19/12/2025

Acusaciones de vulneración de directrices editoriales y decadencia interna

Trump contra la BBC: la crisis sin precedentes de la institución británica

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Escrito por Celia Maza

La cadena pública se enfrenta a una crisis a distintos niveles que se ha convertido también en un arma arrojadiza en la batalla cultural británica, en medio de la renovación de su modelo de financiación. A este viejo fantasma se suman las recientes quejas por vulneración de sus directrices editoriales: la amenaza de una multa millonaria por parte del presidente de los Estados Unidos ha sido la última de una lista que se ha incrementado en poco tiempo y por la que se han producido importantes dimisiones. Existe la duda de si está siendo víctima de una ofensiva ideológica orquestada por la derecha o si padece una decadencia interna que ella misma ha permitido.

 

* CELIA MAZA

No es fácil tener a Donald Trump como enemigo. Y la BBC puede dar muestra de ello. Fundada en 1922, la organización nacional de radiodifusión más antigua del mundo ha sido durante décadas un laboratorio en el que se han librado algunas de las batallas políticas más duras del Reino Unido. Churchill la acusó de derrotismo durante la guerra; Thatcher la tildó de izquierda cultural; los laboristas, por su parte, siempre sospecharon de una complacencia hacia la prensa conservadora. Producir noticias que se adapten al gusto variado de todo un país, así como a una creciente audiencia internacional, es una tarea complicada. Pero nunca había estado bajo la amenaza directa de una demanda multimillonaria del presidente de los Estados Unidos, amplificada a escala global en un ecosistema mediático hiperpolarizado.

La polémica ha llevado a la dimisión del director general de la BBC, Tim Davie, y de la responsable de Noticias, Deborah Turness. Viejos fantasmas -acusaciones de sesgo persistentes, tensiones estructurales y un modelo de financiación permanentemente en la cuerda floja- han reaparecido con una intensidad inédita. Tener al inquilino de la Casa Blanca alineado con las fuerzas británicas más hostiles a la corporación ofrece a la derecha radical la plataforma perfecta para revivir un relato que lleva años incubándose: la idea de que la BBC es “un nido de comunistas” financiado a costa del contribuyente.

Pero la crisis sin precedentes va más allá. En un mundo donde las “noticias falsas” se propagan a velocidad de vértigo y donde incluso democracias consolidadas carecen de instituciones públicas robustas, una BBC debilitada supone un golpe de enormes proporciones para la calidad de la información en Occidente. En plataformas como Facebook, las cinco páginas de noticias más seguidas son ya de medios controlados por Pekín, que difunden contenido en inglés a audiencias globales. La BBC aparece en sexto lugar, aunque su influencia está en descenso. De ahí que muchos expertos adviertan de que erosionar o desmantelar la corporación sería “un acto de autolesión” para el ecosistema informativo occidental.

Los fallos editoriales de los meses previos al escándalo con la Casa Blanca habían tensado el clima interno. En el pasado mes de septiembre, la unidad de quejas determinó que se habían vulnerado las directrices editoriales al emitir una actuación en Glastonbury en la que se escuchaban cánticos de “¡muerte al IDF!” (en referencia al Ejército israelí). En octubre, Ofcom, el regulador audiovisual, concluyó que la BBC cometió una “grave infracción” al no revelar que el narrador de un documental sobre Gaza era hijo de un miembro de Hamás. Y el episodio con Trump fue finalmente la gota que colmó el vaso.

Una BBC debilitada supone un golpe de enormes proporciones para la calidad de la información en Occidente

La polémica estalló a principios de noviembre cuando el rotativo conservador The Telegraph reveló un informe interno que acusaba a la BBC de haber manipulado el discurso del republicano durante el asalto al Capitolio en enero de 2021, juntando frases separadas, por lo que podía sugerir que había instigado la violencia. El autor de dicho memorando era un exasesor externo de la cadena, Michael Prescott, que afirmaba que existían “problemas graves y sistémicos” en la corporación, alegando, entre otros, un sesgo progresista en la cobertura de las elecciones estadounidenses, Gaza y las cuestiones de diversidad racial y transgénero.

Lo que Trump dijo en su discurso fue: “Vamos a caminar hasta el Capitolio y vamos a vitorear a nuestros valientes senadores y congresistas”. Más de 50 minutos después, añadió: “Y lucharemos. Lucharemos con todas nuestras fuerzas”. Lo que se mostró en el vídeo emitido por Panorama, programa insignia de la BBC, fue: “Vamos a caminar hasta el Capitolio... y estaré allí con ustedes. Y lucharemos. Lucharemos con todas nuestras fuerzas”.

El presidente de la BBC, Samir Shah, pidió disculpas públicas y reconoció un “error de juicio”. Sin embargo, Trump no desaprovechó la oportunidad y anunció que estudiaba presentar una demanda “por no menos de mil millones de dólares”. Al cierre de esta edición, no se ha formalizado ninguna acción legal. Eso no significa que el presidente estadounidense vaya a dejar de hablar de ello, ya que la retórica del enfrentamiento con la BBC encaja de forma perfecta en la narrativa que lleva utilizando desde 2016 para galvanizar a su base: la idea de que los grandes medios son fake news que tratan de destruirle.

En el Reino Unido, uno de los más rápidos en reaccionar ha sido el populista Nigel Farage, líder del partido de derecha radical Reform UK, cuyo auge en las encuestas le consolida seriamente como alternativa real al sistema bipartidista. “Esto no va de Trump”, proclamó. “Esto es la prueba final de un sesgo que lleva décadas corroyendo a la BBC”, manifestó ante sus fieles cuando estalló el escándalo. Sus palabras fueron recibidas con entusiasmo por sus seguidores, que llevan años pidiendo la abolición o una reforma radical del canon televisivo, la pieza central del sistema de financiación de la institución.  Todos los hogares británicos que tengan televisión en sus casas deben pagar hoy 174,50 libras anuales -unos 200 euros-, más que una suscripción conjunta a Netflix y Disney+, dos de los grandes competidores de la BBC.

La tormenta coincide precisamente cuando la corporación se enfrenta a su examen más decisivo: la renovación de la Royal Charter, que regula su modelo de financiación y las reglas que regirán su futuro para la próxima década a partir de 2027.

Ningún partido quiere ser acusado de destruir la BBC, pero tampoco quiere asumir el desgaste de aumentar la cuota del canon

El canon hace tiempo que es un arma arrojadiza en la batalla cultural británica. Para la derecha radical, es un “impuesto ideológico” destinado a sostener a una élite liberal que no representa al país real.

Para el Gobierno del laborista Keir Starmer, es un tema políticamente delicado: ningún partido quiere ser acusado de destruir la BBC, pero tampoco quiere asumir el desgaste de aumentar la cuota. De momento, no ha aclarado si mantendrá este sistema o explorará alternativas que pasan desde un impuesto cultural general, hasta un sistema por dispositivo o un modelo mixto que combine ingresos públicos y comerciales.

La ministra de Cultura, Lisa Nandy, aseguró en enero de 2025 que estaba “pensando en alternativas radicales” y no descartaba una transición hacia un modelo de suscripción. Con todo, al estallar la polémica, ha mostrado su respaldo a la cadena. “No es solo una emisora, sino una institución que pertenece a todos los británicos”, señaló en su comparecencia en la Cámara de los Comunes el pasado 11 de noviembre. Matizó que tiene la responsabilidad “de mantener los más altos estándares; y, en caso de incumplimiento, se deben tomar medidas firmes, rápidas y transparentes”. Afirmó que las preocupaciones planteadas eran serias, pero recalcó “que algunos diputados han ido más allá al sugerir que la BBC tiene un sesgo institucional”.

A lo largo de su dilatada historia, la corporación pública ha lidiado diferentes disputas con los Gobiernos de todo signo político. Los laboristas estiman que no hace balance con medios escritos -de mayoría conservadora-; en su día criticaron la cobertura de la guerra de Irak, y se quejaron también del trato que recibía el que fuera su líder, Jeremy Corbyn, considerado el Pablo Iglesias británico. Por su parte, los tories la consideran una institución “metropolitana elitista y liberal”, incapaz de entender el sentir de las provincias que votaron el brexit.

Con todo, el choque con Boris Johnson -que antes de ser primer ministro fue periodista- alcanzó un nivel inédito. No solo amenazó con eliminar el canon, sino que encargó a Robbie Gibb -exjefe de comunicación de Theresa May y hoy miembro de la Junta Directiva de la cadena pública- supervisar una revisión de los valores editoriales de la corporación. Gibb ha sido acusado por antiguos directivos de impulsar una “purga ideológica” contra perfiles progresistas, algo que él niega enérgicamente.

El desafío demográfico es central en la crisis: la audiencia joven ha migrado a plataformas globales, en las que el consumo es fragmentado y algorítmico

Si bien la BBC se define como independiente, la composición de su Junta Directiva (que nombra a sus representantes de manera paulatina, para evitar poner o quitar todo un equipo con la llegada de cada Gobierno) sigue reflejando en gran medida las designaciones realizadas por los Gobiernos conservadores entre 2010 y 2024. De momento, el Ejecutivo de Starmer solo ha colocado a dos integrantes, por lo que el peso institucional continúa inclinado hacia perfiles escogidos durante la etapa tory.

Ante este panorama, Westminster se pregunta si la BBC está siendo víctima de una ofensiva ideológica orquestada desde la derecha o si padece una decadencia interna que ella misma ha permitido. Lo cierto es que ambas tesis conviven.

Por un lado, existe una guerra cultural abierta. GB News, el canal conservador que se presenta como la alternativa patriótica a la BBC, no pierde ocasión de caricaturizarla como parte de un stablishment globalista alejado del votante medio. Por otro lado, la corporación arrastra problemas estructurales profundos: burocracia excesiva, lentitud en la toma de decisiones, falta de diversidad socioeconómica en la plantilla y un sistema de controles editoriales que no se ha adaptado al ritmo frenético del ecosistema digital.

Uno de los análisis más matizados provino de The Economist, que asegura que la BBC no tiene un problema de “sesgo político”, sino de “sesgo cultural” derivado de la combinación explosiva entre edad, lugar de origen y filtros de reclutamiento de personal. El país ha cambiado: la brecha política ya no se explica por la clase social, sino por la edad. Y la BBC, cuyos equipos son más jóvenes y metropolitanos que en gran parte del país, tiene dificultades para representar esa diversidad generacional y territorial.

El desafío demográfico es central en la crisis. La audiencia joven ha migrado a plataformas globales, en las que el consumo es fragmentado y algorítmico. TikTok, YouTube, Netflix o Disney+ dominan la conversación entre quienes tienen menos de 35 años. La BBC ha invertido en expansión digital, pero no ha logrado convertirse en un referente para ellos. Su audiencia más fiel está entre los mayores de 45 -y aún más entre los de 65-, el grupo que pasa más horas frente al televisor y, al mismo tiempo, el que más se siente distanciado de su línea editorial. La corporación se sostiene sobre un grupo social que culturalmente se aleja de ella.

Aunque no es perfecta, la BBC sigue siendo una de las mayores fuentes de información veraz del mundo

Además, la BBC ya no es la fuerza hegemónica de antaño. En información, compite con Sky News, ITV, Channel 4 y una galaxia de medios digitales que operan las 24 horas con enfoques más segmentados. En entretenimiento, lucha contra plataformas globales con presupuestos infinitos. En información internacional, la pugna es aún más dura: medios estatales autoritarios con estrategias digitales agresivas están moldeando narrativas en todo el planeta.

Todo ello ha creado la tormenta perfecta para plantear el futuro de la corporación fundada hace más de un siglo por John Reith con el objetivo de “informar, educar y entretener”. La BBC sigue siendo una de las mayores corporaciones mediáticas internacionales. Emplea a unas 22.000 personas entre puestos fijos y colaboradores, y opera una amplia red de servicios; entre ellos, ocho canales de televisión en el Reino Unido, 11 emisoras nacionales de radio y más de 40 locales, además de un extenso ecosistema digital y la marca global BBC World Service.

Se trata también de un gran símbolo para el llamado “poder blando” del Reino Unido. Quizá el más importante por detrás de la Familia Real. No obstante, en la era actual, debería replantearse su misión, comenzando, por ejemplo, por apostar entre la información o entretenimiento, porque quizá uno de sus grandes problemas es que intenta abarcar demasiado.

Pat Younge -ex director creativo de BBC Television y actualmente presidente del British Broadcasting Challenge, que promueve el debate público sobre la radiodifusión pública del Reino Unido- lo resume en una línea: “La BBC debe reconstruirse en torno a aquello que el mercado no hace”. En su opinión, eso significa reforzar su división de noticias y verificación, recuperar ambición cultural, abandonar parte del entretenimiento masivo financiado con dinero público, descentralizar su producción y acelerar la transformación digital para competir realmente en iPlayer y en redes sociales.

Otras voces piden reformas en la gobernanza: un consejo menos politizado, procesos más transparentes, una estructura editorial más ágil y la creación de mecanismos que permitan detectar errores antes de que lleguen al momento más alto de visibilidad. Hay consenso en que la BBC debe dejar de ser una organización tan lenta para adaptarse a una industria en la que la reacción inmediata es vital.

En cualquier caso, “la Tía Beeb” (The Auntie Beeb), como se conoce familiarmente a la BBC, hasta ahora ha ido superando todas sus crisis existenciales. Durante la pandemia de covid-19, la emisora ​​pública reafirmó su valor difundiendo información sanitaria, educación a distancia y programación religiosa. Y ahora, cuando los cimientos de un debate democrático informado están siendo atacados en todo el mundo por una combinación de deepfakes generados por inteligencia artificial, propaganda estatal hostil y algoritmos que amplifican las divisiones a través de las redes sociales, su misión es más importante que nunca.

Las plataformas tecnológicas a través de las cuales se distribuye, consume y comparte la mayor parte del contenido mediático y noticioso (X, Facebook, Instagram, WhatsApp, Amazon Web Services y Prime Video, TikTok USA, YouTube y Google) son propiedad o están controladas por seis multimillonarios estadounidenses que persiguen intereses personales.

En los Estados Unidos, el regulador de las comunicaciones ha actuado como un brazo del Ejecutivo en lugar de defender la libertad de expresión, y los directivos de medios aduladores han cedido ante amenazas legales con motivaciones políticas. Mientras tanto, Trump ha retirado prácticamente toda la financiación de la televisión y la radio públicas.

Ante esto, la BBC, aunque no es perfecta, sigue siendo una de las mayores fuentes de información veraz del mundo. A medida que los periódicos se marchitan y la televisión es absorbida por plataformas de streaming que no publican noticias, como Netflix, un futuro con una BBC News más pequeña o inexistente implicaría un menor conocimiento. En definitiva, lo que ocurra en los próximos años no decidirá solo el futuro de la institución británica, sino también el papel del periodismo público en un mundo en el que la desinformación ya no es una amenaza, sino una infraestructura global.

 

Pie de foto: Sede de la BBC en Londres. EFE/EPA/Andy Rain

 

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