¿Por qué interesan tanto los sucesos?

Reportero de sucesos, especie en peligro de extinción

La atracción de la información de sucesos es irresistible. Para el público, que devora sus contenidos en cualquier formato, y para los propios profesionales del periodismo, que opinan, discuten y hasta esbozan toda clase de hipótesis sobre la materia prima con la que trabajamos los reporteros de la crónica negra. Por eso llama poderosamente la atención que los que nos dedicamos a este género seamos los periodistas más cuestionados desde todos los frentes. Casi cualquiera se cree legitimado para explicarnos cómo debemos hacer nuestro trabajo o para afearnos los excesos que –a juicio del opinador– hemos cometido.


MANUEL MARLASCA*

Llegué al periodismo de sucesos a finales de los años 80 del siglo pasado, cuando la mayor preocupación de los de mi gremio no era perder la cobertura o no tener conexión a internet, sino llevar suficientes monedas encima y que hubiese cabinas de teléfono cercanas para improvisar una crónica o contarle al jefe de cierre la última novedad sobre un crimen que nos acababa de dar un policía, mientras se echaba al gollete un cubata en La Pelos, el bar de la Brigada, el afterworkde la época.

No se asusten, esto no va a ser un texto lleno de nostalgia de linotipia y melancolía del olor a tinta, simplemente les quería poner en situación, para que se hagan una idea de la cantidad de crímenes que he contado en los tres decenios que llevo de servicio. He tenido el privilegio, además, de poder hacer crónica negra en prensa diaria, semanarios, radio y televisión, lo que, sumado a los trienios que acumulo en el oficio, me da una buena perspectiva del género.

¿Por qué interesan tanto los sucesos? Esta pregunta ha sido tema central de unos cuantos trabajos de fin de grado que he ayudado a llevar a buen puerto –espero–. La respuesta es sencilla: la información de sucesos habla de la vida y de la muerte, de la libertad y de cómo perderla, del amor, del dolor, de los celos, de la envidia, de la ira, del sexo, de la ambición, del miedo… Es difícil que un lector, un espectador o un oyente pueda identificarse con un diputado del Congreso, con un deportista de élite o con el responsable de una empresa del IBEX 35. A ellos se les envidia, se les admira o se les desprecia, pero el público no se va a poner en su lugar. En cambio, es muy fácil verse en la piel de la madre de una chica desaparecida o en la del padre de un joven asesinado en una reyerta durante unas fiestas patronales. La empatía en estos casos surge de forma automática, como una reacción natural que, además, sirve para recordarnos lo vulnerables que somos y lo frágil que puede llegar a ser nuestra existencia.

La información de sucesos habla de vidas rotas y de tragedias, pero también de héroes: policías, guardias civiles y mossos que resuelven enrevesados enigmas o padres y madres coraje que luchan hasta su último aliento para encontrar justicia. Unos y otros suscitan admiración y arrancan aplausos. Y en las páginas de la crónica negra habitan también malvados, por los que hay una –al menos, para mí– inexplicable atracción. Todo este cóctel explica el éxito de los sucesos, incuestionable e imperecedero.

Durante los años de la dictadura franquista, los diarios estaban plagados de crónicas de crímenes, “porque no se podía hablar de política”, decían los gurús –no son especímenes de ahora, siempre los hubo– de la prensa de la época. Se acabó el régimen de Franco, llegó la libertad de prensa, las páginas de los periódicos se llenaron de información política, si bien los sucesos siguieron ocupando espacio. Y así hemos llegado hasta hoy, cuando las noticias de este género copan siempre los primeros puestos entre las más leídas en las ediciones digitales de los diarios y cuando en las escaletas de los informativos de las cadenas públicas y privadas hay muchos minutos para los sucesos, algo que no responde a los caprichos de los editores, sino a que las audiencias –recuerden que en televisión quedan reflejadas diariamente minuto a minuto– dejan claro que el espectador consume de forma masiva género negro.

Otro fenómeno, este exclusivo de las redacciones, da idea del interés por los sucesos. Si trabaja en un medio de comunicación, compruébelo. Nadie acude al periodista de la sección de economía para darle su opinión sobre el último anteproyecto de reforma laboral o sobre la inminente fusión de dos grandes de las telecomunicaciones. Tampoco el redactor de nacional recibe muchas interacciones de sus compañeros acerca de la sesión de control al Gobierno y es extraño que alguien aborde a los de cultura para comentar la obra del autor galardonado con el Premio Nacional de Narrativa. Quizás, la sección de deportes sea más visitada por el resto de la redacción, porque ya sabemos que cada español lleva un seleccionador de fútbol en su interior y porque todos parecemos tener una sólida opinión sobre si es mejor jugar con tres centrales y dos carrileros largos o con una tradicional defensa de cuatro. Sin embargo, el redactor de sucesos tendrá que escuchar pacientemente las teorías –muchas de ellas, de cariz conspiratorio– de todos sus compañeros sobre la última chica desaparecida o acerca del crimen más reciente.

La atracción de la información de sucesos, como ven, es irresistible. Para el público, que devora sus contenidos en cualquier formato, y para los propios profesionales del periodismo, que opinan, discuten y hasta esbozan toda clase de hipótesis sobre la materia prima con la que trabajamos los reporteros de la crónica negra. Por eso llama poderosamente la atención que los que nos dedicamos a este género seamos los periodistas más cuestionados desde todos los frentes. Casi cualquiera se cree legitimado para explicarle a un profesional de los sucesos cómo debe hacer su trabajo o para afearle los excesos que –a juicio del opinador– ha cometido. Nos convertimos, en distintos escenarios, en un objetivo demasiado fácil y casi siempre involuntario.

En la sección de sucesos se debe trabajar al margen de lo que se lea en las redes sociales

La irrupción de las redes sociales en la vida diaria ha permitido al espectador, al oyente o al lector interactuar de forma inmediata con el autor de una información. Y las redes sociales son, salvo excepciones, vertederos de hiel y de odio. En este terreno, los periodistas de sucesos no salimos peor parados que cualquier otro compañero: si nosotros somos carroñeros, los de deportes son asalariados de tal o cual presidente de club de fútbol, los de economía son vendidos al IBEX y los de nacional son terroristas de la información al servicio del partido que quede más lejos de las simpatías del tuitero de turno. No dedicaré más espacio a este frente, salvo para dar un consejo a los que se incorporen a una sección de sucesos: trabajen al margen de lo que lean en las redes sociales y, si es posible, ignórenlas por completo. Son espacios donde la opinión de un catedrático de Derecho Procesal tiene la misma o menor visibilidad que la de cualquier iletrado, capaz de acumular cientos o miles de retuits o me gustas si la barbaridad que tuitea es lo suficientemente gruesa y algún popular bufón de la red se hace eco de ella.

Los periodistas somos uno de los colectivos con más representación en las redes sociales, que usamos con entusiasmo. Y allí hay barra libre para juzgar la labor de los compañeros. Resulta sorprendente comprobar cómo periodistas que no han trabajado en  la calle en toda su vida profesional, que jamás han pisado el barro que uno pisa en este gremio, opinan con aparente solvencia y casi siempre de forma impía sobre el trabajo de los reporteros que están cubriendo un crimen, una desaparición, un juicio o cualquier otro suceso. Y lo hacen desde la comodidad de sus redacciones o desde los sofás de sus casas. Mi admirada compañera Cruz Morcillo bautizó a estos repartidores de carnés de buenos profesionales como “periodistas indies de salón”, una brillante y precisa definición. Suelen ser los mismos periodistas, cuya única relación con una noticia es leerla, verla o escucharla –nunca elaborarla o descubrirla–, que desde sus púlpitos tuiteros o desde sus columnas –casi siempre en diarios nativos digitales– denuncian los excesos de los que nos dedicamos a la información de sucesos, es decir, a contar noticias.

La televisión irrumpió como un elefante en una cacharrería en este género

¿No hay motivos, entonces, para criticar y hasta demonizar a los que nos dedicamos a este género? Por supuesto que los hay. Y muchos. Soy poco amigo de la autocomplacencia y, además, un absoluto convencido de que la exigencia con uno mismo es la única garantía para hacer una prensa de calidad y, en especial, una información de sucesos solvente y libre de excesos y sobreactuaciones. Hace ya muchos años que la televisión irrumpió como un elefante en una cacharrería en este género, en el que encontró un filón de audiencia, que aún hoy no se ha agotado. No voy a repetir aquí la merecida causa general que ya han hecho muchos otros, con mayor o menor justicia, sobre el tratamiento televisivo de los crímenes de Alcàsser. Después de Miriam, Toñi y Desirée –las tres niñas asesinadas por Antonio Anglés y Miguel Ricart–, llegaron Marta del Castillo, Mari Luz Cortés, Ruth y José Bretón, Asunta Basterra, Gabriel Cruz, Diana Quer, Julen Roselló, Laura Luelmo… Todos ellos fueron víctimas de sucesos que los medios de comunicación convirtieron en mediáticos, en algunos casos con la complicidad y la colaboración de las familias.

El padre de Marta del Castillo ofrecía periódicamente ruedas de prensa en el portal de su casa. La madre de Diana Quer buscó a los periodistas, antes y después de que la guardia civil encontrase el cuerpo de su hija, para airear las diferencias que mantenía con su marido y para dar eco a las denuncias que interponía contra él y eran sistemáticamente archivadas por la justicia. Los padres de Gabriel Cruz comparecían casi a diario ante los medios mientras duró la búsqueda de su hijo. El rescate de Julen Roselló en el pozo de Totalán se vivió minuto a minuto porque los responsables del operativo daban puntual información de lo que estaba ocurriendo. Por el contrario, la desaparición y el posterior hallazgo de los cuerpos de Marc y Paula, la pareja asesinada en el pantano de Susqueda, nunca fue un suceso mediático, porque sus familias jamás se prestaron a ello y los mossos d’ esquadra, encargados de la investigación, dieron la información estrictamente precisa en cada momento.

Se debe ser extremadamente pulcro, exigente consigo mismo y adquirir un irrenunciable compromiso con la información, despojándola de aderezos

Es en estos casos que despiertan una enorme expectación y ponen bajo el más exigente de los focos a los profesionales en los que el periodista de sucesos debe ser extremadamente pulcro, exigente consigo mismo y adquirir un irrenunciable compromiso con la información, despojándola de cualquier aderezo.

Era relativamente fácil, por ejemplo, dejarse llevar por mareas como las que profetizaban –en una mezcla de realismo mágico, ciencia ficción y superhéroes– que Julen, un niño de dos años de edad, tenía alguna posibilidad de salir con vida del pozo en el que estuvo sepultado bajo toneladas de tierra 13 días, tras una caída de 70 metros. El rescate de Totalán fue el último suceso en el que se hizo una causa general contra los periodistas que lo cubrimos. Incluso, el Consejo Audiovisual Andaluz redactó un informe para cuya elaboración contó con la comparecencia de unos cuantos periodistas –entre los que me encontraba yo–, algo muy de agradecer a sus responsables. En esa reunión, los reporteros pedimos que se evitase hacer trazo grueso y que las acusaciones de excesos o de faltas deontológicas llevasen nombres, apellidos, programas y cadenas. Porque una buena parte de los que contamos ese suceso nos limitamos a informar con rigor, dignidad y el máximo respeto de un caso que tenía todos los componentes para atraer la máxima atención del público: un niño como víctima, la emoción de un rescate, la intriga que se prolongó durante casi dos semanas, personajes con trazas de héroes –bomberos y mineros–… Toda una tormenta perfecta en la que no era necesario invocar al realismo mágico o a Santa Bárbara, patrona de la minería, para lanzar la idea de que el niño estaba vivo y así captar más audiencia. Bastaba con contar lo que estaba pasando. Bastaba con hacer información, sin confundirla ni con el espectáculo ni con el entretenimiento. Y ahí, en esa confusión, radica el origen de muchos de los males del periodismo de sucesos.

En otros casos, como el de Diana Quer, las televisiones crearon una actualidad que no existía. El suceso tuvo tres hitos verdaderamente informativos, tres momentos en los que sí había contenido real para llenar páginas impresas y horas de emisión: la misteriosa desaparición de la joven madrileña, el hallazgo de su teléfono móvil bajo un puente de una autopista y la detención de Enrique Abuín y el inmediato descubrimiento del cadáver, gracias a la confesión de su asesino. Entre el primero y el último de estos hitos pasaron 500 días, un año y medio en el que las cadenas de televisión hicieron todo lo posible para mantener la atención sobre el suceso, que otorgaba importantes réditos en forma de audiencia. La Guardia Civil, lógicamente, puso en marcha un apagón informativo para poder trabajar alejada de los focos, así que aquellos meses hubo muchos medios que dieron cabida en sus páginas o en sus escaletas a testimonios que nada tenían que ver con los hechos o a teorías nacidas de imaginaciones mejor o peor intencionadas. Pero, en cualquier caso, totalmente alejadas de la información real del crimen de Diana Quer, que se mantuvo blindada por los investigadores hasta el desenlace.

Esa confusión entre información y entretenimiento, un error que los reporteros de sucesos no debemos permitirnos, fue la excusa que el abogado de la familia del niño Gabriel Cruz usó para intentar que el juicio se celebrase a puerta cerrada y sentar un arriesgado precedente, que pone en peligro el principio de la publicidad en los procedimientos penales, consagrado y consolidado por instancias nacionales y comunitarias. Finalmente, el letrado solo consiguió que las puertas de la sala quedasen vetadas a la prensa en dos sesiones: la correspondiente al testimonio de los padres y la abuela del pequeño –algo comprensible– y en la que declararon los peritos forenses, que fueron quienes establecieron las causas y la mecánica de la muerte del niño, es decir, quienes, con sus informes, condenaron a Ana Julia Quezada a prisión permanente revisable.

Cuando, en un descanso del juicio, unos cuantos veteranos de los sucesos le pedimos explicaciones al abogado Francisco Torres por este veto y expresamos nuestro temor a que se generalizase, el letrado nos dio una respuesta inquietante: “Es que no puedo permitir que en un programa se hable de este juicio y que, minutos después, las mismas personas hablen de la cogida de un torero o del divorcio de una famosa. Esto es muy serio”. Invitamos al abogado a que echase un vistazo a los periodistas que estábamos en la Audiencia de Almería y encontrase a alguno que hablase de otra cosa que no fuese información de sucesos y tribunales o que no considerase un proceso penal algo “muy serio”. Evidentemente, no encontró a ninguno. Los que estábamos allí poco o nada teníamos que ver con los “todólogos” que, sentados en un plató, son capaces de opinar de casi cualquier materia, aparentando solvencia.

Allí, en Almería, como en Totalán, como en Santiago de Compostela –en el juicio por la muerte de Diana Quer–, estuvimos muchos representantes de medios nacionales (televisiones, periódicos, diarios digitales…), mezclados con los profesionales de la prensa local, a la que a mí me gusta llamar la última línea de resistencia del periodismo. Cuando se criminaliza o se critica con ligereza a “los de sucesos” –en unas invectivas que realmente suelen ir dirigidas a los periodistas de televisión–, se mete en el mismo saco a decenas de profesionales de periódicos, emisoras y televisiones locales, que son el espejo en el que debería mirarse cualquiera que aspire a convertirse en reportero de sucesos. Para ellos sigue siendo válida la norma de que un periodista se hace en la calle, un mantra ya desterrado de las redacciones de los grandes medios, esclavos del clickbait [cebo de clics] y llenos de redactores al borde de la fotofobia por su escasa exposición a la luz solar, de la que huyen atrapados en unas pantallas convertidas en el escenario principal de su trabajo. Los reporteros locales llaman por su nombre de pila a los fiscales de su provincia, saben el número de hijos que tiene el comandante de puesto de su zona y en lugar de dedicar sus ratos muertos a ver las redes sociales en la redacción del periódico, se van a tomar café con un inspector de la comisaría de su ciudad y a preguntarle por su familia y, de paso, por los temas que tenga entre manos. Conocen, en definitiva, el valor de las fuentes de información, lo que hasta hace unos años era el mayor –y casi el único– patrimonio que tenía un periodista.

Los reporteros de sucesos hacemos lo que nuestros compañeros ni saben ni quieren hacer

Los reporteros de sucesos hacemos aquello que ninguno de nuestros compañeros ni sabe ni quiere hacer. Buscamos un puesto de observación entre el dolor de una familia y lo hacemos desde el máximo respeto y con la mayor de las empatías. Estamos disponibles a cualquier hora y cualquier día de la semana, porque la muerte y la tragedia no entienden de conciliación. El mal existe y alguien tiene que contarlo.

Manejamos fuentes extremadamente frágiles y sumamente exigentes, que no toleran ni un solo traspié en la cuerda de funámbulo que sostiene nuestra relación con ellas. Y más de una vez nos vemos delante de un juez, acusados, en el mejor de los supuestos, de revelación de secretos, por haber publicado información blindada judicialmente. Ninguna otra sección, ningún otro género es tan exigente como la información de sucesos, una exigencia que primero debe nacer de nosotros mismos. Ningún espacio en portada ni ninguna exclusiva merece poner en peligro una investigación judicial o la captura de un delincuente. Como tampoco hay logros que justifiquen añadir más dolor a una víctima y ninguna medalla profesional se puede colgar a costa de la traición a una fuente. Son las líneas rojas que jamás debemos traspasar. Policías, guardias civiles, jueces, fiscales… son gremios que, como punto de partida, no albergan ninguna simpatía por los periodistas. Ganarse su confianza es cuestión de años, pero para perderla basta un solo error, una sola traición.

Ninguna exclusiva merece poner en peligro una investigación o una captura

Ser un buen reportero de sucesos implica mucha empatía. Con las fuentes, para comprender lo que se están jugando cuando te revelan información, y con las víctimas, que no deben pasar por una segunda victimización que corra de nuestra cuenta. Aunque empatizar no implica abrazar en directo a la madre de una víctima. No es ese nuestro lugar. No, al menos, mientras las cámaras estén encendidas. Cuando se apaguen, por supuesto, todo el cariño del mundo, pero mientras graben o emitan, la profesionalidad exige distancia, que no equivale a falta de empatía. 

Todas estas exigencias y equilibrios provocan que los reporteros de sucesos sean hoy especímenes excepcionales en la fauna del periodismo, auténticas raras avis. Pocos saben o quieren aguantar las esclavitudes de un género permanentemente cuestionado y que demanda mayor dedicación y celo que cualquier otro. Mucho antes de que existiese el fact-checking [verificación en tiempo real], los periodistas de sucesos estábamos obligados a contrastar con dos, tres o más fuentes las historias que contábamos. Se llamaba contrastar la información y lo hacíamos de oficio. Porque nuestras noticias estaban y siguen estando construidas con materiales tan sensibles como detenidos, años de cárcel, dolor, muerte, víctimas… Ingredientes que no permiten la frivolidad ni la ligereza a la hora de manejarlos. Solo el rigor, la exigencia y el respeto combinan con ellos.

Los gestores de los medios tampoco contribuyen a la conservación de la especie. Para algunos, el objetivo es conseguir el siniestro ideal de que cualquier periodista pueda ser sustituido por cualquier otro, sin que el producto final se resienta. Y para ello están creando dinámicas de trabajo que priman a los periodistas que pasan sus jornadas sentados frente a sus pantallas y penalizando a los que quieren estar en la calle, creando fuentes o cuidándolas. Esos ya no son rentables para los medios o, al menos, así lo sostienen sus administradores: una noticia propia al mes o un par de ellas no merecen la inversión que supone un buen periodista. Y es que los reporteros de sucesos somos caros, veteranos, irredentos y con un puñado de códigos propios de otros tiempos, que casan mal con redacciones en las que se oyen términos como SEO [Optimizacion en Motores de Búsqueda], internal linking [generación de enlaces internos], referral [remisión] o recirculación.

En Tinta roja, una extraordinaria novela de Alberto Fuguet, imprescindible para cualquiera que ame este oficio, Alberto, un joven periodista con ínfulas de escritor, llega a la sección de sucesos de un diario. Allí conoce a Faundez, un veterano cínico y desalmado, capaz de encamarse con las viudas de los crímenes que él cuenta. Alberto, en su viaje iniciático por el periodismo y la vida, recibe muchos consejos de Faundez, quien, por encima de todo, es un enamorado de su profesión: “Si ni sientes orgullo y entusiasmo por lo que haces, terminas sin hacer nada”, le dice el viejo reportero al joven aspirante. Hago mío el consejo de Faundez. No intenten dedicarse al periodismo de sucesos sin estas dos condiciones –orgullo y entusiasmo– y sin llevar dentro un poderoso policía interior, que les exija más rigor y más celo en el desempeño de su oficio que el que le pueda demandar cualquier jefe.

 

Jefe de Investigación de La Sexta Noticias

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