Recortes en el presupuesto en información internacional

Corresponsales extranjeros, ¿especie en extinción o en transformación?

Foto: Wikipedia.org

Las dificultades económicas han obligado a los medios a recortar el presupuesto en información internacional y, a muchos de ellos, a reducir corresponsalías. Tan importante o más que la cantidad de corresponsales es la utilización que se hace de su presencia y coste en un mapa informativo completamente diferente. Con excepciones, renuncian a la esencia de la figura del corresponsal: el conocimiento del lugar, fuentes propias, un mejor análisis y capacidad para contextualizar.

FELIPE SAHAGÚN*

Si alguna vez existió Huntley Haverstock, el reportero presumido e inocente del clásico de Alfred Hitchcock Foreign Correspondent (1940), interpretado por Joel McCrea, confieso que nunca lo he conocido en mis 40 años de oficio, aunque siempre envidié su libertad de movimientos, ajeno a horarios y a la competencia.

Desde mi bautismo en el Londres de 1974 hasta hoy, antes y después de internet, siempre he vivido bajo la tortura del cierre: inmediato en la radio, horas en televisión antes de los canales de 24 horas, 24 horas en el periódico y vuelta a lo inmediato en los medios digitales actuales.

El mundo imaginario –sin duda, con escenarios reales– de Haverstock es historia, los móviles y los ordenadores conectados a satélites y a internet han transformado la forma de informarse y de informar, y las dificultades económicas han obligado a muchos medios a reducir corresponsalías, a prescindir de ellas y, siempre, a recortar los presupuestos dedicados a la información internacional (y nacional, no se olvide).

¿Significa, como piensa la mayor parte de los observadores, que el corresponsal es una especie en extinción o, como defendía el defensor del lector del Washington Post, Patrick B. Pexton, en 2009, una especie con un futuro prometedor, pero que, forzada a transformarse por los cambios tecnológicos, económicos y sociales, tiene poco que ver con el corresponsal de Hitchcock y el que hemos conocido o sido la mayor parte de los miembros de la tribu?

Azorín, Juan Pujol, Julio Camba, Pío Baroja, Gómez Carrillo, Luis Bonafoux, Ramiro de Maeztu, Pérez de Ayala, Agustín de Foxá, Eugenio Montes, Víctor de la Serna, César González-Ruano, Francisco Lucientes, Mariano Daranas, Jacinto Miquelarena, Augusto Assía, Luis Calvo, Corpus Barga, Carlos Sentís, José María Massip, Jesús Hermida, Cirilo Rodríguez, Pepe Colchero, Manuel Blanco Tobío, Tomás Alcoverro, José María Carrascal…

Sus nombres, como los de centenares de compañeros, evocan la historia hecha presente por cada uno en sus crónicas desde las principales capitales del mundo en el último siglo. Es la elite del periodismo español, igual o más importante que la de los directores de los medios, muchos de los cuales se foguearon en las mismas trincheras.

Salimos de nuestras fronteras y la lista de nombres y de acontecimientos resulta inabarcable: país por país, medio por medio, el periodismo internacional representado por los corresponsales desde mediados del siglo XIX es una parte esencial del periodismo y de la literatura, y una fuente imprescindible para dar voz a quienes no la tienen, controlar los excesos de las dictaduras y facilitar la creación de opinión responsable e informada en las democracias.

Los artículos, las crónicas y los reportajes de la tribu, la vieja y la nueva, son piezas fundamentales del edificio siempre en construcción y siempre inacabado de la vida nacional e internacional, especialmente en las democracias y más necesaria que nunca en una sociedad globalizada.

En un mundo sin fronteras o con fronteras tan difusas que no tiene sentido la diferenciación entre lo nacional y lo extranjero, todos los periodistas serían, al mismo tiempo, corresponsales extranjeros y nacionales, y resultaría absurdo lamentar su extinción o pérdida de influencia. Sin duda, la globalización ha impulsado procesos en esa dirección y muchos periodistas que jamás han ejercido de corresponsales hoy se sienten capaces, seguramente por error o ignorancia, de sustituirlos sin problemas con las herramientas que ofrece internet. Si ese es el paraíso, estamos todavía muy lejos de alcanzarlo.

Madrid 2013
¿El mundo de los corresponsales es un edificio en proceso de abandono o derribo como sugieren los autores del libro Queremos saber (2012) y la portada de la revista Periodistas de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) en su edición del pasado otoño: “Corresponsales, una especie en extinción”?

Desde la primera a la última página, el magnífico equipo responsable de esa edición, dirigido por Eduardo San Martín, daba una respuesta afirmativa, que el director explicaba así en su introducción: “El desmantelamiento de las redes de corresponsales en el que están empeñados destacados medios españoles […] obedece a una doble ceguera. La primera estriba en creer que el periodismo se agota en la transmisión de noticias, en cualquiera de sus formatos, y que estas pueden obtenerse, sobre todo en el exterior, por medios mucho más baratos que los que ocasiona el mantenimiento de una corresponsalía […]. La otra obcecación tiene que ver con la interpretación mostrenca que se hace del concepto de proximidad. La cercanía que más nos conmueve o suscita nuestro interés no es siempre la de carácter físico”[1].

Es la elite del periodismo, igual o más importante que los directores

El 23 de noviembre de 2012, en La Nueva España, Joaquín Rábago, excorresponsal de EFE, se sumaba a la opinión mayoritaria en estos términos: “Era, al menos para quienes lo ejercíamos, el oficio más bello del mundo. Pero está actualmente, por desgracia, en vías de extinción. Los diarios han desmantelado poco a poco las redes de corresponsales que tenían en varias partes del mundo y aquellos profesionales que eran aún demasiado jóvenes para jubilarse buscan cobijo donde pueden, por ejemplo, en alguno de los institutos Cervantes o en oficinas de prensa de alguna institución multilateral”.

“Era algo que se veía venir”, añadía. “Nunca entendí por qué los redactores jefes de muchos periódicos se empeñaron absurdamente en convertir a sus corresponsales en proveedores continuos de micronoticias, las más de las veces con la única función de entretenimiento, para los distintos soportes, internet, vídeo, radio y, finalmente, las ediciones en papel; todo ello, en competencia imposible con las agencias. El número de noticias y la inmediatez frente a la reflexión”.

De ahí se deriva, concluía, la pérdida de prestigio y, sobre todo, el declive que tantos siguen lamentando dentro y fuera de España:

“Eso hizo que todos los medios, diarios, emisoras de radio y televisión y agencias, terminaran muchas veces publicando más o menos las mismas informaciones, basadas en idénticas fuentes, desde el mismo ángulo y sin el menor atisbo de originalidad. La conclusión que sacaron los directores de esos medios fue que no hacía falta el corresponsal propio, pues la misma noticia llegaba de todas formas por las agencias a la redacción.
Al mismo tiempo y para ahorrar, las agencias sustituyeron, a su vez, a algunos de sus corresponsales más veteranos por jóvenes becarios, que costaban mucho menos y presentaban la ventaja de ser más duchos en el manejo de las nuevas tecnologías como el vídeo, porque la imagen era, a fin de cuentas, lo que mandaba.

El tipo de periodismo que ha acabado imponiéndose se basa por encima de todo en la inmediatez. Y ello en un momento en el que las informaciones llegan de todas partes como un torrente, lo que hace más necesarias que nunca la reflexión, la verificación de las fuentes y la contextualización de la noticia”. [2]

Una primera aproximación a las corresponsalías en el extranjero de los medios españoles muestra la escasa fiabilidad de los datos oficiales que ofrecen al público sobre sus redes. El País asegura tener unos 50 corresponsales en su página web y la Agencia EFE presume de 43 delegaciones en el exterior, con unas 150 personas, en su mayor parte colaboradores locales.

Un directivo de ABC me ofrecía con desparpajo la cifra de 15 o 16, a pesar de que representantes sindicales del periódico denunciaban ya en 2011 la reducción de las corresponsalías permanentes, con periodistas en exclusividad, a 2 o 3, cubriendo las demás delegaciones con colaboradores a tiempo parcial y con ingresos limitados.

La información internacional en España se ha deteriorado, si aceptamos que así ha sido (en mi opinión discutible mientras no se demuestre), no tanto por la reducción de corresponsales –que, sin duda, se ha hecho en algunos medios y se sigue haciendo en otros a medida que avanza la crisis–, como por los recortes drásticos de las partidas destinadas a corresponsales, por la precariedad creciente de muchos redactores repartidos por las delegaciones en el extranjero o desplazados a zonas de conflicto como enviados especiales y, sobre todo, por el espacio cada vez más reducido que los principales medios dedican a las crónicas de sus corresponsales, como denunciaba Javier Espinosa en 2012 al recibir el Premio Manu Leguineche en Guadalajara.

Malestar entre los corresponsales veteranos por la precarización

En número, los grandes medios –como RTVE, El País y La Vanguardia– apenas han reducido personal y, en algunos casos, lo han aumentado. De hecho, para abaratar costes, la redacción de noche que El País ha abierto en México ha conllevado, lógicamente, un aumento del número de redactores en América Latina. Lo mismo sucede con EFE, que, en respuesta a la importancia de China o al despertar árabe, ha abierto delegaciones en Pekín y Trípoli, y ha reforzado otras.

RTVE tiene previsto cerrar algunas de las más costosas e, informativamente, menos rentables, pero –por razones políticas casi siempre– le cuesta llegar hasta el final y ha optado en los últimos meses por iniciar un proceso de integración o cooperación reforzada en algunas zonas con EFE, empezando por Buenos Aires y Brasil. Es una apuesta de riesgo, pues en la historia del periodismo español estas cooperaciones rara vez han funcionado, ni siquiera dentro de una misma empresa como RTVE o, en los medios de Prisa, entre El País y la SER.
El problema más grave que están viviendo los corresponsales de la radiotelevisión pública española es la limitación absurda de las horas extraordinarias y de los desplazamientos para reducir costes. Algunas de sus consecuencias rayan en lo cómico, si a causa de estas limitaciones no estuviese sufriendo la información.

En su informe general para el especial de Periodistas ya citado, Marta Molina destacaba los recortes de la Cadena SER –desde septiembre de 2012, se ha quedado con una sola corresponsal permanente en exclusiva: Griselda Pastor, en Bruselas– y el malestar general de la mayor parte de los corresponsales más veteranos por la deriva tomada en los últimos años hacia la precariedad, los colaboradores eventuales y los enviados especiales freelances y multitarea que sobreviven malamente del oficio.

TVE mantenía abiertas en mayo de 2013 15 corresponsalías y RNE, 7, a la espera de una decisión definitiva sobre Costa Rica, mucho más que una corresponsalía por lo que representa la gestión del centro de Radio Exterior a dos o tres horas en coche de San José. La Vanguardia, uno de los medios emblemáticos de España en información internacional, a diferencia de ABC, seguía con 14 plazas en el mundo y casi todas con corresponsales de gran experiencia.

El número, sin embargo, aclara poco, pues los contratos de muchos corresponsales actuales tienen poco o nada que ver con las privilegiadas condiciones en que, durante decenios, los Godó mantuvieron a los corresponsales del diario barcelonés en el mundo, verdaderos delegados o representantes de la familia en sus países de destino.

Números aparte –si se cuentan los colaboradores, stringers, becarios, redactores locales y voluntarios dispuestos a escribir para hacer méritos o abrirse camino, la cifra supera los 250, casi el doble de los que había hace 30 años–, la opinión general dentro y fuera de las redacciones es que el corresponsal extranjero es, efectivamente, una especie en extinción.

“El diagnóstico es espinoso por dos razones: la crisis y la realidad digital”, reconocía la subdirectora de El País, Berna González-Harbour, en Periodistas. “La coyuntura económica hace difícil costear una presencia cara como la internacional y la nueva realidad digital, de hiperinformación, incita a prescindir de corresponsales y enviados especiales”. [3]

Nueva York 1976
Cuando llegué a Nueva York de corresponsal del diario español Informaciones, en 1976, había acreditados unos 700 corresponsales extranjeros, casi el doble de los corresponsales estadounidenses en el extranjero por aquellas fechas y casi un tercio de los cuales pertenecientes a dos medios: 71 a la agencia AP y 35 al New York Times.

De medios españoles, estábamos los corresponsales de ABC, Pueblo, EFE (dos; uno de ellos, local), TVE, RNE, Ya, Piresa, La Vanguardia e Informaciones. El País prefirió abrir la corresponsalía (con Adrian Mac Liman unos meses y Juan González Yuste en los años siguientes) en Washington D. C.

Opinión general: el corresponsal extranjero, especie en extinción

¿Qué atraía tanto de Nueva York? “Que lo que aquí pasa hoy ocurrirá en mi país en cinco o diez años”, respondía Joyce Egginton, corresponsal del Observer londinense en la Gran Manzana. “La vida cultural (Broadway) e internacional (ONU, Wall Street) tan interesante de la ciudad”, explicaba Alex Faulkner, del Daily Telegraph, que presidió durante años la Asociación de Corresponsales Extranjeros en la ciudad. [4]

Leer informes como el de Deirdre Carmody en 1975 sobre los corresponsales extranjeros estadounidenses ayuda a relativizar y a filtrar las contundentes afirmaciones, casi todas pesimistas, que se hacen hoy sobre el futuro de estos profesionales.

Veinte años antes de internet ya se anunciaba la desaparición gradual de los corresponsales estadounidenses. En 1975, el Overseas Press Club tenía registrados 429 corresponsales en exclusiva y 247 extranjeros contratados por medios estadounidenses en el mundo. En 1972 había 797 y tres años antes, 929.

¿Causas?
“Esta reducción refleja el rápido aumento del coste de la vida en el extranjero por los cambios en las normas fiscales, la devaluación del dólar respecto a otras divisas y la inflación general”, respondía el administrador de la Associated Press, Keith Fuller. “Hace tres años, un corresponsal costaba un 20 % más que un redactor en EE. UU., hoy cuesta el doble”, agregaba [5]. El coste de una delegación de AP en el extranjero salía en 1975 por entre 85.000 y 115.000 dólares.

La reducción del número de corresponsales reflejaba también las prioridades de los estadounidenses después de Vietnam, que, hartos de la guerra, volvían la mirada a los problemas domésticos: los económicos, Watergate y los escándalos de corrupción.

El diario Informaciones, seguramente el mejor en los últimos años del franquismo, tenía nueve corresponsales permanentes en 1975. El Washington Post, con el que me tocó negociar sin éxito (pedían demasiado, creyendo que éramos ricos) los derechos de reproducción de sus contenidos en el diario madrileño, tenía 13; Los Angeles Times, 18, y The New York Times, 31.

Las tres grandes cadenas de televisión tenían un número similar de delegaciones en el extranjero: ABC contaba con 16, NBC con 15 y CBS con 14. Estas cifras, no obstante, aclaran poco, pues a cada corresponsal de televisión hay que añadir tres o cuatro personas más para completar el equipo de producción, filmación, realización, administración y gestión. A diferencia de los medios impresos, el número de las corresponsalías de las cadenas se mantuvo relativamente estable desde entonces, como se puede ver en el cuadro 1.

Parece obvio que ya entonces los medios españoles tenían redes internacionales mucho más fuertes que los estadounidenses en relación con su capacidad económica y tiradas o audiencia. Cuarenta años después, seguimos en una situación similar.

Tan importante o más que la cantidad de corresponsales es la utilización que se hace de su presencia y coste (el 10 % aproximadamente de los presupuestos de los medios) en un mapa informativo completamente diferente, dominado por las cadenas de 24 horas, internet, las redes y los digitales, que facilitan como nunca las transmisiones y el acceso; pero, con las obligadas excepciones que confirman la regla, renuncian a la esencia de la figura del corresponsal: el conocimiento del lugar, fuentes propias, un mejor análisis y capacidad para contextualizar los hechos.

Los datos de AJR y Pew
El número de corresponsales de periódicos estadounidenses, según el último Censo de Corresponsales Extranjeros de la American Journalism Review, descendió de 307 en 2003 a 234 en julio de 2010. La caída es mucho más pronunciada si aclaramos que, en el último censo, se incluye a los contratados, al personal de apoyo y a los periodistas que cubren desde los EE. UU., con desplazamientos más o menos frecuentes, otros países o, cada día más, ámbitos o actividades concretas como el terrorismo, el comercio, el calentamiento global, la emigración, el narcotráfico… Los stringers no se han incluido en ninguna de las listas. [6]

Tres años antes, a partir de otro informe de Nieman (Harvard), la corresponsal de EFE en Washington, Teresa Bouza, hacía un balance de la crisis que padecían los corresponsales estadounidenses.

“Viven momentos bajos, aquejados no solo por las amenazas de un mundo hostil, sino también por la creciente predilección de los medios del país por la información local, en detrimento de la internacional”, escribía. [7]

Citando a Jill Carroll, enviada especial del Christian Science Monitor secuestrada en Iraq, solo reconocía 141 corresponsales en 2006, 47 menos que en 2002. Si las cifras no coinciden con las de la AJR, se debe en parte al diferente marco cronológico utilizado y en parte también a la diferente definición que hacen de la figura del corresponsal. Sucede continuamente algo parecido con las cifras de periodistas asesinados, detenidos o desaparecidos en el mundo de las principales ONG. Por eso, rara vez coinciden en las cifras.

Mucho más importante que la estadística –continuación, como vemos, de tendencias que vienen de muy atrás y que solo se rompen en momentos de crisis muy graves, como la caída del muro de Berlín, la intervención en Afganistán y la invasión de Iraq–, es el escaso interés que, históricamente, los estadounidenses han demostrado por el resto del mundo. Así era hace medio siglo y así ha sido, como vemos en los cuadros 2 y 3, en el último decenio.

La tendencia que muestran ambos cuadros, como reconocía Bouza, “no deja de ser sorprendente dada la influencia militar, política y cultural de los EE. UU. en el mundo y se considera peligrosa por un buen número de expertos, que alertan de que el fenómeno facilita la manipulación de una opinión pública ignorante de los acontecimientos globales”.


En la búsqueda de explicaciones, Aly Colon, del Instituto Poynter, veía en ese desinterés el reflejo de una actitud imperialista: “La idea es que, como primera potencia mundial, todos los caminos conducen a Washington y lo que importa es lo que nos interesa a nosotros”. Tales carencias son el caldo de cultivo en el que la Administración Bush organizó con gran éxito, para la invasión de Iraq en 2003, la campaña más intensa de propaganda y desinformación desde la Guerra de Vietnam. Las encuestas del Pew antes, durante y después de la invasión indican que fue un gran éxito.

Tras la muerte del embajador estadounidense en Libia, Christopher Stevens, en 2012, Bill Keller, exdirector del New York Times, buscando respuestas a la desinformación inicial sobre lo sucedido en Bengasi, comparaba el efecto de aislar a los diplomáticos tras murallas y estrictos guardaespaldas con la ausencia creciente de corresponsales y enviados especiales en los lugares de la noticia.

“Como el diplomático comprometido de verdad, el corresponsal extranjero entregado por completo a su trabajo es una especie en extinción”, añadía. “Los medios comenzaron a retirarlos del mundo hace mucho tiempo por razones económicas y por la equivocada creencia de que a los estadounidenses no les interesa demasiado la información internacional”.

The American Journalism Review, que empezó en 1998 a contabilizar el declive de los corresponsales (el primero de sus informes se titula “Goodbye, World”), informaba en 2010 que 18 periódicos y dos cadenas de periódicos al completo habían cerrado todas sus corresponsalías en los diez años anteriores.

Otros muchos medios escritos y audiovisuales han reducido al mínimo o sustituido los corresponsales permanentes por enviados especiales que, en los grandes acontecimientos, suelen ser los directores de programas o presentadores más famosos para vender mejor el producto y hacer creer a los espectadores la falacia de que “estamos donde está la noticia”. Cierto durante unas horas o unos días. Luego, apagón total.

“Estamos donde está la noticia” unas horas; luego, apagón total

“Nos inundan con información durante unos días, como sucedió en la Primavera Árabe o en los ataques de Hamás a Israel con cohetes (más exacto sería decir de Israel a Gaza con mucho más que cohetes), pero prestan poca o ninguna atención para poder anticipar las crisis que vienen y para comprenderlas cuando se producen”, explicaba Keller.

“El New York Times y algunos otros medios –NPR, BBC, The Wall Street Journal, la CNN…– han evitado ese camino no tanto por altruismo como porque saben que, en su identidad o marca, prometen asomarse al mundo y porque nuestros lectores pertenecen, de forma creciente, al mundo”, señalaba.

“El periodismo ciudadano ha ayudado, los vídeos de YouTube sobre las protestas en Irán en 2009 mantuvieron viva la noticia después de la expulsión de los corresponsales y los tuits desde la Plaza Tahrir en 2011 fueron una guía en directo sobre la Primavera Árabe, pero los tuits no son corresponsales en el lugar de los hechos”, concluía. [9]

Cuatro años antes, en el mismo diario, uno de sus columnistas con más experiencia internacional, Nicholas Kristof, escribía que “solo cuatro periódicos estadounidenses  mantienen secciones de Internacional” y que “para una cadena resulta muy costoso mantener un corresponsal fijo en Londres o Tokio, e infinitamente más barato filmar a dos tipos llamándose de todo en un estudio”. [10]

“Por otro lado –añadía–, los lectores que desean información global pueden encontrarla en la red mucho más fácilmente y se están haciendo esfuerzos de gran interés en eso que se llama periodismo ciudadano o bloguero desde puntos calientes del planeta. Un experimento nuevo es Demotix, que ofrece a periodistas novatos la oportunidad de publicar sus artículos y fotografías, y la posibilidad de que los medios las publiquen. No sé si asustarme porque representa una erosión del viejo modelo de negocio o aplaudir otra avenida para obtener información internacional. Creo que lo segundo…”.

Los grandes retos para los medios que aún mantienen sus redes de corresponsales son encontrar el equilibrio necesario entre seguridad y presencia física en el lugar de la noticia, por peligroso que resulte; seguir siendo testigos de la actualidad y no receptores o tuiteadores de versiones manipuladas de ella a mayor o menor distancia de los hechos para abaratar costes, reducir pérdidas o aumentar beneficios de empresas, cada vez más con intereses múltiples, con frecuencia alejados del periodismo o incompatibles con los principios tradicionales del mejor periodismo; y rentabilizar mejor su trabajo con información propia, en vez de desperdiciarlo obligándolos a competir con blogueros, tuiteros y las cadenas de 24 horas.

El caso danés
¿Son extrapolables los datos sobre EE. UU. o España a otros países europeos? No disponemos de cifras globales, aunque el estudio en 2012 de Simon Kruse Rasmussen,  corresponsal en Moscú del diario danés Berlingske, sobre los corresponsales de su país en el extranjero indica que los problemas señalados no son exclusivos de España ni de los países anglosajones.

En su trabajo, Is there anybody out there? Crisis and collaboration in Foreign Reporting, señala que “el número de corresponsales de los medios daneses en el extranjero se ha reducido en una tercera parte: de 60 en 1998 a 39 en 2012” [11].  En los tres diarios principales se habían reducido de 35 a 22, casi todos en cinco ciudades: por este orden, Bruselas, Washington, Pekín, Beirut y Londres. “Desde 1998, África, América Latina, el sur de Asia y Europa Oriental se han quedado sin corresponsales daneses”, añadía.

“Esta reducción ha ido acompañada de cambios en la estructura de las secciones de Internacional”, escribía. “Se ha pasado de estructuras fijas a estructuras flexibles. Los jefes de Internacional tiran menos de corresponsalías permanentes y más de freelances, de reporteros locales y de oficinas improvisadas. Cada vez se intenta enriquecer más los contenidos recurriendo a las redes digitales, y de los corresponsales se espera que actúen como guías y marcas para los consumidores, como analistas y protagonistas del discurso narrativo”.

Mirando al futuro, Simon teme que, de mantenerse las tendencias, las plataformas de periódicos digitales no puedan seguir con redes de corresponsales permanentes: “Salvo que se consoliden nuevos modelos rentables en la red o aumente la financiación pública, el número de corresponsales extranjeros –sobre todo, los de periódicos– probablemente seguirá reduciéndose”.

¿Surgirán nichos en el mundo digital de información internacional como los que han ido surgiendo de información económica? En realidad, raro es el día en que no nacen blogs y medios nuevos en la red, pero competir con los centenares de think-tanks [grupos de investigación con expertos] y sus miles de investigadores –muchos de los cuales hacen ya un seguimiento de la actualidad internacional– a los que los medios pueden acceder gratuitamente es muy difícil y muy costoso.

En un mundo globalizado y de conflictos transnacionales, es inevitable la cooperación transnacional para una cobertura adecuada de la actualidad política, criminal, empresarial, medioambiental, etcétera.

Reflexiones finales
“Si seguimos definiendo al corresponsal extranjero como en el pasado, su número seguramente se está reduciendo; sin embargo, si en la definición incluimos el crecimiento de los servicios financieros y de otros, y a los nacionales extranjeros que trabajan para los medios estadounidenses, el número creo que está aumentando”, advierte el profesor John Maxwell Hamilton, decano de la Manship School of Mass Communication de Louisiana State University y autor del libro Journalism Roving Eye: A History of American Foreign Reporting, una de las fuentes más autorizadas, recientes y completas sobre el tema.

“A pesar de todos los recortes, las dificultades a las que se enfrentan los viejos modelos (de corresponsalías) han dado vida no ya a un nuevo modelo sino a varios, en plural”, añade. “Con adaptaciones importantes, se mantienen  las corresponsalías extranjeras tradicionales, mientras surgen nuevas especies de recogida y distribución de información internacional. Todas estas especies comparten el ADN de sus predecesoras y, como resultado, tenemos una clase mucho más diversa y numerosa de corresponsales extranjeros que, aún imperfecta, garantiza la continuidad de la información sobre el extranjero con grandes posibilidades de mejora”.[12]

Un ejemplo: de seis personas en 1990 dedicadas a Internacional, Bloomberg cuenta hoy con 145 delegaciones en todo el mundo, en las que trabajan 1.500 personas.

En los EE. UU. y en algunos países europeos están proliferando modelos nuevos que pueden facilitar información exterior rigurosa e independiente a los medios u organizaciones sin recursos propios.

En mi clase de Corresponsales de Guerra, en el Máster de Política Internacional de la Complutense, en el curso 2011-2012, estudiamos las 40 lecciones prácticas, basadas en casos ejemplares, del curso Nieman (2010) sobre los corresponsales. En ellas, con apoyo audiovisual abundante, se ofrecen docenas de ejemplos, varios de ellos premiados con el Pulitzer, de las innovaciones a las que se refiere el profesor Hamilton.

En España, a la zaga en la búsqueda de nuevos modelos

En solitario o, casi siempre, en colaboración con medios tradicionales de prestigio que se comprometen a publicar los trabajos, Human Rights Watch, el Pulitzer Center on Crisis Reporting, Global Voices, el England Center for Investigative Reporting, Public Radio International, Global Radio News, GlobalPost, el International Reporting Project de la John Hopkins, Pew y fundaciones como Gates, Hewlett, Carnegie, Rockefeller y Stanley –por citar solo algunas– llevan años financiando la cobertura de conflictos o desafíos internacionales que los medios, cada vez más ahogados económicamente, consideran fuera de sus posibilidades.

En España vamos a la zaga en este proceso, a pesar de esfuerzos más que notables de medios como Periodismohumano.com, dirigido por Javier Bauluz. Como casi todos los citados de Norteamérica, da salida al trabajo de corresponsales y de enviados especiales veteranos y más jóvenes que, por unas u otras razones, no tienen cobijo en los medios tradicionales.

Mensajes como los que ha distribuido Antonio Pampliega desde Siria, Iraq y Afganistán, confirmados por algunos de los mejores de la tribu que han coincidido con él y con otros españoles en los principales conflictos de los últimos años, son un grito de socorro a quienes aún pueden echar una mano y, al mismo tiempo, una condena desesperada de la apatía, ignorancia o, peor aún, desprecio de su trabajo, en el que se juegan la vida para ser testigos de lo que sucede allí donde se está jugando hoy la paz internacional. Sea este texto un homenaje personal y de Cuadernos de Periodistas a todos ellos.

[1] San Martín, Eduardo. “Con nombres y apellidos”. Periodistas, nº 30, FAPE, otoño de 2012, p. 7.

[2] Rábago, Joaquín. “El corresponsal extranjero, un oficio en extinción”. La Nueva España, 23 de noviembre de 2012.

[3] González-Harbour, Berna. “En retirada”. Debate moderado por Alfonso Sánchez. Periodistas, óp. cit. p. 16.

[4] Hess, John L. “680 foreign correspondents find New York the world’s hottest beat”. The New York Times, 22 de

noviembre de 1972, págs. 1 y 37.

[5] Carmody, Deirdre. “World of the Foreign Correspondent Seems to Be Shrinking”. The New York Times. 4 de abril de 1977.

[6] Kumar, Priya. “Foreign Correspondents: Who Covers What”. AJR, diciembre/enero de 2011.

[7] “El corresponsal extranjero de EE. UU. se convierte en una especie amenazada”. El Mundo, 8 de febrero de 2007.

[8] Ibíd.

[9] Keller, Bill. “Being There”. The New York Times, 5 de diciembre de 2012.

[10] Kristof, Nicholas. “Citizen Foreign Correspondent”. The New York Times, 24 de julio de 2008.

[11] Publicado por University of Oxford and Reuters Institute for the Study of Journalism. Trinity Term 2012. https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk/fileadmin/documents/Publications/fellows__papers/2011-2012/Is_there_anybody_out_there_.pdf.

[12] Declaraciones a Andrew Alexander en “Foreign reporting growing, not shrinking”. The Washington Post, 14 de diciembre de 2009.

 

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