Los algoritmos y herramientas de inteligencia artificial (IA) han llegado a las redacciones con grandes promesas, pero también grandes incógnitas sobre las consecuencias de su aplicación. Prometen facilitar el trabajo y, desde luego, lo hacen ya. Son realmente útiles en la búsqueda de información, contraste de datos y, en general, en tareas de verificación y documentación. Pero también plantean desafíos sobre los que debemos reflexionar.
La llegada de los algoritmos al periodismo supone dos grandes motivos de preocupación: 1) La posible sustitución de los periodistas por procesos automáticos de elaboración de noticias y otros productos editoriales, y 2) que el uso de las métricas y los algoritmos de selección haga que las decisiones informativas acaben estando dominadas por el cálculo de audiencias más que por criterios de valoración informativa. Es decir, que el conocimiento de las preferencias del público y la capacidad de segmentar e incidir sobre la audiencia acabe creando un sesgo de valoración, una tendencia a darle lo que quiere oír o leer, en lugar de lo que, en aplicación de criterios profesionales, se considere que son asuntos de interés general que la sociedad debe conocer.
Pero vayamos por partes:
Los algoritmos pueden ayudar a obtener datos, seleccionarlos y tratarlos de forma que enriquezca el trabajo periodístico, pero la información es algo más que una sucesión de datos
Los algoritmos pueden ayudar a obtener datos, seleccionarlos y tratarlos de forma que enriquezcan y complementen el trabajo periodístico. Sin embargo, la información es algo más que una sucesión de datos. Y de la misma manera que la información es un elemento imprescindible pero no suficiente para alcanzar conocimiento, la agregación de datos nunca bastará, por sí sola, para confeccionar una información completa basada en criterios profesionales. El criterio periodístico se nutre de un conocimiento complejo, basado en el análisis racional, la experiencia subjetiva y la creatividad reflexiva del periodista.
Eso que en las redacciones llamamos criterio es un intangible mucho más difícil de alcanzar de lo que parece, porque está compuesto de elementos de racionalidad, pero también elementos de subjetividad y emocionalidad imprescindibles para juzgar y calibrar la realidad. Por mucha capacidad de imitación del proceso mental que logre la IA, por mucho dominio del lenguaje que alcance, solo será una imitación limitada de los procesos cognitivos humanos, que son los que permiten comunicar a otros humanos contenidos significativos. Por eso, las mismas tecnologías que parecen convertir a los humanos en activos obsoletos, porque pueden seleccionar informaciones e incluso elaborarlas de forma automatizada, es lo que los hace más necesarios que nunca. La automatización del proceso de valoración y elaboración puede ayudar a ejercer el periodismo, a condición de que un humano con criterio esté al mando.
Cuestión diferente es la forma en que las nuevas tecnologías de IA pueden condicionar las decisiones editoriales que tomamos como periodistas. Diferentes programas permiten medir las audiencias y conocer con detalle las preferencias de los lectores. Es el caso de Google Analytics con IA integrada, que analiza el comportamiento de los usuarios en tiempo real, por ejemplo, el número de páginas visitadas, el tiempo que permanece en ellas y la tasa de apertura de cada elemento. En sus últimas versiones permite segmentar audiencias, personalizar el contenido, detectar tendencias, rastrear e identificar fuentes de tráfico y generar insights instantáneos, que es lo más parecido a inducir respuestas automáticas. Charbeat o Parse.ly disponen de algoritmos que predicen qué contenidos retienen mejor la atención de los usuarios y qué titulares (o palabras) tienen mayor capacidad de propagación o de enganchar al receptor. Programas como NewsWhip, Echobox y CrowdTangle sirven para medir el impacto potencial de un contenido en las redes sociales, predecir su viralidad, observar tendencias y maximizar el impacto de las noticias.
Los grandes medios utilizan varias de estas herramientas para conocer mejor sus audiencias, segmentarlas y mejorar la experiencia de usuario. No obstante, a nadie se le oculta que, si una parte de los ingresos de los que depende la viabilidad del medio está condicionada por la dimensión de las audiencias, el riesgo de que la información sobre las preferencias condicione el criterio periodístico está ahí. El viejo problema de que lo impactante pase por delante de lo importante cobra en este caso una dimensión importante.
Tenemos antecedentes que invitan a la cautela.
Hace solo unos años debatíamos sobre el efecto que el “todo por la audiencia” podía tener sobre los contenidos televisivos. En España tuvimos ocasión de comprobar cómo la aparición de múltiples canales de televisión en poco tiempo aumentaba la competencia, pero esa competencia no se tradujo siempre en una programación de mayor calidad, como se había especulado. Al contrario, en algunos casos llevó a una homogeneización a la baja de la calidad de los contenidos. En la feroz competencia por la audiencia, lo que reinaba era la telebasura. Ahora, todos somos medios híbridos, todos tenemos un componente audiovisual, y la presión de las métricas de audiencia se deja sentir en todos los medios y todas las redacciones.
La tentación de dejarse guiar por los algoritmos para aumentar o satisfacer audiencias puede erosionar la crucial aportación del periodismo en una democracia
Debemos vigilar el impacto que la aplicación de esas herramientas puede tener en las decisiones editoriales. Y para ello, no hemos de perder de vista que los periodistas solo somos los depositarios de un derecho fundamental de la ciudadanía: el derecho a recibir información veraz. En una sociedad crecientemente compleja y acelerada como es la nuestra, en la que con frecuencia vamos por detrás de los acontecimientos, se necesita un gran volumen de información veraz y de calidad para que la ciudadanía pueda hacerse una idea ajustada de la realidad en los muchos asuntos sobre los que debe tomar decisiones. La tentación de dejarse guiar por los algoritmos para aumentar o satisfacer audiencias puede erosionar la crucial aportación del periodismo en una democracia. Lo estamos viendo con el efecto de los algoritmos que aplican las plataformas y las redes sociales. En estos tiempos de polarización, esos algoritmos tienden a encerrarnos en burbujas de afinidad ideológica o identitaria en las que podemos estar muy confortables, pero muy mal informados.
Como recodaba el Nieman Reports de verano de 2023, estas herramientas permiten que el periodismo pueda expandirse, mejorar la calidad y las rutinas de trabajo, conectar mejor con la audiencia y liberar tiempo en las redacciones para tareas de investigación y verificación. No obstante, la agenda periodística debe formarse sobre la base de criterios de interés general, con la vista puesta en el bien común. Debemos utilizar las herramientas de la IA, no para buscar la forma de obtener rédito de las pulsiones del público, sino para realizar mejor nuestra función de intermediarios fiables en la provisión de información contrastada y veraz. Como siempre, hemos de huir del planteamiento bipolar en el que con frecuencia caemos: ni el entusiasmo acrítico ni el catastrofismo paralizante nos van a ayudar. Y tener claro que, para poder hacer buen periodismo, tiene que haber periodistas al mando con las mejores herramientas posibles, pero conscientes de la responsabilidad que tienen entre manos.
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