Cambios en la interacción entre políticos y periodistas

La utilidad menguante de las caravanas electorales

Juanma Romero
Relación entre periodistas y políticos. Foto: Shutterstock

Las campañas y la comunicación política han evolucionado radicalmente desde los primeros compases de la democracia, aunque hay elementos, como los mítines, que perviven. También ha cambiado la interacción de los candidatos y sus equipos y de los periodistas. Más distancia, menos contactos, más dificultades para poder informar. La esencia del trabajo del informador, no obstante, continúa viva. Aun con todos los obstáculos.


JUANMA ROMERO*

Aquel 9 de junio de 2016, a Pedro Sánchez le sobraba mucha plaza de Pedro Zerolo. Mucha. El escenario apenas ocupaba una esquina, los simpatizantes, apenas medio millar en el corazón de Madrid, aplaudían con desgana. El ambiente era gélido, la sensación de derrota ahogaba a las bases y a la dirigencia, la encuesta preelectoral del CIS divulgada horas antes había caído como una losa.

Aquel mitin frío, áspero, crudo, era el preludio de la campaña que acababa de arrancar, la de las generales del 26-J de 2016. El anuncio del naufragio, teñido por el miedo a un sorpaso que, sin embargo, nunca se llegó a producir.

El camino a las urnas para el PSOE empezaba mal. Lo veíamos los periodistas. Lo podíamos palpar. Lo teníamos delante de nuestros ojos.

También pudimos ver la fotografía inversa. Menos de tres años más tarde, el 26 de abril de 2019, en Valencia. Más de 6.000 personas, música a todo volumen, la militancia entregada, una euforia indisimulable a dos días de las generales del 28-A. El PSOE y Sánchez se sabían ganadores. Lo fueron.

Algo menos de siete meses más tarde, el 8 de noviembre, el presidente del Gobierno clausuraba su viaje electoral primero en Alcalá de Henares, para luego partir a Barcelona. En los discursos, y en la grada, energía y optimismo. Pero la corriente de fondo, aunque menos visible ante las cámaras, también era otra y se percibía, la de la cautela, porque no todo había marchado bien en una campaña colonizada en buena medida por las imágenes del incendio en las calles de Cataluña tras la sentencia del procés. Y sucedió: el PSOE retrocedió en aquellas generales del 10-N tres escaños respecto al 28-A.

Las caravanas de periodistas, cada vez más diezmadas y con menor valor informativo

Los mítines funcionan como el vestigio aún presente en las campañas electorales de los partidos. El envoltorio, el packaging, ha cambiado, obviamente también los contenidos, pero los discursos de los líderes son todavía el ingrediente imprescindible de toda carrera hacia las urnas, aunque las campañas no sean “solo eso”. Ni mucho menos. Pero vertebran unas caravanas de periodistas cada vez más diezmadas y con cada vez menos valor informativo por sí mismas. En las dos semanas de campaña oficial, los titulares ya no emergen únicamente de ellas, se escupen a cada momento, y el contacto con los candidatos y sus equipos se ha reducido más y más.

No siempre fue así.

“José María Aznar tenía un mitin en Quintanilla de Onésimo. Se subió a la tribuna, pero le informaron de que los periodistas no habíamos llegado aún con la caravana y se bajó. No comenzó hasta que no estuvimos. Y años antes, Manuel Fraga había acabado su discurso antes de la medianoche, cuando TVE conectaba para los cierres de campaña. Cuando mucha gente ya se había ido y el escenario estaba medio desmontándose, tuvo que repetir su mensaje para el directo, prácticamente solo. Algo hoy impensable. Pero es que los medios éramos el vehículo para llegar a sus votantes, y si no estábamos nosotros, no había mitin. Ahora, si no estamos, da igual”.

Carmen del Riego tira de memoria para, con estas dos anécdotas, resumir el gigantesco cambio que ha sufrido el papel de los medios en estos más de 40 años de democracia. Ella, presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid de 2011 a 2015, ha cubierto prácticamente todas las campañas del PP desde 1986 para distintos medios (Europa Press, Diario 16, El Sol y, desde 1992, La Vanguardia). Y ha vivido, como tantos otros colegas de profesión, cómo los medios se han visto desplazados progresivamente en ellas y cómo las caravanas también han ido perdiendo peso. “Si no ibas en el bus, no tenías información, y mucho menos información diferenciada. Hoy tienes los mítines por streaming. Las redes sociales, muy positivas en ciertos aspectos, han supuesto una comodidad para los partidos, que han visto cómo no somos tan necesarios los intermediarios, por lo que pueden comunicarse directamente con su electorado. Pero esa comunicación no es bidireccional, y para ellos tiene la ventaja de que no es tan molesta como las preguntas de los periodistas”.

“Los periódicos, las televisiones y las radios tenían mucha más influencia que ahora. La campaña se libraba en los medios convencionales”, corrobora Lucía Méndez, redactora jefa de El Mundo, diario al que pertenece desde su fundación en 1989 y para el que cubrió las campañas primero del CDS y luego del PP hasta 1996, el año de la victoria de Aznar, momento en el que pasó por la Secretaría de Estado de Comunicación, solo hasta 1998. “Había una estrategia de campaña que tenía en cuenta a los medios. Nuestras crónicas importaban en la campaña. Éramos los únicos intermediarios y eso obligaba a una interacción mayor del candidato y su equipo. Por eso era imprescindible ir en las caravanas. Hoy, en cambio, no les importamos nada”, lamenta con cierta nostalgia de unos tiempos en los que las campañas estaban “más protegidas” -“eran sota, caballo y rey”-, inmersas en un mundo “más a escala humana y mucho menos tecnológico”. “Comparar lo que vivimos con la actualidad es como la distancia entre un artesano y una multinacional”, añade.

Anabel Díez, cronista política de El País desde hace 40 años, presidenta de la Asociación de Periodistas Parlamentarios desde 2014, reconoce también que los partidos, los candidatos, “antes tenían que pasar por los medios y ahora no”. “Pero para hacer periodismo en campaña tienes que ir por otro circuito. Esto tan épico de ir empotrado en las caravanas está en desuso y ya no tiene el menor interés. Hay que estar por si ocurre algo, porque los periodistas siempre tenemos que estar, pero la información hay que trabajarla de otra manera. Antes y ahora”.

No contamos igual las campañas tampoco. La revolución tecnológica ha sido absolutamente central. Los periodistas que cubrían la información de los partidos se sumergían durante prácticamente un mes en una burbuja de la que apenas podían salir. Eran 21 días –las campañas se acortaron por ley a dos semanas a partir de 1994-, dando vueltas por España en bus (los aviones chárteres fletados por PSOE o PP y pagados a escote por los medios llegaron más tarde). Sin internet, sin móviles, sin portátiles, sin acceso a información continua, un mundo donde la actualidad se producía y consumía más lentamente.

Las crónicas para los periódicos se mandaban primero dictadas a las redacciones. “Recuerdo cómo las máquinas de escribir Lexicon 80 iban en los maleteros de los autocares o furgonetas, y hasta que no se paraban no podías ponerte a escribir. No te podían llamar tampoco, ni tampoco las comunicaciones eran fáciles por España, porque no era todo autovía”, rememora Del Riego, quien sitúa en 1993 la primera campaña en la que pudo cargar -ese es el verbo, “porque eran ‘zapatófonos’”- con un móvil, en una España sin cobertura en la mayor parte del territorio. “En aquellos primeros años, entrabas en un bar y te lanzabas al teléfono para llegar el primero, o parabas en medio del campo para que las radios hicieran su crónica”, cuenta Méndez, que se recuerda a sí misma años después “desmontando” los teléfonos de las habitaciones de los hoteles “con unas tenazas” para poder enviar los textos a través de la línea. Después, fue un avance poder remitir los textos a través de fax portátiles.

La extensión de los móviles y la progresiva introducción de la red, punto de inflexión definitivo

“Las limitaciones de transporte y de comunicación imponían un modelo de campaña muy distinto al actual, reducido a un único acto central al día y siempre en la misma zona geográfica”, advierte Cristina de la Hoz, redactora de El Independiente desde su fundación, en 2016, pero que antes pasó por Ya (1985-1989), ABC (1989-2011), diario para el que informó del PP todos esos años, y Vozpópuli (2011-2013). “El gran salto -prosigue- se produce a partir de 1995, cuando se incorpora el avión privado, que permite grandes desplazamientos y otro tipo de actos en la jornada. Las campañas se hacen más complejas y, con ello, el trabajo de los periodistas”. La extensión de los móviles y la progresiva introducción de la red supusieron el punto de inflexión definitivo.

Paula de las Heras se incorporó a la agencia Colpisa en 2000, y entonces “solo había dos ordenadores con internet en toda la redacción”. Y también se acuerda de haber vivido aquello de tener que dictar las crónicas.

Tampoco la transmisión era sencilla para las radios. Esther Redondo llegó a la sección de Nacional de la SER en octubre de 1996, después de que Felipe González perdiera el poder. “A veces rogábamos al dueño del bar que nos dejara usar el teléfono de su casa para poder enviar. Y yo tenía que llegar antes a un sitio estable con cobertura para asegurarme de que no se caía la conexión cuando entraba con Iñaki Gabilondo en Hoy por Hoy”.

Desde la década de los años 2000, el control de la imagen es de los partidos

Las teles grababan los mítines de principio a fin, hasta que, a principios de la década de 2000, los partidos impusieron una regla que perdura hasta hoy: ellos ofrecen la señal realizada y las cámaras solo pueden recoger planos de recurso al comienzo de los actos y a la salida, pero no a lo largo de ellos, así que si algo ocurre durante el mitin -por ejemplo, que unos activistas intenten reventarlo-, puede que no haya imagen, pues los equipos de campaña deciden no emitirlo. El control de la imagen, clave en un mundo audiovisual y en el que las teles son el medio clave -“el que siempre ha importado a los políticos”, como subraya Díez-, es de los partidos.

Macarena Bartolomé lo sabe bien: llegó a TVE en 2000 y desde 2003 a 2011 siguió todas las campañas del PSOE, con José Luis Rodríguez Zapatero como líder: “En TVE íbamos al principio con realizador, al menos dos cámaras, montador, productor y redactor, y había dos equipos para los partidos grandes. Y tuvimos muchos ‘tira y afloja’ con los partidos por la señal realizada, para que pudiéramos al menos grabar planos de escucha, para que al menos dejaran a los cámaras en el ‘corralito’ y pudieran moverse si ocurría algo. De hecho, pasó en mítines de Zapatero: protestas propalestinas o cuando en Murcia se cayó una parte del escenario. Tardamos en poder grabar esos planos. Pero esa batalla la hemos perdido frente a los partidos y se ha institucionalizado. La tele supone para ellos llegar a una gran audiencia”.

El timing y la intensidad informativa también han cambiado fruto de la (r)evolución tecnológica. “En las campañas ha sucedido lo mismo que ha ocurrido con las sesiones de control -explica Gabriel Sanz, hoy periodista en Vozpópuli, pero que comenzó cubriendo política en Servimedia, para luego pasar por Canal Plus y ABC, medios para los que ha seguido elecciones con el PSOE y con el PP-. Lo que pasaba en el Congreso te aguantaba para los dos Telediarios. Con las campañas, igual. El gran acto del día era el mitin de la noche. Luego se pusieron de moda los actos sectoriales por la mañana. Pero, con la eclosión de los digitales, las redes sociales…, la información dura lo que dura. Eres corresponsal 24/7”.

En aquellas primeras campañas, salían como “dos crónicas” por día, cuenta Del Riego. Por la mañana, la cobertura de la rueda de prensa del candidato -costumbre ya perdida desde hace muchos años-; por la noche, el mitin. Y solía comenzar más tarde que ahora, sobre las 21:00 horas, con el arranque de los Telediarios, lo que dificultaba que las crónicas pudieran llegar a la primera edición de las redacciones. Miguel Ángel Rodríguez (MAR), director de Comunicación de Aznar desde su aterrizaje en Génova hasta 1996 (y luego, secretario de Estado de Comunicación), adelantaba sobre las 19:00 horas el mensaje del líder a los periodistas que iban empotrados en la caravana.

“Era eficaz para él y para nosotros, porque nos facilitaba el trabajo”, relata Fernando Garea, adjunto al director de El Español, y que antes pasó por las redacciones de Diario 16, El Mundo, El País y El Confidencial hasta presidir la Agencia Efe y fundar y dirigir El Periódico de España. “MAR nos trataba fenomenal, nos daba todo tipo de facilidades. Pero le respetábamos y él nos respetaba. Discutíamos con reglas de respeto mutuo -coincide Méndez-. Pero es que la política era más reflexionada. La estrategia de campaña tenía un sentido, se pensaba para quince días, aunque lógicamente había decisiones que había que tomar, como cuando el PP se pensó si contrarrestaba el vídeo del dóberman del PSOE en 1996: decidió que no”.

Al hoy jefe de Gabinete de la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, se le reconoce su capacidad de “innovación” en la comunicación política, capital para que su candidato llegara a la Moncloa. Igual que años más tarde, ya con Zapatero en el poder, modernizó procedimientos y dinámicas Carlos Hernández en su etapa como director de Comunicación de Ferraz. Él fue quien puso en marcha PSOE TV, la primera televisión por internet de un partido.

Las nuevas tecnologías también han ayudado a los medios. Decisivamente. Móviles, internet. redes sociales. La información fluye de manera continua. Y ha permitido que los periodistas puedan enviar sus crónicas, entrar en las maquetas o servidores digitales de sus medios, en cualquier momento, desde cualquier lugar del mundo, sin demoras. Las televisiones ya no necesitan siquiera en muchos casos el satélite para los directos y les basta con las mochilas con tarjetas de datos 4G, cuya conexión y fiabilidad se ha ido afinando y que les permite una flexibilidad mayúscula.

Todo ha contribuido a acelerar los tiempos. Y sobre todo los nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, aprendieron a moverse mejor y más rápidamente en ese espacio virtual. Los morados levantaron el “gran ágora digital, extendieron para todo tipo de comparecencias el streaming, editaban vídeos a toda pastilla para subir a redes, organizaron procesos de primarias de manera digital, impulsaron la figura del cibermilitante, empezaron a usar Telegram…”, desgrana Mariela Rubio, periodista de la SER a cargo de la información de Podemos desde 2014 hasta el verano de 2019, cuando asumió la cobertura del PP. Claro que todo tiene un reverso, una cara b: “Iban haciendo primarias tras primarias y cada proceso era una batalla y el partido se desangraba. Se perdía un montón de energía. El partido generó una cultura orgánica asesina que les ha devastado”.

Las grandes formaciones también han aprendido a usar a su favor las redes sociales. En el caso del PSOE, quizá el punto de inflexión fueron las primarias de 2017, las que enfrentaron a Pedro Sánchez con Susana Díaz y Patxi López. Así lo cree May Mariño, periodista de Servimedia a cargo de la información de los socialistas desde finales de 2014. “Su equipo se movió muy bien por redes para llegar a su público, cuando además tenía a buena parte de la prensa en contra. Ese uso es un ‘efecto contagio’ de los nuevos partidos, pero también es un salto, producto del contexto del momento”.

Isabel Morillo, corresponsal en Andalucía de El Periódico de España desde 2022, y antes, desde 2013, de El Confidencial, apunta a otra novedad: las campañas microsegmentadas, que fueron claves en las últimas autonómicas, las del 19 de junio de 2022, y que permiten a los partidos dirigirse a su target de manera quirúrgica. Tocar la tecla que les hace falta. “Por supuesto que lo hacen a través de Facebook o Twitter, pero también a través de call centers. O de llamadas del propio candidato: Juanma Moreno telefoneó directamente a electores dudosos o abstencionistas sobre todo en la última semana de campaña y pudo amarrar, calculan en el PP, hasta una decena de diputados, por el ‘efecto contagio’ que producía en aquellos a quienes llamaba. La información en las campañas está monitorizada al minuto. La propaganda es cada vez más sutil y fina. De ahí que nos necesiten mucho menos a los periodistas”.

La progresiva precarización de los medios “ha ido en favor de los políticos”, advierte también Díez. Porque es gratis disponer de la señal realizada, o conectarse al streaming para seguir los mítines o las comparecencias. Las caravanas, además, son caras: en torno a los 6.000 euros por persona en las últimas generales en el caso de los dos grandes partidos; y, por tanto, solo las cabeceras más potentes pueden pagarlas. Y eso que los precios han bajado, ya que se tira más de AVE, bus o vuelos regulares. En los primeros años de democracia, el número de medios era muy inferior y no había alternativa a subirse a la caravana. “La sofisticación se ha acentuado, y hay un intento superlativo de que en campaña solo salgan los mensajes que quieren los políticos, no dejar fisuras para el libre albedrío de los medios, y la crisis ha hecho que ese objetivo avance -continúa Díez-. Los partidos empeñan tiempo y dinero en elaborar sus mensajes. Hoy, el bombardeo es continuo y permanente las 24 horas, y no necesitan pasar por nosotros”.  

Adolfo Suárez jugando al mus con los periodistas de la caravana. Aquella imagen, que aún puede encontrarse en internet, ¿es la prueba de una época perdida? “Las campañas eran una vivencia excepcional dentro de la información política -subraya Méndez-. Te encerrabas durante semanas en un barco. Yo hice aquella con Suárez en 1989, cuando era líder del CDS. Él repetía que iba a volver a la Moncloa y realmente tú le escuchabas y te parecía imposible, pero la convicción con la que lo expresaba te situaba en simpatía clara con él. En campaña era difícil mantener la distancia. ‘Convivías’ con los líderes”. Sucedió igual, abunda De la Hoz, con Marcelino Oreja en las europeas de 1989, acompañado a diario por su sobrino y ayudante, Jaime Mayor Oreja: “En aquellos días, tejimos una relación de proximidad con el candidato que yo no volví a sentir con ningún otro después”. También Julio Anguita, coordinador general de una Izquierda Unida en aquel tiempo en crecimiento, se subía al bus “prácticamente todos los días”, rememora Garea. Pero Manuel Fraga “nunca lo hizo”, como tampoco Felipe González una vez que alcanzó la Moncloa, puntualizan Del Riego y Díez.

De un contacto más intenso con los equipos de los líderes se pasó a encuentros más ocasionales

Tras la carrera electoral de 1982, la de la victoria arrolladora del PSOE, se fue aquilatando un progresivo distanciamiento de los líderes en las campañas. Más pronto o más tarde. Y de un contacto más intenso con sus equipos se pasó a encuentros más ocasionales. Un dato que los doce informadores consultados por Cuadernos de Periodistas -diez de ellos, mujeres, testimonios a los que se suma la experiencia propia-, remachan. Y de lo que se quejan. “Los periodistas somos molestos para ellos”, resume Del Riego.

También las atmósferas, antes y ahora, eran muy distintas. El número de medios, en los primeros compases de la democracia, era menor, y la urgencia informativa, también. “Era todo más familiar y tenías una relación muy directa con los líderes -remarca Méndez-. Cuanto más pequeño era el partido, más íntimo era todo. Pero es que no estabas pendiente de lo que decía cada uno cada diez minutos. Hablabas con los candidatos locales, te organizaban cafés o reuniones con el candidato o el responsable provincial o regional, que también te aportaba su visión de la campaña. Tenías todo un día para buscar información y escribirla. Las reglas de la política no eran las mismas que ahora”. “Las caravanas son cada vez más hostiles para el candidato -analiza Sanz-. Hay más medios y el mensaje es menos controlable. Ellos se retraen”.

González se alejó también de la prensa. La cercanía con él en campaña “era limitada”, recalca Díez, la periodista en activo en un medio nacional que más años ha cubierto la información del PSOE, igual que Del Riego es la más veterana en el seguimiento al PP. A fin de cuentas, incide, él era el presidente del Gobierno, el que encadenó cuatro victorias consecutivas. Con un “carisma” indiscutible, pero presidente, y lo hacía valer. Aznar, como pretendiente a la Moncloa, no viajaba con los reporteros, pero “no se desentendía” de la prensa, en palabras de Méndez, y mantenía un trato cotidiano con ella. Era la estrategia de Miguel Ángel Rodríguez, que buscaba la “complicidad” de su candidato con los medios. Y eso le ayudó a forjar una corriente favorable hacia el jefe del PP en los comicios de 1993 y 1996. Creó, señala Garea, un “espíritu de grupo” con los periodistas que se subieron a la caravana. Méndez aporta otro dato para ejemplificar cuánto importaban los medios entonces: el propio Aznar reunió a los informadores al día siguiente del fiasco de 1993 para explicarles qué había ocurrido pese al “avance imparable” del PP. Sin embargo, cuando el jefe de los populares conquistó la Moncloa, “todo cambió”, y en las siguientes contiendas electorales, ya como presidente, esa cercanía se perdió, observa De la Hoz. Aznar, a la postre, siguió la pauta de González.

Zapatero sí tenía un talante distinto al de su antecesor y su sucesor. “Más cercano y afable”, reconocen los informadores que le siguieron en aquellos años. No viajaba con los periodistas, pero sí se subía al bus alguna que otra vez, o mantenía cafés o encuentros off the record con ellos. También lo hacían, indica Bartolomé, su número dos, José Blanco, o los líderes provinciales o regionales. La misma práctica se seguía en el PP, cuenta Garea. O en Izquierda Unida. Esas charlas informales con el aspirante o con los dirigentes más apegados al territorio eran y son útiles para pulsar el ánimo de la campaña en un partido. Por ejemplo, para percibir el ambiente de derrota inexorable, como ocurrió con el PSOE en 2011: Alfredo Pérez Rubalcaba y su equipo sí se volcaron con los periodistas y la campaña “no estaba mal enfocada, pero daba todo igual”, narra De Las Heras, “la gente no sintonizaba con ellos y se veía, y eso que el candidato intentaba no trasladar todo el pesimismo”.

Mariano Rajoy, en cambio, siempre fue “mucho más reacio a mantener encuentros directos con nosotros”, detalla De la Hoz. “En buena medida, en 2004, en su primera competición como número uno, no solo era el aspirante, es que ya lo había sido todo en el Gobierno y su partido gobernaba. De aquellas elecciones traumáticas recuerdo cómo, tras los atentados del 11-M, asumió un papel subalterno, en lugar de llevar la iniciativa en un tema como la unidad de los partidos”.

“No tenía nada que ver la cercanía con el candidato y con su núcleo duro que teníamos entonces con la que tenemos ahora”, rubrica Redondo, que ha cubierto el PSOE para la SER y para La Sexta, cadena a la que se incorporó en 2015: “Día sí y día también se montaba alguien del equipo en el bus: Rubalcaba, Alfonso Perales, Enrique Guerrero… Eran campañas, también, atravesadas por atentados de ETA”.

En 2015, Podemos recuperó parte del latido de las primerísimas campañas de la democracia, aunque metamorfoseó aceleradamente. “Al principio, teníamos mucho contacto con los actores: no podían darte el esquinazo, porque iban con nosotros en el bus -relata Rubio-. Estaban Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Alberto Garzón, Carolina Bescansa, Rafa Mayoral o Juan Carlos Monedero. Era un partido muy coral y el acceso a ellos era fácil. Los actos eran grandes, pero muy de contacto”.

La periodista de la SER reconoce que el ambiente de la caravana, aunque “muy divertido y fresco”, también era complicado de manejar, pues “siempre reinó cierta desconfianza”; porque, para la cultura del partido morado, la prensa “juega un papel” y utiliza la crítica hacia ella como “un aguijón político”. Los medios, por tanto, “forman parte para ellos de la contienda política”. “Podemos estaba tensionado, porque todo era nuevo y nosotros éramos elementos de descontrol”, abunda. En las siguientes campañas, el partido se igualó a los demás: el líder “fue huyendo” y, en los autobuses, los informadores “viajaban cada vez más solos”.

Otro cambio ha contribuido a alejar a los cabezas de cartel de la prensa, reseñan Garea y Mariño: van y vuelven a Madrid casi a diario -o, al menos, siempre que pueden-, para dormir en casa, lo que dificulta que participen de las caravanas. Y el carácter y las circunstancias personales de cada líder influyen: la accesibilidad de Zapatero frente al temperamento más adusto de Rajoy, la “cercanía” de Pablo Casado -ya defenestrado por los suyos en marzo de 2022- que contrastaba con un distante Pedro Sánchez, un líder resurgido de sus cenizas tras las primarias de 2017 que marcaron su personalidad a sangre y fuego. El actual presidente es reservado ante los medios y, con su equipo, selecciona los contactos informales con ellos, tanto en su faceta de jefe del Ejecutivo como de candidato. En campaña, y dada la decreciente concurrencia de informadores en la caravana, Ferraz prefirió sobreexponerlo en las entrevistas y acercarlo en los offs para los actos más importantes, en los que sabía que irían más periodistas, para “tener mayor rentabilidad”. Es decir, que la dirección no reservaba “ningún premio para los que sí se enrolan en el bus”, señala Mariño. “En caravana, ahora, más que ‘tocar líder’, tocas equipo si te lo has trabajado previamente”, precisa la periodista de Servimedia.

Porque también se ha perdido la compañía constante en el autocar de un miembro, con peso político, de la dirección de los partidos. Con los informadores suele viajar de manera continua un responsable de prensa encargado de las cuestiones logísticas, pero que no siempre les puede nutrir de contenido. Las caravanas, pues, menguan de valor informativo. Es un hecho.

Díez, no obstante, cree que conviene ser ponderados en el juicio del presente frente al pasado. No comparte la visión “idealizada” de las primeras campañas, ya que, desde entrados los 80, la cercanía con el candidato, en mayor o menor medida, siempre fue limitada, si bien reconoce la habilidad con la que MAR creó una atmósfera propicia hacia Aznar con la prensa. “El objetivo de los aspirantes era (y es) ir a la mayor cantidad de actos posible y no estar con los periodistas. Sus concesiones eran esos pequeños trayectos en bus o tren con los cronistas, algún aperitivo o comida off the record y poco más”.

Así que, aunque cunda “cierta leyenda de la espontaneidad de aquellas caravanas, siempre ha habido una elaboración del mensaje, y los asesores de imagen y publicistas, con distintos nombres, siempre han estado presentes para que los medios compraran el mensaje, y siempre las teles son las que más les han importado: han sido su oscuro objeto de deseo”. Díez sí concede que aquellos viajes electorales eran “más reales” que los actuales, toda vez que la comunicación política se ha sofisticado.

Pero siempre estuvo ahí, como enfatiza Sanz: “El interés de todos los jefes de prensa no fue nunca dar toda la información, sino vender mejor a su líder. Eso ha sido moneda común de todos. Lo que pasa es que ahora los candidatos sí están más encorsetados”. Lo fundamental para ellos, remata De Las Heras, es “no asumir riesgos”, que pueden ser fatales en los últimos quince días antes de las urnas. Y justo para evitar errores, los equipos “meten en una urna a sus jefes”, añade Del Riego, de tal manera que en muchas ocasiones la interlocución con los redactores depende más “de ellos y de la confianza que tengan en sus cabezas de cartel”.

“La forma de relacionarse con nosotros y de comunicar se ha modernizado con los nuevos partidos, y todo se contagia, también para bien -valora Morillo-. Antes, al frente se situaba gente de los partidos con olfato, y hoy se ha profesionalizado: conviven ‘fontaneros’ y asesores externos”.

No siempre todo tiempo pasado fue mejor. Aquellas caravanas encapsuladas operaban casi como burbujas. Y entrañaban riesgos, “espejismos”, pues “a veces no tenían nada que ver con la realidad”, comenta Garea. Él y Méndez admiten que las campañas, la inmersión total de los reporteros durante semanas, producía a veces “síndrome de Estocolmo”. “Los que estuvieron con Suárez se confesaban encantados y pensaron que tendría un pedazo de resultado y tuvo catorce diputados en 1989”, insiste el adjunto al director de El Español. Y es que era difícil recibir más inputs externos. “En 1996 me encontré con Anguita en Jaén y me tomé un café con él -reconstruye Del Riego-. Casi me convenció de que iba a tener mayoría absoluta. En aquel momento, te aislabas más. A la fuerza. Hoy, no solo oyes los mensajes del partido al que sigues; lees y ves los de todos, estás informado al minuto”. La veterana periodista de La Vanguardia agrega otro extremo hoy inconcebible: los gastos de las primeras campañas del PP, desde los desplazamientos hasta los hoteles, “eran pagados por Génova” y no por los medios, hasta que “Aznar acabó con esa costumbre”.

La evolución tecnológica y la inmediatez han favorecido otras prácticas periodísticas menos “intervenidas” por los partidos

La evolución tecnológica y la inmediatez han favorecido otras prácticas periodísticas menos “intervenidas” por los partidos. Los equipos pueden avisar del mensaje del día, pero no hacen falta las crónicas “de madera”, porque los mítines se han adelantado, no corren peligro los cierres en papel de los diarios y la publicación en las webs es inmediata. La conexión para radios y TV es posible, prácticamente, en cualquier lugar. Y ya se enterró hace prácticamente dos décadas el “semáforo”: la luz roja que avisaba a los líderes de que en ese momento entraban en directo en los informativos de TVE y de las privadas, lo que les obligaba a realizar piruetas verbales para enderezar su discurso y calzar su mensaje (y repetirlo) justo en ese momento. “Ahí hemos avanzado -subraya Bartolomé-, porque ahora los totales se editan, los elegimos nosotros y no nos lo empaquetan ellos”. Y eso también ha hecho que los actos se adelanten y no arranquen sobre las 21:00 horas, sino más de una hora antes.

En las campañas hoy ya no son centrales, por ejemplo, los spots electorales, y sí son claves el manejo de las redes sociales, como herramienta multiplicadora del mensaje y, por descontado, los debates televisivos. Un elemento de indudable avance democrático que se estrenó en España en 1993 con un doble careo entre González y Aznar en Antena 3 -que ganó el candidato del PP- y Telecinco -en el que el entonces presidente se rehízo y se tomó la revancha, goleando a su adversario-. El formato no regresó hasta 2008, con la ida y vuelta de Zapatero y Rajoy.

Desde entonces, ha habido duelos en televisión en todas las generales, con audiencias millonarias -el último, el de los comicios del 10-N, a cinco, fue visto por 8,6 millones de personas y tuvo un 52,7% de share. Y con un ingrediente añadido: el debate sobre el debate. La controversia sobre cuántos encuentros televisivos se celebran, quién los organiza, quiénes participan y qué cadenas lo emiten. Asimismo, se ha multiplicado el número de encuestas preelectorales publicadas. Las campañas son cada vez más influyentes, y lo señala el CIS: en 2019, el 10,4% de los ciudadanos decidió su voto en la última semana antes de las generales, porcentaje que subió hasta el 15,7% en el caso de las andaluzas del 19-J. Muy cerca de un 10% eligió su apuesta al comienzo de la campaña en ambos comicios.

Los debates -cuya celebración no está regulada por ley y sigue quedando al arbitrio de los partidos- y la opinión generada en torno a ellos ha restado peso a los mítines, en los que especialmente los dos grandes echaban el resto para mostrar músculo. El Palau Sant Jordi y el velódromo de Dos Hermanas se convirtieron en santuarios para el PSOE, en los que llegó a reunir a más de 40.000 y 20.000 personas. Para el PP, la plaza de toros de Valencia era su emblema, pero en 1996, en el cierre de campaña de las generales, abarrotó Mestalla: congregó a 55.000 personas (y otras 15.000 se quedaron fuera), una de las mayores cifras de la historia política reciente de España. Una marea humana que, según analizó Génova posteriormente, se volvió en su contra: dio “miedo” y movilizó a la izquierda, apuntan Méndez y Del Riego. Esos números ya no existen hoy.

“El cambio se vio perfectamente. En las andaluzas de 2015, Susana Díaz era una pedazo de candidata para los suyos. Se pasó toda la campaña recogiendo regalitos para el hijo que estaba esperando. Ha sido de las que más ha explotado el embarazo antes de ir a votar. Se veía que la gente la quería. Allí lloraba todo el mundo. En las autonómicas de 2018, nada que ver. La tuvieron que escoltar durante un paseo. Un acto en San Juan de Aznalfarache se tuvo que suspender por protestas violentas de los taxistas. Y en Huelva, en el barrio de La Orden, ella tuvo que salir pitando y se palpaba la hostilidad”. El contraste lo cuenta Morillo desde Sevilla. E ilustra por qué, pese a todo, el seguimiento de las campañas a pie de obra puede ser aún hoy útil. Pese a todos los obstáculos.

Y pese a que los tiempos no son los mismos. En las primeras contiendas electorales, el mitin era el principal termómetro, la primera referencia, para pulsar la suerte de un partido. El acto central que, con el discurrir de los años, se ha visto preterido, pero no reemplazado por completo. Porque la concurrencia a los discursos de los líderes, el mood de sus militantes y simpatizantes permite aún intuir el fluir de la campaña. Si se tuerce o si se encarrila.

Subirte a la caravana posibilita comprobar “cómo respira el partido”, dice De Las Heras. Cuál es el “estado de ánimo con el que se contagia el candidato, que solo se detecta si estás con él unos cuantos días seguidos”, defiende Morillo. “Ves si la gente lo abronca por la calle, lo quiere, le genera indiferencia o temor -continúa-. Todo se vuelve grandísimo. Las campañas se convierten en una especie de Gran Hermano. Un acto en el que pinches se convierte en una tragedia. Si las cosas van mal, ves al equipo encabronado, al líder huidizo. Si va bien, la agenda se afloja, se destensan todos ellos. La información es imposible ocultarla, fluye. Claro que valen las caravanas”.

El simple contraste de las campañas de Sánchez también avala esa tesis. De la depresión de los comicios de 2015 y 2016, con aforos cortos, un aspirante a la defensiva y que no generaba entusiasmo en sus actos en la calle, con la gente, a la evidente euforia de la doble convocatoria de 2019. Tobogán que era perceptible, en otra escala, incluso en pequeños partidos como IU: en 2008 se podía presagiar el mal resultado de Gaspar Llamazares, por uno algo más boyante de Cayo Lara en 2011. Las urnas lo demostraron luego. Igual que ocurrió con Podemos en 2015 y 2016.

“Era evidente que algo iba a pasar con ellos. No he visto cosa igual -describe Rubio-. Sucedía con Iglesias lo que hoy pasa con Ayuso. Era el hombre del momento y todo el mundo quería un trozo de él. Los mítines estaban petados. Parecían no tener techo. En la caravana sí veíamos que era posible el sorpaso al PSOE y no se produjo de milagro. Errejón decía que aquel 2016 era la ventana de oportunidad para ellos y, si no sucedía, no se abriría nunca más”.

Mariño compara dos campañas muy recientes, ambas con resultado dispar para los socialistas: la de Luis Tudanca en Castilla y León, que fue a más, y la de Juan Espadas en Andalucía, que “se animó hacia el final”, aunque los suyos eran conscientes de que les esperaba una durísima derrota, que ocurrió. “Los mítines te dan información no solo por el tamaño de los aforos, sino más bien por la respuesta de sus bases. Ves si están motivados o no. Son el termómetro de cómo avanza la campaña”. Por eso defiende que sí es positivo bajar a ras de suelo, al territorio, ver y contar, “y no de oídas”, y poder agendar cafés o comidas con dirigentes locales, que “sí se vuelcan más” con los informadores que llegan desde Madrid.

“Aunque todo es teledirigido, sí merecen la pena las caravanas, porque tiene más valor lo que vea que lo que ellos trasladen, y percibes estados de ánimo del candidato y de su gente, si pinchan o no”, completa Redondo. O si todo empieza y acaba en “desastre”, como explica Del Riego, aludiendo a las autonómicas y municipales de 1987, en las que el entonces líder de Alianza Popular, Antonio Hernández Mancha, “algunos días ni aparecía, porque se había quedado dormido o cansado”. Las caravanas aportan además el valor de la comparación, precisa Morillo: desde la “falta de tensión informativa” de las campañas de Manuel Chaves en los años 2000, en los que se sentía “sobrado” porque iba a arrasar, hasta la difícil supervivencia de un José Antonio Griñán con todo a la contra en 2012, la evolución de Susana Díaz de 2015 a 2018 o un Juanma Moreno en estado de gracia en 2022. Igual que impacta, continúa, la catarata actual de encuestas, favorable o desfavorable. Si son malas, conviene, “es muy difícil remontar el ambiente”.

Pero Mariño, como todos, no puede dejar de denunciar las crecientes trabas que imponen los partidos, hasta el punto de que en muchas ocasiones “hay que emprender casi una investigación para conocer los actos y los oradores”, sobre todo en precampaña. Las cúpulas racanean cada vez más los briefings o los calendarios, porque las agendas “se convierten también en una cuestión estratégica”. Juegan con ellas, remarca, bien para despistar al adversario, bien para que no se cuente cuando se cae un acto de la planificación.

Aunque la utilidad sea menguante, hay cierto consenso en que sí conviene seguir las caravanas

Aunque la utilidad sea menguante, hay cierto consenso en que sí conviene seguir las caravanas. Por un principio básico, enfatiza Rubio: “El periodista debe estar donde pasan las cosas. Siempre hay algo y no puedes estar en tu casa. Y si el líder no va o no se acerca, contémoslo. Frente a la tendencia de los partidos a que no mires y la de las empresas a que no gastes, debemos resistirnos. Combatir. Si no vas, te has rendido”.

Combatir y contar también cuando los candidatos y sus formaciones cruzan una raya. Como ocurrió en las últimas andaluzas con Vox, resalta Morillo: no hubo caravana. Macarena Olona se desplazaba en una furgoneta con su equipo y mandaba a los medios “vídeos enlatados y producidos”, como aquel en el que un supuesto militante del PP rompía su carné ante las cámaras. Era, dice, “el colmo de la teatralización, aunque para su público sí funcionó”.

La corresponsal de El Periódico de España cree, asimismo, que la profesión debe abrir una reflexión, a la vista de lo que está sucediendo en las últimas convocatorias: la aparición de “periodistas activistas” que querían protagonizar “un tú a tú con el candidato, entablar un combate dialéctico con él”. “Por supuesto que hay que hacer preguntas incómodas, pero no puedes entrar al ataque. Debemos respetar unos códigos que, si saltan por los aires, dinamitan el ambiente de trabajo y hacen que el contacto con el candidato, que de suyo se complica, sea más difícil”. Cree lo mismo Redondo. Garea coincide con que es un fenómeno “más profundo” que no se limita solo a las campañas, que se ha extendido y que hace que los políticos se replieguen aún más y repliquen meramente “argumentarios”.

Méndez cree, simplemente, que los modos de trabajo de entonces y ahora “no tienen nada en común”, “no hay secante”: “Había un respeto mutuo, y si alguno de nosotros se saltaba un off, le retirábamos la palabra. Digamos que en aquellos tiempos la información era más ‘limpia’. Los periodistas teníamos clara la estrategia de campaña, los enfoques, los errores… Tu espíritu crítico se aminoraba, pero el trabajo era más pegado al partido, con más conocimiento, te daban más información, siempre trufada de propaganda, pero no como ahora. Y los partidos tenían más costumbre de autocrítica que ahora, había un grado de exigencia mayor y un esfuerzo más grande por convencer, dado que la interacción era más intensa, por más tiempo. Hoy, la manera mecánica de trabajar impide la reflexión. Es materialmente imposible. Y a los políticos les pasa igual: no tienen la misma profundidad, y su relación con nosotros es de utilización descarada. Hay mucha falta de respeto de unos hacia otros”.

De la Hoz aporta otra reflexión preocupante: cómo los militantes y simpatizantes, convertidos en agentes electorales en los mítines, pueden convertirse, “en función del grado de crispación política”, en “un problema para los periodistas, especialmente los de televisión, por ser los más expuestos e identificables”. “No han faltado tensiones contra aquellos medios que algunos militantes populares podían considerar hostiles a su partido”, redondea.

Para Sanz, en este contexto, en el que se consume “información como detritus”, no merece tanto la pena enrolarse en el bus de campaña. “Las caravanas tienen ya poco interés para nosotros -opina De la Hoz-. La tendencia es que tanto el cabeza como su equipo se encapsulen y tan solo le veas en el atril. Nos convertimos casi en mero atrezo”. Bartolomé lo sintetiza así: “Si tienes contacto con los candidatos y sus direcciones, valen la pena; si se conciben como un mero medio de transporte, no”. “Es bueno estar siempre donde está la noticia, pero no siempre la noticia está en las caravanas. Aconsejaría ir, pero no hacer la información que sale de ellas -tercia Del Riego-. Tener móviles, estar al habla con los directores de campaña, que no están en el autocar, te da más información que los mítines, que antes sí que eran la fuente básica de información”.

Díez respalda esa lectura: “Claro que el periodista ha de estar y escuchar los mítines. Pero hay que hacer un plus de trabajo y de esfuerzo para que no sea todo reproducir el mensaje de los partidos. Eso es así ahora y lo era antes. El hilo conductor de todos estos años es el contraste entre el periodismo escrito y el audiovisual. La prensa trató y trata de diferenciarse, buscando adelantar mensajes y estrategias, y eso no ha cambiado, aunque para los candidatos su prioridad sean las redes sociales y, sobre todo, las teles”. También la tele pública, usada siempre, lamenta Bartolomé, “como un arma arrojadiza electoral”, lo que le obliga a ella y a sus compañeros de TVE a ser “aún más pulcros” en campaña con la información que trasladan. Tasada, por cierto, por tiempos, según el peso de cada fuerza política, y en contra del criterio periodístico, una exigencia que ni los casi 50 años de democracia han logrado cambiar. Los partidos no quieren.

“A pesar de todo, del riesgo de contribuir solo a los objetivos de los partidos en las campañas, el periodista tiene que estar. Mirando, escuchando y escudriñando”, subraya Díez. Esa es, a fin de cuentas, la función de los medios. La ha sido siempre. Los informadores se enfrentan a mayores barreras y obstáculos, la política y la comunicación han alcanzado un innegable grado de madurez y sofisticación. Tampoco el mundo es el mismo que el de hace 20, 30, 40 años. Pero una creciente complejidad ha de servir como acicate para los periodistas. Para que no olvidemos nuestra tarea y seamos críticos y exigentes con el poder. Porque ese es el hilo material que cose este casi medio siglo de libertades y democracia. Y así ha de seguir siendo.

 

Redactor de Política de El Independiente

 

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