Presiones y autocensura

Los periodistas, ante sí mismos

Lucía Méndez

La crisis económica y la radical reconversión tecnológica de los medios han sido una combinación letal para el ejercicio del periodismo tradicional, que ha desembocado en una crisis de ética y de valores. Los periodistas pierden autoestima profesional, al mismo tiempo que los poderes políticos y económicos ganan terreno, aprovechando la debilidad de las empresas editoras. Sin embargo, la debilidad del periodismo español no solo ni principalmente se deriva de la amenaza externa. La falta de credibilidad tiene que ver también –y sobre todo– con nosotros mismos.

 

LUCÍA MÉNDEZ*

Hollywood concedió su Óscar de 2016 a Spotlight. Al margen de sus valores cinematográficos, no es difícil deducir que la industria del cine americano quiso con su estatuilla tributar un homenaje al periodismo de siempre. Un homenaje cargado de nostalgia, melancolía y añoranza, ya que la realidad del oficio que refleja la película –no tan lejana en el tiempo, son hechos reales de 2002– ha desaparecido de las redacciones casi por completo. Spotlight es periodismo simple, sin efectos especiales. Un grupo de informadores, respaldados por el director y el editor del Boston Globe, van siguiendo las pistas durante meses hasta descubrir que la jerarquía de la Iglesia católica de Massachusetts encubrió cientos de abusos de pederastia cometidos por sus sacerdotes. Los periodistas del Globeno son héroes. Son profesionales de carne y hueso –con sus dudas, errores y vacilaciones– que pueden hacer su trabajo y sacar a la luz una terrible realidad escondida, gracias a que sus jefes resisten a las presiones del poderoso cardenal Law, cabeza de la institución más influyente de la ciudad en la que se edita el rotativo, y de otras instancias que amenazan a los responsables de la publicación.

Cuesta trabajo reconocer la redacción del Boston Globe, en la que los periodistas trabajan con libreta y lápiz, comparados con los lugares de trabajo de los diarios actuales, convertidos en centros de procesamiento tecnológico, en los que apenas existe el debate y la deliberación sobre las noticias que se publican.

Nunca en la historia ha habido periodismo sin presiones. Los medios de comunicación en una sociedad democrática están sujetos a todo tipo de influencias: las del poder político, las empresariales, las de los anunciantes, las de los poderes económicos y financieros, las de sus jefes e incluso las presiones internas de cada periodista individual que acaban conduciendo a la autocensura.

La primera obligación, ofrecer información veraz y contrastada; la segunda, resistir a las presiones

La tensión entre los medios y las instituciones y organizaciones es natural e incluso sana. Forma parte de las reglas del juego de la profesión. Los periodistas quieren saber, buscan las noticias, persiguen la transparencia. Las organizaciones –sean políticas o económicas– tienden a la opacidad. Los periodistas quieren información. Los partidos políticos, propaganda. La primera obligación profesional de los medios es ofrecer información veraz y contrastada. La segunda es resistir a las presiones.

Las crisis económicas –explica el profesor Bilbeny en su libro Ética del periodismo– son épocas peligrosas para el ejercicio del periodismo libre e independiente, en las que se incrementa “el conformismo y la autocensura”. “Al aumentar el desempleo y la precariedad, al reducirse las plantillas, se favorece en los medios informativos el control político y la presión económica”. En definitiva, las crisis acaban volviendo más dóciles a los medios, que pierden autonomía y capacidad soberana para ejercer su papel de vigilantes.

La crisis económica y la radical reconversión tecnológica de los medios, motivada por la revolución digital, han sido una combinación letal para el ejercicio del periodismo tradicional. Y ambas circunstancias han desembocando en una crisis de ética y de valores. Los periodistas pierden autoestima profesional, al mismo tiempo que los poderes políticos, económicos y financieros ganan terreno, aprovechando la debilidad de las empresas editoras.

Ocho años de continuos expedientes de regulación de empleo (ERE), desaparición de medios y precarización han diezmado las redacciones, instalando el miedo como el peor enemigo de cada medio y de cada periodista. Según el Informe Anual de la Profesión Periodística, realizado por la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) a partir de una encuesta entre casi 2.500 profesionales, el 76,8% de los periodistas declara haber recibido presiones. Un porcentaje sin duda elevado que, sin embargo, no produce extrañeza. Lo verdaderamente alarmante es que el porcentaje de periodistas que ceden ante las presiones alcanza el 75% de los que tienen un contrato y el 80% de los profesionales que trabajan en el régimen de autónomos. Del otro lado del muro, el 75% de los periodistas que trabajan en gabinetes de comunicación confiesa que han de ejercer presión sobre sus colegas de los medios con una cierta frecuencia. Las coacciones provienen de la política, la empresa, los bancos, los anunciantes y los propios jefes de las redacciones.

La estadística refleja hasta qué punto los periodistas españoles se encuentran contra las cuerdas. Extraordinariamente débiles para ejercer la función social que tiene encomendada el periodismo libre en las democracias avanzadas. Extraordinariamente débiles para cumplir con su deber.

Cualquier profesional de la información reconocerá estas escenas como habituales en las redacciones de todos los medios españoles. El gesto de horror en la cara del jefe cuando uno de sus periodistas le cuenta la historia que tiene entre manos y que afecta a las prácticas de cualquier banquero o empresario importante. ¿Lo tienes amarrado? Esto será lo primero que escuche. El jefe acercándose al redactor, después de hablar con el responsable de Comunicación de cualquier ministerio, para decirle que el enfoque de su noticia no es exacto. El superior que obliga al periodista a cambiar el título de una noticia que afecta al Gobierno, o a la oposición, para no molestar. El amigo influyente de cualquier personaje que sale en un sumario de corrupción amenazando con querellas porque las filtraciones destruyen su presunción de inocencia. Los redactores que un día son invitados a abandonar la información sobre un club de fútbol porque al presidente del club no le gusta lo que escribe. Comentaristas políticos que son vetados en una emisora porque han publicado en sus medios informaciones –contrastadas y veraces– que dejan en mal lugar al dueño de la cadena. Las historias elaboradas cumpliendo todas las normas de la buena práctica periodística que acaban en un cajón durante semanas o meses porque afectan a un anunciante de campanillas o a un político que mantiene estrechos vínculos con el medio. Noticias que cambian de enfoque por arte de las llamadas que se reciben en cualquier despacho de la redacción. La amenaza de los ERE interminables en los medios desde hace siete años y las represalias que pueden sufrir los periodistas si se salen del marco sitúan el oficio ante el más terrible de los dilemas morales. De hecho, muchos informadores experimentados, periodistas brillantes con una impecable hoja de servicios, han salido de los medios apuntados en la lista de un ERE. La buena noticia es que muchos han tenido la valentía de levantarse para liderar proyectos digitales.

En España se ha dado el caso de empresas importantes que han retirado las inserciones publicitarias en un determinado medio por informar de asuntos poco edificantes que afectaban a sus máximos ejecutivos. En España, el Gobierno utiliza el poder administrativo en la concesión de emisoras de radio y televisión para buscar un tratamiento editorial favorable en esos medios.

La situación ideal es que las presiones no salgan del despacho de los directivos

Sin embargo, la debilidad del periodismo español no solo ni principalmente se deriva de la amenaza externa. El periodista, ante sí mismo. Este es el espejo más inquietante. La falta de credibilidad de los medios españoles, contrastada en todos los sondeos, tiene que ver también –y sobre todo– con nosotros mismos. Hay periodistas que miran hacia otro lado cuando se topan con una noticia que puede desagradar a sus jefes o a la opción política que respalda su medio. Hay periodistas que publican informaciones no contrastadas ni elaboradas de acuerdo con una buena práctica profesional. Hay periodistas que sitúan su vanidad, o sus intereses, por delante de los fundamentos de su profesión. Hay periodistas que asumen la presión sin al menos protestar y defender su trabajo. Hay periodistas famosos que no usan sus influyentes tribunas para tratar los temas con neutralidad, sino para echar una mano a determinados partidos políticos. Cada uno al suyo. Hay periodistas que hacen preguntas para agradar a sus seguidores en Twitter. Hay periodistas que viven para el espectáculo y no para la información. Hay periodistas que no repreguntan por si acaso molestan.

La función básica del periodista es buscar, molestar, preguntar hasta bordear incluso la insolencia. Y la situación ideal es que las presiones nunca salgan del despacho de los directivos de los medios.

“La buena conciencia del periodismo es la que habla con sinceridad al poder. Los héroes de la profesión ciertamente lo hicieron, pero a menudo les costó su puesto de trabajo. Por cada corajinoso empresario periodístico, como Katherine Graham, del Washington Post, que respaldó a sus periodistas en la trama del Watergate, hay otros muchos a quienes no importa sacrificar a sus periodistas con tal de tener contentos a sus amigos poderosos”. Es un párrafo del inmenso discurso de Michael Ignatieff cuando le concedieron el Premio Francisco Cerecedo.

La batalla más difícil: contra uno mismo, no contra el enemigo que presiona

Todos los periodistas del mundo sabemos que nuestras empresas son un negocio y que los negocios tienen sus servidumbres. Sabemos también que la independencia es un principio filosófico que no se derrama gratis sobre las redacciones. La independencia es una colina concreta que se ha de conquistar todos los días, en cada una de las redacciones. Y la batalla más difícil no es la que se libra contra el enemigo que presiona, sino contra uno mismo. Albert Camus nos dejó dicho que la prensa refleja el estado de espíritu de quienes la hacen. El estado de espíritu del periodismo español no atraviesa por un momento de euforia precisamente. Y sin embargo, es en épocas de crisis cuando más se echa de menos la confianza del periodista en su profesión y en sí mismo. Esa es la responsabilidad individual que tenemos con lectores, oyentes y espectadores. La que todos los periodistas deben ejercer cada minuto, cada hora y cada día. Sin conformismos y sin desmayo. No se trata de ser héroes. Solo buenos periodistas como los que salen en Spotlight.

 

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