Su batalla con el Gobierno, competidores y consigo misma

La BBC, ante su peor crisis: ¿especie periodística en peligro de extinción?

Celia Maza

¿Sigue siendo sostenible su modelo de financiación? ¿Es justo que aquellos que no pagan la tarifa de licencia acaben en los tribunales? ¿La suscripción tendría que ser su modelo en la actual era tecnológica? ¿Está intacta su imparcialidad? ¿Intenta abarcar demasiado? En la era posbrexit, ¿qué papel tiene como embajadora de la marca Reino Unido? ¿Se merece la hostilidad por parte del Ejecutivo? En definitiva, ¿puede sobrevivir?


CELIA MAZA*

El 31 de enero de 2020, cuando en Bruselas el reloj marcó la medianoche, Boris Johnson mandó un mensaje a los británicos con motivo de la salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE). Se trataba del episodio más importante de la historia del país en los últimos 47 años. Sin embargo, el discurso del primer ministro no fue emitido por la British Broadcasting Corporation (BBC). Downing Street prefirió utilizar sus propias cámaras y publicarlo por sus redes sociales oficiales. Inaudito. A lo largo de su dilatada historia, la corporación pública ha lidiado diferentes disputas con los Gobiernos de todo signo político. Pero la profundidad y el alcance de las tensiones que mantiene con el actual inquilino del Número 10 –quien, por cierto, antes de político fue periodista– no parecen tener precedentes.

En cualquier caso, la batalla no es solo con el Ejecutivo, sino con competidores y, sobre todo, consigo misma. La BBC es la organización nacional de radiodifusión más antigua del mundo y la cadena de televisión más grande por número de empleados (22.401). Cuenta, entre otros, con diez canales de televisión, diez estaciones nacionales de radio (más seis locales) y página web.

Se trata también de un gran símbolo para el Reino Unido. Por detrás de la reina Isabel II, quizá el más importante, junto al Servicio Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés). Sin embargo, a punto de cumplir el aniversario de su centenario –será en 2022–, se enfrenta ahora a la crisis más importante de su existencia.

¿Sigue siendo sostenible su modelo de financiación, principalmente, a través de las 154,50 libras (aproximadamente, 173 euros) que debe pagar cada hogar en el Reino Unido? ¿Es justo que aquellos que no pagan la tarifa de licencia acaben en los tribunales o incluso en la cárcel? ¿La suscripción tendría que ser el modelo más obvio para el consumo de medios en la actual era tecnológica? ¿Está intacta su imparcialidad? ¿Intenta abarcar demasiado? En la era posbrexit, ¿qué papel tiene como embajadora de la marca Reino Unido? ¿Se merece la hostilidad por parte del Ejecutivo? En definitiva, ¿puede sobrevivir?

John Mair, antiguo productor de BBC, ITV y Channel 4, asegura que el futuro de la corporación pública, al menos tal y como se conoce hasta ahora, está amenazado. Entre otras cuestiones, porque tan pronto como termine la crisis por la pandemia de la COVID-19, el Gobierno volverá a la carga, ya que la tiene “en el punto de mira”. “Dominic Cummings [el que fuera todopoderoso asesor del primer ministro] la odia”, apunta.

Mair acaba de coeditar, junto con Tom Bradshaw, un libro titulado Is the BBC in Peril? Does it Deserve to be? (¿Está la BBC en peligro? ¿Merece estarlo?). Las páginas recopilan artículos de diferentes personalidades –entre ellas, políticos, académicos y periodistas– que realizan una exhaustiva radiografía de la institución.

“Uno de los principales problemas es que la BBC ha acaparado en los últimos 20 años demasiados servicios y demasiado personal”, explica Mair, quien no descarta que el modelo de financiación cambie en la próxima década a uno mixto, que incluya suscripción. “De momento, el modelo actual está garantizado solo hasta 2027, pero luego habrá que ver qué ocurre. Y si finalmente el Ejecutivo despenaliza el impago de la tarifa de licencia, eso podría suponer un coste de 240 millones de euros. La BBC tiene que llevar a cabo grandes cambios. Tiene un gran producto, pero lo vende muy mal. Y aunque en el ámbito internacional es respetada y representa todo un símbolo, las cosas en casa no se ven igual, especialmente por parte de los políticos”, matiza.

Por si los retos no fueran menores, coinciden además en pleno relevo. El pasado mes de enero, el actual director general, Tony Hall, anunció que, tras siete años en el cargo, presentaba su dimisión. Este verano asumirá la presidencia de la National Gallery, la principal pinacoteca de Londres. Muchos expertos pensaron que se quedaría en su puesto hasta 2022, cuando la BBC celebra su centenario.

Sin embargo, Hall ha decidido adelantar su marcha para que su sucesor tenga tiempo suficiente para preparar las conversaciones con el Gobierno ante la revisión del Royal Charter Agreement. La llamada Carta Real viene a ser la constitución de la BBC. La última versión de 2017 tiene validez hasta 2027. No obstante, en la primavera de 2022 se deben revisar los planes y obligaciones de la cadena pública.

Hall aceptó el puesto de director general después de que su antecesor, George Entwistle, se viera obligado a salir tras el escándalo del depredador sexual Jimmy Savile. Aquello supuso uno de los episodios más oscuros para la BBC.

Savile era el presentador estrella, el DJ excéntrico amigo de todos los niños, el responsable de recaudar 42 millones de euros para obras de caridad. Los ayuntamientos y hospitales se peleaban por poner su nombre a las salas de reuniones y los políticos se mostraban encantados al posar a su lado. La mismísima Isabel II le llegó a dar el título de sir y el papa Juan Pablo II le nombró caballero de la Pontificia Orden Ecuestre de San Gregorio Magno, una de las más altas distinciones del Vaticano.

En definitiva, Savile –que falleció en 2011, a los 84 años– era toda una leyenda. Pero lo que la mayoría desconocía es que también era un monstruo pederasta cuando las cámaras dejaban de grabar. Cuando todo salió a la luz en 2012, la noticia dejó conmocionado al Reino Unido. Y no solo porque se cayera un mito para varias generaciones, sino porque además la BBC, que siempre había brillado por su transparencia, supuestamente estaba al tanto de sus atrocidades y habría decidido mirar para otro lado.

Hall construyó un legado significativo y modernizó la institución

Durante los siete años que ha estado como director general, Hall ha construido un legado significativo y ha modernizado la institución. Aparte de desarrollar más BBC iPlayer (el servicio online), ha creado nuevos proyectos, como BBC Sounds (servicio de descargas de audios de programas y pódcast) y Britbox (servicio de transmisión de vídeo por suscripción en colaboración con ITV). Asimismo, inauguró BBC Studios, la nueva rama comercial, que absorbió a BBC Worldwide, para integrar producción, ventas y distribución de programas en una sola entidad.

En cualquier caso, Hall deja ahora la BBC con su imparcialidad cuestionada, la tarifa de licencia de pago en el aire y la gran amenaza, entre otros, de Apple, Amazon, Netflix y Disney, todos ellos competidores con suscripciones anuales considerablemente más baratas que los 173 euros que debe pagar cada hogar en el Reino Unido para financiar a la cadena pública.

Por cierto, respecto a la cuestionada imparcialidad, el artículo que Hall publicó el pasado enero en The Daily Telegraph a modo de despedida estaba cargado de intenciones: “Los reproches son esperados como corporación pública nacional… Pero el hecho de que vengan de todos los lados del espectro político indica que estamos haciendo bien nuestro trabajo”.

Una de las voces más críticas con la BBC siempre ha sido la de Rob Wilson, exdiputado conservador y secretario de Estado de Cultura entre 2014 y 2017. “La BBC es un producto del siglo XX que intenta sobrevivir en el acelerado mundo digital del siglo XXI. Su modelo operativo está desactualizado y es inadecuado”, mantiene.

Wilson no quita méritos a Hall. Considera que los cambios acometidos son significativos para competir con iTunes o Netflix. Sin embargo, los sigue viendo aún insuficientes. “Netflix invertirá 13.450 millones de euros solo en programas para este año y tiene alrededor de 140 millones de suscriptores”, recalca. El presupuesto de la BBC en programación es de 5.600 millones de euros. “Sin nuevas apuestas comerciales radicales, algo que es extremadamente complejo mientras siga cobrando la tarifa de licencia impuesta a cada hogar, la BBC ha perdido la batalla económica con su competencia incluso antes de que haya comenzado”, señala.

Esto, sin duda alguna, será uno de los grandes retos para Tim Davie, el responsable de sustituir a Hall como director general de la emisora pública. El pasado 5 de junio, el hasta ahora jefe de BBC Studios, la subsidiaria comercial que se ocupa de vender los programas de producción propia en el extranjero, fue elegido entre cuatro candidatos por el Consejo de Administración.

Contratado en 2005 y procedente de la empresa Pepsi para ocuparse del departamento de Mercadotecnia, Comunicación y Audiencias, Davie fue director general en funciones antes del nombramiento de Hall en 2013, después de que su predecesor, George Entwistle, dimitiera en 2012 tras solo unas semanas en el cargo.

Según The Guardian, Davie es actualmente el ejecutivo mejor pagado de la BBC, con un sueldo anual de 642.000 libras (715.000 euros), por lo que, de acuerdo con el diario, cuando el próximo 1 de septiembre ocupe oficialmente su nueva oficina, tendrá que rebajarse el salario para sustituir a Hall, que percibe 475.000 libras (429.000 euros).

Tras anunciarse su nombramiento, Davie, el decimoséptimo director general de la corporación en sus 98 años de historia, destacó que estos últimos meses, refiriéndose a la pandemia del coronavirus, “han demostrado cuán importante es la BBC para la gente”. “Nuestra misión nunca ha sido más relevante, importante o necesaria. Tengo un profundo compromiso con el contenido de la más alta calidad e imparcialidad. Mirando hacia el futuro, necesitaremos acelerar el cambio para poder servir a todos nuestros públicos en este mundo en rápida evolución. Se ha hecho un gran trabajo, pero seguiremos reformando, tomaremos decisiones claras y seguiremos siendo relevantes”, matizó.

Respecto a la pandemia de la COVID-19, el reto más importante al que han tenido que hacer frente los ejecutivos a ambos lados del Atlántico en tiempos de paz, The Economist explicaba recientemente que no ha podido llegar en un momento más significativo. Durante el confinamiento, ha sido la BBC la que ha emitido los servicios religiosos, programas de educación infantil e incluso espacios con tablas de ejercicios. Asimismo, ha sido la cadena pública la que en todo momento incluyó en su programación los mensajes del Gobierno, solicitando a los ciudadanos cumplir con las medidas de restricción social. “No hay nada como una situación como esta para recordar a los políticos el valor de la institución”, apuntaba desde el anonimato un alto ejecutivo de la BBC a la reputada revista.

Lo cierto es que, desde el inicio de la pandemia, la audiencia de televisión ha aumentado en un tercio y los informativos de las 18:00 horas llegan a más de 20 millones de personas por semana, casi un tercio de la población. Ocho de cada diez personas aseguran estar siguiendo la información sobre el coronavirus a través de la cobertura de la corporación pública, lo que la convierte en la fuente más popular. Y su influencia crecerá aún más a corto plazo, ya que la caída de la publicidad por la pandemia está haciendo mella en los medios de comunicación privados.

En cualquier caso, los últimos meses están siendo excepcionales. Y tan pronto como se recobre poco a poco la normalidad, el nuevo director general tendrá que estar preparado para la batalla que le espera con el Ejecutivo.

El presidente de la BBC, David Clementi, debía nombrar a un nuevo director general antes de que terminara su propio mandato de cuatro años en febrero de 2021. Según los términos de la Royal Charter Agreement, el presidente mismo es designado por el Gobierno y, dada la poca cordialidad que existe ahora con Downing Street, podría ser que Clementi no sea reelegido si el candidato seleccionado no cuenta con la aprobación del Número 10.

La tarea es complicada porque Dominic Cummings –el cerebro de la campaña probrexit, convertido en el principal asesor de Boris Johnson [con posterioridad a este escrito, Cummings dimitió]– es uno de los grandes enemigos de la BBC, como ya se ha mencionado.

En 2004, New Frontiers Foundation–el think tank [laboratorio de ideas] que dirigía por aquel entonces el excéntrico y oscuro estratega– llegó a afirmar que la corporación pública era un “agente propagandista con una ideología coherente”. En concreto, el instituto de investigación del hombre que realmente mueve ahora los hilos del Ejecutivo señaló que “la derecha debería tratar de socavar su credibilidad con una campaña bien financiada que sacara a los gargantas profundas armados con memorandos internos y conversaciones grabadas de reuniones”.

El ala dura del Partido Conservador siempre ha estado convencida de que la BBC no se esforzaba en disimular un sesgo antibrexit y un claro rechazo a la figura de Boris Johnson. Aunque, al mismo tiempo, los laboristas se han quejado del trato que recibía el que hasta abril fue su líder, Jeremy Corbyn.

En este sentido, durante la campaña electoral de las últimas generales en diciembre –en las que los tories consiguieron una aplastante mayoría absoluta de 80 escaños–, el primer ministro británico ya dejó claro que la guerra había comenzado.

Mientras que todos los candidatos se sometieron a la compleja entrevista de Andrew Neil, uno de los presentadores estrella de la BBC –quien, por cierto, fue jefe de Boris Johnson en su época como periodista en la revista The Spectator–, el líder conservador no aceptó la invitación. “La cuestión clave es la confianza, y durante su carrera política y periodística, a veces, incluso los más cercanos a él [Boris Johnson] han considerado que no es de fiar”, recalcó Neil en pleno directo.

Johnson tomó la revancha y, tras formar Gobierno, prohibió a todos sus ministros intervenir en el programa Today, el buque insignia de Radio 4 de BBC. Sarah Sands, editora del matinal, acusó a Downing Street de llevar a cabo tácticas “trumpianas” y de utilizar su mayoría absoluta para intentar “ahogar” a la emisora pública.

Johnson parece tener ahora animadversión por todos los medios en general

En cualquier caso, Johnson parece tener ahora animadversión por todos los medios en general. El pasado 3 de febrero, el Número 10 excluyó a varios periodistas de una reunión informativa. Aquellos que sí habían sido elegidos  –entre ellos, Laura Kuenssberg, la editora política de BBC News– también se marcharon, mostrando así su solidaridad con sus compañeros.

En The Daily Mail, el influyente columnista Stephen Glover –quien comparte muchas de las críticas de Cummings a la BBC– señaló que estaba “conmocionado” por lo ocurrido. “Negar a los periodistas el acceso a las sesiones informativas es una censura escandalosa de la que Boris Johnson debería avergonzarse”, escribió. “En lugar de someterse a un escrutinio mediático adecuado, el Gobierno está en plena batalla con nuestra principal emisora ​​de servicio nacional y ahora ha abierto otro frente con el resto de los medios. Esto es más bien del libro de estilo de Trump (….). Pero no es así como hacemos las cosas en el Reino Unido. Aquí tenemos la tradición –aunque al señor Cummings y [Lee] Cain [director de comunicación de Downing Street] puede que no les guste– de permitir una gama de distintas voces en los medios de comunicación, algunas de las cuales seguramente criticarán al Gobierno de turno. Nunca pensé que viviría para ver a una Administración tory censurar a periodistas y publicaciones que no le gustan”.

Por su parte, el 9 de febrero, Adam Boulton, presentador de Sky News, publicó una columna en The Sunday Times titulada “El Número 10 está tratando de controlar los medios y a todo el mundo y esto en nuestra democracia debería darnos miedo”: “Lo importante es que los lectores, oyentes y espectadores están perdiendo cada vez más la información que necesitan para ser ciudadanos independientes en una sociedad democrática. En su lugar, están siendo manipulados por Gobiernos electos ansiosos por evitar ser responsabilizados por cualquier fuerza externa, ya sea el Parlamento, el poder judicial o los medios de comunicación”.

En 2018, 129.000 personas fueron procesadas por no cumplir con el pago de la licencia

En este ambiente hostil, el Gobierno estaba revisando en el momento de redactar este artículo la posibilidad de despenalizar la tarifa de licencia que todos los hogares en el Reino Unido tienen obligación de pagar. Los 173 euros anuales se reducen a 58 euros para quienes todavía cuentan con una televisión en blanco y negro. Las últimas cifras oficiales de 2018 revelan que 129.000 personas fueron procesadas por no cumplir con el pago y cinco de ellas encarceladas.

La llamada TV licence fee es la mayor fuente de financiación para la BBC. Supone alrededor de 4.000 millones de euros al año y, según un portavoz de la corporación pública, “despenalizar el impago podría suponer una pérdida de hasta 240 millones de euros en ingresos que afectarían a los contenidos y servicios de los que tanto disfruta nuestra audiencia”.

Asimismo, la BBC recauda otros 1.680 millones de euros anuales adicionales a través de su brazo comercial, BBC Studios, y en caso de sufrir las pérdidas por la despenalización de la tarifa de licencia, tendría menos recursos para elaborar material. De hecho, podría afectar de inmediato a dos de las apuestas más ambiciosas: Drácula, ficción que se lanzó en BBC One y Netflix, y His Dark Materials, producida para BBC One y HBO. En definitiva, una situación nada favorecedora en un contexto en el que sus competidores directos como Netflix o Amazon Prime Video, entre otros, estrenan contenidos casi a diario.

La BBC destina cada año alrededor de 2.700 millones de euros en sus ofertas de televisión y 730 millones de euros en radio. BBC 1 consume la mitad del presupuesto de televisión, frente a los 76 millones de euros de BBC News y los once millones de euros de BBC Parliament.

De momento, la tarifa de licencia está garantizada en la Royal Charter hasta 2027. Sin embargo, con la revisión prevista para la primavera de 2022, el Gobierno podría utilizar la ocasión para reducir el pago.

Jean Seaton, profesora de Historia en la Universidad de Westminster, advierte de que “acabar con la tarifa de licencia supondría acabar con la BBC”, con todos los riesgos que eso conlleva. “Instituciones así son muy difíciles de construir: requieren cuidados continuos y principios. En el caso de la BBC, estos fueron: primero, la protección del juicio editorial independiente (que convirtió a la corporación pública en un fenómeno mundial durante la Segunda Guerra Mundial); segundo, imparcialidad para que todos puedan ser ciudadanos informados; tercero, atrevimiento imaginativo (el mismo que ha permitido series y programas de éxito como Fawlty Towers, Fleabag, The Thick of it o Stricltly Come Dancing); y cuarto, la precisión, amplitud de información y tono que hicieron del World Service la estación del sonido de la libertad para los ciudadanos cuando el mundo estaba cerrado, no era libre, detrás de los muros de la Guerra Fría. Como estamos ahora en medio de la tercera gran guerra, una de desinformación y ciberataque, necesitamos una BBC adecuada para su propósito tanto como la necesitamos durante el Blitz [el término con el que se conoce a los bombardeos en el Reino Unido por parte de la Alemania nazi]”, recalca.

De todas formas, no solo está la polémica cuestión de la despenalización de la tarifa de licencia. Downing Street ha dejado en manos de la cadena pública el complejo mantenimiento de la exención para los mayores de 75 años. Hasta ahora, el Gobierno se había hecho cargo del pago de la tarifa de licencia que corresponde a este grupo, pero ahora ha decidido cortar el grifo.

Raymond Snoddy, el que fuera editor de medios para The Times y Financial Times, explica que cuando la Administración de David Cameron (2010-2017) planteó, por primera vez, esta posibilidad, “la cadena pública advirtió en privado de que esto significaría el cierre de BBC 2, BBC News Channel, todas las estaciones de radio locales y los servicios de radio nacionales para Escocia, Gales e Irlanda del Norte”.

El Gobierno entonces dio un paso atrás y, en su lugar, optó por transferir las responsabilidades a la propia BBC. Este año era cuando la cadena pública debía decidir qué hacer. “Se trata de una cáliz envenenado”, apunta Snoddy. “Si la corporación no se hace cargo del pago, la impopularidad será para ella, no para el Gobierno”, añade.

El problema es que asumir todas las licencias para los mayores de 75 años supone un coste de alrededor de 849 millones de euros al año, una suma que aumentaría hasta los 1.200 millones de euros al final de la década, debido al envejecimiento de la población.

Si asumía el coste –que supone el 20% de su presupuesto actual–, la BBC inevitablemente habría tenido que llevar a cabo recortes significativos, más de los que ya ha anunciado hasta la fecha. Por lo tanto, después de una consulta pública, David Clementi, presidente de la BBC, anunció que finalmente la institución solo se hará cargo de la tarifa de licencia de los mayores de 75 años que actualmente deben recurrir a prestaciones sociales. Eso acarreará un coste de 280 millones de euros al año.

Lo cierto es que la BBC lleva ya tiempo intentando reducir costes. A finales de enero, la dirección anunció el despido de 450 trabajadores del área de informativos, como parte de un plan que se irá ejecutando hasta el año 2022 y con el que se pretende ahorrar casi 95 millones de euros. La cadena pública explicó en un comunicado que se propone “modernizar” la redacción para responder a las “necesidades cambiantes de la audiencia”.

La división de Noticias cuenta con unas 6.000 personas, de las cuales 1.700 trabajan fuera del Reino Unido. En ese sentido, la BBC indicó que busca pasar de un modelo enfocado en los programas a otro centrado en “las historias”, lo que significa que “se reducirá la cantidad general de noticias que se cubren”. “Estamos gastando demasiados recursos en nuestras emisiones tradicionales y no lo suficiente en digital”, afirmó la directora de Noticias, Fran Unsworth.

Por su parte, Michelle Stanistreet, secretaria general del Sindicato Nacional de Periodistas (NUJ, en sus siglas en ingles), consideró que los recortes son “una amenaza existencial para la BBC y se derivan del acuerdo de tarifa de licencia que la cadena ha firmado en secreto con el Gobierno”. Además, en un texto publicado en la web del gremio, sostuvo que “la existencia misma de la BBC está siendo amenazada” y señaló que es un hecho “sin precedentes”.

“La BBC es el principal impulsor de las economías creativas y una parte vital de la economía británica. Si hay un deseo de cambiar el modelo de tarifa de licencia, entonces se debe considerar y consultar adecuadamente, sin cambios hasta que se encuentre una alternativa creíble, una que cumpla con los valores de servicio público de la BBC y el principio clave de universalidad”, explicó.

En cualquier caso, debido al reto informativo que está suponiendo ahora cubrir la actual pandemia, la dirección ha decidido paralizar de momento los despidos [la BBC anunció con posterioridad a este escrito que los despidos aumentarían a 520 empleos], aunque reconoce que está acumulando una “gran factura” como consecuencia de la crisis de la COVID-19. De hecho, advierte de que el nuevo director general “heredará un agujero negro financiero aún más grande del que podría imaginar”.

La remodelación para ahorrar costes y adaptarse a los nuevos tiempos es uno de los retos que más preocupa

La remodelación para ahorrar costes y adaptarse a los nuevos tiempos es uno de los retos que más preocupa a la cadena pública. El problema quizá es que no está enfocando adecuadamente la estrategia. En un momento en que el interés por la política está en su punto más alto, ha decidido, por ejemplo, prescindir del programa emblema This Week. Asimismo, también ha cancelado el espacio de la galardonada periodista Victoria Derbyshire, sin ni siquiera tener la cortesía de informar primero a su anfitriona, que se enteró de la noticia a través de The Times.

En este contexto, probablemente una de las premisas que debería aceptar la BBC es que no puede abarcar todo. Otras emisoras nacionales en otros países ya lo han asumido, como es el caso de ARD en Alemania o NHK en Japón, que cuentan con un número mucho más reducido de canales de televisión y estaciones de radio.

Ian Dale, presentador de LBC Radio y colaborador de distintos espacios de la BBC, afirma que la corporación pública podría plantearse, por ejemplo, la posibilidad de privatizar tanto Radio 1 como Radio 2. “Esto supondría más de 112 millones de euros de ahorro”, puntualiza.

Por otra parte, también cuestiona que el reciente desembolso de 237 millones de euros por un contrato de tres años para emitir partidos de fútbol haya sido una buena decisión. “¿Es realmente una buena relación calidad-precio teniendo en cuenta que solo cuatro millones de personas ven el partido del día y la gran mayoría de ellos probablemente tenga ya una suscripción a Sky Sports?”, plantea.

En este sentido, Dale considera que, en vez de “meterse en pujas por emitir grandes eventos deportivos”, la BBC debería utilizar ese dinero “para cubrir deportes menos populares que los canales comerciales no atienden”.

“Quiero que la BBC tenga éxito. Quiero que prospere. Soy un gran admirador de lo mucho que hace. Pero es una corporación burocrática, frenada por una gestión institucionalizada más interesada en cubrir sus propios espacios que en promover la innovación y brindar a los espectadores y oyentes lo que quieren. Asimismo, su obsesión frustrada por atraer a jóvenes conduce a un fracaso total para atender las necesidades de la abrumadora mayoría de su público, que es precisamente gente mayor”, concluye.

Gran polémica por la brecha salarial de género

En cualquier caso, la batalla de la corporación pública no solo es contra el Gobierno o competidores, sino también contra ella misma. Una de las grandes polémicas que ha manchado su reputación en los últimos años ha sido la brecha salarial de sus trabajadores por cuestión de género. En 2017, cuando la cadena hizo públicos los sueldos de sus estrellas, quedó en evidencia la desigualdad entre hombres y mujeres.

En 2018, por ejemplo, la BBC acabó pidiendo disculpas públicamente a su corresponsal jefa en China, Carrie Grace, y le compensó con pagos extra atrasados. La periodista había dimitido en protesta por unas prácticas salariales “llenas de secretismo y desigualdad”. La cadena reconoció que le había compensado con un sueldo muy inferior al de colegas varones en puestos de igual responsabilidad.

No fue un caso aislado. Entre otros, a finales del año pasado, la veterana periodista Samira Ahmed llevó a sus jefes a los tribunales al defender que ser mujer le había supuesto cobrar menos sueldo del que le correspondería. En concreto, 3.000 euros menos por programa que sus compañeros masculinos.  

Según las cifras aportadas por la dirección a finales de 2019, la BBC ha logrado reducir su brecha salarial en la actualidad a un 6,7%, frente al 10,7% de 2017. Entre sus 2.700 periodistas, asegura que “la diferencia apenas alcanza el 1% en el trabajo más generalizado y común de la cadena”.

En los últimos años, también se ha visto cuestionada su imparcialidad. Aunque lo cierto es que el escenario político que ha tenido que cubrir no ha sido nada fácil. El referéndum de independencia de Escocia de 2014 y el plebiscito sobre la permanencia del Reino Unido en la UE de 2016 han supuesto dos de los episodios que más han dividido a la sociedad británica en la historia reciente. Sobre todo, el triunfo del brexit, cuya materialización ha tardado en ejecutarse más de tres años ante un Westminster completamente fragmentado.

El periodista Gavin Esler, una de las caras más reconocibles de la BBC durante décadas y candidato en las Europeas de 2019 por la formación pro-UE Change UK, explica que en el Reino Unido, “por su sistema político basado en el bipartidismo, el equilibrio en los medios de comunicación siempre se entendió de la siguiente manera: si se entrevistaba a un tory, se tenía que entrevistar a un laborista. Y viceversa. Si tenías a un representante de la derecha, también había que tener a uno de la izquierda. Pero la política ya no consiste en esto. Y el brexit nunca fue un debate solo entre la izquierda y la derecha”.

“El brexit es un tema que se debe basar en la sabiduría, en el dominio de la materia. Yo tuve que estar al frente de muchos debates en televisión en los que se daba la misma categoría a un experto que a gente que tenía un discurso fluido, pero, en realidad, no tenía absolutamente ni idea de lo que estaba hablando. Eso no es equilibrio. Eso no es balance. Los medios cometimos muchos errores y debemos aprender de ellos”, reclama.

Según una encuesta publicada en diciembre de 2019 por YouGov –una de las más prestigiosas compañías demoscópicas con sede en Londres–, menos de la mitad de los británicos, concretamente el 44%, confiaba en que la BBC contara la verdad.

Con todo, Ofcom –el regulador británico de los medios– reveló el año pasado que la BBC “sigue siendo la principal fuente de noticias del Reino Unido”. “A pesar de un incierto ambiente político, ha mantenido su reputación entre la mayoría de las personas, que lo considera un medio preciso y de confianza. En el mundo actual de las fake news y desinformación online, la mayoría sigue recurriendo a la BBC para tener una cobertura fiable de los acontecimientos”, matiza el análisis.

La BBC: fuente de noticias más usada y que genera más confianza en el Reino Unido

Igualmente, el estudio más reciente publicado en febrero por el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, de la Universidad de Oxford, revela que la BBC es, con mucha diferencia, la fuente de noticias más utilizada en el Reino Unido y la que genera más confianza.

Richard Sambrook –que estuvo trabajando en la corporación pública durante 30 años y ahora es profesor de Periodismo en la Universidad de Cardiff– no minimiza los retos a los que se enfrenta la institución, pero recalca que es la “única marca mediática global que tiene el Reino Unido”. “La BBC puede ser un activo valioso en la era posbrexit. Y en tiempos de poca confianza, noticias falsas y desinformación, su compromiso con la justicia y precisión (dejando a un lado los puntos de vista contrarios sobre si lo consigue o no) puede ser clave para unir de nuevo al país”, matiza.

Reynolds, crítica de radio de The Sunday Times, defiende que la corporación pública también juega un papel determinante en el mantenimiento de la vida cultural del Reino Unido; en particular, de la música. En este sentido, pone de ejemplo The Proms, la temporada de conciertos de música clásica que cada verano la BBC organiza en todo el país, descrita por personalidades de la industria como el director checo Jirí Belohlávek como “el festival musical más grande y democrático del mundo”.

“Incluso, cuando se vende el 90% de las entradas, el balance muestra pérdidas que se cubren con la tarifa de licencia que cada hogar debe pagar para financiar la corporación pública. Es una deuda que vale la pena pagar si se garantiza la supervivencia de la música en escuelas y salas de conciertos en todo el país”, sostiene.

Esta es una reflexión compartida por otros expertos que argumentan que, por este tipo de cuestiones, a la BBC no se la puede comparar únicamente con sus competidores por los mismos parámetros de audiencias o cuantía de suscripciones.

¿La BBC debe estar determinada únicamente por las reglas de mercado? Andrew Graham, presidente ejecutivo del Europaeum (red de 17 universidades europeas líderes) y miembro del Oxford Internet Institute, asegura que no: “La tarifa de licencia no es un pago para ver un programa en particular, sino para mantener el sistema como un todo y así aumentar el beneficio para todos nosotros”.

“La BBC tiene el potencial de ‘llegar a ámbitos que otros no alcanzan’, y al asegurar la calidad del amplio abanico de emisiones en el Reino Unido, lejos de menoscabar la oferta, la mejora. Un modelo de suscripción, restringido necesariamente a aquellos que pueden pagarlo y ofreciendo una programación limitada a lo que los espectadores saben de antemano que les gusta, constituye una experiencia empobrecedora tanto para su audiencia como para todos nosotros”, esclarece.

En definitiva, a lo largo de sus casi 100 años de historia, la BBC se ha convertido en toda una institución. Tiene por delante retos importantes, problemas internos de gestión, competidores que cada día atrapan a más clientes y un Gobierno que no le va a hacer la vida fácil. Pero, al mismo tiempo, sigue teniendo la confianza de los británicos y no son pocos los que ahora la consideran un símbolo más necesario que nunca para el país.

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