a la solidaridad. En casos de crisis, desastres naturales, revueltas populares y conflictos armados, los periodistas ciudadanos son imprescindibles para conocer qué es lo que sucede, casi en tiempo real, en lugares y situaciones muy concretas.

Herramienta de defensa de los derechos humanos y las minorías. El periodismo ciudadano es también una herramienta importante para luchar por la defensa de los derechos humanos. Casos como Global Voices Online, Wittness (proyecto fundado y liderado por el cantante Peter Gabriel) o Radar (proyecto recientemente ganador del Activate Tech Talent Day) así lo demuestran. Ahora las minorías tienen voz y la posibilidad de hacerse escuchar ante una audiencia global. Esto puede propiciar que se generen cambios positivos en sus comunidades.

Varios grandes medios han comprobado su potencial

Hay varios grandes medios que han visto el potencial del periodismo ciudadano, pero destacan en este ámbito los siguientes: Al Jazeera, con The Stream; The Guardian, con The Guardian Witness; New York Times, con Watching Syria’s War, medio en el que habitualmente hablan acerca del periodismo ciudadano y sobre cómo se desarrolla, o CNN, con iReport, que cuenta actualmente con un millón de visitas mensuales aproximadamente, unas 10.000 piezas informativas cada seis meses y una inversión de 750.000 dólares anuales.

La colaboración es esencial, y también la alfabetización de esta nueva audiencia activa para que pueda generar mejores piezas informativas. The New York Times ofrece cursos de periodismo ciudadano para facilitar esta labor.

Por otro lado, la plataforma de periodismo ciudadano Blottr suministra contenidos al New York Times Syndicate, un servicio del diario neoyorquino que ofrece contenidos a suscriptores dentro del mundo editorial.

Incluso, organizaciones periodísticas como la Society of Professional Journalists de Estados Unidos ha ofrecido talleres de periodismo ciudadano. Esta asociación de periodistas profesionales creada en 1909 opinaba que “el periodismo ciudadano enriquece la cobertura informativa global”, lo que consideraba beneficioso; y, por ello, había decidido “ayudar a los periodistas ciudadanos para que pudieran realizar una práctica periodística responsable”.

La alfabetización de los ciudadanos en tareas informativas es beneficiosa para la colaboración entre profesionales y no profesionales. Los periodistas son más necesarios que nunca, pero sus funciones son otras.

Por último, el destacado sociólogo Manuel Castells, catedrático de Sociología y director del Internet Interdisciplinary Institute, afirmaba en una entrevista con la Universidad Oberta de Cataluña que “los grandes medios o se alían con internet y el periodismo ciudadano o se convertirán en marginales”.

El periodista y profesor Dan Gillmor proponía como tarea pendiente para los periodistas “aprender a escuchar a su audiencia”. “Estamos ante la mejor oportunidad –estimó este periodista y profesor– para que muchos puedan convertirse en emprendedores periodísticos”. “Hay que ir más lejos, y pedir a la audiencia que nos ayude con nuestro periodismo. Pero incluso si no se lo pedimos, el público lo hará de todas formas”, concluyó.

Esa idea enlaza con la de la emprendedora en medios Arianna Huffington, cofundadora y editora jefa de The Huffington Post, que afirmó: “Ridiculizar el valor del periodismo ciudadano es ridiculizar el valor del mundo en el que vivimos”.

A modo de resumen, recomiendo ver la pieza que Montserrat Boix preparó para el Telediario de TVE, en la que en solo dos minutos proporciona una visión bastante completa del fenómeno del periodismo ciudadano en Siria. Y, asimismo, descargar de manera gratuita el libro Periodismo ciudadano: evolución positiva de la comunicación, en el que se pueden ver casi 20 experiencias de nuevos medios participativos contadas por sus propios fundadores o directores.

* Oscar Espiritusanto Nicolás es periodista, fundador de Periodismociudadano.com y profesor en la Universidad Carlos III de Madrid.

 

El valor de la información verdadera

GABRIEL SÁNCHEZ*

El pasado 12 de octubre, el diario La Gaceta publicaba en su página 41 una crónica firmada por la periodista Rocío Manzaneque en la que, entre otras cosas, podía leerse: “Tan solo un día después de que en las oficinas del Metro de Madrid se recibiera una carta con polvos sospechosos, los teléfonos móviles de miles de madrileños comenzaron a recibir el siguiente mensaje: ‘Hay amenaza de bomba en las líneas 10, 2 y 5 de metro.  (…) Si conocéis gente, difundid esto, es importante porque han decidido no contarlo en la tele. (…) Por si acaso, estad pendientes de gente que conozcáis que pueda coger el metro esa tarde-noche-mañana por la mañana’. Lejos de quedarse en un simple rumor, el texto creó una alarma social que derivó en un auténtico pánico en algunas paradas del metropolitano”. Otros diarios como El Confidencial y El Economista también se hicieron eco de esta noticia (aunque modificaban las líneas supuestamente afectadas). Para La Vanguardia, el mensaje provocó el caos entre los usuarios del Metro de Madrid. La agencia Europa Press difundió la noticia indicando que el mensaje “había sembrado el pánico”.

En la mañana del 11 de octubre, la Policía Nacional había desalojado la sede del metro en la calle de Cavanilles, al denunciarse la presencia de una carta conteniendo unos polvos blancos que levantaron las sospechas de los trabajadores. A partir de ahí, los rumores se desataron: alguien decidió erigirse en periodista avezado, con una noticia de primera mano en exclusiva –que, según el mensaje, se había decidido no dar por la tele–, y lanzar a través de las redes sociales la información que sembró el caos y el pánico entre los usuarios del transporte público madrileño.

Todo un ejercicio de periodismo responsable, cuyos elevados costes para la ciudadanía afectada nadie asumió. El anónimo emisor del mensaje quedó, en el mismo momento de transmitirlo, exento de todo compromiso con respecto a los receptores de la noticia. Después de lanzar el scoop, se guardó el móvil en el bolsillo y a otra cosa, mariposa.

Lo peor de todo este embrollo es que la sociedad empieza a estar acostumbrada a este tipo de actuaciones y ya casi nada le sorprende. Los mensajes, las fotografías, los vídeos, las particulares apreciaciones personales de los que se dedican a ejercer el denominado periodismo ciudadano llegan a cientos de miles de usuarios, que contemplan impávidos cómo se deteriora uno de los pilares fundamentales de todo sistema democrático en régimen de libertad: la información, entendida esta como uno de los derechos de los ciudadanos, recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos que Naciones Unidas proclamó en 1948.

Los periodistas aprenden en las aulas rigor ético y formación técnica

A lo largo de casi un siglo, el periodismo ha intentado hacerse un hueco en una sociedad que demandaba la presencia de profesionales de la información para darle a la comunicación entre los ciudadanos un sentido y un criterio ético y profesional. Comenzaron las primitivas escuelas de periodismo en Estados Unidos y en otros países de la Europa Occidental. En España, los primeros cimientos se pusieron en la Escuela de El Debate, pasando después a las Escuelas Oficiales y, más tarde, a la Universidad (la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid celebró en el año 2011 los 40 años de existencia). Todos los profesionales que han pasado por algunas de las aulas en las que se han impartido lecciones de periodismo han aprendido dos cosas fundamentalmente: el rigor ético que debe acompañar al profesional (el zumbido y el moscardón del que hablaba García Márquez) y la formación técnica, que es imprescindible para el ejercicio del periodismo.

El profesor Enrique de Aguinaga contaba a los alumnos de doctorado lo que eran los actos propios del periodismo. Intentaba distinguir entre los que trabajaban en los medios de comunicación sin el correspondiente título para el ejercicio de la profesión (esos que nosotros hemos llamado siempre intrusos) y los que accedían a las redacciones con todas las bendiciones académicas. Y esta distinción la hacía el profesor Aguinaga, con todo el respeto y cariño hacia los dos colectivos, con este argumento: los actos propios de la profesión periodística se basan en los criterios de selección, valoración y jerarquización de las noticias. Solo los periodistas pueden acometer esta responsabilidad, pues tienen la formación adecuada para llevarla a cabo. Después, continuaba el argumento, es necesario un conocimiento técnico para transmitir el mensaje. El redactor de un diario debe saber utilizar los géneros propios del periodismo escrito, redactar una crónica, titularla, elaborar un reportaje, enfrentarse a una entrevista. El periodista de radio debe saber estructurar su noticia con criterio periodístico y lenguaje propio para ser entendido a través de las ondas. El profesional de la televisión tiene la responsabilidad de mostrar con imágenes la realidad del día a día, tarea esta nada fácil.

Si unimos el criterio selectivo y valorativo de la noticia y la técnica para transmitirla, ya tenemos al periodista dispuesto a dar información a la opinión pública; una información rigurosa y de calidad. ¿Ha utilizado estos criterios el autor del mensaje sobre la amenaza de bomba en el Metro de Madrid?

Códigos y normas
Tanto los medios de comunicación, en un saludable ejercicio de autorregulación, como los poderes públicos, han dotado al periodista profesional de una serie de normas que avalan el ejercicio de la profesión, simplemente como garantía de calidad a la hora de transmitirla al ciudadano. Es posible que los medios y sus profesionales vivieran mucho más tranquilos si no pesara sobre ellos la responsabilidad de un periodismo de calidad, recogido en los códigos éticos y recomendaciones deontológicas a las que se han sometido por propia voluntad. Pero ese compromiso para con la opinión pública obliga también a los consumidores de información, que ven en el medio que consumen habitualmente un referente de calidad y rigor. Y eso solo se puede conseguir con el compromiso de los profesionales que anteponen el valor de la comunicación como un compromiso democrático y de libertad, antes que el suyo personal o como empresa.

El profesor Hugo Aznar considera que el código ético no solo beneficia al profesional, sino también al usuario: “Tenemos nuestra parte de responsabilidad y nuestra pequeña dosis de poder a la hora de contribuir a mejorar la comunicación social, de lograr que los medios se ajusten más a sus posibles valores y principios éticos. De modo que no solo cabe hablar de una ética de los medios, sino también de una ‘ética del usuario’, una ética que nos compete a todos”[1].

En ese compromiso estamos inmersos todos los ciudadanos, naturalmente. Pero cada uno en su lugar correspondiente. El intercambio de papeles no es posible, pues si el emisor se convierte en receptor y este es el que emite el mensaje, probablemente la distorsión sea tan grande que lo que ocurrió entre los vecinos de la Torre de Babel sea una broma comparado con lo que pueda pasar aquí, o con lo que ya está pasando.

Desde el Consejo de Europa, que elaboró el Código deontológico europeo de la profesión periodística en 1993, hasta las organizaciones profesionales de corte internacional, pasando por el Código deontológico de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), todos los organismos que se han preocupado de dotar a la opinión pública de una información de calidad insisten en un concepto que resalta de entre todos los demás: el compromiso del periodista está con la verdad. Y este valor se extiende a todos los manuales de estilo, códigos éticos y cuantos textos manejemos los periodistas a la hora de enfrentarnos a contar la realidad. Esa responsabilidad afecta solo a los profesionales y a nadie más. Los informadores disponemos de pautas claras sobre cómo debe realizarse la actividad informativa y comunicativa de forma correcta.

El compromiso con la verdad solo afecta a los periodistas

En el Congreso de los Diputados, duerme el sueño de los justos la proposición de ley que, desde hace casi una década, intenta abrirse camino entre los despachos del edificio nuevo, la M-30, el salón de los pasos perdidos, el edificio de los grupos parlamentarios, el hemiciclo… Se trata de redactar un estatuto del periodista, que dé garantías para el ejercicio de la profesión, regule el acceso de los profesionales y se cree un marco jurídico en el que encontremos todos el lugar adecuado que nos corresponde.

La Asociación de la Prensa de Madrid (APM) elaboró en su día un borrador para enmendar la proposición presentada en el Congreso. En su artículo 1, puede leerse: “El periodista es un profesional cuya labor consiste en facilitar información de actualidad e interés público, objetiva y veraz a la sociedad. Tiene la condición de periodista: a) todo licenciado en Periodismo por una universidad española y aquel que siendo licenciado en otra materia posea un máster en periodismo por una universidad española; b) toda persona que tenga por ocupación principal y remunerada la obtención, elaboración, tratamiento y difusión de información de actualidad, en cualquier medio o formato y que acredite tal actividad durante, al menos, tres años consecutivos”[2].

Conviene releer la definición de periodista que en su día elaboró la APM, por la que no han pasado los años en su concepción básica, y que muchos profesionales estarían dispuestos a suscribir a día de hoy. Desde esa concepción del profesional de la información (con formación académica y experiencia), la sociedad le puede exigir responsabilidades. Desde el compromiso con la verdad, la diferenciación entre información y opinión, la verificación de las noticias y la responsabilidad que el ejercicio del periodismo acarrea, el periodista se compromete con las normas éticas que le incumben. El resto de los ciudadanos, una vez más, quedan exonerados de esta obligación.

Las fuentes
El valor de todo periodista está en la agenda que maneja y las fuentes que le facilitan la información. Llevamos décadas apostando por el periodismo especializado como la mejor fórmula para obtener una información de calidad que –de nuevo, el mismo argumento– redunde en una sociedad plenamente informada. A la especialización no se llega de un día para otro. El profesional tarda años en formarse, adquirir cierta experiencia en la parcela de la que debe informar, buscar las fuentes más idóneas, granjearse su confianza, establecer criterios de fiabilidad, tender puentes entre personas e instituciones y el medio de comunicación que representa. La especialización es una garantía.

Y la opinión pública no es ajena a esta práctica y busca al periodista mejor informado en cada una de las parcelas para obtener la mejor información posible. La fuente sabe perfectamente a quién transmite la información y qué uso va a hacer de ella. Está claro que la fuente no va a abrir el grifo para que beba de ella el periodista ciudadano, entre otras cosas porque es anónimo, no representa a ningún medio, no sabe qué uso va a hacer de la información. Pero, sobre todo, el grifo no se va a abrir porque el periodista ciudadano no sabe cómo accionar el mecanismo para que fluya el agua; no es un profesional. Y si no hay agua…, hay sequía.

La fuente enriquece al profesional: le proporciona hechos, datos, antecedentes, que le permiten una capacidad de análisis que redundará, de nuevo, en el interés general: en concreto, en la valoración que recibe el ciudadano sobre la actualidad. Puestos a seguir con el símil del agua y la sed, recojo la frase del periodista Miguel Ángel Aguilar, citada por Pepa Bueno en la edición del programa Hoy por Hoy de la Cadena SER correspondiente al 25 de octubre pasado: “Lo primero que falta en las inundaciones es el agua potable”. En un momento en el que hay sobreabundancia de información, cuando todo el mundo tiene acceso a las noticias por cualquier medio digital, cuando casi todos saben, casi en tiempo real, lo que pasa y dónde pasa, lo que verdaderamente falta es el análisis, la reflexión, la valoración, la interpretación de los hechos; es decir, el agua potable.

Todo el mundo parece estar capacitado para contar qué y cuándo está pasando algo. Pero muy pocos sabrían explicar qué, cómo y, sobre todo, por qué está pasando. Esa es la responsabilidad del periodista profesional, frente a quien se conforma con decir que hay una amenaza en el metro y siembra el caos, sin ninguna responsabilidad, o ante aquel a quien no se le ocurre mejor iniciativa para limpiar Madrid, durante la huelga de los empleados de la limpieza viaria del mes de noviembre, que proponer que el ejército asuma su rol. Un periodista que conoce a fondo el papel del ejército en una sociedad democrática, que sabe de las funciones de las Fuerzas Armadas, que analiza las operaciones en las que nuestros militares profesionales están comprometidos, jamás propondría tan descabellado debate. Y, sin embargo, la propuesta tuvo eco en algunos medios, el proponente del disparate fue entrevistado en cadenas de televisión y su brillante idea recorrió todo Madrid, como si de un ponderado analista se tratara.

El rigor profesional
El buen periodismo exige criterios profesionales, responsabilidades éticas y normas para convivir con la actualidad, aunque seamos reacios a aceptar normas para el ejercicio de nuestra profesión, invocando constantemente que la libertad de expresión es un inmenso campo sin puertas. La periodista Soledad Gallego-Díaz analizó la responsabilidad del profesional con un ejemplo esclarecedor, aunque luctuoso en las páginas del diario El País: “Si para saber lo que sucede en Homs [una de las ciudades sirias que se ha convertido en escenario de crueles enfrentamientos en la guerra civil que asola el país de Oriente Medio desde 2011] basta Twitter, Facebook o los blogs de quienes viven en la ciudad, ¿por qué fue allí y por qué murió Marie Colvin? Yo no creo que su trabajo en Homs pudiera haberse hecho mirando los tuits desde París o leyendo los blogs desde Nueva York. Colvin fue a Homs porque su testimonio era importante. Ella trabajaba con unas reglas y buscaba la verdad de los hechos. Indagaba la verdad de los hechos”[3].

En un interesante artículo que publica en su último número la revista Comunicación y Hombre, de la Facultad de Comunicación de la Universidad Francisco de Vitoria, el profesor Joan Francesc Fondevila Gascón, de la Universidad Abat Oliba CEU, de Barcelona,  indaga en los orígenes del periodismo ciudadano: “El crecimiento de los teléfonos inteligentes y las tabletas es testimonio de los nuevos usos de la comunicación, que impulsan el periodismo ciudadano. Los contenidos que fluyen desde la sociedad civil gozan de más facilidad técnica, de más inmediatez, de más posibilidades de ‘entregabilidad’. (…) El periodismo ciudadano, más allá de su carácter profesional o amateur, asegura una participación que desemboca en contenidos necesarios para el funcionamiento del ecosistema comunicativo digital”[4].

Y si bien es cierto que las nuevas tecnologías, sobre todo internet (el meteorito que ha dado de lleno en el periodismo, en palabras de Ignacio Ramonet), son una fuente de enriquecimiento para los profesionales, que acceden a hechos y datos de forma rápida, el uso de los nuevos sistemas de comunicación no puede provocar ni nuestro desvanecimiento profesional ni la irrupción de terceros, arrogándose un papel que distorsiona por completo el panorama de la comunicación tal y como la concebimos hoy en día y que –a falta de la regularización del sector, la reconversión de los profesionales, los nuevos retos a los que el periodismo se debe enfrentar y cuantos interrogantes podamos abrir en esta nueva era– debemos seguir manteniendo con elevados índices de calidad. Y esta sí que es responsabilidad nuestra.

* Gabriel Sánchez es doctor en Ciencias de la Información y profesor agregado de Redacción Periodística de la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid.

 


1.- Aznar, Hugo. Ética de la comunicación y nuevos retos sociales. Barcelona, Paidós, 2005, pág. 26
2.- Borrador elaborado por la APM en febrero de 2005
3.- Gallego-Díaz, Soledad. “Si te van a matar, no te suicides”, en El País, 26 de marzo de 2012, pág. 31
4.- Fondevila Gascón, Joan Francesc. “Periodismo ciudadano y cloud journalism: un flujo necesario en la Sociedad de la Banda Ancha”, en Comunicación y Hombre, nº 9, págs. 26-27

 

 

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