Las censuras del humor gráfico contemporáneo: violencia judicial, física y empresarial
En los años de la prensa de masas, los humoristas gráficos del siglo XIX y principios del XX recurrieron a la metáfora de las tijeras para denunciar esa obsesión del poder por “recortar” columnas, viñetas y titulares que consideraban ofensivos. En el siglo XXI, la censura ha mutado, se ha adaptado a los nuevos tiempos y el humor ha tenido que optar por otras metáforas para representarla y denunciarla: el mazo de un juez que judicializa las bromas, sacas de dinero (o bitcoins) que compran silencios o pistolas que intimidan.
* FRANCISCO SEGADO BOJ
Decía el cineasta Mel Brooks que la comedia es el arma más rápida para poner de rodillas a los fanáticos religiosos, a los dictadores y a los tiranos. El poder se desinfla cuando no se le toma en serio. De ahí que las élites y los gobernantes siempre hayan empleado todos los instrumentos a su alcance para evitar convertirse en objeto de burla. Frente a este batallón de elementos coercitivos, a los que crean el chiste y la comedia solo les queda resistir como pueden, porque su única arma es el humor.
En esta guerra desigual, los comediantes satirizan o critican estos intentos de control y de censura desde el alambre del trapecista. Si desde el poder se quiere controlar o acallar su actividad, ¿qué mejor venganza que hacer evidente y plasmar ante su público esos intentos de coerción, y someterlos también a mofa y escarnio?
En los años de la prensa de masas, los humoristas gráficos del XIX y principios del XX recurrieron a la metáfora de las tijeras para denunciar esa obsesión del poder por “recortar” columnas, viñetas y titulares que consideraban ofensivos.
En el siglo XXI, la censura ha mutado, se ha adaptado a los nuevos tiempos y el humor ha tenido que optar por otras metáforas para representarla y denunciarla. De ellas hablaremos en los siguientes párrafos: el mazo de un juez que judicializa las bromas, sacas de dinero (o bitcoins) que compran silencios o pistolas que intimidan.
La censura como el mazo de un juez: el lawfare
El lawfare se ha convertido en una presencia constante en la actualidad informativa. Este anglicismo aglutina distintas concepciones que persiguen la instrumentalización de los tribunales para desgastar, domesticar o eliminar a un adversario. Parece una táctica exclusiva de la batalla política, pero los humoristas gráficos la conocen bien en la forma de querellas, denuncias y medidas cautelares como respuesta a su actividad.
De este modo, en España hemos visto cómo distintas asociaciones han llevado a los tribunales a autores, dibujantes y revistas por considerar ofensivas diferentes obras. Así, por ejemplo, una portada de la revista Mongolia que satirizaba una escena de un nacimiento navideño (en la que un emoji fecal sustituía al niño Jesús) ha sido objeto de denuncia. Un caso similar afectó al libro El niño Jesús no odia a los mariquitas, de Julio A. Serrano, que bajo la apariencia de cuadernillo para colorear denunciaba la homofobia de la sociedad contemporánea (en su portada aparece un Jesucristo crucificado portando dos banderas LGTB). Independientemente del mejor o peor gusto de estas publicaciones, la ordinariez, lo chabacano o lo escatológico no son delitos en sí mismos. Cabe recordar que el que un dibujo nos ofenda no convierte, automáticamente, a su creador en un delincuente.

En otras ocasiones, los dibujantes se han visto inmersos en procesos legales iniciados por personas o colectivos que se han visto ridiculizados en sus viñetas. En este sentido, la presidenta de la Fundación Española de Abogados Cristianos ha denunciado a la revista El Jueves por verse caricaturizada y criticada por su estrategia de acoso judicial a quienes no comulgan con su ideario. Asimismo, un sindicato de policía denunció en 2019 a esta misma cabecera por un chiste que ironizaba sobre el destacamento policial en Cataluña, bromeando con que “La continua presencia de antidisturbios acaba con las reservas de cocaína”.
Aunque este tipo de denuncias no suelen prosperar ni acabar en una sentencia condenatoria, los acusados deben someterse a un proceso costoso y, en ocasiones, estresante. De este modo, la estrategia de la “guerra legal” provoca una sensación constante de amenaza que desincentive la publicación de determinados chistes o de abordar ciertos temas desde una óptica excesivamente crítica.


En este sentido, cabe señalar los tropiezos de la revista El Jueves y sus editores con la Monarquía. En 2007, una portada de la revista presentaba a los entonces príncipes en pleno acto sexual para parodiar el “cheque bebé” del Gobierno. La Fiscalía abrió causa por injurias a la Corona y un juez de la Audiencia Nacional ordenó el secuestro de la tirada. El razonamiento oficial interpretaba la imagen como un ataque “al honor y al núcleo íntimo de la dignidad de las personas que en la misma se ven representadas y que resulta innecesaria y desproporcionada para la formación de la opinión pública”. Finalmente, los autores de la ilustración -Manel Fontdevilla y Guillermo Torresfueron condenados a pagar una multa de 3.000 euros cada uno.
Este episodio marcó la trayectoria y el futuro de la cabecera, imponiendo una autocensura empresarial con la voluntad de evitar este tipo de procesos y polémicas. En 2014, la revista iba a publicar en portada una imagen del rey Juan Carlos traspasando la corona, cubierta de heces, a su heredero. A última hora, la empresa editora de El Jueves, RBA, sustituyó aquella ilustración por un dibujo potencialmente menos polémico, sin consultarlo con el equipo directivo de la revista. Esta decisión llevó a un nutrido grupo de autores a abandonar la redacción a modo de protesta.

La censura como inversión: la autocensura empresarial
Las amenazas más recientes y más mediáticas al humor proceden de Estados Unidos. Donald Trump ha dejado claro que no tolera ser objeto de burla, exigiendo la cancelación de programas televisivos satíricos en los que se le ataca. Pese a que la televisión es el medio que más obsesiona al presidente, Trump también ha usado amenazas indirectas a los propietarios de otros medios para acallar a humoristas gráficos que le convertían en diana de sus viñetas. Y estos empresarios, por afinidad ideológica o temor a ser objeto de represalias económicas, ceden a los caprichos del inquilino de la Casa Blanca.
Que un dibujo nos ofenda no convierte, automáticamente, a su creador en un delincuente
Ya durante la primera presidencia del magnate, Rob Rogers, caricaturista del Pittsburgh Post-Gazzete durante más de 25 años y finalista del premio Pulitzer en 1999, fue despedido por sus críticas a Trump. Los nuevos dueños del periódico impulsaron una línea editorial más próxima al Partido Republicano, que no concordaba con las críticas que Rogers plasmaba en sus viñetas. Finalmente, y tras una larga serie de ilustraciones que fueron rechazadas por la dirección del diario, Rogers fue despedido del diario en 2018.

Más recientemente, en 2025, la reputada dibujante Ann Telnaes, ganadora de un Pulitzer, abandonaba el Washington Post tras la decisión del periódico de no publicar su viñeta diaria. La obra de Telnaes mostraba a Jeff Bezos -dueño de Amazon y también del Washington Post-, Mark Zuckerberg -fundador de Facebook y actual dueño de Meta-, Sam Altman -CEO de OpenAI- y Patrick Soon-Shiong -dueño de Los Angeles Times- postrados ante una estatua del presidente electo, ofreciéndole sacos de dinero. Junto a ellos, en la misma posición, Mickey Mouse -símbolo del emporio Disney/ABC- también rinde tributo a la figura de Trump. El rechazo de la dirección llevó a Telnaes a dimitir de su puesto tras 17 años colaborando con el histórico diario.

Para dar contexto a esta viñeta, cabe recordar que los magnates de Silicon Valley ridiculizados en la viñeta habían respaldado la campaña electoral de Trump, previsiblemente, con la intención de obtener ventajas empresariales tras su victoria. Del mismo modo, Disney había accedido a un acuerdo económico con Donald Trump para evitar un litigio costoso. Telnaes criticaba así esta pleitesía a una figura autoritaria por meros intereses económicos.
La estrategia de la 'guerra legal' provoca una sensación constante de amenaza que desincentiva la publicación de determinados chistes
Y es que esa relación umbilical entre el sistema mediático -en particular, el periodístico- y el entramado empresarial, reforzada por la desregularización del sistema mediático en los 80 y 90 (abolición de la Fairness Doctrine y la Telecommunications Act de 1996), se ha convertido en una espada de Damocles que se cierne sobre los humoristas gráficos… y sobre el periodismo en general.
La censura como una pistola: terrorismo y amenazas físicas
Finalmente, no se puede obviar el peligro físico al que se enfrentan los dibujantes cuando sus obras atacan personalidades, símbolos o imágenes que determinados grupos, especialmente los de carácter más extremista, consideran totémicos, representativos de su colectivo o, directamente, sagrados.
Así, aún se conservan en nuestra retina las imágenes del atentado contra la redacción del seminario satírico francés Charlie Hebdo, en el que dos terroristas asesinaron a 12 personas en 2015. El motor de este crimen fue la venganza o respuesta por las caricaturas de Mahoma publicadas en la revista, consideradas por sectores extremistas islámicas como un insulto a su religión.
Trump ha usado amenazas indirectas a los propietarios de medios para acallar a humoristas gráficos que le convertían en diana de sus viñetas
No obstante, esta violencia armada contra una publicación de humor gráfico no se trata de un fenómeno novedoso ni exclusivo de nuestros días. En 1977, en España, un artefacto explosivo detonó en la redacción de la revista satírica española El Papus, hiriendo a casi 20 personas y matando al conserje del edificio. El acto fue atribuido a un grupo de extrema derecha, la denominada Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista). El Papus era, probablemente, la publicación que con más regularidad (e incluso saña) atacaba a los sectores ultras y denunciaba la continuidad de las esencias del régimen en la incipiente (e inestable) joven democracia española. Días antes del atentado, un simpatizante fascista se había presentado en la redacción de la revista para amenazar con represalias por el tratamiento que la revista había dado a la primera celebración del 20-N (el primer aniversario de la muerte del dictador). La respuesta a la sátira y a la crítica fue la metralla y la sangre.

Sin llegar a estos extremos sangrientos, las agresiones físicas a los profesionales del humor han seguido ocurriendo a lo largo de nuestra historia reciente. En 2016, un encapuchado propinó un puñetazo a la entonces directora de El Jueves, Mayte Quílez, tras una portada que denunciaba y ridiculizaba el auge de la ultraderecha.
Se podría añadir un sinfín de casos en muchos otros contextos en los que los dibujantes son víctimas de la violencia directa: por ejemplo, Kurt Westergaard, quien sobrevivió a un ataque con hacha tras unas viñetas de Mahoma en Dinamarca en 2010; o a Ali Ferzat, a quien le rompieron las manos por caricaturizar a Asad en Siria en 2011.
La incomodidad ante el humor como síntoma del totalitarismo
El poder detesta el humor. Quizá porque perfora su solemnidad, lo desnuda y muestra sus miserias sin ambages. La sátira es un mecanismo epistémico -hace visible lo que el poder quiere ocultar- y un antídoto emocional -mantiene la esperanza e impulsa el coraje colectivo frente al miedo-. Por eso, el poder no soporta un lenguaje que, siendo popular y directo, desafía su relato.
El patrón está bien documentado. En 1939, el ministro de Propaganda del III Reich, Joseph Goebbels, prohibió a comediantes actuar por -entre otros delitos- criticar las políticas del Partido Nacionalsocialista y la apariencia del canciller, Adolph Hitler. No era un capricho menor, era una señal de sobra conocida que convierte la risa en delito y la sátira en enemigo interno. La evolución de la Historia es de sobra conocida desde entonces.
El poder detesta el humor, quizá porque perfora su solemnidad, lo desnuda y muestra sus miserias sin ambages
La deriva autoritaria de nuestras sociedades también empieza a ser tan evidente como preocupante y el “canario en la mina” ya está desmayándose. Quienes cumplen una función tan sana y necesaria como es la de desnudar al poder y cuestionar sus verdades se ven elevados a la posición de personajes incómodos, arrojados al ostracismo, al paro, al tribunal o, directamente, en los peores escenarios, a la cárcel o a la tumba. Nada bueno puede esperarse de las sociedades que avanzan en esa dirección.
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