06/07/2022

Mejores praxis periodísticas de la invasión a Ucrania

Periodismo en guerra

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Escrito por Pilar Bernal

La presencia de la prensa en Ucrania tras la invasión ha permitido que las necesidades informativas de los públicos globales se hayan visto satisfechas por una poderosa legión de corresponsales de guerra, que ha apostado por unos frentes de batalla convertidos en un gran foco de atracción. Informadores de todas las categorías profesionales, con muy diversos niveles de experiencia y variopintos estándares de seguridad, acudieron masivamente a la zona.


PILAR BERNAL*

Los medios de comunicación construyen plano a plano la visión que los públicos tienen sobre la realidad internacional. El combate por la narrativa se presenta despiadado cada vez que el destrozo de la guerra impone su reinado en un territorio. Cuanto más próximo se escucha el latido de las hostilidades, más hambre de información sienten los espectadores de este continuum de eventos globales e interconectados: pandémicos, volcánicos o bélicos. Sin embargo, la búsqueda y selección de la verdad, motor del trabajo periodístico, se complica por la sobreabundancia de información disponible que rige nuestra dieta de consumo mediático, en su sentido más amplio. Además, con frecuencia, los legítimos intereses comerciales de las empresas periodísticas colisionan frontalmente con la vocación de equilibrio, mesura y prudencia que debería gobernar las escurridizas informaciones relativas a un conflicto.

Las noticias de la guerra -de casi todas las guerras retratadas- son un reclamo formidable. Historias que se revelan aún más poderosas con las posibilidades que la tecnología nos proporciona actualmente para retrasmitir datos desde cualquier lugar, alimentando en todo momento una tensión informativa que, sobre todo en los primeros compases del evento, resulta seductora y parece inagotable: “La información internacional encuentra en el impacto y en la trascendencia que tienen estas noticias un recurso para aumentar su relevancia y su prestigio”[1]. “La guerra vende” y aporta un caché adicional a los medios que apuestan por relatarla en cualquiera de sus dimensiones probables (militar, víctimas civiles, consecuencias económicas, etc.). El reporterismo de conflicto toca las tripas de la concurrencia y cumple con todas las pirámides de los criterios de lo noticioso: “informaciones que pueden nacer lejos, pero que tienen consecuencias próximas (…), que no se detienen ante las fronteras, que acontecen en un lugar, si bien tienen su explicación en otro distinto”[2].

La humanidad que se respira en el corazón del conflicto, el dramatismo de las situaciones extremas y los héroes y los monstruos que emergen o que se construyen a favor de la propaganda de guerra, en contextos límite, configuran algunos de los ingredientes esenciales del brebaje informativo de estos paisajes de sufrimiento y destrucción. Se trata de elementos que resultan, narrativamente, muy potentes. Todos ellos han estado presentes, de un modo u otro, en el relato escogido por miles de periodistas internacionales desplazados a Ucrania desde el inicio de la invasión rusa.

Una Europa atónita ha observado, desde el pasado 24 de febrero, el desconcierto que genera una contienda en los confines comunitarios, provocada por la ambición insaciable de un vecino inevitable: la Rusia de Vladimir Putin. La presencia de la prensa ha permitido que las necesidades informativas de los públicos globales se hayan visto satisfechas por una nutrida legión de corresponsales de guerra, que ha apostado por unos frentes de batalla convertidos en un gran foco de atracción. Informadores de todas las categorías profesionales, con muy diversos niveles de experiencia y variopintos estándares de seguridad, acudieron masivamente a la zona en el transcurso de las primeras semanas, con un constante goteo posterior que no ha cesado.

El asalto a gran escala, comandado por Vladimir Putin, se desencadenó en paralelo a un despliegue de contenidos maliciosos, orquestado por el mismo Kremlin, cuyo objetivo era generar un clima de desinformación total en torno al rumbo de la ofensiva. Sin embargo, en esta ocasión no parece haber tenido éxito, al menos frente a Europa, a diferencia de otras guerras como la de Siria en las que las estrategias de guerra híbrida rusas hicieron su trabajo. La prohibición en la Unión Europea de los medios adscritos a Moscú, RT y Sputnik, parece haber servido para que Occidente se blinde ante la retórica del dictador ruso, que concentra su artillería informativa en otras direcciones. Por un lado, hace retroceder las escasas libertades de las que gozaban los rusos, sembrando la confusión en los medios afines, todos a estas alturas, y condenando a la ya casi invisible prensa independiente. Por otro lado, enfocando sus armas de desinformación masiva hacia otros mercados como TikTok, inoculando mensajes que hacen dudar al público acerca de cada aspecto de la guerra, cuestionando las masacres, convirtiendo en meme, por ejemplo, el horror vivido por los habitantes de Bucha y documentado por decenas de periodistas.

Nuevos retos en seguridad y salud
Además, este conflicto ya nos deja varias lecciones. Tal y como explican muchos de los colegas desplegados y los propios especialistas en seguridad, los protocolos para salvaguardar las vidas de los reporteros deben revisarse tras la experiencia en Ucrania. Con ocho periodistas fallecidos en lo que va de conflicto, la sombra del crimen de guerra planea sobre la mayoría de esas muertes, tal y como ha denunciado Reporteros Sin Fronteras (RSF). La amenaza lleva al riesgo; de ahí, al peligro y, en ocasiones, al daño mortal.

La experiencia de Irak, Afganistán o Siria no sirve de mucho en Ucrania

La experiencia de Irak, Afganistán o Siria no sirve de mucho para afrontar este nuevo modelo bélico en el que se enfrentan dos ejércitos del siglo XXI, en una batalla atroz que aplasta tanto en tierra como desde el aire, indiscriminadamente, lo físico como lo psíquico. Todo es íntimo y personal en una experiencia tan súbita y dolorosa para las víctimas. Por eso, cualquiera que padece un conflicto, padece su propia guerra, también los periodistas que requieren de cuidados cuando vuelven a casa. La salud mental y el tratamiento de las secuelas que dejan estas vivencias deben ser obligación de las empresas periodísticas que no pueden desatender a quienes arriesgan sus vidas por contarlo. No se obliga a los reporteros a ir a una guerra, habitualmente se trata de un acto voluntario; sin embargo, los medios deben valorar el esfuerzo y preparar el retorno.

La guerra nos pilló en directo
La larga escalada que precedió al conflicto, con los servicios de inteligencia de la Administración Biden desvelando los planes ofensivos de Putin, facilitó que multitud de equipos se adelantasen. Los tambores de guerra que anunciaron la invasión, ampliamente profetizada, hicieron que muchas dotaciones informativas de todo el mundo ya estuvieran sobre el terreno cuando se produjo la concentración de tropas rusas en la línea ruso-ucraniana y la posterior violación de todas las reglas del derecho internacional más elemental, con el cruce de la frontera.

Ello generó que, cuando estalló “la gran historia”, muchos reporteros estuvieran prevenidos, enviando crónicas de la situación: la noticia “les pilló en directo”. La labor sobresaliente de periodistas españoles, como la enviada especial de El País, María Sahuquillo, o el enviado de El Periódico, Marc Marginedas, ambos buenos conocedores de las claves del contexto por su experiencia como corresponsales de sus medios en Moscú, fueron el mercurio de un termómetro informativo básico para entender el alcance de la noticia en esos instantes preliminares, con crónicas estelares que presagiaban lo que estaba por venir.

Posteriormente, multitud de medios y periodistas independientes se apresuraban a entrar en Ucrania para relatar la guerra desde el centro y el este del país o desde la retaguardia en la ciudad ucraniana de Leópolis, a unos 70 kilómetros de la frontera con Polonia, convertida en zona franca para la prensa y sede del primer centro de prensa de Reporteros Sin Fronteras.

Aquellos primeros días no era imprescindible llevar equipo de protección (chaleco y casco antibalas), de modo que muchos jóvenes periodistas viajaron “con lo puesto, una mochila y un plumas”, comentaba alguno de los que contactaban con RSF España. No obstante, conforme se agudizaba la situación, las condiciones para atravesar la frontera desde Polonia se complicaron, puesto que el ejército de Ucrania empezó a exigir acreditaciones, equipo de protección y seguro. Hacía falta un chaleco antibalas y un casco para poder realizar la cobertura, un material básico del que muchos no disponían.

Reporteros Sin Fronteras España, cuya razón de ser es defender la libertad de prensa y a los periodistas, distribuyó todos sus equipos de protección disponibles en las primeras semanas. Tanto socios freelances como algunos afiliados a la organización que trabajaban como personal fijo de medios importantes utilizaron los equipos de RSF porque sus empresas no contaban con material homologado para mantenerles a salvo. Enseguida se acabaron las existencias. Los esfuerzos del equipo de la ONG para recabar más chalecos y cascos no obtuvieron sus frutos: en esos días se solicitó el apoyo del Ministerio de Defensa de España para conseguir más material, una solicitud de socorro que fue denegada.

Al menos 135 reporteros españoles han cubierto la guerra desde Ucrania y países limítrofes

El censo elaborado por Reporteros Sin Fronteras y la Universidad de Valladolid ha constatado que al menos 135 reporteros españoles han estado en Ucrania y en países limítrofes (Polonia, Hungría, Rumanía y Moldavia) desde el comienzo de la invasión. La diversidad de perfiles profesionales identificados aporta una pluralidad y una cantidad de ángulos y formatos nunca vista en el reporterismo español, pese a la gran tradición que nuestro país acumula en coberturas en entornos hostiles.

Para intentar categorizar a los distintos tipos de periodistas que han documentado los enfrentamientos, en las sucesivas fases de las hostilidades vividas hasta ahora, habría que tener en cuenta que casi la mitad de los que viajaron a la zona eran freelances. Algunos lo hicieron sin haber pactado previamente servicios con un medio de comunicación. Así, en una primera clasificación, habría que diferenciar tres grupos: los periodistas de plantilla, los colaboradores fijos con compromiso previo de venta de sus trabajos y los freelances que se han desplazado para realizar colaboraciones eventuales pero sin haber cerrado acuerdos firmes con ninguna compañía de medios.

En el primero encontramos a profesionales, generalmente, con un recorrido amplio en coberturas internacionales. Muchos de ellos son experimentados corresponsales de medios en otras zonas del mundo que se ofrecieron o se les propuso cubrir esta nueva guerra europea. A esta rama pertenecen los reporteros de las agencias, la televisión y la radio públicas o los asalariados de los medios de prensa clásicos, bastantes con un sólido bagaje en la cobertura de conflictos armados. Ellos representan el ámbito más robusto de la profesión: periodistas bien remunerados que acuden a zonas hostiles con el respaldo de sus empresas, las cuales se ocupan de proveerles la seguridad imprescindible para poder cubrir una guerra de manera digna.

La periodista de RTVE Almudena Ariza forma parte de este conjunto imprescindible. Es una de las reporteras más completas y creíbles del paisaje mediático en nuestro país. Sus crónicas de lo concreto, en este mundo virtual donde se comparte indiscriminadamente sin el peso del testigo ocular, incluyen una autoridad tremendamente valiosa. Veteranos como Javier Espinosa, de El Mundo, bregados en las trincheras de Siria, Irak o Afganistán, y Plàcid García-Planas, de La Vanguardia, volvían a demostrar la fineza de las plumas insustituibles. La solera de Fran Sevilla, cruzando océanos desde su posición en la oficina de RNE en Washington, ponía de manifiesto el olfato de los reporteros de raza para volver a la carga, al igual que productores míticos como el cartagenero Simón Casanova, curtido en mil frentes, y el imbatible Miguel Ángel de la Fuente, un cámara que entusiasma con la sobriedad de sus imágenes, acompañando los elocuentes reportajes de Óscar Mijallo.

Buena parte de estos y otros muchos “clásicos” han adaptado el relato a los tiempos, creando en pódcast y para redes, asumiendo nuevas formas narrativas para un nuevo tiempo de guerra.

Este rol multitarea afecta, aún más, a los reporteros freelances, que apenas logran rentabilizar la cobertura trabajando para distintos medios: directos para televisiones, textos para prensa o crónicas radiofónicas, sin olvidar la presencia perpetua en redes sociales, a la que muchos están obligados para seguir siendo visibles y así lograr vender sus contenidos. La periodista Pilar Cebrián, colaboradora de Atresmedia y otros medios, ha ejemplificado esa pelea por un periodismo casi artesanal al borde de la frontera polaca que peinó durante semanas, elaborando reportajes de altísima calidad en los que se ponía en valor el “contar”, además del “estar” sobre el terreno.

Nuevos perfiles
Los nuevos roles profesionales, surgidos al pairo de las tecnologías de la información y de las innovadoras rutinas de producción informativa, han alcanzado al periodismo de guerra, que está reinventando su forma de explicar durante este enfrentamiento. Así encontramos la minería de datos bélicos, por primera vez en un conflicto europeo, la precisa investigación de inteligencia de fuentes abiertas (Osint), la cual facilita narrativas impensables en el pasado y ha permitido una continua y rigurosa monitorización de los avances de unos y otros. Asimismo, destacan herramientas originales como la desarrollada por el Lab de RTVE, Be Witness, para detectar evidencias que documenten crímenes de guerra.

En el punto de partida de la información, las excepcionales enviadas especiales de agencias como Efe, con Sara Gómez Armas, que ilustra, además, la consagración definitiva del reportero de guerra multitarea: escribe, pero también elabora contenidos audiovisuales y produce materiales de gran nivel para redes. El caso de fotorreporteros como Anna Surinyach, editora de la Revista 5W, representa el temple del periodismo más sereno, en medio del caos ajetreado de una guerra; el relato colateral que han llevado a cabo realizadores como David Fontseca desde Transnistria (Moldavia), y el objetivo único y las crónicas certeras del reportero Luis de Vega.

Los perfiles polivalentes los conquistan también jovencísimas periodistas como Sara Rincón, colaboradora de medios como La Sexta y Univisión, con una vibrante y continua presencia en redes sociales, primero en el relato de los refugiados, después en el corazón del conflicto. Ella sirve de inspiración, incluso, para estudiantes de Periodismo que se desplazan a la zona de guerra para hacer sus trabajos fin de máster.

En otro extremo, la frescura osada y cargada de matices a la hora de interpretar los hechos que encarnan reporteras como Ebbaba Hameida, de RTVE.es, con una sensibilidad exclusiva para las víctimas de la guerra, un ángulo en el que nunca se hierra, con una atención al detalle que nos permite vislumbrar el cuadro de una realidad compleja, en medio de tanto desastre. Ella simboliza el valor de contar lo que ha visto y oído, como testigo irremplazable de los hechos vividos. En esa tarea, también está el reportero de RTVE Víctor García Guerrero, sorprendido en Ucrania por la explosión del conflicto y preocupado, en el transcurso de sus dos coberturas allí, por haber relatado las consecuencias de la guerra, pero no la guerra en sí. La mesura de sus crónicas le ha permitido no bajar la guardia ante el peligro del alineamiento, una de las amenazas que más sufren los reporteros de guerra. Defiende que los periodistas no son militantes y por eso no deben tomar partido, sino buscar explicaciones siempre, frente a cualquier bando, rusos o ucranianos; y ello, insiste, no significa justificar, sino buscar respuestas. Ha sufrido los intentos de intoxicación y la censura por parte del ejército de Ucrania, como buena parte de sus colegas. Su bala de plata es ignorar todas aquellas informaciones oficiales que no logra contrastar por otra fuente, porque es muy consciente de que los periodistas en esta, como en todas las guerras, son objetivos prioritarios de la propaganda de ambos contendientes. Hay una oferta suficiente de sesgo, argumenta, y él se resiste a alimentarla.

De ahí la exigencia irrenunciable de que el periodismo de guerra no se convierta en un periodismo en guerra frente al que resisten reporteros pertinaces en la búsqueda de la verdad; esos que no se sienten en guerra con nadie por muy injustos e injustificables que sean los conflictos: “estar en guerra no es mi trabajo, sino contarla”, añade. El entusiasmo del deseo, la fuerza de la razón moral o el armazón incuestionable del derecho internacional no pueden enturbiar la concreción transparente de los hechos y la férrea necesidad de la independencia informativa.

El peligro invisible de contar solo una parte de la historia lo conjuró Manel Alías, de TV3, empotrándose con las tropas rusas y elaborando crónicas impecables que permiten vislumbrar otras piezas de un conflicto enormemente complejo. Un ejercicio de comunicación equilibrada que demuestra que es posible informar con perspectiva, sin importar quién sea quien te lleve al campo de batalla. Él recorrió y mostró el escenario descarnado del sitio de una ciudad que parecía de otra época: en Mariúpol, captó el espanto producido por los soldados rusos desde los vehículos de los propios invasores, con la legitimidad del yo testimonial, sin perder la distancia y sin ser patriota de ninguna causa.

El modelo del 'periodista empotrado' entraña la amenaza del periodismo patriótico

El modelo del “periodista empotrado” entraña la amenaza del periodismo patriótico, que los Estados Unidos pusieron de moda en la Guerra de Irak (2003), escogiendo y formando periodistas como corresponsales para acompañar a las tropas en las líneas de combate, portando, casi, el uniforme y la bandera del país. Aquel experimento puso en evidencia que el informador no debe parecer un militar ni un patriota, y que su obligación es diferenciar entre información y propaganda, manteniendo a raya las injerencias con las que irremediablemente debe lidiar. El clima de guerra contagia la euforia del periodismo patriótico y envenena la incontestable fuerza de los hechos contrastados. ¿Debemos estar los periodistas del lado de Zelenski?, ¿tenemos que ser neutrales o eso nos convierte en equidistantes? Son preguntas fáciles de formular, pero difíciles de responder. Albert Camus, en su faceta de editorialista, decía: “El periodista es un historiador sobre la marcha cuya principal preocupación ha de ser la verdad y hace falta humildad y prudencia para intentar hallarla[3]”, una receta que no es infalible, pero sí un buen punto de partida que nos coloca del lado de la duda razonable.

A priori, los periodistas deberíamos estar especialmente bien pertrechados para  distanciarnos de los sentimientos colectivos, ya que somos quienes observan, analizan y explican, lo que nos obliga a ser más críticos, más exigentes, más difíciles de persuadir.

La amenaza de un periodismo en guerra sobrevuela el campo de batalla informativo cada vez que la opinión pública internacional asiste a un nuevo conflicto que requiere de su pléyade de hilos e historias para ser comprendido por una audiencia que consume contenidos en una inagotable variedad de formatos. Por eso un reportero en guardia, ante el peligro del alineamiento, es una garantía de independencia y honestidad informativa.

 

Bibliografía

1 Peredo Pombo, José M.™ (2003). “Periodismo internacional”, en: Manuel de Ramón (coord.): 10 lecciones de periodismo especializado. Madrid, Fragua.
2 Colombo, Furio (1997).Últimas noticias sobre el periodismo. Manual de periodismo internacional. Madrid, Anagrama.
3 Camus, Albert (2013). A Combat. París, Folio-Essais.