- El control del periodismo en España: Cómo la Junta Electoral Central condiciona la información política (Angy Galvín BenÌítez), por Manuel Sánchez de Diego
- El último brindis (Julián Quirós), por José Francisco Serrano Oceja
- La escritura indomable. Homenaje a Alfonso Ussía (VV. AA.), por Alfonso J. Ussía
- Los directores del diario “YA” (Juan Cantavella), por Luis Fermín Moreno
- Tertulianos (Antonio Villarreal), por Chelo Sánchez Serrano
‘El control del periodismo en España: Cómo la Junta Electoral Central condiciona la información política’
La obra de Angy Galvín que dirige la delegación de Eldiario.es de Baleares, es fruto de una extensa investigación doctoral que obtuvo la máxima calificación y posteriormente el Premio de Periodismo Antonio López Hidalgo. El trabajo aborda un asunto interesante y polémico: ¿es admisible que se regule la actividad informativa en periodos electorales? En concreto, es válido el principio de proporcionalidad, que “implica que el tiempo y el orden de emisión de las informaciones electorales de las candidaturas en los medios de comunicación públicos y en las televisiones privadas deben ser proporcionales a los votos obtenidos por estas en las anteriores elecciones equivalentes. Cuantos más votos tuvo una candidatura en el pasado, más presencia mediática en el presente. Como puede observarse, los bloques electorales aparcan los criterios periodísticos para dar paso a criterios de carácter político” (páginas 310-311). ¿Puede la proporcionalidad eliminar el criterio periodístico en la selección y presentación de las noticias en una campaña electoral?
Los dos primeros capítulos se dedican a la importancia de la comunicación en periodos electorales y a la normativa electoral en la Unión Europea. Al respecto, existe a lo largo de todo el texto numerosas referencias a Francia, que fue también objeto de estudio en la citada tesis doctoral.
El apoyo normativo a la injerencia a la actividad periodística se encuentra en el artículo 66 de la Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, del Régimen Electoral General, que se modificó en el año 2011 para obligar a las emisoras de titularidad privada a respetar los principios de pluralismo, igualdad, proporcionalidad y neutralidad informativa en periodo electoral. El desarrollo de ese artículo se hizo por la Instrucción 4/2011 de la Junta Electoral Central, que se conforma por ocho magistrados del Tribunal Supremo elegidos por sorteo y cinco catedráticos de Derecho o Ciencia Política y Sociología (ninguno con conocimientos de periodismo) designados por propuesta conjunta de los grupos políticos con representación en el Congreso de los Diputados. A esta institución, que no se encuentra entre los sujetos obligados a la transparencia según la Ley 19/2013, la doctora Galvín le dedica el capítulo 3; y los dos siguientes capítulos, a la normativa electoral y a la polémica en torno al modelo de control sobre los medios de comunicación en tiempos de elecciones. Este estudio se completa en el capítulo 6 con un aterrizaje en la realidad: el monitoreo sobre el respeto a la normativa en las principales cadenas.
Es el momento de 'una remodelación urgente con el fin de continuar sirviendo de manera tan efectiva a nuestro sistema democrático'
El libro contiene una tabla (páginas 377-384) que por sí sola justifica su compra y que resume todo el capítulo 7. Se establece cuál es la regulación actual de los medios de comunicación de masas en periodo electoral, a la que la autora añade una columna con su propuesta de un nuevo modelo. La reflexión sobre la información electoral, los debates y entrevistas, o los magazines y tertulias en los medios públicos y privados en periodos electorales, se completa con referencias a la neutralidad informativa, la prensa escrita y digital, el acceso de los informadores a los actos de campaña electoral, para finalizar con los dos fundidos en negro en las elecciones: las encuestas electorales y la jornada de reflexión.
Comparto la idea de la doctora Galvín de que la Administración Electoral ha garantizado el funcionamiento correcto de las elecciones, pero es el momento de “una remodelación urgente con el fin de continuar sirviendo de manera tan efectiva a nuestro sistema democrático” (página 375).
Quizás la guerra electoral es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos y debemos dar unos papeles principales a los juristas en la administración electoral, y también a los periodistas, en la conformación de una opinión pública libre.
Manuel Sánchez de Diego Fernández de la Riva
Profesor de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid
'El último brindis'
Niego la mayor. Bueno, tampoco voy a ser maximalista. Este libro de Julián Quirós, del director del ABC, de directores que lo escribieron todo, que nos tenía hasta ahora acostumbrados a la poesía, a las musas del mediodía, va de corrupción, y eso nadie lo puede negar.
Pero no solo va de eso. De lo que nos habla este diario de abordo, este descargo de conciencia, es de periodismo, de carácter, de virtud cívica, frente a la mediocridad de quienes no saben gestionar el poder. Habla del contraste entre autoridad y poder, del periodismo de ayer, de hoy y de siempre. Del periodismo que es cuarto poder por ser primer servicio. ¿A quién? A la verdad, a la justicia, a la democracia, palabras todas ellas mayores, macrorrelatos de esos que ya no se llevan, pero que son tan necesarios como la escritura que da vida.
En cada 20, 30, 40, 60 y más páginas de este último brindis, nos encontramos una confesión de fe, un credo del buen hacer en el periodismo.
Leo el libro mientras el tren intenta llegar a Santiago de Compostela, por eso de la Asamblea Anual de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE). Y digo que intenta porque llevamos no voy a decir cuántas horas de retraso, lo que me permite una sobredosis de literatura, de estilo, ese estilo que es el hombre, que diría Leo Spitzer.
Prefiero no despistarme con los nombres, ficticios por reales, reconocidos y reconocibles, con los lugares, con los ambientes, con las circunstancias, con las tramas, que la corrupción siempre es una tela de araña pegajosa de intereses cruzados. Reconozco a algunos, sobre todo a quienes tienen aire de condotiero cardenalicio.
Me centro en la escritura de Quirós, el director, en Yelbes; mejor dicho, en su pensamiento sobre el periodismo, que en esta plaza y a estos efectos es lo que interesa.
Me fascinan esos “puñeteros periodistas”, que dicen los implicados, “esos tíos que se adaptan a cualquier ambiente, tienen mucha mundología y aprenden a ubicarse en todas las partes”.
Habla del contraste entre autoridad y poder, del periodismo de ayer, de hoy y de siempre
Me da pena el consejero principal del grupo mediático, que se está “construyendo un futuro amarrado al poder, no distingue la diferencia entre política y periodismo y ha planificado su destino con una brillante hoja de servicios, para que cuando los de Paco ganen las elecciones generales le concedan alguna canonjía…”. No será caso el que piensa y dice que “es una lástima que hagan falta periodistas para hacer periódicos”.
Me fascina la subdirectora, que trabaja y calla, la voz de alarma, quien cubre las espaldas y dice que “el poder nos va pasando por delante y nosotros permanecemos, porque no formamos parte de él, solo somos testigos que hemos venido a mirar y a preguntar, y a certificar cómo nace, crece y muere el poder en cada época”.
Me atrae el poder del director de hacer cada día una portada nueva. Me ilusiona que haya periodistas como aquel que sacó a un tipo de la Casa Blanca y en su entierro, mucho tiempo después, “reconocieron como su mayor virtud, o defecto, que se había acostumbrado a perder amigos a fuerza de no pensar en ellos cuando ejercía su cargo”.
Ya lo decía Montanelli, un maestro de maestros: “Este oficio nuestro es un posadero que antes o después te presenta la cuenta”. Y también que cuando un diario tiene a los lectores de su parte no hay nada en el mundo que pueda detenerlo.
Se me hace la boca agua con el DYC 8, con las conversaciones entre colegas en la barra del bar de pasadas las no sé qué horas de la madrugada, sobre todo cuando citan al Pla de la vejez ampurdanesa que sabía que el alcohol le hacía mucho daño, “¡pero tenía tanta sed!”.
Me apunto los consejos como el que le dio a un joven periodista el viejo de la redacción: conviene ser generoso en la alabanza, porque incluso las personas inteligentes, que no se la creen, la paladean.
Lo demás de esta novela sí importa. Políticos que se corrompen, que se equivocan, que caen en las redes de sí mismos, constructores, jóvenes fiscales ambiciosos, jueces, rumanas, telefonistas, Madrid, Valencia, el desmoronamiento colectivo de una sociedad y de una política, de un tiempo. Una trama que no voy a relatar. Háganlo, y disfruten, ustedes mismos.
José Francisco Serrano Oceja
Director de Cuadernos de Periodistas
'La escritura indomable'
Este libro me cogió a desmano, en todos los sentidos. Los homenajes hay que hacerlos en vida y eso lo tuvieron claro Julio Valdeón y Fernando Palmero, quienes me propusieron hacer este libro homenaje a mi padre, Alfonso Ussía, en ese otoño en el que nada volvería a ser como antes. La generosidad del editor de Confluencias fue también clave por la prisa y la calidad del libro. Entonces, comprendes que hay una admiración conquistada a golpe de prosa que convence a todas las personas a las que se llama para participar. Fue apabullante ver cómo se habían repartido a los autores y cómo les trasladaban uno a uno y de forma tan elegante la prisa por hacerlo posible. La verdad es que esas semanas pasaron rápido y nuestra obsesión era que mi padre pudiera verlo.
Curiosamente, todos los firmantes ya consolidados, de su generación, o incluso mayores, fueron mucho más rápidos en la entrega de los textos. Así, Luis María Anson, Arturo Pérez Reverte, José Luis Garci, Luis Alberto de Cuenca, Luis del Olmo, Carlos Herrera, Federico Jiménez Losantos, Miguel Ángel Aguilar, Ignacio Camacho, Ramón Pérez Maura o Bieito Rubido, respondieron mucho antes que escritores o periodistas de mi quinta. También cumplieron todos, eso es cierto. Desde Peláez a Manuel Jabois, pasando por Emilia Landaluce, Jorge Bustos, Darío Prieto, Zabala de la Serna, Jesús García Calero, Chapu Apaolaza, María José Solano, Karina Sainz Borgo, Agustín Pery, Juan Fernández Miranda, Alberto Olmos, Juan Soto Ivars y todos los que me dejo. Curioso que tres directores de ABC firmen glosas a un escritor que fue parte fundamental de tres diarios tan importantes como el mencionado, La Razón y El Debate.
Recuerdo aquello que dijo Arcadi, ausente pero sincero, sobre los escritores que firman obituarios hablando principalmente de ellos mismos. También los hay en este libro en el que tantos grandes compiten de forma natural pero que, indudablemente, han agachado la cabeza para rendir tributo a un escritor que fue importante para ellos. Y con todo en contra, llegamos a tiempo y lo presentamos en Madrid, su Plaza Mayor, gracias a la generosidad de su amigo, Pedro Trapote.
Cumplió a rajatabla ese principio que arma la verdad en la escritura de opinión: escribir para uno mismo, sabiendo que, en cada verdad, nace un nuevo enemigo
La portada de Barca, su más viejo amigo e ilustrador de gran parte de su obra, es maravillosa. Siempre le molestó que le dibujara con cara de oveja, pero nadie lo trató tanto ni supo dibujarlo tan él. Su pecho y su pluma en piernas son la mejor definición de una vida escrita caminando en las páginas de los periódicos y los libros. De aquellos personajes que son parte de una generación de españoles que escucharon y leyeron las desventuras más irónicas de una sociedad que todos conocemos. Valiente y honesto hasta la última de las consecuencias, mi padre cumplió a rajatabla ese principio que arma la verdad en la escritura de opinión: escribir para uno mismo, sabiendo que, en cada verdad, nace un nuevo enemigo. Por eso siempre estará en la memoria de muchos.
La escritura indomable es un conjunto de glosas de los periodistas, escritores y académicos de un tiempo en el que Alfonso Ussía fue parte indiscutible de la actualidad. Y lo cierto es que resulta un verdadero elogio para un autor que marcó también una forma de entender el mundo, con sentido del humor, pero con un verdadero compromiso con la verdad. Una forma de viejo oficio que terminó al son de sus días, hasta el último aliento, hasta la última columna, como un modo de vida.
Gracias a todos los autores que nos contaron su Alfons0 Ussía.
Alfonso J. Ussía
Escritor y periodista. Colabora en Onda Cero y es columnista de ABC
"Los directores del diario 'YA'"
En el sillón de director del diario YA se sentaron periodistas como Vicente Gállego, Aquilino Morcillo, Alejandro Fernández Pombo, Fernando Ónega o Ramón Pi, entre otros. A través de todos ellos se analiza en este libro la vida del periódico que dirigieron, uno de los más influyentes (y hoy olvidado) de la España del siglo XX.
Este enfoque poco habitual responde a una idea central de Juan Cantavella, catedrático de Periodismo y autor de una veintena de obras: el director no es un mero gestor, sino el “alma” del medio, responsable de su identidad. Y el punto donde confluyen, y con frecuencia chocan, criterios periodísticos, intereses ideológicos y empresariales y presiones políticas.
De todo ello vemos ejemplos profusos a lo largo de estas páginas, que combinan una minuciosa investigación documental y hemerográfica con testimonios directos y anécdotas de hechos hoy impensables, como, remitiéndonos a sus orígenes, el lanzamiento del periódico con publicidad a toda página en todos los medios de la competencia.
Al interés de la historia ayuda también la singularidad del YA. Por su nacimiento como vespertino moderno y rompedor en 1935, por su vinculación a la iglesia católica, por su trayectoria como diario independiente sorteando dificultades durante el franquismo, por su auge e influencia en los años 70 entre los círculos demócratas moderados, por su decadencia cuando ya corrían aires de libertad y por su ominoso periodo final, simbolizado en el abandono de su preciado archivo documental y gráfico en la basura.
El director no es un mero gestor, sino el “alma” del medio, responsable de su identidad
El autor deja traslucir cierta desolación o amargura, tamizada por los años, a medida que se acerca a esa etapa marcada por la agonía empresarial y periodística, en la que se sucedieron directores (11 en 13 años) y cambios de propiedad en vanos intentos de revertir la tendencia, hasta que aparecieron los buitres. El propio Cantavella formó parte de aquella redacción desde principios de los años 70 y vio pasar a varios de esos directores. Nos ofrece, así, un conocimiento de primera mano. No pretende reparar lo que considera una muerte injusta, pero sí reivindicar sus méritos y aportaciones.
Probablemente, no era su intención, pero este libro no solo rescata la memoria de un periódico, sino que señala herramientas para pensar el presente de la profesión. La primera, cómo se debe hacer un periódico y cómo debe ser su director. No se pierdan la antológica carta (págs. 28-30) de Ángel Herrera Oria, entonces presidente de la Editorial Católica, al primer candidato para ponerse al frente del nuevo diario, Federico Salmón, con su riguroso planteamiento de rigor, modernidad y servicio público (pone como ejemplo, entre otros, al Daily Herald, órgano de expresión del Partido Laborista británico).
Del mismo modo, en estos tiempos de polarización conviene tener en cuenta las razones que llevaron a la desaparición del periódico. Al margen de malas decisiones empresariales e inacciones varias, como minusvalorar a los nuevos periódicos que comenzaron a surgir, la “obsesión” con mantener la equidistancia entre unos y otros durante los años de la Transición (lo que no significaba no mantener los principios, tener opinión o apoyar las causas que estimaban que había que sostener), llevó a una imagen de indefinición, a su pérdida de influencia y, a la postre, al desinterés de los lectores.
Y tercera lección. Este elenco de directores, cada uno con sus aciertos, errores y circunstancias, permite entender las tensiones estructurales del oficio. En un escenario actual marcado por la transformación digital, la precarización y la redefinición de los modelos de negocio, la historia de los directores del YA nos muestra que muchas de las tensiones actuales forman parte de la propia naturaleza de informar. Y, por si todavía es necesario recordarlo, que la esencia del periodismo no cambia.
Luis Fermín Moreno
Periodista y miembro de la Junta Directiva de la Asociación de la Prensa de Madrid
'Tertulianos', o cómo el poder político acabó haciendo de contrapoder del periodismo
Le prevengo, estimado lector, que defiendo la tertulia como necesidad y herramienta de comunicación humana, incluso con las debilidades y perversiones, identificadas magistralmente en el libro del periodista Antonio Villarreal, cuando esta se profesionaliza. Solo por cuándo y cómo nacieron las tertulias, tras la libertad de información y de opinión en la España democrática, por las horas de directo, por la cantidad de españoles a los que hemos escuchado entretejer argumentos en los últimos 40 años y porque son muy culturalmente nuestras, la historia de la tertulia ha merecido la pena.
Sin embargo, la proliferación de este género audiovisual y su salto de la radio a la televisión, colonizando parrillas y minutos del día, como toda “invasión”, acaba generando disfunciones y agotamiento. No digamos ya, cuando las redes sociales se han convertido en el reino de la opinión y “opinólogos” somos todos. Nos sobra opinión, casi con certeza. En Tertulianos: Un viaje a la industria de la opinión en España, su autor, Antonio Villarreal, describe de manera certera el fenómeno a través de la crónica de la tertulia en los medios, apoyándose en la exageración como recurso: hemos pasado de “cuando solo había una tertulia” a “la España de las mil tertulias”.
Y sí, el periodismo de opinión masivo fue la primera gran disrupción de muchas redacciones, antes incluso, o a la vez, que internet. Hubo un tiempo que se ceñía a unas pocas páginas o minutos. Una sección que se diferenciaba en los medios con esa etiqueta y en la que se encajaban lo que hemos denominado tradicionalmente los géneros de opinión: el editorial de El País, la tercera de ABC, la carta de Ónega, Línea COPE, la tertulia de Protagonistas, la columna de Manuel Vicent... Dentro de la práctica del método periodístico y como un compromiso ético con los receptores, la separación entre la información, la opinión y la publicidad o los contenidos patrocinados sigue siendo hoy garantía de buenas prácticas. También hubo un tiempo en el que había un centenar de tertulianos muy bien pagados (la media eran los 300 euros por tertulia, como pude comprobar para un trabajo de investigación a finales de los 90), mientras que ahora los más de 300 opinadores profesionales identificados por Villarreal reciben una media de 150 euros por tertulia. Siempre hay alguno que se sale de la línea, como en cualquier otra época, y presume de caché. Las confidencias de la “estrella” Ramón Tamames en el libro son jugosísimas, por cierto.
La lectura del libro de Villarreal resulta deliciosa por bien escrita, por la cantidad de fuentes consultadas y por los datos manejados. También, por esa observación participante siempre alerta para apuntar lo intangible, que evidencia el reportero que hay detrás, y por los golpes de humor que salpican las páginas del libro. He echado de menos que el autor hablara con directivos de radio y televisión, con esos que marcan las estrategias empresariales y, como consecuencia, periodísticas, los que reciben o hacen llamadas, los que favorecen incluso que parezca que periodismo es todo, cuando sabemos que no es así. Hubiera resultado interesante preguntarles por la tesis del libro, formulada con contundencia por el autor: “la unidad mínima de información ya no es la noticia, sino una opinión cualquiera”. Incluso, por la idea de que la tertulia es una especie de intercambiador entre el periodismo y la política.
Los periodistas no somos conscientes de la de veces al día que nuestras decisiones, informaciones y opiniones están predeterminadas por principios éticos y deontológicos, y los directivos y gerentes muchos menos. A estos, los objetivos del negocio, la cuota de pantalla, el Estudio General de Medios o los clics les ciegan ante el servicio público que conlleva un ejercicio responsable del periodismo y del derecho a la información. A cualquiera, también, la necesidad de comer cada día y llegar a fin de mes, incluso de ganar un sueldo mejor.
La lectura de Tertulianos me ha permitido hacer personalmente también un viaje en el tiempo. A veces las historias tienen orígenes parecidos, aunque no se produzcan en el mismo lugar. Si la del libro de Villarreal empieza en el “bar de la esquina”, la de mi primer libro Las tertulias de la radio, la plaza pública de los 90 (1994) comenzó en una clase y en los pasillos de la universidad. Como estudiante de último curso de Periodismo, quise, como Antonio, observarlas a una cierta distancia, desde “los arrabales del Periodismo”, pero con la hipótesis de que allí se estaba conformando un género, que estaba pasando algo y que iba a dar mucho que hablar. Vaya si ha dado de sí el fenómeno que ya se atreven a denominarlo industria: palabras mayores. Una industria que requiere incluso una vigilancia intensiva del poder político y económico a través del seguimiento del minuto a minuto (el clipping de la opinión), la publicidad, los encuentros con tertulianos o la sugerencia de argumentarios. El contrapoder de las tertulias son el poder político y económico, acabáramos… Para cualquier Gobierno o gran corporación -escribe el autor-, cambiar los hechos es imposible, pero influir en su interpretación, en las opiniones que se formulan, es sencillo. Y, sobre todo, barato.
Igual el problema no está en el género, en la tertulia (que, por cierto, no es lo mismo que un debate, ni un coloquio, ni en sentido estricto un talk show americano), ni tampoco en los tertulianos, que los hay de todos los niveles, incluso excelentes, sino en el uso y abuso que venimos haciendo de ellas. En haber extendido excesivamente los márgenes del periodismo de opinión y del entretenimiento. Puro negocio, cosas de adultos, normal que ningún niño quiera ser tertuliano.
Chelo Sánchez Serrano
Periodista. Profesora en la Universidad Pontificia de Salamanca
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