Cóctel de información y entretenimiento en la TV

Migración del espectáculo de la política a la tertulia polarizada

La democracia en el plató. En España, la información de actualidad es ahora más abundante en distintos programas de televisión, pero ¿puede afirmarse que sus contenidos son realmente periodísticos o responden a buenas prácticas profesionales?


BERNARDO DÍAZ NOSTY*

Hay razones que explican un mayor interés por la información actualmente, más aún cuando el acontecer conecta con el espectáculo, como ocurre con la narración del desplome de personajes y paisajes centrales de nuestra sociedad bajo la rueda de la corrupción. Aunque ya, desde estas primeras líneas, conviene recordar que periodismo no es espectáculo o solamente espectáculo. Las luces de la información ponen foco sobre el expolio, pero también, desde otras miradas, alumbran los platós de la “parajusticia” y del falso debate en el que se abandona el periodismo.

Las preocupaciones de los españoles, reflejadas en los barómetros del CIS, están directamente relacionadas con aspectos de la vida diaria, como la corrupción, el paro, los políticos… Problemas que tienen, o deberían tener, su reflejo informativo. La corrupción, de modo especial, ha permitido a los medios, generalmente a rebufo de la justicia, arrancar las caretas de personajes que, un tiempo atrás, eran dueños de la retórica pública, entre ellos, ministros, empresarios y otras celebridades. Hasta las aristas de la Corona se han hecho, en algún momento, punzantes. La delincuencia de altos vuelos desborda el ámbito de los informativos convencionales e invade otros espacios televisivos, allí donde los asuntos de la vida pública encuentran la clave narrativa propia de los sucesos vulgares.

La lógica del gran público
Ante una escena nacional descrita por hechos anómalos, la televisión no ha optado por el periodismo que busca reducir la incertidumbre y, con ello, reforzar a la opinión pública frente a desastres como la corrupción. Por el contrario, de acuerdo con la lógica del sensacionalismo, en muchos casos ha agitado el debate y aumentado el ruido ambiental. Han sido, con frecuencia, los tertulianos de amplio espectro, que igual hablan de los devaneos de alcoba que de la acción de la justicia, quienes, con las cartas marcadas, han descrito las miserias con un lenguaje miserable. Porque mantienen posiciones convenidas, ajustadas a guion, llamadas a animar la polarización y el espectáculo.

Hay bastantes programas relacionados con la actualidad, pero no siempre se puede afirmar que sean, en sentido estricto, periodísticos, y que permitan cultivar el espíritu crítico de las audiencias. Valdría llamarlos programas de entretenimiento, si bien sus presentadores y actuantes insisten en destacar, tal vez para cubrirse las vergüenzas, su pertenencia a una profesión que desprestigian. A modo de hipótesis, podría afirmarse que los programas informativos se alejan de las pautas de referencia que argumentan el periodismo de calidad, por lo que el gran público queda bajo el imperio del modelo tabloide, es decir, del sensacionalismo que suplanta la narración equilibrada y ensombrece las fuentes de autoridad.

Lo más grave es que la deriva a la baja alcanza también a los medios públicos

Como es sabido, los medios generalistas comerciales persiguen la consecución de máxima audiencia. Para aquellos que creen que estos tienen licencia para triturar la realidad en secuencias de sucesos “que venden”, valga el eufemismo “nada que reprochar”. Lo más grave es que esa deriva a la baja, que supone el empobrecimiento y la pérdida de la calidad de los contenidos, alcanza también a los medios públicos, al renunciar estos a sus principios fundacionales y abandonar el papel de referencia.

La credibilidad, bajo mínimos
Hay un indicador que aporta respuestas a la hipótesis sobre la calidad de la información: la credibilidad. En la percepción de los españoles, la confianza ha caído en los últimos años con una intensidad que no se corresponde con la valoración que otros europeos hacen de sus medios nacionales. En el siguiente gráfico se muestra la evolución de la credibilidad de la televisión en la Unión Europea, a partir del Eurobarómetro, en el periodo que va desde el comienzo de la crisis, en 2007, hasta el pasado año.

Las encuestas permiten el análisis comparado, si bien la percepción que tienen los entrevistados no se basa en el conocimiento del conjunto comunitario, sino en su propia experiencia nacional. No se valora tanto la credibilidad en relación con otros países como la evolución de esa experiencia local. De ahí que se pueda afirmar que las secuencias de datos constatan, con claridad en cada territorio, valores positivos y negativos.

La percepción sobre los contenidos informativos de las televisiones ha mejorado en la Unión Europea, con un grado de confianza que supera al de la prensa y es inferior al de la radio. Una explicación de esta evolución positiva vendría dada por el papel del medio en la explicación de la crisis, es decir, por su contribución a la reducción de la incertidumbre y a la comprensión de los hechos cambiantes y hasta disruptivos de la escena mundial.

Sin embargo, esta tendencia, que alcanza a la Italia pos-Berlusconi, difiere claramente en los casos de Grecia y España, donde se registran los valores más bajos de credibilidad y la mayor evolución negativa (2007-2016), que llegan también, de forma más atenuada, a Francia, Polonia, Hungría, Croacia y Chipre. En el caso de Grecia, es conocida la situación derivada del cierre de la ERT en 2011, que recuperó las emisiones en 2015. En cuanto a España, la percepción negativa no queda matizada por respuestas de los encuestados que expliquen las razones de su desconfianza, pero cabe insistir en algunas hipótesis.

Grecia y España, valores más bajos de credibilidad y mayor evolución negativa

Mientras que la anomalía mediática italiana en los mandatos de Berlusconi se vio superada con su salida del Gobierno, lo que explica la mejora de la confianza, en España se asistió a un fenómeno inverso. En plena crisis económica se acentuó la vigencia berlusconiana, cultivada durante el Gobierno socialista con la retirada de la publicidad en TVE, lo que supuso un verdadero rescate del colapso para el duopolio Mediaset-Atresmedia, al tiempo que provocó una situación de máxima incertidumbre en la televisión pública. Además, con la salida de Rodríguez Zapatero del Ejecutivo, concluyó el tiempo de referencia periodística en la cadena estatal. La degradación de los informativos se corresponde con la propia degradación de la vida pública y la expansión de un periodismo con sordina, que elude la investigación y se repliega sobre la descripción simplista del suceso.

Noticias con guion
Son bastantes los programas que abordan la información mediante distintos enmarcados, pero, por regla general, con una tensión periodística muy débil. El núcleo más compacto sigue estando en los noticiarios convencionales, en los que se mantiene una lógica de agenda que no se da en otros programas más orientados al entretenimiento. En estos últimos se han volcado, como hechos noticiosos, las grandes sorpresas de la escena nacional. Parece lógico, desde la óptica que busca audiencias masivas, el interés en las turbulencias que pueden ser narradas por el lenguaje del espectáculo, y no tanto en los dramas sociales de la crisis, ante los que el medio se muestra más refractario. Y optan, además, por el guion en clave de sensaciones y tensión emocional polarizada, que, en la práctica, se convierten en la base pedagógica de un concepto raquítico e incompleto del debate. En cualquier caso, reflejan una degradación del periodismo, o una manifestación del no periodismo, sin ataduras éticas y en un entorno de crisis institucional.

La luz del buen periodismo sobre las cloacas ha situado en la pasarela de la corrupción a un star system de figuras excepcionales para los intereses del espectáculo. Biografías argumentadas por el delito son contadas, en ocasiones, por los propios delincuentes, quienes, al ser señalados, vierten en los medios declaraciones de inocencia. Corruptos que han roto, por sus excesos, la omertà que amortiguaba el escándalo, con la complacencia de un periodismo ignorante o ausente, salen a escena como protagonistas.

Historias de ricos, aventureros y amantes, con situaciones de riesgo calculado y reposo en paraísos fiscales, casi siempre ilustradas con yates, mansiones y coches de lujo… Sin duda, los mejores ingredientes para el guion. Hay espectáculo para varias temporadas, aunque se corra el riesgo de que la sobredosis sensacionalista provoque el agotamiento y la caída de la audiencia, de modo que, cuando llegue la hora de la justicia, los reos estén fuera de foco.

La información y los debates en televisión se han desprendido de algunas claves del periodismo que siguen vigentes en el Reino Unido y en las naciones del centro y norte de Europa. En su deriva tabloide se asemejan, cada vez más, a aquellos espacios que, como ocurre en México, logran convertir la narración del crimen en espectáculo de prime time, en el que los villanos parecen frecuentemente héroes. Una forma de dar normalidad a la anomalía.

Las trituradoras de las tertulias
La actualidad comentada en la televisión se desarrolla en un momento de crisis de la prensa, cuando los diarios en soporte papel se arrastran en una lenta y difícil migración al digital, y su influencia se desplaza, entre ambigüedades e incertidumbres, hacia las redes sociales. La información que albergan ciertos programas se acerca al espectáculo y al batiburrillo de la miscelánea, a veces con propuestas absurdas y disparatadas, empleadas como señuelo del clic publicitario, especialmente en internet.

La crisis de los contenidos periodísticos se produce en un tiempo caracterizado por una fuerte brecha generacional, en el que conviven formas de consumo mediático bien diferenciadas, desde aquellas similares a las de hace medio siglo a las nuevas formas de acceso transmedia. Lo más preocupante para las nuevas generaciones, reacias al pasteleo de los medios, es que no hallen buenas razones para consumir información general de actualidad y, a su incertidumbre, unan la debilidad distorsionante que, para la formación de criterio, suelen ofrecer los sucedáneos del periodismo.

El referente perdido de TVE
En el alejamiento de los cánones fundacionales destaca, por su naturaleza pública, TVE, cuyo descompromiso se pone de manifiesto no solo en el sesgo gubernamental de sus contenidos, sino en la adopción de formatos que repelen la información contextualizada. Así, en los Telediarios se ha implantado una valoración de las noticias en la que prima los sucesos, bien sea el atropello de un ciclista en la provincia de Zamora, un tornado en Illinois o el robo a una cajera grabado por una cámara de seguridad en un lugar indeterminado… En un gran contenedor –son los noticiarios más largos de Europa–, se confunde la cantidad con la calidad. Los asuntos sociales y políticos quedan relegados a enunciados muy cortos, con recursos periodísticos escasos y en absoluto comparables con los destinados a los sucesos, a la desmedida información meteorológica o a la futbolística. Narración amplia de lo superfluo y mínima contextualización de lo relevante. En este caso, más tiempo para la información significa también más información ausente.

La renuncia de TVE a la referencia de la actualidad alcanza a otros programas que fueron la identidad periodística de la cadena, como es el caso de Informe Semanal, pero eso no significa ignorancia en el quehacer de la emisora pública, la cual demuestra en La 2 Noticias que hay otras formas de enmarcar la actualidad y otros valores de agenda distintos a los sucesos y a las noticias breves descontextualizadas.

A la renuncia de la televisión pública a unos servicios informativos de calidad se unen las prácticas de manipulación y desinformación, denunciadas por los colectivos profesionales. Términos que, así expresados, pueden parecer duros y, para el lenguaje de la complacencia, radicales; y que, en realidad, solo apelan a la cultura democrática y a los principios éticos del periodismo.

Frente a las carencias del medio público, en las cadenas privadas surgen programas más audaces, debates más vivos, espectáculos informativos a los que la televisión gubernamental no puede llegar. Se trata de un abordaje guionizado de la actualidad, en el que se dan situaciones críticas y aparecen personajes definidos como buenos y malos. Lo pasional asume aquí la esencia de un diálogo e, incluso, se presenta como expresión de riqueza democrática. Aunque podría hablarse, en ocasiones, de impostura o suplantación espuria, circunstancia que no sería tan grave si estuviese contrapesada con verdaderos espacios de debate.

Panorama internacional
Si en la escena nacional hay ingredientes para hacer espectáculo de la política, en la internacional, ahora con Trump en el centro, no hay razones para apartar los focos de la pista. Entonces, ¿cómo conducir hacia el entretenimiento otras noticias menos festivas y otros personajes menos histriónicos? La degradación narrativa diluye, a su vez, el discurso de los políticos, quienes, como las televisiones, buscan al gran público. ¿Cómo hablar de los grandes asuntos del país? ¿Cómo abordar, por ejemplo, con el sosiego necesario, cuestiones de la relevancia del proceso catalán? El Gobierno no dialoga, denuncian los medios, pero estos desactivan el debate nacional, las referencias de contexto, los nutrientes argumentales de la opinión pública. ¿Se resolverán los problemas en clave de posverdad…?

La degradación narrativa diluye, a su vez, el discurso de los políticos

La controversia convenida
Las grandes preocupaciones suelen tener un tratamiento menor y, en cualquier caso, son arrojadas al ruedo para pasto de los tertulianos, llamados a mantener una convenida controversia en la que difícilmente cabe el consenso y la pedagogía cívica. El formato de las tertulias llena la pantalla de forma relativamente barata, con una selección de periodistas-actores que comentan los aspectos más polémicos o llamativos de la actualidad de acuerdo con una posición, polarizada y pasional en el reparto, que suele apelar a las sensaciones.

Es como si las bases racionales de la sociedad –aquella madurez que se atribuyó a la España de la Transición– se hubiesen dilapidado en las arenas movedizas de una democracia que aprendió a esconder la corrupción y la desidia institucional bajo las hojas de la prensa. Y es en el plató de las pasiones donde se dan alas a la degradación populista.

Las anomalías en el discurso de la TV son el caldo de cultivo de las noticias falsas

Las anomalías en el discurso de la televisión, más graves en un país que lee poco y tiene en la pequeña pantalla el primer medio informativo, son, por la ausencia de referentes y la pérdida de credibilidad, el caldo de cultivo de las noticias falsas, de la cesión de influencia del periodismo a las redes sociales… Porque hay una interacción que se presenta como democratizadora, pero no lo es, que consiste en la migración del hemiciclo al plató, y de la representación de la soberanía nacional al foro digital en el que se esfuma la esfera pública. Como se ve, corren malos tiempos para el periodismo.

Razones para la desconfianza
Todo lo expuesto sirve para argumentar la hipótesis acerca de la crisis informativa de la televisión en España, que, a diferencia de la mayoría de las naciones europeas, es percibida por la opinión pública con un grado de credibilidad muy bajo, y que, respecto a hace diez años, ha quebrado. Es difícil imaginar una deriva que acentúe aún más ese declive, que debe ser entendido como una depreciación de la esfera pública y un riesgo alto para la calidad de la democracia.

La recuperación de la confianza en la información emitida por las televisiones pasa por el rescate del periodismo, y esa no es una tarea sencilla, porque es necesario recordar que el periodismo, como la política y la propia sociedad, no es espectáculo o solamente espectáculo.  

 

Periodista y catedrático de Periodismo

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