Buena Prensa

03/09/2025

El cambio climático somos todos

Buena Prensa. CP 50

Escrito por Josu Mezo

Uno de los temas recurrentes en mis artículos en esta sección es el de la indebida confianza que algunos periodistas ponen en fuentes “respetables”, que los lleva a reproducir con poco escrutinio afirmaciones llamativas que vienen aparentemente avaladas por estudios académicos o instituciones serias, y que quizá deberían ser analizadas con más cautela. En esta ocasión, les voy a presentar varios ejemplos de este tipo de situaciones que tienen en común su vinculación con el tema del cambio climático y que nos permitirán alcanzar algunas reflexiones adicionales sobre este fenómeno.

Podemos empezar con estos tres titulares, aparecidos en medios españoles en distintos momentos de los últimos años: “Contaminación: 25 megaciudades producen el 52% de las emisiones de gases de efecto invernadero”, “La mitad de las emisiones mundiales de CO2 provienen de solo 36 empresas” y “El turismo mundial ya es responsable del 8,8% de las emisiones de gases de efecto invernadero”. Si llevan ustedes la cuenta, verán que entre esas 25 ciudades, 36 empresas y el sector turístico habríamos sumado ya más de un 100% de las emisiones, lo cual no es matemáticamente posible. Como mínimo, tendríamos que estar ante una situación de doble contabilidad, de manera que algunas emisiones estuvieran siendo contadas más de una vez, por ejemplo, como emisiones de empresas y también como emisiones del sector turístico. Algo de eso hay, pero incluso si lo corrigiéramos, seguiríamos estando ante unas estadísticas muy llamativas, ya que muy pocos agentes o sectores, minoritarios, serían responsables de una gran mayoría de las emisiones de CO2 del mundo entero.

Veamos con un poco más de calma las tres noticias, empezando por el tropiezo más simple, el relativo a las ciudades. El titular citado decía que 25 megaciudades serían responsables de más de la mitad de todas las emisiones mundiales. Otro medio tituló la misma noticia diciendo que “Solo 25 ciudades producen más de la mitad de los gases de efecto invernadero urbanos de todo el mundo”, haciendo con ello una afirmación algo menos espectacular, pero aun así bastante chocante. Obviamente, los ciudadanos de las urbes más ricas usamos más la calefacción o el aire acondicionado, recorremos mayores distancias en vehículos motorizados y, en general, consumimos más energía y más recursos; y, por todo eso, seguramente, emitimos más gases de efecto invernadero por habitante que los habitantes de ciudades más pobres. No obstante, sabiendo que hay miles de ciudades en el mundo, parece muy llamativo que las 25 más contaminantes (por una combinación, se supone, de gran número de habitantes y alto nivel de vida) puedan llegar a emitir lo mismo que todas las demás juntas.

Y en efecto, el estudio que inspiró las noticias con titulares tan erróneos (también algunos en medios extranjeros, por cierto) no decía tal cosa. Se trataba de un trabajo sobre la contribución al cambio climático de las grandes urbes, por sectores, y posibles estrategias para reducir su impacto. Habían tomado 167 ciudades, no las más grandes del mundo, sino una representación de diferentes tamaños de ciudades “grandes” (en España, por ejemplo, Madrid, Barcelona y Zaragoza). Y habían encontrado que 25 de esas 167 (es decir, el 15% de las ciudades estudiadas) emitían el 52% de los gases “de esas 167 ciudades”. Como expliqué en una entrada de mi blog, con muy poco esfuerzo adicional, a partir de los datos de las notas de prensa del estudio, se podía averiguar que esas emisiones atribuidas a las 25 ciudades representaban el 4,5% del total mundial de emisiones y también se podía descubrir que esas 25 ciudades tenían aproximadamente el 4% de la población mundial. Ya ven el notición: el 4% de la población emite el 4,5% de los gases de efecto invernadero.

El primer ejemplo, por tanto, es un clásico caso de traslación errónea de lo que dice un estudio a noticias y titulares que distorsionan gravemente su contenido.

El segundo titular plantea una situación menos obvia, en la que el problema no es entender bien lo que dice el estudio, sino comprender y compartir, o no, el proceso por el que este ha llegado a sus conclusiones. En este caso, las culpables de la mitad de los gases emitidos no son unas ciudades, sino unas empresas: 36, en concreto. La noticia es reciente, de marzo de 2025, y ha aparecido en múltiples medios nacionales y extranjeros.

¿De verdad, 36 empresas emiten el 50% de todas las emisiones mundiales? Pues no, claro

Y variaciones de ese mismo argumento las he visto publicadas otros años, de manera que estamos ante una afirmación recurrente, que punto arriba punto abajo viene publicándose desde hace tiempo y que atribuye a las principales empresas productoras de combustibles fósiles (carbón, gas, petróleo) un enorme porcentaje de la responsabilidad por emisiones de gases mundiales. De nuevo, me permito preguntar al lector si estas cuentas no le parecen extrañas. ¿De verdad, 36 empresas emiten el 50% de todas las emisiones mundiales? Pues no, claro. Los autores de estos estudios no dicen que esas empresas emitan esa cantidad de gases, sino que son “responsables” de ella, por las emisiones que producen las empresas o personas que les compran esos combustibles. Según esta original cuenta, usted no es responsable de los gases que se emiten cuando conduce su coche, calienta su casa o el agua con la que se ducha. ¡La responsable es la empresa que produjo la gasolina o el gas que usted quema! ¿No es maravilloso? No, en realidad no lo es, a mi juicio. Es más bien burdo y potencialmente contraproducente, como argumentaré más abajo.

Vayamos con el tercer titular, también reciente: “El turismo mundial es responsable del 8,8% de las emisiones de gases de efecto invernadero”. Aquí no estamos ante un número tan llamativo, pero incluso así, si lo piensa uno un poco, y ha visto alguna vez alguna tabla con datos sobre las emisiones por sectores, puede empezar a sospechar que hay algo raro en la historia. Porque en efecto, en principio, parecería razonable pensar que la contribución principal del turismo a la emisión de gases de efecto invernadero es la derivada del hecho mismo de viajar; aunque, según el estudio, solo el 55% de esas emisiones proviene del transporte (público y privado), lo que supondría un 4,8% del total de emisiones mundiales. Pero resulta que, según las estimaciones típicas que suelen publicarse, todo el sector del transporte, de pasajeros y mercancías, por todos los medios, emite el 16,2% del total de los gases de efecto invernadero. Con algunos cálculos adicionales se puede averiguar que la parte del transporte de pasajeros, por todos los medios, debe andar en torno al 9,1%, de manera que el estudio vendría a atribuir al turismo más de la mitad del total de las emisiones por transporte de personas; lo que tiene poco sentido, ya que la inmensa mayoría del transporte de pasajeros se produce en actividades cotidianas, para trabajar, estudiar o por otros motivos.

¿Y de dónde viene el otro 45% de las emisiones por turismo? Pues el estudio incluye ahí entre los derivados directa o indirectamente del turismo, sectores como alimentación, agricultura, minería, comercio y las utilities (suministros de agua, gas, electricidad…). Sin entrar en los detalles de un estudio con una complejidad metodológica intimidante para los no economistas, da la impresión de que se atribuye al turismo todas las emisiones de la actividad que los “turistas” hacen en su lugar de destino, sin tener en cuenta que muchas de esas actividades las harían también esas mismas personas en su lugar de origen. Obviamente, cuando se está de viaje fuera del entorno habitual se tiende a consumir ciertos productos y servicios en mayor cantidad (hostelería y servicios de ocio, en particular), pero posiblemente se consumen menos de otros.

En todo caso, para calcular las emisiones derivadas del turismo sería necesario descontar de las emisiones producidas en destino las evitadas en el lugar de origen por todos los productos y servicios que se dejan de consumir. De lo contrario estaríamos atribuyendo al turismo lo que podríamos llamar el nivel basal de emisiones de cada persona, que se produce esté donde esté por sus necesidades de alimentación, alojamiento y, en general, el consumo de productos de la vida cotidiana.

Los tres ejemplos que hemos examinado son distintos, si bien me parece interesante señalar ciertos puntos en común. Para empezar, como decía al principio, los tres parten de la confianza excesiva en lo que dicen fuentes aparentemente fiables (aunque en el primer caso se la estaba malinterpretando), que transmiten información que con un poco de culturilla general y algunas indagaciones rápidas se debería poner en duda.

Debemos recordar la necesidad de revisar, cuestionar y, en la medida de nuestras posibilidades, contrastar los mensajes de cualquier fuente, aunque sea institucional y científica

Esto nos debe servir para recordar la necesidad de hacer lo posible por revisar, cuestionar y, en la medida de nuestras posibilidades, contrastar los mensajes de cualquier tipo de fuente, aunque sea institucional y científica. Si se trata de estudios muy técnicos, esto requerirá pedir a otras personas cualificadas, distintas de los autores, que nos expliquen lo que significa el estudio y sus posibles debilidades. Pero, a veces, en temas sociales y económicos como los de estas noticias, los periodistas, con su conocimiento general del mundo y su acceso a bases de datos públicas sobre economía y sociedad, deberían tener la capacidad de hacer ellos mismos muchas indagaciones para poner en contexto, revisar, detectar errores o poner en duda afirmaciones que llegan de estudios más o menos científicos.

Además, estos tres casos tienen en común algunos otros rasgos más específicos. En mis clases a alumnos de Ciencias Ambientales, suelo explicarles que los temas de medioambiente son difíciles para los medios de comunicación porque muchas veces hacen referencia a procesos de muy larga duración, muy dispersos, complejos, graduales, que no se dejan atrapar fácilmente en el tipo de pieza corta que predomina en el periodismo. Podríamos decir que el formato periodístico empuja a simplificar el relato de los fenómenos y procesos en los que hay muchos factores interdependientes, y se acomoda más a narraciones en las que hay una explicación sencilla, monocausal, de los fenómenos. Lo cual, probablemente, se emparenta con los sesgos más generales de todos los seres humanos, identificados por los psicólogos, que nos llevan a encontrar simplicidad, causalidad clara, orden y dirección en fenómenos complejos, con múltiples factores causales, caóticos y espontáneos. En este sentido, podríamos decir que las tres noticias que hemos comentado tienen en común la exageración del papel de unos pocos agentes (25 ciudades, 36 empresas, los turistas) en el fenómeno del cambio climático, con lo que simplifican una realidad compleja, concentrando la responsabilidad en ciertos agentes particulares.

Asimismo, los humanos tenemos también una tendencia a tener una imagen positiva de nosotros mismos y a buscar en otros los orígenes de nuestros males. Este tipo de noticias satisfacen nuestro impulso para encontrar unos culpables, distintos de nosotros, de lo malo que pasa en el mundo, en este caso del cambio climático. En estas noticias, los “villanos” son básicamente otros: 25 grandes ciudades, ninguna española; 36 empresas, cosa que el lector individual por definición no es, y el turismo, del que ocasionalmente, sí, casi todos formamos parte, pero que es solo una pequeña parte de nuestra vida.

En definitiva, estas noticias nos ayudan a evadir nuestra responsabilidad, imaginando que el cambio climático lo causan “los otros”. Pero en realidad casi cada paso que damos en nuestra vida consume energía o utiliza un bien que en su producción o transporte ha contribuido a las emisiones de gases. Naturalmente, los más ricos consumen más, tienen casas más grandes, viajan más y, por ello, son responsables de más emisiones.

Sin embargo, noticias como estas desvían la atención de la responsabilidad difusa, pequeña individualmente pero enorme de manera acumulada, que tenemos todos los habitantes de los países medianamente desarrollados en el cambio climático y en su moderación. Porque, como en el famoso anuncio de Hacienda, aunque no nos guste oírlo, el cambio climático somos todos.

 

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