Consultorio Deontológico

¿La cuenta de Twitter de un periodista le pertenece a él o a su medio?

El uso de las redes sociales por parte de periodistas es una cuestión que ha causado y sigue causando controversia. Por una parte, los periodistas, en su calidad de ciudadanos con libertad para expresarse y participar en la vida pública, tienen derecho a utilizar unas herramientas que no solo han demostrado gran efectividad comunicativa, sino que se han situado en poco tiempo en el centro del debate político y la deliberación pública. Por otra parte, las redes sociales se han convertido en una fenomenal plataforma de proyección pública, tanto personal como corporativa.

Asimismo, son una fuente de audiencia para los medios de comunicación, hasta el punto de que buena parte del tráfico que reciben sus ediciones digitales procede de ellas. Muchos medios estimulan la participación de sus periodistas en las redes sociales, porque consideran que puede crear sinergias positivas que redunden en beneficio de la marca, pero al mismo tiempo temen que, en el ejercicio de su libertad de expresión, los periodistas puedan emitir opiniones que dañen la imagen corporativa. En ese dilema se han movido y se siguen moviendo los medios de comunicación.

La existencia de las redes ha permitido que muchos periodistas puedan tener una proyección personal diferenciada del medio. Esto ya ocurría con la participación de profesionales del periodismo en las tertulias de radio y televisión. En los últimos años, este formato se ha convertido en una fórmula de éxito que se nutre fundamentalmente de periodistas, puesto que, a diferencia de los debates sectoriales –en los que es claramente más idónea la participación de expertos–, en los debates de actualidad, ellos son los que tienen las herramientas intelectuales y profesionales adecuadas para abordar con agilidad y solvencia una realidad cambiante y multifactorial.

La proyección que ahora ofrecen las redes sociales ha consolidado una tendencia en la que los periodistas tienen sus propios seguidores y actúan como gestores de su propia marca. Los medios saben que sus periodistas tienen un capital público que aportar y que puede traducirse en audiencia y tráfico para las ediciones digitales. Mientras los intereses del periodista y el medio coincidan, todo es positivo. El problema aparece cuando las opiniones del periodista difieren de la línea editorial del medio o su trayectoria en las redes entra en contradicción con ella.

Todo ello ha llevado a diferentes intentos de regulación que plantean más problemas que soluciones. Mientras algunos medios se han limitado a dar consejos sobre cómo utilizar las redes de manera que no entren en contradicción con los valores de la marca ni pongan en riesgo su reputación, otros han establecido guías internas de obligado cumplimiento que restringen la libertad de los periodistas.

La mayoría de las guías distingue entre cuenta personal y cuenta profesional. Las restricciones afectan normalmente a las cuentas en las que el periodista se identifica como profesional del medio. Algunas, como la de la BBC, recomiendan que cuando se emitan opiniones que puedan considerarse subjetivas o que no coincidan con la línea que la cadena mantiene respecto de una determinada cuestión, se advierta de que se trata de una opinión personal. Otras, como la de la agencia Bloomberg, establecen que esas cuentas no pueden utilizarse para expresar opiniones políticas ni unirse a una causa concreta, porque ello dañaría la imagen de independencia. Y hay, finalmente, como el diario The Washington Post, medios que llevan al extremo la regulación y no hacen la distinción entre cuentas personales y cuentas profesionales. En su guía de obligado cumplimiento recuerda que los periodistas del Post lo son siempre y en toda circunstancia y, por lo tanto, también en sus perfiles privados han de atenerse a las normas del diario.

Resulta difícil admitir que la dimensión pública de una persona pueda limitarse a su identidad profesional

Resulta difícil admitir que la dimensión pública de una persona pueda limitarse a su identidad profesional. Ningún medio debería pedir a sus periodistas que renuncien a sus propias opiniones y consideraciones sobre los asuntos públicos. Ningún medio está legitimado para exigir un grado de identificación tal que lleve a sus profesionales a renunciar a expresar sus propios criterios sobre las cosas. Pero también es cierto que la actividad pública de un periodista a través de las redes tiene repercusiones que van más allá de la esfera estrictamente personal.

El uso de las redes sociales no solo compromete la imagen de la marca corporativa, sino también la credibilidad del propio periodista. Lo más razonable es que tanto las empresas como los periodistas actúen de manera que no comprometan ni la independencia del periodista ni la credibilidad del medio. Una forma de hacerlo es distinguir entre cuentas y opiniones personales y cuentas y opiniones vinculables al medio en el que trabaja. El periodista no puede ignorar las consecuencias de sus propios actos y opiniones. A nadie se le escapa que si un periodista adopta actitudes beligerantes, emite juicios o toma partido en asuntos de los que luego ha de informar en el medio en el que trabaja, puede inducir a los lectores a pensar, legítimamente, que ese periodista no tendrá la suficiente distancia ni ecuanimidad a la hora de abordar su tarea profesional. Lamentablemente, en nuestro país crece el periodismo de trinchera y muchas veces el campo de batalla se sitúa en las redes sociales. Como siempre que nos referimos a cuestiones deontológicas, la autorregulación es el mejor sistema para mantener el equilibrio entre libertad y responsabilidad, siempre que seamos capaces de ser fieles a los compromisos que suscribimos.

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