Libros

13/02/2026

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  • Cincuenta años contra RTVE (1975/2025). Del desastre del bipartidismo al decretazo del gobierno de coalición (José Manuel Martín Medem), por José Ignacio Wert Moreno
  • La Comunicación Corporativa en el ámbito del Derecho a la Información (Ignacio Bel Mallén), por José Manuel Velasco
  • Periodistas en tiempos de oscuridad (Fernando Belzunce), por Julián Quirós
  • Por decir la verdad (Pedro J. Ramírez), por Juan Carlos Laviana

 

‘Cincuenta años contra RTVE (1975/2025). Del desastre del bipartidismo al decretazo del gobierno de coalición’

El presente volumen (el término resulta aquí casi paradójico, dado que consta apenas de poco más de 100 páginas) se titula Cincuenta años contra RTVE (1975-2025). Por si la idea no hubiera quedado suficientemente clara, el subtítulo nos habla “Del desastre del bipartidismo al decretazo del gobierno de coalición”. La imagen con la que se ilustra la portada muestra un viejo televisor con la pantalla rota. Como consecuencia de esto, en ella aparece el logo de RTVE anterior a 2008 partido en pedazos.

Este grado de sutileza del exterior vendrá a ser el que encontremos en el interior de este trabajo de José Manuel Martín Medem (Madrid, 1952). Este profesional lleva los años que reza el subtítulo trabajando para la hoy Corporación pública. Ha desempeñado cargos en las redacciones tanto de RNE como de TVE, así como corresponsalías en México (1989-1992, con la radio, y otra vez desde 1996, ya con la tele), Colombia (hasta 1999) y Cuba (2001-2005). Pero, además, conoce bien el órgano de gobierno de la radiotelevisión pública. Ha formado parte de su Consejo de Administración en dos etapas distintas. La primera (1994-1996), a propuesta de Izquierda Unida, le permitió ser testigo del final del largo mandato de Jordi García Candau. Desligado de la empresa desde que se acogiese a las prejubilaciones de 2007, recibe una oferta de Unidas Podemos para ser su representante en el Consejo que echó a andar en febrero de 2021 y que derivaría en un sinfín de luchas en su seno que provocaron una sucesión de presidencias interinas.

El libro podría resumirse con la foto de aquella pancarta de manifestación viral que decía escuetamente: “Todo mal”. Casi está todo compendiado en este párrafo del principio mismo: “Durante 50 años, entre 1975 y 2025, todos los Gobiernos han impedido que RTVE sea un auténtico servicio público”. Para el autor, el inicio de los males que asolan al antiguo Ente reside en el pacto bipartidista suscrito en 1980 entre la UCD y el PSOE. A partir de ahí, tiende a lo inmisericorde con las distintas Administraciones socialistas y del Partido Popular que se han venido sucediendo. Este último recoge palos por los tratamientos informativos de la etapa de Alfredo Urdaci o por el decreto del Gobierno de Rajoy. Pero reserva una mayor dosis de acidez para el PSOE, especialmente en lo que tiene que ver con los “favores” a las productoras privadas afines. Ni siquiera Zapatero, elogiado con cierta frecuencia por la gestión de sus ejecutivos en RTVE, sale especialmente bien parado.

Casi está todo compendiado en este párrafo: 'Durante 50 años, entre 1975 y 2025, todos los Gobiernos han impedido que RTVE sea un auténtico servicio público'

Lo que más llama la atención de la manera en que Martín Medem afronta este ensayo es que no coloque los capítulos en orden cronológico. Ni siquiera nos sitúa en el final para irnos conduciendo hasta el principio. Los temas se nos presentan desde un cierto desorden. Se detiene en el momento en que el PP le ofrece la presidencia, pese a tratarse de un militante del PCE en ese momento director de Mundo Obrero, en el fragor de las luchas intestinas antes referidas. Acusa a Pilar Miró de “hundir” a RNE. Resalta la importancia del papel del PNV en la vida interna del Consejo, con algún episodio crucial como el del “salvamento” de García Candau. Y afirma que la izquierda carece de política de comunicación.

Hay un cierto abuso del catedrático Enrique Bustamante como argumento de autoridad.

Quien espere que el relato esté salpicado de mucha trastienda e intrahistoria derivada de la condición de testigo privilegiado de su autor se va a llevar un chasco. Es un trabajo tan doctrinal que casi puede decirse que la propia experiencia personal del periodista es secundaria. Ni siquiera existe una aportación verdadera en pasajes como el de las convulsiones en el Consejo a raíz de la contratación de David Broncano.

Hay dos erratas de poca importancia. En el esquema de los medios de comunicación españoles que incluye al final (página 111) sigue metiendo a la revista Cinemanía dentro del grupo Prisa, cuando lo cierto es que desligó de este en 2015 y ahora mismo es propiedad del aragonés Henneo. Además, sitúa la presidencia de Telemadrid de José Pablo López en el mandato de Esperanza Aguirre cuando lo fue en el de Cristina Cifuentes (página 82).

El opúsculo de Martín Medem añade una fuente más para todos los investigadores que quieran trazar la siempre convulsa historia de la Corporación RTVE. Pero palidece en interés y rigor con la reciente obra monumental de alguien que solo ha tratado esa realidad desde fuera, Juan Francisco Lamata, más conocido como “El Buitre”.

José Ignacio Wert Moreno
Periodista en 120 Minutos (Telemadrid), doctor en Comunicación Social, colaborador en El Español, “Revista de Prensa” en La Brújula (Onda Cero) y miembro de la Junta Directiva de la Asociación de la Prensa de Madrid

 

El combate contra la desinformación que une o debería unir a comunicadores y periodistas

Es muy meritoria y entendible la convicción de varios docentes ligados a lo largo de su trayectoria a la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid de que el periodismo y la comunicación beben en la misma fuente académica y comparten ética profesional.

Llevo varias décadas debatiendo amigablemente con Javier Fernández del Moral, quien fuera decano de la facultad en la que me licencié, acerca de la confluencia o la difluencia entre el periodismo y la comunicación. Como él, Ignacio Bel Mallén, quien me dio clase de Derecho de la Información, defiende que en la comunicación ejercemos el periodismo de fuentes, una suerte de periodismo especializado que se vale de los principios y las técnicas del arte de contar noticias.

Hoy, al comentar el libro de Ignacio Bel La Comunicación Corporativa en el ámbito del Derecho a la Información, no voy a discrepar de nuevo de esta tesis -sin que ello signifique que he cambiado de opinión-, porque periodismo y comunicación se necesitan más que nunca.

Durante un tiempo, defendí que la comunicación debería separarse del periodismo, ya que necesitaba crear un perfil funcional propio y diferenciado. Esta divergencia era fundamental para elevar el perfil del jefe de prensa y dotar de un contenido más estratégico a la dirección de comunicación, que no debería limitarse a las relaciones con los medios, como se pensaba en muchas empresas.

Hoy, la comunicación y el periodismo tienen perfiles diferenciados. No son las dos orillas de un río, sino dos embarcaciones profesionales que confluyen en el medio de la corriente informativa y que incluso, en ocasiones, chocan. Los medios siguen siendo esenciales para la labor de las direcciones de comunicación, si bien el foco no debe ponerse en el canal, ni siquiera en los contenidos, sino en las relaciones que se generan a través de ellos.

Ignacio Bel propone equiparar a los 'comunicadores corporativos' con los periodistas en términos éticos y jurídicos

En su obra, Ignacio Bel propone equiparar a los “comunicadores corporativos” con los periodistas en términos éticos y jurídicos. Tras analizar los fundamentos legales y los principios éticos que justifican esta equiparación, sostiene que comunicar no es solo un deber de las organizaciones, sino también un derecho y un deber hacia la ciudadanía.

En esta línea, Bel Mallén argumenta que los comunicadores corporativos deben someterse a estándares éticos similares a los periodistas profesionales, defendiendo valores como la transparencia, la veracidad y el interés público. De hecho, el primero de los 16 principios éticos que deben guiar la labor del comunicador, según la Global Alliance for Public Relations and Communication Management (la federación mundial que aglutina a asociaciones profesionales y entidades académicas) es “servir al interés público”.

Esta obligación de generación de confianza está seriamente amenazada por la desinformación. No es casual que los principales índices de medición de la calidad democrática, como el del V-Dem Institute, lleven años constatando un avance de las autocracias y un retroceso de las democracias liberales. Y no solo en términos absolutos (el porcentaje de población de La Tierra que vive bajo este tipo de régimen), sino también cualitativos. Este déficit democrático está siendo aprovechado de forma oportunista e irresponsable por todos los poderes, especialmente aquellos que se sienten menos concernidos por convicciones morales, en un proceso que convierte a la desconfianza hacia los Gobiernos y sus políticas en un agente que erosiona el orden y la convivencia.

En este contexto, como bien sugiere el profesor Bel, comunicación y periodismo, aún desde posiciones profesionales diferenciadas, deben unirse para defender los principios democráticos que encuentran su asiento en la escucha, el diálogo, la crítica, el debate y la generación de opinión a partir de hechos contrastados y contrastables.

Se podrá discutir que comunicación y periodismo no comparten un mismo origen, pero no que han de unir fuerzas morales para restaurar la confianza. El enemigo está perfectamente identificado: la desinformación en sus distintas manifestaciones.

José Manuel Velasco
Profesor de Comunicación Política y Formación de Portavoces en la Universidad Nebrija

 

Para salir de la oscuridad

Buena parte de los problemas del periodismo no son ya intrínsecos o corporativos, sino que obedecen a desequilibrios de las sociedades modernas, al precario estado de las democracias. Cuando se sigue señalando que el periodismo se ha desconectado de la gente solo es una verdad parcial y superada; muy al contrario, ahora el periodismo sufre similares contratiempos, privaciones y limitaciones que el conjunto de la ciudadanía y del resto del cuerpo social. Fernando Belzunce lo ha explicado de otra manera en diversas entrevistas a raíz de la publicación de su exitoso libro, Periodistas en tiempo de oscuridad, una obra recibida con merecidos elogios dentro y fuera de la profesión. Asegura Belzunce con acierto que “los problemas del periodismo se han globalizado”. Y es así, como se ha globalizado lo que hoy determina nuestras vidas de manera crítica.

La oscuridad a la que hace referencia el título está más en la base de la salud de las democracias, en el devenir del mundo, que en el propio periodismo. Hagamos una lista: el éxito electoral de líderes cada vez más expeditivos, el alza de los discursos demagogos, la polarización de los votantes, el ascenso de fuerzas rupturistas, el escoramiento de las audiencias, las incertidumbres respecto al futuro inmediato, la pérdida de seguridades para muchas capas de la población, el curso imprevisible de la revolución tecnológica y el fiero capitalismo sin reglas de la conquista digital.

Muchas personas perciben una merma de sus espacios de seguridad, sobre todo en las generaciones más jóvenes. Como consecuencia, la demanda de contrapoder natural a la función propia del periodismo va mutando hacia la exigencia de un periodismo acoplado al poder, a algún poder, a alguna parcela de poder; bien a un poder en ejercicio o a un poder que se presenta como alternativa. Una parte de la ciudadanía concibe ahora el periodismo como una herramienta subordinada, un altavoz a cuenta de terceros, en lugar de un sistema autónomo e independiente que busca la verdad y fiscaliza al poder. De ahí que esté causando tan poco escándalo la manera en la que muchos políticos contemporáneos vigilan y acechan a la prensa, pidiéndole explicaciones, invirtiendo los términos de la relación para fortificarse frente al escrutinio exterior. Insistamos, se está aceptando sin resistencia que ya no es la prensa la que tiene la misión de vigilar a los poderosos, sino que son estos los que cuentan con la autoridad para pedirle cuentas a los periodistas; lo que vale no ya para Putin o Maduro, sino para Trump o Milei, también le sirve a Óscar Puente, Jorge Buxadé, Pablo Iglesias y Miguel Ángel Rodríguez.

Un manual de situación. Establece diagnósticos. Marca desafíos. Nada con esa ambición se ha publicado en España en los años recientes. El autor nos trae más de un centenar de testimonios

Del último libro de Fernando Belzunce se puede decir eso de que es una obra muy necesaria. Un manual de situación. Establece diagnósticos. Marca desafíos. Nada con esa ambición se ha publicado en España en los años recientes. El autor nos trae más de un centenar de testimonios; y, en lugar de tomar el protagonismo, se pone detrás de sus entrevistados y los deja hablar, lo que no extraña a quienes conocemos a Belzunce y sabemos que por encima de todo es un periodista consecuente y convencido, con un conocimiento amplísimo, genuino y global de la profesión. Por eso, el libro no se ancla en el escenario español, ni europeo, ni siquiera occidental; por sus páginas sobresalen notables referencias de Asia, de África, de Latinoamérica. Es un libro de ambición global y descubre que las complejidades de hacer periodismo en Valencia no son distintas a hacerlo en San Francisco, Lima o El Cairo. Insistamos en la idea inicial: el propósito de reflejar el estado del periodismo en el mundo da como resultado el estado del mundo respecto a sus principales conflictos.

Si las presiones y tensiones con las que hoy conviven los periodistas se parecen, también se asemejan las dificultades del modelo de negocio, la insuficiencia de los ingresos, la dependencia de los buscadores y agregadores o el nuevo imperio de la inteligencia artificial, que amenaza el hasta ahora imbatible dominio de Google. Es lo que hay; todavía la prensa no ha encontrado un acomodo confortable a las reglas de Google y aparece otro monstruo que puede crear una nueva hegemonía, una nueva era de la comunicación. Los periodistas lo sufrimos en nuestras carnes, pero convengamos que también es una guerra apasionante de contar.

La lista de participantes en el libro es formidable. Los más significativos directores del mundo, los mejores reporteros y corresponsales de conflictos, analistas incuestionables, los mayores expertos digitales, varios premios nobel, en fin... El lector puede consultarlo con facilidad. Por eso, resulta preferible concluir con otra idea de Belzunce, acerca de “los valores morales rectos” con los que se crio y aprendió en las redacciones. Es una idea fundamental, la cual las facultades de Periodismo, por cierto, no han sabido aprovechar del todo hasta convertirla en el pilar de toda la formación académica, más allá de unos conocimientos que se pueden aprender en otros centros o unas habilidades profesionales que se adquieren con el desempeño del oficio. Ni siquiera los periodistas somos conscientes de la cantidad de veces que a lo largo del día nuestro trabajo, nuestras decisiones, están predeterminadas por principios éticos, deontológicos. Hasta en los detalles más inapreciables de una noticia o un enfoque, buena parte de lo que hacemos y lo que publicamos, o no publicamos, está sujeto a una reflexión generalmente intuitiva sobre lo que es correcto y no es correcto hacer. Y justo ese intangible es lo que puede conseguir que la marea digital no se lleve por delante los fundamentos del buen periodismo. Y salgamos así de la oscuridad.

Julián Quirós
Director de ABC

 

‘Por decir la verdad’

Son muchos los testigos de los múltiples acontecimientos que han marcado nuestro devenir en la reciente historia de España. Muy pocos son los observadores que han vivido tan de cerca todos los eventos más relevantes. Y solo uno de esos pocos lleva 45 años, desde la atalaya privilegiada del director de periódicos, observando en primera línea los avatares de nuestro tiempo. En la segunda entrega de sus memorias -Por decir la verdad-, Pedro J. Ramírez relata e interpreta lo sucedido en este país desde el mayor atentado de su historia, el del 11 de marzo, hasta su cese como director de El Mundo, el mismo año en que Pedro Sánchez ganaba las primarias del PSOE.

Durante el periodo abarcado por este volumen, el que va de 2004 a 2015, España vivió acontecimientos de gran trascendencia, que el entonces director de El Mundo -periódico que había fundado en 1989- rememora con la minuciosidad propia del cirujano y la fluidez del periodista que tuvo que informar fielmente sobre ellos. El autor cuenta también con la ventaja de disponer de material de primera mano, al tener línea directa con muchos de los protagonistas de esos acontecimientos.

No es baladí la elección como punto de partida de la narración el atentado de la T4 en 2006, que costó la vida a dos ecuatorianos y provocó heridas graves a más de 20 personas. Aquellos asesinatos de ETA se producían en medio de un proceso de negociación muy avanzado, que había creado un clima de optimismo sobre el final de la banda como nunca se había vivido.

El presidente del Gobierno de entonces, José Luis Rodríguez Zapatero, mantenía una muy buena relación con el director de El Mundo, lo que permite a Ramírez contar, con todo lujo de detalles, cómo se desarrolló aquel largo y tortuoso proceso, que terminó con el anuncio del abandono definitivo de las armas por parte de los terroristas.

Un testimonio imprescindible para conocer la historia de nuestro país durante esos años, pero también la intrahistoria del decisivo papel jugado por el periódico con sus investigaciones

Las memorias entrelazan el relato de los acontecimientos trascendentales del periodo, con infinidad de aportaciones, con la descripción del trabajo periodístico que se desarrollaba en la redacción para cubrir esos hechos cruciales. Esta particularidad convierte Por decir la verdad en un testimonio imprescindible para aquellos que quieran conocer la historia de nuestro país durante esos años, pero también para los interesados en la intrahistoria del decisivo papel jugado por el periódico con sus investigaciones.

No hay que obviar que precisamente esa década fue crucial para la profesión, ya que coincide con la irrupción de internet y la de la revolución digital en las redacciones. Ramírez se detiene en cómo El Mundo afrontó la transformación de un periódico elaborado solo para el papel en un diario, sobre todo, digital, pero sin perder sus esencias. De hecho, Elmundo.es se convirtió en el medio líder de la prensa en español.

La mayor crisis económica desde 1929, el crac financiero de 2007-2008, fue otro factor determinante del periodo que abarcan estas memorias. Tanto por cómo afectó a la empresa editora de El Mundo -fuertemente endeudada por la reciente compra del Grupo Recoletos- como por la información de primera mano ofrecida por el periódico sobre los intentos fallidos del presidente Zapatero para evitar los catastróficos efectos de la depresión.

Tan devastado estaba el país que el presidente se vio obligado a convocar elecciones y dar paso a Rajoy. El nuevo presidente y Ramírez mantuvieron una relación correcta hasta que el periódico empezó a desatar los casos de corrupción del Partido Popular. El director cuenta, paso a paso, cómo fue esa investigación, que culminaría con la publicación de los mensajes de SMS del presidente al tesorero Luis Bárcenas, encarcelado. El “Luis, sé fuerte” resumiría en tres palabras la corrupción del entonces partido gobernante.

La publicación de la verdad tuvo un precio muy alto para el director de El Mundo. Una acción combinada de la cúpula del PP, el entonces rey Juan Carlos (del que el periódico destapó sus corruptelas), destacados miembros del poder económico y financiero y las maniobras de directivos de Unidad Editorial culminó con el cese del fundador y director del diario.

La descripción detallada de este episodio cierra la narración del segundo volumen de las memorias de Ramírez no con un punto final, sino con un punto y aparte. Punto y aparte, porque ya se apunta la creación de su tercera cabecera como director, El Español, que en este año 2025 celebra su décimo aniversario. Esa nueva década y las que vengan serán, sin duda, el objeto de una tercera entrega.

Juan Carlos Laviana
Periodista freelance. Colaborador de varios medios. Fundador y director adjunto de El Mundo (1989-20216) y redactor jefe de Diario 16 (1980-1989)

 

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