EL MATAERRATAS

Un nuevo virus agrava aún más el periodismo declarativo

El periodismo declarativo es uno de los grandes males de nuestro oficio, especialmente cuando invade la información política hasta monopolizarla y convertirla casi en su único registro. Los políticos, y no solo en vísperas electorales, emplean buena parte de su tiempo cotidiano en colocarnos frases, canutazos, declaraciones, entrecomillados, ruedas de prensa y discursos varios a los diferentes medios de comunicación. En ocasiones, además, sin darnos la oportunidad de repreguntar, de pedir aclaraciones o matices o pruebas de algo que el político de turno nos acaba de colocar.

Algunas de esas frases de nuestros políticos son realmente suyas, hijas de su propio ingenio o raciocinio, espontáneas, naturales, y hasta tienen un cierto interés informativo, pero la mayor parte de ellas las traen aprendidas, entrenadas y memorizadas desde casa, digo desde el partido.

Los partidos políticos, aquí y en medio mundo, cuentan con gabinetes internos en los que, con mayor o menor talento u ocurrencia, se fabrican no solo las frases que sus líderes van a encasquetarnos a los medios, sino también los llamados “argumentarios”, esos compendios de ideas y razonamientos que uniformizan, homogeneizan y simplifican la posición pública de cada formación sobre los asuntos de actualidad más candentes.

El periodismo declarativo pudo tener algún sentido cuando estaba considerado como el ‘summum’ del objetivismo

El periodismo declarativo pudo tener algún sentido cuando estaba considerado como el summum del objetivismo –contábamos lo que oíamos, tal cual; eran aquellos tiempos en que nos llamábamos a nosotros mismos “notarios de la actualidad”– y la inmensa mayoría de las declaraciones eran espontáneas y de quien las hacía, no de sus asesores. Hoy lo ha perdido, pero aún no todo lo que debería. Aunque ya sabemos lo mucho que nos mienten y los millones de frases mendaces que nos endilgan, todavía les damos los medios a los políticos parleros más credibilidad, relevancia y seguimiento de los que se merecen. El mal está tan extendido que incluso ha infectado y contaminado a muchos de los grandes ejemplares de nuestro hábitat, y en ocasiones de forma muy virulenta.

Hace unos años, algunos coroneles díscolos de un prestigioso periódico de cuyo nombre prefiero no acordarme llevaban en secreto una especie de registro de los verbos que se utilizaban en los titulares de la sección de información nacional, y comprobaron lo que sospechaban desde el comienzo en su intrépida exploración: la inmensa mayoría eran sinónimos –o casi– del verbo “decir”. La sinonimia había alcanzado hasta territorios semánticos fronterizos. Encontraron varios “Fulanito denuncia…” en los que Fulanito era un político, claro, ¿que se había ido a la Policía o a un juez con algún asunto irregular o sospechoso? ¡No, hombre, no! ¡Quia! Fulanito era un político que el día antes había dicho sobre algún rival algo que sonaba especialmente fuerte.

En aquel entonces afamado medio, el periodismo declarativo campaba a diario incluso en la primera página, y con altos honores y tipografías. Cuando no se disponía de un tema contundente con que mandar en portada, uno de los coroneles díscolos decía, entre bromas y veras: “¿Y no tenemos por ahí ningún ‘Arzalluz dice…’, o incluso un ‘Arzalluz dice ahora…’, que cuadra mejor y sugiere novedad y que ha cambiado su discurso?”.

Tras el prolijo trabajo de campo, aquellos coroneles debatieron entre sí si llevarle al general en jefe una propuesta: “Cambiemos el nombre a la sección España y llamémosle a partir de ahora España Dice”. La idea no prosperó.

La enfermedad del periodismo declarativo ha derivado en algo mucho peor: largas informaciones repletas de entrecomillados de un político

No sé si por alguna extraña mutación o si porque ahora en las redacciones se consulta el diccionario menos de lo debido, lo cierto es que la enfermedad del periodismo declarativo ha derivado recientemente en algo aún peor, mucho peor: largas informaciones repletas de entrecomillados de un político –o de una celebridad de cualquier campo– en las que en el titular –posiblemente lo único que ha hecho el redactor, tras cortapegar el texto de un despacho de agencia– hay un verbo declarativo mal usado. “[Artur] Mas tilda de ‘éxito total’ el 9N y, sin embargo, reclama una consulta definitiva”, decía el pasado noviembre un titular de tipografía generosa en un diario de distribución nacional. ¿“Tilda” de “éxito total”? “Tildar”, según la tercera acepción del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), es “señalar a alguien con alguna nota denigrativa”, luego es incompatible con un “éxito total”.

El caso no es aislado, ni mucho menos. El uso de falsos sinónimos abunda entre nosotros. Los medios de comunicación estamos utilizando multitud de verbos declarativos de modo erróneo. Otro titular reciente: “Rajoy reconoce que el PP ganará las elecciones”. ¡No y mil veces no! Alguien reconoce “un error o falta” (el entrecomillado es del DRAE), reconoce algo que en el fondo le perjudica o con lo que en principio no estaba de acuerdo. Mejor: “Rajoy asegura…”. Uno más: “Florentino confiesa que cuenta con un gran equipo”. Mejor “se jacta de”, “presume de”, “alardea de”… Confesar es admitir algo negativo para el que lo cuenta: pecados en el confesonario, delitos ante un juez, errores ante la opinión pública.

Entre los verbos declarativos se advierten distintos grupos. Uno de verbos neutrales, sin cargas semánticas positivas o negativas: decir, afirmar, hablar, exponer, expresar, contar, manifestar… Otro en el que quien habla dice algo que es negativo para él: confesar, reconocer, admitir, desembuchar, cantar… Un tercero en el que quien habla se atribuye aspectos positivos: alardear, presumir, jactarse, vanagloriarse, fanfarronear… Un cuarto en el que quien habla traslada atributos o percepciones negativas sobre otro: tildar, denigrar, vituperar, tachar, desacreditar… En la inmensa mayoría de los casos, los verbos de cada grupo son sinónimos entre sí, pero no lo son con los del resto de los grupos. Salvo los del primero, los verbos neutrales, más fácilmente intercambiables con verbos de los otros grupos.

Huyamos de los falsos sinónimos entre los verbos declarativos como quien escapa de la peste

Huyamos de los falsos sinónimos entre los verbos declarativos como quien escapa de la peste. Tiremos de diccionario. Aunque quizás, ya puestos, de lo que tendríamos que huir fuera del periodismo declarativo inane en su conjunto.

 

Periodista y fundador y director de Archiletras

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